EL TRÍO TORONTONIANO EN EL NRMAL 2015

 

Por Mariana Mata / @mariaaannnaaa
Fotos Mishel Ceballos

Imaginemos al sonido como una cuerda; como un látigo que ondea en el espacio; una flecha que se lanza al horizonte de manera concisa, determinada, rápida y sin temores; un punto de fuga al firmamento. Lo anterior nos permite vislumbrarlo como algo visual. Y eso —que pareciera no tener sentido— es la sensación que dejó Metz tras su presentación el Festival Nrmal 2015.

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Metz es un impresionante grupo en vivo. Si su álbum debut, el homónimo METZ, sorprende con su corrosiva sonoridad, verlo tocar en vivo te vuela la cabeza. La banda de Toronto era uno de los obligados del Nrmal. Sin duda alguna. Así que el sábado 27 de febrero a las 16:45 horas salió al escenario ante un público contagiado de su locura ruidosa. Durante más de 45 minutos fuimos testigos de un sonido epiléptico con canciones como “Get Off”, “Wasted”, “Headache”, “Wet Blanket”, y el más reciente sencillo “Acetate”.

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La alineación de esta violenta y precisa triada es Alex Edkins, en la guitarra; Hayden Menzies, controlando el bajo; y Chris Slorach, en la batería. Su sonido nos recuerda por un momento a los básicos y clásicos de los 90 como MudhoneyButthole Surfers, Fugazi o The Jesus Lizard (sólo por mencionar algunos).

El trío, que vio la luz en 2007, muestra una evolución sin medidas. Es conciso, justo y posee un sonido apretado que se suelta de a poco. Una sensación de ansiedad controlada que se desborda, expande y golpea tras un putazo de resonancia. Una fuerza que choca contra los objetos de manera inevitable, y que nos manipula a través de la cuerda, de ese látigo desmesurado que llamaremos guitarra, bajo y batería.

La realidad es que Metz tiene poder. En gran medida gracias a la práctica que ha tenido para mejorar. Desde su fundación, ha tocado en un sinfín de lugares y con un buen número de bandas, entre las que se encuentran Death from Above 1979, Archers of Loaf y sus compañeros de disquera, los ya citados Mudhoney. Las letras Metz corren a cargo de Edkins, y en éstas también notamos la ansiedad contenida. Piezas como “Headache”, “Nausea” y “Sad Pricks” nos inician en un rugido que no pertenece a su monótono origen canadiense.

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El primer álbum de Metz fue editado bajo el mando de Sub Pop Records en 2012. Fundada en 1988, el sello fue la máquina detrás de la confabulación grunge en Seattle. Con Bruce Pavitt —quién fuera responsable del fanzine Subterrean Pop— y Jonathan Poneman a la cabeza, Sub dio luz verde a bandas icónicas como Nirvana, Green River (cuyos integrantes formarían después Mudhoney y Pearl Jam), Tad, Soundgarden, The Fluid, Blood Circus y demás; se convirtió en la marca de un sonido definido, y dio difusión no sólo a los grupos la casa sino a otros simpatizantes, como los Flaming Lips o Sonic Youth.

El sonido sub pop es un manifiesto sobre el rock duro y nada depurado de los 70, de su evolución hardcore durante los 80, con un toque virulento propio de la supuesta pasividad de la juventud de los 90. El éxito de Sub Pop se debió al productor Jack Endino y a la multiplicidad de artistas locales que compartían una visión musical similar. Ahora la histórica disquera nos da la pauta para encontrar construcciones musicales que giran en torno al caos.

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Metz cumple con esa línea, y desde los confines del alce y del maple nos traen un nuevo material que será lanzado el 5 de mayo próximo, y que llevará por título, simplemente, Metz II. Con 10 tracks de contenido, el adelanto promete guitarras titánicas, una batería justa y voces que nos darán escalofríos y nos patearán directamente en el estómago.

El sencillo que abre este nuevo álbum es “Acetate”, una canción que reafirma los impulsos rítmicos fabricados mediante la destrucción. Metz es un trio lleno de brutalidad-ruido que, como bomba de tiempo, espera explotar. Esta definición también se refleja en los videos de la banda, un encadenamiento de imágenes que te altera los sentidos.

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Metz: un grito que crece de manera exponencial, acompañado de armonías para que el escucha se dé un trepidante viaje. Nuestro cerebro siente un tremendo dolor: es el anuncio de una explosión.

 

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