Por Rogelio Garza / @rogeliogarzap

Fotos: Daniel Geyne

Soy un agujero negro y depresivo de ansiedad. Desde niño he tratado de llenar ese vacío con prácticas, hábitos y excesos. De todo eso, la bicicleta ha sido la constante y en la rueda del tiempo se ha convertido en el vehículo perfecto para mi locura.

I

Es el mecanismo que describe Hemingway en su relato “El fin de una afición”, cuando dejó las carreras de caballos por las de bicicletas. “Si se trata de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo bueno solo puede llenarse con algo mejor”. Así se han sucedido las cosas con las que he llenado el vacío. Y en todos los ciclos y altibajos de mi vida la bicicleta ha estado ahí para llevarme y alivianarme.

La bicicleta me salvó de ser otra persona. Cuando dejé de causarme heridas, empecé a comer. A los 12 años pesaba 72 kilos y me abría paso a madrazos en la primaria. Mi ciclo escolar era así: entraba a una escuela–me molestaban–les partía la madre–me expulsaban. El primer apodo o burla detonaba una madriza pesada. Preocupados, mis padres me recomendaban ignorarlos y me llevaron con pediatras y nutriólogos. Pero mi vacío era superior. Al final me corrían de la escuela, no era blanco fácil de las chingas porcinas.

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Rogelio Garza.

Un día logré terminar la primaria. Y como las jefas siempre se rifan, llena de orgullo, mi madre me dijo: pídeme lo que quieras. Era 1980 y en México empezaba la moda de las BMX Cross. Aprendí a pedalear en una Récord amarilla a los cinco años, después tuve una Jaguar verde, tipo chopper, a los ocho. Pero una BMX Cross era otra cosa, la posibilidad de ir más allá de la calle cerrada en la que vivía. Fue la decisión más inteligente que he tomado en la vida. Era una Italjet azul, rodada 20, que vi en el desaparecido taller Alcántara de la Zona Azul en Ciudad Satélite.

A partir de entonces, todos los días me iba a rodar por los llanos, montes y cuevas de Lomas Verdes. Lo que me enganchó fue el alivio que experimentaba al pedalear. Atrás quedaban la ansiedad y la depresión. En breve descubrí el mundo de riders y skaters sobre ruedas en Satélite, Fuentes, Bellavista, San Mateo, Bulevares, La Florida y Echegaray. Un universo con pistas, rampas y cuartos en cada colonia, cuyo centro de atracción era el Skatorama de Lomas Verdes. En menos de un año empecé a ser el flaco aferrado que soy ahora. Desaparecieron las burlas, las peleas y pude estudiar y socializar normalmente. Entonces supe que la bicicleta y yo íbamos a estar juntos por el resto de mis días.

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En 1984 viví un año en Los Ángeles. Era la casa de unos primos en Buena Park, Orange County. El mayor, Stephen Glomba Pérez, era campeón nacional de BMX y pedaleaba en el equipo de exhibición de Vans. Usaba dos bicis, la de batalla para entrenar y competir era una Diamondback Silver Streak. Y la de exhibiciones y fotografías era una Changa DVC. Me tocaba una u otra, dependiendo del humor de Steve. También usábamos una Crucero Schwinn para hacer los mandados de mi tía Tulia. Aprendí a platicar en inglés, a realizar un montón de trucos bicicleteros y a fumar marihuana.

Por supuesto, la yerba me cambió la vida al instante. El universo lateral se me reveló escuchando 1984 de Van Halen, como el angelito de la portada. Fumar fue un partemadres. Solo hacíamos eso: pedalear, pachequear, escuchar rock pesado e ir a la playa. En las noches, Steve y sus amigos tenían la costumbre de salir como vampiros en bicicleta a rodar, fumar y comer hamburguesas al otro lado de la ciudad. Íbamos a Pasadena, a Huntington o a Long Beach. Desde entonces conservo esa fórmula: bicicletas + música + yerba.

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La BMX se convirtió en mi nueva religión. Lo primero que hice al regresar fue armar yerba y una Diamondback. Luego tuve otras, una Huffy Racing Stu Thomsen, uno de mis ídolos. Y una GT Match One. Pero las vendí todas para solventar mis viajes entre la preparatoria y la universidad. En uno de ellos, un trip peyotero en 1991 al desierto de San Luis Potosí, mi amigo El Sos llevó una bicicleta de montaña. Era una Specialized Stumpjumper. Darle unas vueltas en peyote fue una iluminación. La bicicleta y yo nos reencontramos en la conciencia vegetal. Y al regresar de ese viaje, lo primero que hice fue juntar el dinero para armar una Specialized Hardrock.

La bicicleta de montaña se convirtió en mi nueva religión. Los siguientes diez años fueron de ciclomontañismo o muerte, que siempre acompañé con todo tipo de substancias. Un exceso de ambas, bicicletas y substancias hasta el infinito. Tuve la fortuna de hacer recorridos de días y semanas de Cross Country, hoy impensables por la inseguridad. Seis bicicletas de montaña después, conservo la costumbre de recoger honguitos y deshidratarlos. Y de fumar en la montaña, antes de bajar.

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Al finalizar los noventa sucedieron dos cosas que me cambiaron la vida otra vez. Se me pegó el flotador con el alcohol y la cocaína, lo cual me llevó a tener un aterrizaje forzoso con el Doctor Alexis Arroyo, psiquiatra místico y alumno del Doctor Salvador Roquet que se convirtió en mi Hombre de Poder y me alivianó en ocho meses. En su terapia descubrí cosas insólitas. Por ejemplo, que cada vez que me subo a la bici experimento la protección cariñosa de mi madre por haberme regalado aquella Italjet. Ese es mi vínculo emocional con la rila. Lo que yo interpretaba como la seguridad de que nada podía sucederme en la bici. Lo cual me ha costado demasiadas caídas, atropellamientos (dos), fracturas y lesiones.

Dejé todo. Y me convertí en un fanático del ejercicio y la bicicleta. Un día, vi en Trans Vision una Mongoose Pro Style conmemorativa por los 30 años de la marca. Me la regalé a los 30. Empecé a desoxidar los trucos que aprendí de adolescente y a frecuentar a los freestyleros para aprender los nuevos. Un sábado, saltando en las rampas que había en las marinas de Satélite, entre el Office Max (antes Cine Apolo) y el Walmart, quise volar más que los demás. Por hacerme el chingón me estrellé en un canal de concreto. Sin casco. Gracias a esa caída que me tuvo en cama 15 días —y a una posterior en la misma bici—, padecí una lesión de espalda que me torturó durante esa década de sobriedad. Por la lesión tuve que dejar la bicicleta de montaña. Y eso me llevó directo a la bicicleta de ruta, porque el impacto era menor.

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Armé una Merida Road 880, gama media, y salí a las carreteras de México lindo y querido. La bicicleta de ruta se convirtió en mi nueva religión. Durante esa época prácticamente consumí todo para el dolor, con y sin receta, e invariablemente terminaba en la clínica por el piquete de cortisona. A veces usaba una faja deportiva y pedaleaba empastillado. Un caso de incapacidad médica sobre el que también he escrito. Y volví a fumar yerba. Nada te aliviana los dolores físicos y netafísicos como la yerba. A punto de operarme la columna, como última opinión fui con el Doctor Juan Manuel García, cirujano, ortopedista y médico del deporte, quien logró curarme con un tratamiento casi mágico. Mi Médico Brujo. Un Magazo que vio lo que ortopedistas y quiroprácticos no. Pero pocas cosas tan aleccionadoras como una caída en bicicleta.

Equilibrado el consumo de substancias armé una Kona Blast. Volví a las andadas en bici de montaña y la combiné con la de ruta. Le siguieron otra Hardrock y la Rocky Mountain Fusion que uso hoy. Otro ciclo empezó cuando armé una single speed con Eli Acosta —un cuadro de cromoly restaurado— para entrar a la era del “ciclismo urbano”. Pero esta moda no se me hizo religión. Ni las fixed que probé. Admiro la belleza de las fixies, pero ya estoy ruqueniall para hacerle al valiente entre los coches con el piñón fijo y sin freno. Para la ciudad prefiero una bici de montaña con llantas slim. La que sí me convirtió a otro culto fue la Cyclo Cross. Las vi en el viejo continente y me prendí durísimo. Así que hace tres años armé una Kona Jake The Snake, la que uso hoy, que combina lo mejor de la ruta y montaña.

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Nunca imaginé que mis dos piernas me llevarían a pedalear tan lejos por diversas ciudades, montañas y carreteras. Por playas, selvas, bosques, desiertos y volcanes. Bajo el sol, la luna y las estrellas. En la lluvia, en medio de tormentas, ventiscas y tolvaneras. A través de caminos y ríos, senderos y single tracks. En la nieve, en el lodo y las piedras. Sobrio, intoxicado, perdido y enfermo. En otros estados, países y continentes. Solo, acompañado y en grupos de toda calaña. Y cada vez que hace frío las lesiones en la espalda, las rodillas, el hombro y la mano derecha, me recuerdan qué buen rol ha sido mi vida.

II

Del 19 al 23 de abril de 2017 se realizó el “Sexto Foro Mundial de la Bicicleta, Ciudades Hechas a Mano” en la Ciudad de México. Mientras esperaba que el comisionado de arte y cultura, el pintor y grabador Roberto Martínez, confirmara si iba a participar, leí en el periódico que los Bicitekas cumplieron 18 años y el Movimiento Bicicletero Mexicano, 31. De golpe recordé que en el 2000 entrevisté al fundador de este movimiento, Armando Roa Béjar, y a los flamantes Bicitekas, Leon Hamui y Xavier Treviño —antes Radicales Libres—, para un reportaje que titulé “La bicicleta nos hace más humanos”. En esos días empecé a recopilar bibliografía sobre ciclismo y bicicletas, libros y revistas que conseguía aquí, allá y más allá.

En 1999 empecé a escribir lo que se convirtió en un libro sobre la historia de la bicicleta. Quería hacer algo con las bicicletas además de montarlas y rodarlas. Intenté hacer escultura, pero fracasé. Solo conservo una Cabeza de toro de Picasso. Luego intenté hacer fotografía, pero también fracasé. Pasé más de un año retratando a personas de diversos oficios con sus bicicletas. Así nació la idea: Las bicicletas y sus dueños. Sin embargo, los retratos eran malísimos.

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Una tarde de ocio, hojeando una revista de ciencia, leí una entrevista que le hicieron a Albert Einstein, en la que declaraba que la teoría de la relatividad se le había ocurrido mientras daba una vuelta en bicicleta. Fue cuando soltó aquél principio universal de “La vida es como un paseo en bicicleta, para conservar el equilibrio es necesario mantenerse en movimiento”. Y una de las fotografías que ilustraba el texto era Einstein pedaleando una clásica Schwinn Cruiser B10E de llantas cara blanca, como la que usábamos en Los Ángeles para hacer los mandados de mi tía. En ese instante todo se armó en mi cabeza y así escribí el primer texto, “La Schwinn de Albert Einstein”. En 2008 renuncié a la agencia de publicidad donde trabajaba y publiqué el libro. Lo presenté en varios Estados y lo llevé a todas las ferias. Salió para hacer una reedición con diez capítulos adicionales en 2009 y luego otra reimpresión en 2011. Dejé de escribir sobre música, viajes y libros, mis terrenos habituales, para dedicarme a teclear sobre mi nueva religión, el ciclismo y la historia de la bicicleta. Fue algo que me atrapó en la literatura y el periodismo. Y eso es lo que ocupa mi departamentito: música, libros y bicicletas.

Durante muchos años tuve un sueño como Luther King. Trabajar en una empresa de bicicletas. Gracias al libro y a lo que publicaba en revistas, periódicos y blogs, me buscaron para todo tipo de iniciativas. En 2013 me llamaron de una empresa mexicana de sistemas de movilidad sustentable que ha tratado de entrar al negocio de los sistemas de bicicleta pública.

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Otra vez renuncié a mi trabajo en una agencia de publicidad y entré a esta empresa como la cabeza de comunicación. Fue una pesadilla corporativa y un tour de corrupción por todo el país. Recorrimos estados y municipios presentando nuestros proyectos de movilidad y en todas partes era lo mismo: corrupción a manos llenas.

Aguanté casi dos años por amor a las bicicletas y al ciclismo. Y desarrollamos una estrategia para llegar a la iniciativa privada, estuvimos muy cerca de concretar proyectos con Bimbo y Femsa. La cuestión era que al final, el gobierno tiene que autorizar todo y acá estaban dispuestos a todo con tal de facturar. Las empresas europeas asociadas que nos asesoraban y certificaban solo pelaban los ojitos horrorizadas. Un día estuvimos a así de instalarle al desgobierno de Veracruz unos sistemas de escenografía duartesca para los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2014. Logramos convencer al director de la empresa de no hacerlo.

El caso es que me llegaba la hora de entrarle al baile de la corrupción y el dinero. Perdí el sueño. Te faltan huevos para entrarle —me decía en el insomnio—, no tienes ambición. Y una semana después de fallecido mi padre, en un reset interno, renuncié. No pude seguir con eso. Con el gobierno nada. Y tampoco soportaba al “director” de la empresa, un ex chalán de diputado perredista. Y ahí terminó ese sueño bicicletero.

III

Desde que era un adolescente moverme en bicicleta ha sido lo normal, como deporte y transporte. El ciclismo urbano existe desde hace 200 años, solo que ahora se le nombra así, se organiza, se reglamenta y se adorna con toda la parafernalia y la moda. Me involucré en todo eso al finalizar los noventa. Asistí a la fundación de la Red Nacional de Ciclismo Urbano en 2008 y participé en los primeros congresos nacionales en Ciudad de México, Guadalajara, Puebla y Oaxaca. También asistí a las rodadas de todo tipo y causa e interactué con las principales organizaciones y grupos emergentes. Hasta que me descubrí haciendo activismo. Lo respeto, porque está transformando las ciudades. Pero no se me da porque no tiene que ver en mi relación con la bicicleta, cuya esencia es liberadora y libertaria, y no la comprometería con agendas ajenas a eso. Existe la postura de convertir a la bicicleta en un instrumento político comprometido, con lo cual difiero.

Entonces arribó una oleada masiva de nuevos ciclistas y activistas, haciendo del ciclismo una militancia de consigna, “bájate del coche y súbete a la bici”. Muchos de ellos recubiertos de corrección política y superioridad moral para dar lecciones a diestra y siniestra. Llegaron en bici como si manejaran el coche, invadiendo espacios peatonales, peleando con todos los transeúntes. Formaron cientos de grupos y organizaciones para disputarse el protagonismo y el liderazgo. Generaron discusiones bizantinas en las que solo ellos tienen la razón. Se puso de moda clavarse a trabajar en el gobierno a la menor oportunidad. Y claro, la mayoría son expertos instantáneos que ostentan la invención de eso llamado “ciclismo urbano”, ansiosos por demostrar que están salvando al mundo.

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Por eso pinté mi raya sin Comex para pegarme a lo que me mantiene en movimiento, rodar y escribir. Me sumo pedaleando, como siempre lo he hecho con o sin causa política, urbana o ambiental. Ando en bicicleta porque me gusta, me aliviana y me siento seguro en ella. Además, cada vez que pedaleo experimento la magia, que para mí consiste en caminar en el aire y volar con los pies. Con los años me he hecho a la bici, flexible y ligero, el cuerpo curvo y la mente circular, de pensamientos redondos. La clave de la vida es el movimiento. A los 47 años soy un peso pluma de 56 kilos tranquilo y rodante.

Por eso digo que soy quien soy por las bicicletas.

Editor Yaconic

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