Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Fotos: Pedro Zamacona

Un río mugriento sin remedio perfuma con su hedor a entraña humana los alrededores de éste, el sitio donde me hallo. Hasta donde mi vista se pierde en el horizonte, entre el terregal y el smog, los únicos ejemplos que encuentro para asegurar que no he retrocedido en el tiempo tres décadas son los vagones del metro, ese transporte incompetente que anda a trote de rengo la Avenida Central (un camino fangoso, pleno de unidades habitacionales, comercios desquebrajados, prostíbulos y picaderos disfrazados de cincoletras). Vaya que conozco bien esta zona. Y a pesar de que algunos me crean extraviado entre sujetos de pelaje ríspido, chaquetas raspadas y botas de casco laminado, aguardo como todos el arribo de Massacre 68 al escenario del Libélula, un foro de antecedentes rijosos (antes llamado El Clandestino) en ésta, la frontera del Estado de México.

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Muy cerca de aquí, hace años, presencié una Massacre. Esa vez los modales salvajes de los asistentes ante aquel sonido desesperado e inclemente me contagiaron lo suficiente como para que me integrara a la marea humana que se agitaba frente a las bocinas. Sentí que los que ahí nos dábamos de codazos, todos personajes de variada laya, nos hicimos uno solo; que nos integramos de la nada y del todo para transformarnos en una fuerza indestructible. La sensación fue grave. Y aunque jamás le saqué punta mi pelo, desde ese día supe que algo de punk había en mí. Hoy, aquí, a punto de que Massacre 68 me entibie los músculos de nueva cuenta, sigo pensando que algo de punk he de tener.

Los microbuses me rozan la nariz. Cual estampida en la sábana, bestias al volante cruzan a cien por hora este territorio, la cuna lumpen del punk rock capitalino. A poca distancia de donde estoy se encuentra la colonia San Felipe de Jesús, donde Massacre 68 comenzó su historia. Porque sí, fue a unas calles del Gran Canal cuando por primera vez se conectaron a un solo amplificador el bajo de Thrasher, la guitarra de Virus y el micrófono que recibía la saliva de Aknez, mientras July azotaba los tambores. La historia cuenta que fue en esos primeros ensayos, en los años ochenta, que el cantante encontró su voz; “la de la ronquera, la de me vale madres la vida”, como él mismo comenta. Se dice que esos cuatro iban a bautizarse en cerveza con el nombre de Los Residuos, pues provenían de los desechos de agrupaciones como Kaos Subterráneo,  Histeria y Descontrol; sin embargo, Thrasher propuso Massacre 68 y el resto accedió. Fue el Nene (integrante de Psicosis y Los Puercos) quien completó el cuadro, diseñando con afilado trazo la que sería la imagen emblemática de aquellos inadaptados, integrada por fémures formando un vocablo entre aros sangrantes.

De la San Felipe salieron grupos como el Síndrome, Rebel´D Punk, SSXX, Hospital X y nosotros. Pero el pedo no es saber quiénes salieron de ahí, sino quiénes lo hicieron con ideas de cambio. A mí me gustaría decirle a cualquier extranjero que en México hay gente chingona; sin embargo, sé bien que muchos de los punks de aquí están llenos de pura mierda. Aknez.

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“Hace 27 años hicimos canciones crudas que hablaban de lo que nos pasaba”, dice Virus, “rolas como “No estamos conformes”, “Ellos o nosotros” o “Policías corruptos” están basadas en lo que experimentábamos entonces viviendo aquí, en la Ciudad de México, como punk rockers; eso es lo que sentíamos frente a la autoridad. Jamás fuimos unos rebeldes sin causa”; “Era difícil vivir en la Ciudad de México en los años ochenta —prosigue Thrasher—, más si lo que te gustaba era el rock; aunque la neta te iba peor si lo que te latía era el punk”. Hostil se antojaba el panorama de aquellos días; pero el cuarteto, además de andar a contracorriente en tocadas donde sobraban drogas y rabia, formaba parte del colectivo Cambio Radical Fuerza Positiva, que se reunía los jueves en el Museo del Chopo; el espacio donde, casi por casualidad, los punks y los thrasheros harían de lado rencores para bailar slam por vez primera mientras Massacre 68 se rajaba la trompa entre amplificadores. “Y cabe aclarar que en el slam no había golpes —advierte Virus—, sino ganas de desprenderse de todo el sentimiento de frustración y represión que se vivía en las calles y los hogares. Desde esa perspectiva, puedo decir que el punk que nosotros conocimos jamás fue mediocre, mucho menos lucrativo, sino creativo. Para nosotros, el punk era un ideal. Arte”.

Jamás Massacre 68 fue mero desmadre. Tocamos alguna almas, de gente disfuncional, quizá, que encontró unidad con nosotros; unos arriba y otros abajo del escenario. Jamás nos hemos sentido especiales. Todos somos iguales, todos hemos sentido miedos, todos hemos sido quebrantados alguna vez y de alguna u otra manera todos vivimos esclavizados. Virus.

El modo que el grupo encontró para plasmar todo lo que encontraba al andar sobre el asfalto fue grabando un demo secundado por un LP —¡No estamos conformes! (Independiente, 1989)— rebosante de himnos de batalla que los escuchas con pelos de pun(k)ta adoptaron cual cachorro herido. “Miseria”, “Policías corruptos”, “Víctima del vicio”, “Malditos candidatos”, “Sistema podrido”: algunos de los títulos que el plato aloja. Pura bala fría. Plomazos directo al pecho. Aunque vale decir que en dicho disco no participan Virus (quien se mudaría a Tijuana para tocar con Solución Mortal) ni Thrasher (quien se entregaría de tiempo completo a Atoxxxico), y que sus lugares serían ocupados por Chopis y Pedro para así inmortalizar el cancionero más célebre de la banda, el temario que a codazos hizo que el grupo se ganara un sitio privilegiado en la historia del punk mexicano.

¿Cuánto cuesta un disco nuestro hoy día? Yo no tengo ninguno, pero si llegara a mis manos una copia, la neta la vendería en chinga porque no mames, vale como dos mil pesos cada una. Está cagado porque en su momento nosotros vendíamos ese disco a quince pesos. ¿Cuántas copias vendimos nosotros; mil, dos mil? Tal vez. Pero no de un putazo. Jamás nos hicimos ricos. Si en un día de suerte vendíamos tres discos, pues a huevo, usábamos ese dinero para irnos a comer, y nada más. Pero aun así algunos nos siguen tachando de capitalistas. Thrasher.

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Tras la edición del vinil y la salida de Virus y Thrasher, Massacre 68 sufriría diversos cambios de alineación con Aknez como única constante. Ese lapso sería aprovechado por algunos escuchas para proporcionarle un halo místico a la obra del grupo, aunque otros decidieron anidar un rencor de proporciones descomunales hacia dicho legado y, muy especialmente, hacia las actividades extra musicales del dueño del micrófono. Al respecto, Aknez afirma que “siempre ha habido güeyes listos para desmadrar, para destruir, punks que no buscan alternativas ni soluciones. Punks que a mí me cagan. Si cada pico que esos traen en sus chamarras albergara una buena idea, sería genial verlos a diario; pero en realidad traen sus chamarras llenas de puritita mierda. Es cierto que los punks han sido marginados, pero en determinado momento ellos se auto marginaron. Por eso a muchos de ellos yo les preguntaría: ¿qué hicieron con la escena?, ¿nunca entendieron que ya no se necesitan disfraces, sino objetivos?”. “Aknez odia la actitud punk negativa que lamentablemente prevalece en el movimiento de México”, continúa Thrasher; “y lo hace porque se ha hablado mucho de unidad, pero la verdad es que las etiquetas nos han dividido. Por otro lado, el resto de la escena del rock nacional jamás le dio nada al punk mexicano; al contrario, le quitó. Pero, en su momento, gente de grupos como Santa Sabina, Caifanes o Maldita Vecindad se hicieron amigos nuestros e iban a nuestros conciertos”.

Jamás nos interesó el éxito. Aunque quizá pudimos alcanzarlo alguna vez, cuando los de La Polla Records nos invitaron a viajar con ellos. Pero yo no quise que eso pasara. No acepté porque no quería que nos volviéramos famosos; quería que sufriéramos, que tuviéramos problemas reales. Quería que le chingáramos. Aknez.

Tras su desmembramiento, tendrían que pasar décadas para que aquella alineación primigenia se topara de nueva cuenta, a fines de 2015. “Nos castigamos, nos dejamos de hablar”, acepta Aknez; “Vivimos una etapa de destrucción a lo largo de nuestra juventud que nos sirvió para alcanzar una era de conciencia. Pasamos de un estado de locura, de sentimientos encontrados y llanto, a un reencuentro. ¿Por qué juntarnos otra vez? Porque descubrimos que vivimos el tiempo justo, el tiempo exacto para reconciliarnos tras perdernos muchos años. Decidimos al final estar unidos porque somos amigos de verdad”. Thrasher es quien detalla cómo fue verse de nuevo las caras, tras años de rencillas: “Yo pensaba, este güey del Aknez qué chingados quiere, ¿por qué me anda buscando? Un día me llamó y me dijo que se iba a juntar la banda, que ya estábamos grandes y que había que dejarnos de mamadas. La neta, en dos minutos arreglamos todos nuestros pedos”. “Todo se acomodó por sí mismo, continúa Aknez; “July venía de vacaciones a México con su familia (vive en Finlandia) y Virus también planeaba venir para acá (reside en Tijuana); es Pedro quien ahora completa la alineación pero, claro, falta Chopis, a quien quisiera pedirle perdón porque casi lo volvemos loco. Él vive en Nueva York y la está pasando mal, pero es uno de los más chingones que ha habido en la banda, es un pintor y músico muy cabrón”.

¿Otra vez los punks, otra vez Massacre? Un chispazo vino a mí, sentía que era momento de reunir de nuevo al grupo. Yo ya estoy sanado con la banda punk; la odio, ya no quiero verla, pero dentro de mí también hay amor, cariño. Finalmente tenemos muchas cosas en común. Aknez.

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Xenofobia

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A//Toxico

***

Y aquí me encuentro esta noche, frente al Libélula, esperando que aquéllos sediciosos hagan lo que mejor saben: desfajarse, extraviar la compostura. Son cerca de las ocho cuando decido internarme en el foro. Afuera dejo a decenas de punks, escuchando desde la banqueta cómo Xenofobia da comienzo a la tocada. Para mi sorpresa, el sitio luce medio vacío, con apenas unos cuantos brincoteando con el tema antorcha de los autores de “Juventud acabada”, hasta que A//toxico hereda el escenario; entonces, una oleada de punks inunda el foro para desatar a esa bestia de modales brutos llamada slam. Con el bozal lejos del hocico, el animalejo se convulsiona a sus anchas una vez que Rolo toma por sorpresa el micrófono para repasar varios temas firmados por Atoxxxico, como “Chilango”, “De rodillas a la villa” y “Nadie en quién confiar”. Antes de que el grupo de marras desaparezca, resulta ya imposible alcanzar la barra con tal de hacerse de un trago y visitar el sanitario se antoja más complicado que rodar desnudo entre nopales. No cabe un alma más y gordas gotas de sudor intoxicado escurren del techo formando estalactitas. Entonces, cuando el olor a pegamento empieza a taladrar la cienes, July, Pedro, Thrasher, Virus y Aknez escalan la tarima para atacar sus instrumentos. Sin sutilezas de por medio, el quinteto fuerza las perillas de sus aparatos hasta que éstas alcanzan el tope para así colocar a la audiencia justo donde ésta ansiaba encontrarse: en el campo de batalla.

¿Somos unos ruckers, unos chavo rucos? Bueno, si quieren verlo así, adelante, está bien. Nosotros sabemos que nos estamos divirtiendo y que, además, estamos tocando bien. Pero quiero decir que ir a vernos tocar no es una manda, no es algo que haya que hacer porque es a fuerzas. Porque así pasa, algunos creen que hay que ir a escucharnos porque esto tiene valor curricular, aunque echen a perder el concierto con un puto portazo. Thrasher.

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Poco importa la altura de las mohicanas, su color ni lo afilado de sus puntas, tampoco cuan oxidados estén los estoperoles de sus portadores ni quién de ellos presuma el enunciado más desobediente en el pecho de su camiseta; la meta de todos es alcanzar a Aknez y arrebatarle el micrófono para improvisar un dueto, para gritar “¡pelones, pelones!” como si en el acto se jugaran máscara y cabellera. En la operación, quien comanda las blasfemias se raja los nudillos hasta sangrar, se sacude por el suelo y los aires como si un tolete eléctrico le raspara las costillas y, por supuesto, hace expediciones abajo del escenario, surcando cabezas y esquivando puñetazos hasta volver con sus compinches y continuar con la tanda de quejas. Por ahí se escucha que los del Circo Volador decidieron no abrirle las puertas a quienes esta noche protagonizan la que ya se antoja como una de las mejores tocadas del año; y qué bueno que así haya sido. Porque el Libélula arropa con afecto a la horda de sediciosos que me envuelve y, lejos de rechazarlos, permite que los recién llegados, aquéllos de mata frondosa que hoy por vez primera vez se juntan con los desparpajados inconformes que ya muestran alopecia, se sientan como en casa desde el primer guitarrazo.

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Tras una hora de zarandeo, el espectáculo llega a su fin. “In the flesh?” es el tema que el DJ en turno elige para aplacar a los que se secan el sudor mientras chocan sus manos, dejando fuera de juego cualquier resentimiento provocado en el caos del baile. Yo escapo así, con los brazos cansados y la camiseta arañada, considerando que hay sentimientos que aguardan años con tal de ser revividos. Recuerdo mucho de lo que he vivido en este barrio, pestilente y polvoriento, mientras corro con tal de alcanzar el último tren de la jornada. Luego, al llegar a la estación más cercana, en el torniquete de acceso choco con un punk de mohawk flácido y por un segundo ambos nos quedamos mirándonos, frente a frente. Nos barremos con la mirada sin que ningún gesto defina nuestro humor, ligeramente aturdidos por el zumbido flaco y castrante que nos atraviesa los oídos hasta que cada quien toma su sitio en el andén, pero antes de perdernos para siempre nos regalamos un último vistazo que, sin palabras de por medio, nos conduce a un abrazo espontáneo. Es que hemos reconocido nuestras caras: fuimos carnales en el slam; es decir, fuimos uno mismo por un instante. Constituimos una fuerza —tal vez indestructible— proveniente de la nada y del todo. “Algo de punk he de tener”, pienso otra vez mientras la señal de alarma de las puertas se activa y mi convoy arranca, helado y vacío, hacia otra parte.

Soy cantante de una banda que se supone está compuesta por punks locos, tal como la sociedad nos ha tachado desde siempre. Pero ninguno de nosotros trae los pelos parados ni la indumentaria clásica, y esto nos margina porque no nos identificamos con los mohicanos radicales. A veces no sé cómo hacerle, porque nos encontramos tragando mierda y además estamos pagando por ella. Entonces siento dolor, dolor al verme usado como una puta. Aknez.

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Editor Yaconic

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