QUIZÁS NI EL CARBONO 14 SERÁ CAPAZ DE RECONSTRUIR LOS HECHOS VERDADEROS

Fue en los días de facultad, mis días como isleño, cuando conocí a Mario Santiago Papasquiaro. No preciso la fecha exacta aunque estoy casi seguro de que en el momento de su presentación corrían, a diestra y siniestra, caguama y porro por alguno de nuestros sitios frecuentes: la terraza, el espejo de agua el rocabar, las siempre benditas islas, la mismísima y pulcra rectoría.

Sitios en donde, a lo mejor,  Arturo Bolaño y Ulises Papasquiaro estuvieron moviendo su Acapulco Golden allá por los setenta como narran Los Detectives Salvajes, mucho antes de que a Ciudad Universitaria (CU) le plantaran rejas y motos del auxilio UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), y de aquella orgiástica mega ofrenda que terminó literalmente en llamas, con la cual cambiaría el panorama patibuleante de la, aún, Real y Pontificia Universidad de México (sólo que un poquito más laica).

Rápido pasó del llanamente Papasquiaro a “El” Papasquiaro, pues inevitablemente se volvió compinche, camarada imprescindible en nuestros miércoles de salsa-slam en pulcata, una variedad del ritmo tropical que consiste en resistir los pisotones de Godínez de la zona de Balderas, estudiantes y, en ocasiones, de alguno que otro artista puertorriqueño en el mero rush del MDMA. Casualmente, este ritual se celebra(ba) en  La Hija de los Apaches del buen Pifas que mentó en uno de sus últimos poemas, escrito antes de “largarse así/ sin decir semen va”.

Según el mito que me contó Guadarrama (“Maestro” en boca de Rubén Bonifaz Nuño, guarro mamador de libros, hoy librero por el rumbo de San Cosme) al Papasquiaro lo atropelló un Ruta 100 saliendo de haberse echado un pulque de ajo de la primera Hija, la que se encontraba cerca del Alicia y que albergó una placa en honor a MSP hasta que fue cerrada. El mito apareció así, como un viaje de mota morada en pipa de cristal bajo algún árbol de Las Islas, de repente, igual que sus poemas que nos llegaban sueltos de lo que encontrábamos en internet, ya que en la facultad se hablaba, a cuenta gotas, de Bolaño pero nada o muy (muy) poco del infrarrealismo, mucho menos del Papasquiaro y sus libros.

Fue precisamente en un seminario de Bolaño donde, “académicamente”, me presentaron a la banda Infra, aunque al calce y de refilón frente al (en palabras de aquel profesor) rockstar chileno conquistador del Rómulo Gallegos, tan rockstar que a dicho seminario (aburridísimo por cierto) sólo asistimos un puñado de pachecos patíbuleantes de diversas latitudes chilangas: un “Best Seller” para gran parte de la Academia que a zancadas comenzaba a ganar más y más terreno en el “museo de sombras” que son el canon y la crítica literaria… menos en México, donde el espectro Infra (Bolaño +/- incluido) pareciera, hasta hace poco, un hoyo negro en la historia de nuestra literatura, un mal sabor de boca, un escupitajo que debiera lapidarse.

NI LUMPENES NI PROLETARIOS

Mario Santiago nunca se me ha aparecido en ningún sueño, ni me ha incitado a recorrer los desiertos del norte para perseguir el sueño de nuestra juventud como a Bolaño en El Burro, pero con el tiempo sus poemas me han mostrado que ese es y será su hogar para siempre, “Tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos/ Y ventiscas de arena, el único teatro concebible/ Para nuestra poesía.” diría el chileno narrador.

¿Por qué un terreno tan agreste? Quizás porque el desierto es sinónimo de olvido, de lejanía, un margen natural al que casi nadie quiere, bajo ninguna circunstancia, ingresar, salvo unos pocos: aventureros, jaurías de perros, nómadas destinados a alejarse, tarde o temprano, al mero tránsito mezquino las más veces. Bien pronto el Infrarrealismo cruzó el Periférico de la escuela literaria, se alejó del monolito paciano-priísta y perdió su ficha en la fila de la burocracia cultural.

Ellos mismos se condenaron al ostracismo por jugarle al canijo (por no decir al vergas), consignaría la Academia del gusto refinado y rimbombante, ¿Acaso haciendo jugarretas quezque poéticas podrían formar parte del club intelectual, de la aristocracia de Octavio Paz? ¡Nelazo! Las editoriales le sacarían a publicar a aquellos provocadores, terroristas culturales, mocosos de verborrea escupida o meros contestatarios que buscaban tirar las barreras de la poesía y el lenguaje preciosista con uno soez y perturbadoramente agresivo.

La insubordinación y marginación se presentó cuando parte del Taller de Poesía de la DIfusión Cultural de la UNAM pidió a Juan Bañuelos, conductor de las tertulias, que firmara su renuncia en 1974, un año antes del primer manifiesto infra. Ante una obvia negativa en la renuncia y el ofrecimiento de un financiamiento editorial (que nunca llegó) Papasquiaro, artífice de aquel golpe poético junto a los carnales Ramón y Cuauhtémoc Méndez Estrada, sacó a la luz Zarazo 0 ejemplar único en el que se incluyeron poemas de los beatniks y de algunos insubordinados del taller.

Aquella tropelía poética provocó casi de inmediato que el ingreso de sus poemas en revistas y recitales (oficiales) fuera negado. Hasta el Monsi(váis), entonces editor del suplemento La Cultura en México, los rechazó y sólo atinó a decir que la censura alcanzaba todo lugar y, por supuesto, que estaba “prohibidísimo escribir la palabra verga”, recuerda Ramón Méndez. Sin embargo también sirvió de cimiento.

Después de conocer aquel atropello a la institución literaria, un joven Roberto Bolaño propuso agrupar a los artífices de aquellos actos rebeldes bajo el mote de Infrarrealismo en 1975, al mismo tiempo que auguró cómo serían ocultados por un régimen despótico, condenados a volverse soles negros “ocultos a ojo y telescopio, presuntamente […] En nuestro caso, poetas ocultados por las instancias culturales oficialistas y sus voceros” diría el mismo Ramón.

Pese a este panorama desolado, los Infras lo adoptaron como modus vivendi pues al final, para la estirpe desértica, la poesía tiene como instinto la lucha, el día a día, el acto vital, y no la publicación de antologías, recitales oficiales ni mucho menos el reconocimiento de la Academia ni de la intelectualidad más pulcra del, como diría Papasquiaro, “Pequeñodios cobrasalarios”, forjando un lucha:

¿La lucha? / Contra el poder de $igno$ fari$aico$

                            (Máscara VS Cabellera)

[…]

Nuestra raíz está hablando

/ no el enjuague del Poder & sus taquillas

sus tarifas : sus castigos : muecas cínicas : su estertor de vanidades /

[…]

Los caminos están llenos de otros seres

      / no el cubículo ni el cargo /

O como señala Rubén Medina, otro proto infra, en el prólogo de Perros habitados por las voces del desierto, se trata de “Poemas hacia o desde los agujeros negros que contienen todo el cuerpo social y político” que parecen desconectarse de cierta realidad y lógica occidental-oficial, en otras palabras, de aquella “Razón sin cuerpo o manantial de luz que asombra a los pendejos” aunque bien cobijada por el monolito de la literatura, prometiendo una buena marmaja a fin de mes y la seguridad de aparecer en actos y libros institucionales aunque en el fondo fueran textos flojos, aguëvados.

SOY DE LA GALAXIA DONDE SE LES TUNDE DURO A LAS PIÑATAS

Mario Santiago Papasquiaro más que poeta es un perro que ladra para los vagos encausados en el canto callejero. Como acompañante de los poetas salidos de las “colonias-pueblo y, de aún más abajo, de los hoyos de la modernidad periférica” (Rubén Medina) pronto asumió su estética marginal, poemas ladrados para banda afín a lo callejero, vividores del “paisaje-cochambre” espanta poetas de cubículo (por lóbrego).

Su poesía es un albur: azaroso para encontrar el verso (o poema) rico entre ripios (“Abismo & resplandor / azar & viento”), o bien, una broma pesada al establishment, un encriptado bajese por los chescos al ostracismo de burócratas culturales y custodi(ad)os pacianos. Para El Papasquiaro (como para los infras), nos dice el cainal Rubén Medina, la poesía va más allá de la institución literaria y en muchas ocasiones le es ajena. Es una acción poética más humana que la de de aquellos mensajes que recién han inundado paredes blancas y que, a lo mucho, han sido base de buenos momazos.

Mario Raúl Guzmán, infra de la jauría más tardía, dice en el prólogo de Jeta de Santo (antología publicada por el Fondo de Cultura Económica… de España) que El Papasquiaro aplicaba la de vagar por su destino, una conducta permanente e inapelable donde la poesía siempre es el término. Poeta ladrador, escupidor de poemas alógicos a la vista del sistema literario y cultural, pero nunca perro como él mismo se asumió.

MSP pertenece a las “generaciones piraña: herederas viscerales y arbitrarias de esa Alucinada Poesía en Acción (¿Hay alguna otra, señorito escribano, Madonna fiscal?)” canta parodiando una declaración aullada por Arqueles Vela (“Sólo nosotros existimos, todos lo demás son sombras pegajosas.”) participante de la jauría estridentista, la de los coyotes que no quisieron ser perros según José Juan Tablada, patriarca de la renovación vanguardista mexa, verdá de Dios.

Por lo anterior, puedo ladrar que Mario Santiago nunca ninguneo a aquellos rebeldes con causa del Estridentismo y en ocasiones los recordó con “Sonidos locos: sudores amplia nervios/ súbitos bailes que 1 abraza/ en apretado homenaje por los que ya bailaron”. Pero no se puede decir que ocurrió lo mismo del Papasquiaro, al menos no en principio. Poeta visceral ante todo, “cascada de 1 fulgor punzo cortante”, a quien se le “concedió el don: el peligroso/ Abro la boca & no la cierro/ Hijo del canto lo derrocho a mares”, don que lo condenó después de boicotear un taller y escribir que “EL ARTE EN ESTE PAÍS NO HA IDO MÁS ALLÁ DE UN CURSILLO TÉCNICO PARA EJERCER LA MEDIOCRIDAD DECORATIVAMENTE”.

Papasquiaro siempre fue consciente de que con esta rebeldía no escalaría verso a verso por la pirámide cultural como los poetas adscritos a la nómina literaria, esos enmascarados que formaban parte del modus operandi burocrático de la cultura patrocinada por el priismo de la Guerra Sucia. Lo suyo, como jauría, era una búsqueda humanizante en la revuelta poética, regresarle la vida al canto: “MEJOR LA DESTRUCCIÓN/ EL FUEGO/ TE MUERES SI TE ALEJAS DEL CIELO/ TE MUERES SI TE QUEDAS SENTADO.”

ADIVINAR NO ES MI CULEBRA NI MI FOETE/YO SÓLO RESTALLO

Alejado de aquel mundo de cócteles, recitales, puestos diplomáticos, direcciones institucionales y, sobre todo, del Presidente–Pater familias en turno, El Papasquiaro comenzó a aullar cada vez más denso, convirtiéndose en el que escribía “su testamento o epitafio en 1 servilleta arrugada” pues, fuera del mito, es verdad que escribía sobre cualquier papel que se topara.

Casi por los mismos años en que los hongos bautizaron al Rockdrigo González como Profeta del Nopal, El Papasquiaro también iniciaba sus propias profecías; ambos, pertenecientes a la periferia cultural, parecen compartir esa cualidad de que “Los profetas hacen hablar a las alcantarillas.” La unión infra-rupestre se dio en algún punto y de alguna forma, pero eso es arena de otro costal, camaradas.

Siendo el suyo un alejamiento, desde siempre, de los medios culturales, sólo tuvo dos publicaciones en vida: Beso eterno (1995) y Aullido de cisne (1996). Esto nunca pareció consternarle pues siempre transitó la vida, no más: “Me largo de este verso igual que vine/ Desnudo : fulgurante : icárico : atroz” a pesar de que “De mi dicen lo que el vidrio del orín & el orín de los drenajes” y de haber “vivido fuera de los flashes […] En silencio & supurando”, sólo para cumplir “minuciosamente mi destino” y dejar “:: Esta aventura que inició & concluirá en 1 sueño ::”, verso mutado del original shakesperiano “Estamos tejidos de idéntica tela que los sueños y nuestra corta vida se cierra con un sueño.” (La Tempestad).

Aquella condena que pretendía la cultura oficial, el cochupo mexicano, se transformó en mito una vez aparecidos Los Detectives Salvajes y con el tiempo en letargo del cual comenzó a mostrarse poco a poco la jauría, exceptuando al Papasquiaro que no conoció a su holograma literario, a.k.a. Ulises Lima, ni participó en alguna lectura del grupo arrancado el siglo XXI.

Si el Papasquiaro viviera, seguro ya me hubiera mandado a la verga por este texto que más parece homenaje. Por mi parte le hubiera contestado:

– Relaja la raja y corre esa bacha, porque “…Gris es la Teoría…/ Rojo el vellón de la Cannabis/ / La inalámbrica” ¿Qué no? Pero la neta, la neta, parece que entre tantos libros mojados, servilletas rayadas y ripios infumables hubieras visto tu destino, valedor, o como dices:

            Ahora canta el que lloró

hace rato

Grita / Salta / Monta / Eyacula /

el fulano aquel, ya dábanlo

por muerto /

Ahora los cantares duros

las cantatas suaves / las trompetillas

& el regusto de aquel que ha escupido

la tierra & las lagañas

con que habían tapádole los ojos

Mario Castro

Mario Castro

Latinoamericano verborreico. Fotógrafo. Escribidor de debrayes. Corrector de horrores lingüísticos. Editor en veces. No alimentar con tristezas a este sujeto.

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