Por Gonzalo Martré*

Ilustración: Eduardo Cornejo / Tumblr / Instagram

Memo, el bello Memo lo presentó al matrimonio: él, un señor de continente grave y porte distinguido. Ella, una elegante dama frisando los treinta y cuatro años. Desentonaban en el Safari donde todo era informalidad de snobs e intelectuales. Memo se mostraba solícito:

—Les he platicado que tú y yo somos muy amigos. Muy amigos —dijo con marcada intención.

Rosendo se ruborizó imperceptiblemente al recordar el besuqueo de hacía tres noches con Memo. Cierto que estaba ebrio. ¿Pero por qué diablos había correspondido a esos besos? Ahora Memo se creía con algunos derechos, se notaba.

—Si puedes, te tomas una, ¿eh?

Veía a Memo. Sus besos no le repugnaban. Era lo mismo que besar a una mujer… con barba de veinticuatro horas.

—Ellos desean conocerte.

Sin duda fue producto de la borrachera. Lo extraño era que aceptaba el hecho como si nada. Tranquilo. Ausencia de remordimientos.

—Esperamos contar con su amistad.

—Por supuesto, me honran.

Sábado de ambiente sobrecargadísimo. Ajetreo incesante. Silvia tuvo que cantar en medio de murmullos que la molestaron mucho. A las lesbianas jugadoras del frontón alguien les robó una bolsa y armaron un alboroto. El conjunto de Los Pao repitió cinco veces “Los hermanos Pinzones”. Cuando salió del Safari, Memo y la distinguida pareja lo esperaban. Como todas las noches, dos o tres grupos discutían entre sí acerca del sitio donde continuar la onda gruesa. Hablaron a Rosendo. Adelantándose, Memo le impidió acudir al llamado.

—Ven, te invitamos al Zafiro.

Él opuso una ligera resistencia:

—Tengo sueño, Memín. Anoche la agarré.

La señora intervino. Bajo la luz mercurial se veía muy hermosa.

—Venga con nosotros.

safari

No pudo resistir y accedió a la voz agradable y educada de la dama. En el Zafiro permanecieron un rato. Escucharon durante media hora las cansadas letanías de Cuco Sánchez.

—Tengo hambre —declaró ella.

Ante la insinuación, el hombre propuso:

—¿Si fuéramos a Sanborns? Aquí están a punto de cerrar.

Ella hizo un gracioso mohín despectivo:

—Comida para gringos. ¡No, por favor! Podríamos ir a casa.

La sugerencia situó en alerta a Rosendo. Seguro se avecina una pequeña orgía. La combinación no carecía de originalidad, una mujer (posiblemente lesbiana), un homosexual, un hombre (tal vez mayate) y él.

El marido aprobó:

—Buena idea. ¿Quiere usted acompañarnos?

La aceptación de Rosendo fue automática:

—Desde luego. Será un placer.

Abordaron un Lincoln negro 1965 y se movieron hacia la colonia Condesa. En una de las calles despidiose Memo aduciendo un pretexto baladí. Mientras el auto corría por el Viaducto rumbo al poniente, Rosendo cavilaba.

Su composición psicalíptica crujió por lo vertical. Ahora no le cabía duda ya. Se trataba de un menage à trois. Un dúplex, según la jerga en boga. Bien: señoras de esa estirpe, en su condición de modesto mesero, así se tratara de mesero del Safari, eran estrellas inalcanzables. Las había visto entrar al Can Can o al Jacarandas, inaccesibles en su lujo, amuralladas en su posición social. Diosas transferidas a la ciudad, deambulando por la Zona Rosa, hechas de cuarzo y luz como fantasmas de un mundo silicónico. Rosendo hubiera repetido el celebérrimo poema anheloso y masoquista, tan citado que ya es un lugar común, contento de superarlo: “¡Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida, tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida!”. Como ignoraba la existencia de los versos de Tablada, únicamente se dijo: “Hasta que me cayó una con zapatos”.

Las Lomas eran un laberinto de calles iguales, un muestrario interminable de mansiones principescas. No se dio cuenta exacta de la ubicación de la casa, sin embargo, apreció el lujo asiático combinado con el buen gusto que resaltaba en el interior. Lo introdujeron hasta una salita, aislada del conjunto de habitaciones que constituían la mansión y donde hería la retina una blanquísima alfombra apeluchada. Instintivamente se miró las suelas: el paso por varios metros de otras alfombras las había limpiado.

—Es nuestra salita japonesa —explicó Lady Madonna— lo vamos a dejar solo unos segundos, mi marido y yo nos vestiremos a la usanza del viejo Japón. Usted, si gusta, puede ponerse una bata que encontrará en la caja de aquella esquina. Cámbiese totalmente. Regresaremos con las copas. Siéntase a gusto.

La velada orden de quitarse la ropa fue acogida con entusiasmo por el muchacho. Se desnudó, se puso la bata de seda y en la misma caja guardó su ropa incluyendo el calzado.

El hombre regresó vestido con una bata similar y empujando un carrito con licores y bocadillos. Ella traía un ajustado vestido de seda oriental y por el libre movimiento de sus senos y la ausencia de marca del orillo de la pantaleta, asumió que debajo nada tenía puesto. Una larga abertura a lo largo del muslo le permitía sentarse. No había sillas. Sólo muelles cojincillos de diversos colores. Una bocina hábilmente disimulada esparcía una música lánguida y agradable. En la pared un par de grabados eróticos japoneses. Un biombo chino en un rincón y tres máscaras de Siam en el otro. En el centro una mesita incrustada de marfil. La conversación pasó de Memo al Safari, del Safari al sexo.

Renato dijo en tono doctoral:

—Envidiables tiempos aquellos de Grecia y Roma. Hablo de la Grecia de Platón, de Eurípides y Xenofonte, de la Roma de Calígula, Claudio y Nerón, no de la Grecia del reyecito Constantino ni de la Roma actual. Hablo de aquellos remotos y envidiables tiempos en que el sexo era un juego libre de las supersticiones y mitos de hogaño: ¡Qué perjuicio tan terrible hizo a la humanidad el cristianismo! Llegó la Iglesia católica hinchada de soberbia y poder autonombrándose la salvaguarda moral y material del mundo. ¿Y qué pasó? ¿Se acabaron las guerras? No, desde luego. ¿La gente dejó de robar, de asesinar, de violar? Tampoco. En cambio se proscribió y se le colgó el sambenito de pecado a la más legítima y sublime función natural del hombre:a la sexual. Nada menos a aquella que permite el curso de la historia de la humanidad. ¡Estupenda doctrina! En el amanecer del Renacimiento se hizo poco caso de ella, por fortuna. Luego volvimos a caer en la penumbra del puritanismo rastacuero y la respetabilidad necia. La Iglesia católica imbuyó en las mujeres conceptos negativos del sexo y con ello envió a sus maridos en brazos de la amante a sacudir su frustración. En un país subdesarrollado como México, la religión tradicional mantiene reglas y normas de comportamiento que resultan irracionales y frenan el crecimiento económico. (Seamos obedientes, resignémonos, así lo quiere Dios y sus designios son inescrutables). Y la gente es desgraciada, el catolicismo popular la repleta de inhibiciones respecto a su vida sexual, de tabúes de culpa y gazmoñería que estrangulan y ahogan las relaciones conyugales hasta degradarlas a la ínfima categoría de pecado. Pecado. Algún día, tarde o temprano, tendrán que tolerar los anticonceptivos para poder utilizar el sexo como medio de procurarse un legítimo placer que la naturaleza nos legó no sólo como un instrumento de fabricación de niños. Se lo repito, caerá la barrera. De otro modo la Iglesia perdería prestigio y ha demostrado a través de dos mil años que tiene hombres que siempre la salvan a tiempo. Ahí está Juan XXIII, el décimo-tercer apóstol… Claudia, ¿quieres hacernos un strip-tease?

El brusco cambio de tema dejó mudo a Rosendo. El cura estuvo de acuerdo con su madre. Darwin, al igual que un tal Marx, no eran sino dos sucios judíos enemigos acérrimos de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, cuyos preceptos no admitían discusión por ser claros y dictados por sabios de verdad cuya inspiración venía directamente del Altísimo. Le prohibió repetir semejantes sandeces y le impuso una penitencia ligera; claro que él no era culpable de tales engendros. Al salir colocó en la balanza de su joven discernimiento lo dicho por sus padres, por los clérigos y las monjas de la escuela confesional donde hizo la primaria, por un lado, y por otro, lo que aseveraba aquel profesor. El final quedó neutro.

Iba a decir algo pero Claudia atrajo su atención.

—No se presta este vestido, Renato.

—Oh, sí. Haces la mímica de despojarte de guantes, medias y demás. Nosotros, con nuestra imaginación, suplimos el vestuario. Tal como se acostumbra en las obras de Alexandro, belleza y talento. Tant mieux.

—Necesito música apropiada.

—En esta cinta me parece que está el “Tema de Tracy” tropicalizado. ¿Te agrada?

Ella se rió:

—Bien, mientras localizas el “Tema”, prepararé otro jaibol.

Renato le guiñó un ojo a Rosendo:

—Lo necesitaremos muy pronto.

El “Tema de Tracy Danke Schón”, en arreglo de órgano, tumba y bongós invadió la estancia. Renato retiró apresuradamente la mesita del centro.

Claudia inició una sensual y rítmica danza haciendo un strip imaginario. Con voluptuoso abandono imitó el rito de las strip-teasers profesionales. El lento despojarse de los guantes, zapatillas y medias. Las contorsiones lúbricas para bajar el cierre del vestido resbalando por la blanca piel. El revolcarse sobre el peluche de la alfombra hasta quedar en la seda crujiente estampada con dragones y lotos. Brassier y trusa nada más. Hipotéticos. Bajo aquella piel sin mácula, setecientos demonios jugaban con los músculos, con los nervios. Casi se les podía ver tironeando con fuerza, lograr lujuriosos quiebres. Ante las máscaras siamesas las últimas contorsiones eróticas cargadas de fluidos deletéreamente enervantes. Nueva hija de Hécate, Claudia tenía hechizado, fija la vista y pesada la respiración, a su reducidísimo público. La mímica desplegada era casi hipnótica. Cuando simuló arrojarles el brassier, automáticamente hicieron un movimiento para recibirlo. De un tirón se quitó el vestido. Al erguirse, tensa, agitada, Rosendo tuvo ante sí el cuerpo de mujer más perfecto que había en México. Se tocó la barbilla meditabundo: “¿Por qué Dios hará a las ricas tan bonitas y tan bien formadas?”.

El strip-tease terminó. Claudia no se vestía. La música continuaba.

Renato miró a Rosendo:

—¿Por qué no baila?

Tenía una erección visible bajo la bata. Trató de eludir.

—No sé si debiera.

—Claro, por mí no se detenga.

Abrazó a aquella hembra maravillosa con cierta timidez. Claudia entreabrió la bata de él y pegó sus senos a su pecho. Antes de terminar la música, la prenda estaba en el suelo. Renato la retiró suavemente. Luego ella, sin dejar de mirarlo y sin soltar sus manos se tendió con lentitud en la alfombra.

Rosendo comprendió. Claudia era el pago. Después tendría que hacerlo con Renato. ¿Después? Después ya vería. Por lo pronto, allí estaba Claudia. Hermosa como un sol. La poseyó con furia. Casi con salvajismo.

Los ojos de Renato despedían chispas de lujuria azul, era más, mucho más de lo que había esperado. Buscó los ángulos favorables para ver aquellos genitales en plena acción y gozó indescriptiblemente. Las humedades lubricantes producían chacualoteos significativos. El solitario placer de Renato seguía paso a paso la curva ascendente del eros de los amantes. Cuando el nudo se deshizo, Renato se abalanzó sobre Claudia exclamando:

—¡Estuviste portentosa, mi amor!—y la besó con pasión.

Luego le dijo a Rosendo:

—Gracias, muchacho, gracias. Toma este recuerdo. Ahora vete, te lo suplico, el chofer te espera. Te llevará a tu casa. Mi Claudia y yo nos amaremos hoy como nunca.

El muchacho miró a los ojos de la Duquesa de Alba. Vio luces de una lujuria ajena a él. Renato murmuró versos compuestos a su mujer por un joven poeta de moda: “Quinto y Vatinio dicen que mis versos son fríos” / Quinto divulga en estrofas yámbicas / los hechizos de Lesbia. Vatinio canta / conyugales y grises placeres / Pero yo, Claudia, / no he arrastrado tu nombre por las calles / y plazas de Roma / y el pudor y la astucia me obliga / a guardar tales ansias para sólo tu lecho nocturno.

Margarita de Borgoña le entregó su ropa. La puerta del placer se cerró. Desconcertado, Rosendo se vistió en la habitación contigua. Miró un anillo en su dedo. Nada comprendía. “Estos ricos”, gruñó. Al ponerse la camisa sintió un dolor en el hombro. Se miró. “Hijo, qué mordida. Qué bronca”. Lo invadió un lejano sentimiento de haber sido sólo un medio y no el fin, pero se consoló a sí mismo: “Apuesto que su marido no la hace gozar como yo”.

pliego portada safari.indd *Este fragmento —cuyo título corrió a cargo del staff de esta revista— pertenece a Safari en la Zona Rosa (Edición conmemorativa, NITRO/PRESS, 2015), novela de culto del escritor Gonzalo Martré, publicada originalmente en 1970. La edición se presenta con mínimas adecuaciones y está acompañada de memorabilia, reseñas de la época, y notas de Carlos Gómez Carro, René Avilés Fabila, Humberto Musacchio, Víctor del Real, Iván Farías y el propio autor, un iconoclasta de las letras del país. ¡Dense!

Editor Yaconic

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