¿Para que beber y conducir, si puedes fumar mariguana y volar?. Anónimo popular

El 29% de los ciudadanos mexicanos encuestados este año se mostraron a favor de la legalización de la mariguana, mientras que el 66% dijo estar en contra; en 2008, tan sólo el 7% de los mexicanos dijo estar a favor de legalizar la mariguana, según la casa encuestadora Parametría, esto quiere decir que el número de mexicanos que ven “con buenos ojos” el consumo de mariguana, va en aumento.

La relación entre la mariguana y la música siempre ha existido, me suena ya a lugar común, ¿para qué celebrarla como si fuera un hito contemporáneo? ¿una relación sinuosa? ¿un descubrimiento trascendental? Ha existido desde la evolución de los primeros primates, embrutecidos por la hierba y el eco de la lluvia, del mecer del los árboles y los murmullos guturales, no es nada nuevo y este artículo no va a reivindicar las cosas; señalar que los músicos se drogan es como exponer con asombro que los conejos se comen sus propias heces.

Es incluso más interesante la relación de la mariguana con los ebanistas, los talabarteros, los fabricadores de maniquís, los costureros, los bordadores de banderas o los afiladores de cuchillos, eso sí que es encantador, ¿pero los músicos? ¿esas cosas nefastas que cargan una guitarra en el gaznate¿ me parecen repulsivos, quieren dinero y quieren fama, quieren la eternidad y quieren atención, pobres diablos, nunca van a entender la semántica de los dulces cristalizados o la labor de los sopladores de vidrio, del arte de los pulqueros.

Han aprendido a tocar un instrumento, sólo eso, como quien aprende a caminar erguido a los tres años, igualmente, se confieren un aire de adicto docto, “soy músico y me drogo”, como si ésta fuera una ley esculpida en la Tabla de los Diez Mandamientos, que un Dios drogo escribiría en dos pedazos de piedra que le confiría a Moisés en el Monte Sinaí.

El músico es a través de su música, diría John Coltrane, no a través de sus ropas, su ego o la droga que consuma o no, su discurso es ese, el de la música y nada más, si es apolítico o no, me importa un carajo, están ahí para ensordecernos los oídos mientras tomamos un trago en una cantina sucia.

Ilustración: Cabeza de Plátano

Alabar al músico por sus adicciones es tarea de niñas, groupies que pegan sus afiches en las paredes de sus cuartos y se orinan pensando en su entrepierna, a mí no me importa si toman ácido lisérgico o si salen drogados al escenario, van a escandalizar mis oídos por días y esa es la única relevancia, terminarán por destruir tu sistema auditivo, ese conjunto de órganos que hacen posible el sentido del oído en un animal.

Existen canciones sobre cómo tirarse un pedo, de cómo cortar una oreja o de la manera correcta de fabricar un féretro, y por supuesto, sobre la marihuana, ¿por qué escribirle una oda a la hierba a manera de pretensión o de vacía provocación? ¡Por Dios! En México a nadie le molesta ya el que fumes marihuana, lo hace mi abuela y los hacen incluso mis perros, es más cotidiano que vomitar sangre. Hacer espectáculo acerca de la marihuana sólo es retroceder cien pasos más al panorama actual, al Debate Nacional sobre el uso de la Marihuana.

Fumar debe ser normal, como eyacular o sacarse los mocos, es algo inherente a nosotros y no debemos alardear de ello; me interesa más una canción sobre cómo ponerte una soga al cuello que de cómo forjar un porro; quizá el mejor ejemplo lo tengan los poetas Pablo Neruda y de Rhoka en Chile, con sus poemas gastronómicos y culinarios, odas al Caldillo de Congrio, la cebolla, la alcachofa o el jitomate, la epopeya de las comidas y bebidas, poemas que hoy en día son recetas, yo no veo que ninguna canción mexicana tenga esa utilidad el día de hoy, es mejor convertir tu música en una fórmula que en una falsa provocación de los chairos en las marchas políticas.

Ni siquiera Oscar Chávez fue provocativo en 1973 con sus cantos ferrocarrileros, de protesta y “marihuanos”, pura lírica infantil: “Marihuana / ya no puedo ni levantar la cabeza / con los ojos rete colorados / y la boca reseca / reseca”. Las hay otras más pueriles y miserables, como la simple “Marihuana”, de Brujería: “Dale a tu cuerpo lo que necesita, compra una bolsa ahí en la esquinita. / Pinchis greñudos fuman motita, eeeeeeeee, Marijuana, hai”. ¿No les sigue pareciendo un juego de niños?

Siendo tan perseguida la venta de la marihuana en el pasado, la adquisición de ella tenía que ser más clandestina que ahora, al menos en México, puede decirse que está tolerada en la actualidad por la facilidad con que cualquier persona puede obtenerla, ¿o no?

Los principales lugares en donde el “iniciado” podía encontrar su droga favorita en el pópulo eran los siguientes: Los herbolarios que tenían sus puestos en los mercados, las curanderas y hechiceras popularísimas en los barrios bajos, las velerías (pequeñas fabricas de velas de sebo, cuyo personal se componía regularmente de un hombre y una mujer de la peor categoría, y para quienes esa industria no era sino pretexto que encubría su verdadera vida colmada de vicios), el otro lugar eran los conciertos de música, una relación amor odio, como decía Jorge Luis Borges, “no nos une el amor sino el espanto”.

Vendrían después temas igual de simples y confusos sobre la droga,  la cannabis, la “Mota”, “Mary Jane”, “Chora”, “Yesca”, “Aceite”, “Alfalfa”, “Coffe”, “Chabela”, “Chíchara”, “Chipiturca”, “De la buena”, “De la verde”, “Diosa Verde”, “la Doña Diablo”, nombres con los que se le conoce comúnmente en México, pero son más ricos sus apodos que sus elucubraciones, que sus letras, esas, las que los músicos traman para rendirle subsidio, como por ejemplo, aquella “Tocame un Porro”, de Los Sonors: “Prepárame un porro para bailar / prepárame un porro para gozar”; o esa de Celso Piña, “Mi Ramita de Ciraguaya”: “Ay yo no quiero una tropa de la makar / 
ay lo que quiero mi negra pa enamorar / y que me traigan una hierba 
pa fumar”, o Tex Tex con su “Toque Mágico”: “Tal vez necesite un toque mágico / algo que en mi vida quizás me hará cambiar”, o aquella del Cartel de Santa, “Doctor Marihuana”: “Dice el doctor que ya no fume marihuana / Que me hace / daño que es una yerba muy mala / Que a mi cabeza la enloquece y que le afecta / Y que es mejor el rivotril que el me receta”, y posiblemente la mejor de todas, “Toque y Rol” de Juan Cirerol: “Toque y rol / dame un pasón / toque y rol / vamos a Rock and Roll / toque y rol / vamos a parar en Rosarito para fumar / toque y rol”.

La marihuana en México es mucho más que una canción, mucho más que una postura ideológica o mediática, la marihuana en México es cultura, y no es que yo sea un purista de la droga, cada quien hace lo que quiera con ella, sólo pido un poco más de compromiso, de creatividad, de sapiencia, si te gusta la marihuana, aprende a urdir un tributo que esté a la altura de ella y no tanto al posible “viaje” que relativamente conoces.

La marihuana combate la migraña, disminuye la velocidad del crecimiento de los tumores, alivia los síntomas de enfermedades crónicas, ayuda a prevenir al Alzheimer, combate el Glaucoma y previene las convulsiones entre otras cosas, es mucho más allá, más allá que su berrinche de ir en contra de lo establecido, ya les digo, no es el viaje, el mareo o lo que ustedes puedan escribir con ella mientras están estimulados, no es una playera que se puedan poner y quitar cada que les d3 la gana, la marihuana es erudición, es el poema de Parménides García Saldaña o de los creadores de La Onda en México, de la contracultura y del afecto.

La ilegalidad del cannabis es horrible, un impedimento a la completa utilización de una droga que ayuda a producir la serenidad y revelación, sensibilidad y camaradería que necesitamos tan desesperadamente en este mundo cada vez más loco y peligroso, como diría Carl Sagan, y eso la música no lo podrá nunca elucubrar… pero quien dice esto es también un ignorante, un marihuano más, sin propuesta, casi un músico, un iletrado, un adepto más de Doña Diabla.

Este texto se publicó anteriormente en la revista Cáñamo.

Mixar López

Mixar López

Narrador, cronista y periodista musical. Es colaborador de varias revistas y periódicos de México, Estados Unidos y América Latina. Vive en Des Moines, Iowa. Su primer libro de crónicas, Prosopopeya: La voz del encierro, está próximo a ser publicado.

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