Por Julián Woodside / @julianwoodside

El momento en el que pareciera que no significa, la música se vuelve más significativa. (Radano & Bohlman, 2000:43)

Con frecuencia, un rumor parte de un prejuicio y sus víctimas se convierten en cabezas de turco[1]. Pero el prejuicio por sí solo no es un acontecimiento, sino que forma parte de un sistema cognitivo. Los rumores, en cambio, poseen siempre una cierta actualidad que les permite expresar o potenciar determinados prejuicios latentes sin identificarse con ellos. (Neubauer, 2013:19)

Los jóvenes en Iberoamérica reportan diferentes grados de apertura hacia temas sociales y valóricos controvertidos, como la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, la marihuana y el aborto, la apertura a inmigrantes y la pena de muerte. En general los jóvenes de Brasil tienden a tener opiniones más liberales hacia estos temas, mientras que los mexicanos y de la región Andina expresan opiniones más conservadoras. (1a. Encuesta Iberoamericana de Juventudes, 2013:85)

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Recientemente en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se llevó a cabo una mesa titulada “¡Ay, no memes!: la caída de Edgar y el apotegma del siglo XXI” (nominada a “Título más mamón de una mesa, 2016”). Más allá del contenido, lo interesante ocurrió cuando se anunció la misma, pues no faltaron las críticas —irónicamente mediante memes— sobre cómo la academia se “vulgarizaba” al abordar temas “tan banales y poco productivos”.

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Llamó también la atención que las críticas provinieron principalmente de jóvenes; estudiantes que por una parte se quejan de lo arcaico de los modelos de enseñanza mientras que en la práctica los reprodujeron. Fue a partir de esto que mi participación en dicha mesa giró en torno a los temas que a continuación desarrollo, pues sin duda algo quedó claro: el conservadurismo de los jóvenes mexicanos al que apela uno de los epígrafes que abren este texto está presente también en el ámbito académico, así como en diversas expresiones artísticas y culturales (pues no faltan los “ignorantes” que transgreden cierto “deber ser” musical o literario, así como los fundamentalismos que reinan en los ámbitos más “experimentales”). Pero algo más importante que lo anterior es que este conservadurismo está presente en el clasismo y la discriminación cultural que tanto ha caracterizado al intelectualismo de este país (como si fuera necio legado de un criollismo resentido). En fin…

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“Si necesita Reggaetón dale… pero un chingadazo para que se le quite lo naca”. “Señor líbrame de gustos agropecuarios”. “Se ve muy contento este cabrón… deja se la hago de pedo”. “Por la música de banda es que no deja de haber gatetes caray!!”. “Piden equidad de género, pero a la hora de cargar el garrafón de agua el hombre es el más fuerte”. (En una foto de un café internet) “Komander, ya se te acabó tu media hora we”, “No manches viejón, ni sé mover esta madre porque soy de rancho”. “Cada vez que compartes… un fan de la Arrolladora conoce a Pink Floyd”. “Leer evitará que tus hijos digan fierro pariente”[2]. “No me gusta el futbol” (con la imagen de un príncipe de Disney pintándose los labios).

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Éstas son solo algunas formas en las que los memes REPRODUCEN (que no significa que fomenten, pero eso amerita otra larga discusión) la misoginia, el resentimiento social, la discriminación, la censura y el colonialismo cultural. Si, son simples memes que vemos en la red a diario. Y si bien no soy entusiasta de usar la palabra “meme”, porque tiende a limitar la comprensión de un fenómeno que existe desde hace siglos (es decir, el tratar de entender cómo se transmiten y se apropian las ideas y los prejuicios), analizar sus usos y contenidos “banales” permite comprender más sobre la sociedad que los crea, razón por la cual habría que contemplar dos cosas cuando hablamos de ellos (y del tren del mame):

  • Son sociotransmisores, pues como tales cumplen entre los individuos “la misma función que los neurotransmisores entre neuronas: favorecen las conexiones” (Candau, 2005:75). Es decir, promueven la pertenencia y la convivencia.
  • Pero también es importante alejarse de la idea de que son meros textos o imágenes que se transmiten aceleradamente y empezar a abordarlos a partir de la paradoja que caracteriza a los rumores: “como habla social y al mismo tiempo como las reflexiones que esa habla produce en forma de textos e imágenes” (Neubauer, 2013:18) (algo evidente cuando hay un tren del mame sobre un tren del mame; es decir, un “metamame”).

Los memes/rumores permiten reproducir prejuicios sin la necesidad de identificarnos como autores de los mismos. Forman parte de —y materializan— diversas opiniones, mientras que su vigencia radica en qué tan pertinentes son sus temáticas o argumentos para la comunidad. De ahí que resultara interesante cómo la mesa que dio pie a este texto se “memetizó” para reforzar o refutar posturas ajenas al tema de la misma: se utilizó para denunciar “cómo la Facultad estaba llena de chairos ociosos que no hacen sino fumar mota y ocupar el Che Guevara”, así como por ser “una clara muestra de cómo la Facultad gasta su presupuesto en ridiculeces,[3] por lo que resulta indignante que quieran recuperar el auditorio”, tan solo por mencionar algunas.

Lo digital (incluidos los memes en su definición reducida de “imagen viral”, legado de Reddit, 4chan y 9gag) ha sido tan solo un medio más para desarrollar dinámicas anónimas masivas, cuestión que existe tanto en los trolleos por Twitter como en las violaciones colectivas durante tumultos, celebraciones y guerras. Las redes sociales no promueven estas dinámicas, dependen de otro tipo de motivaciones, simplemente aceleran los procesos y las hacen más evidentes (basta recordar el reciente caso de Tay, el ChatBot de Microsoft, que la masa de Twitter —o como me gusta llamarle, Fuenteovejuna 2.0— “la volvió” racista, misógina y clasista).[4]

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Para concluir, de acuerdo con el especialista en temas de viralización e influencia social, Jonah Berger, compartimos información por seis razones, siendo una de ellas el hecho de que nos da capital social y mejora nuestra imagen ante los demás (Berger, 2013). A partir de esto entonces valdría la pena preguntarnos: ¿por qué una buena parte de los memes en México aborda insistentemente el tema del bagaje cultural y el gusto musical como una forma de distinción? Porque eso somos en el día a día: clasistas. Como somos “cultos” —y sumamente conservadores—, y se nos hace algo “irrelevante y menor” lo que le gusta a los demás —pero nos indigna al grado de TENER que dejar muy clara nuestra postura—, buscamos reforzar mediante críticas lo que queremos que se perciba de nosotros: que somos individuos moral y culturalmente superiores porque leemos mucho (con todo lo cuestionable de dicha afirmación y el hecho de que estamos en un país en el que sobran comunidades donde la esperanza de que haya una escuela o un libro resulta irrisoria), y porque escuchamos “buena” música (“como gusto auténtico y personal eh, pero quienes escuchan otras cosas son unos nacos mediocres e incultos que ni siquiera han terminado la primaria”).

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…ah, OBVIAMENTE también somos extremadamente sexistas, cuestión que se reproduce diariamente en infinidad de memes. Pero eso ya muchos lo tienen trabajado, ahí simplemente responden: “como les gusta hacer drama, es sólo una pequeña broma”.

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Referencias:

Berger, J. (2013). Contagious: why things catch on. New York: Simon & Schuster.

Candau, J. (2005). Anthropologie de la mémoire. Paris: Armand Colin.

Neubauer, H.-J. (2013). Fama. Una historia del rumor. Madrid: Siruela.

Organización Iberoamericana de Juventud. (2013). El futuro ya llegó. 1a. Encuesta Iberoamericana de Juventudes. Informe Ejecutivo.

Radano, R., & Bohlman, P. V. (Eds.). (2000). Music and the Racial Imagination. Chicago: The University of Chicago Press.

[1] “Chivos expiatorios”.

[2] Sobre el tema particular del clasismo en la publicidad de Gandhi, y no necesariamente sobre los memes inspirados por ella, se puede leer “La publicidad de Gandhi, o del lector clasista”, de Tonatiuh Higareda http://revistavozzero.com/Literatura/LA-PUBLICIDAD-DE-GANDHI,-O-DEL-LECTOR-CLASISTA-Tonatiuh-Higareda/index.php/

[3] Curiosamente esa mesa, que se llevó a cabo en uno de los salones del anexo de la Facultad, no contó siquiera con “botellitas de agua” para los participantes, mucho menos se podría hablar honorarios u otro tipo de derrama presupuestal más allá de los gastos de uso del espacio (electricidad, mantenimiento, limpieza, etcétera).

[4] Algo que sin duda nos acerca a las reflexiones de Hannah Arendt con respecto a la banalidad del mal y a las de Elisabeth Noelle-Neumann en su teoría de la Espiral del Silencio, así como a infinidad de planteamientos dentro de la sociología de masas.

Editor Yaconic

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