Por Scarlett Lindero Cortés / @ayapocosi

Fotos: Daniel Geyne

Yo soy mexicano, sueño con el Otro. Yo soy Otro, no soy yo mismo. En sueños siempre caminaré bajo esa noche estrellada de cartón. Mira, acércate, tómale foto, éste es el texto, dice Daniel Lezama (1968, Ciudad de México). En una mesita de su estudio en la calle Luis Moya del Centro Histórico, Daniel abre un ejemplar de Travelers, un libro que compila parte de su obra, y se detiene en la página en la que escribió la génesis de “La gran noche mexicana”, una de sus grandes pinturas. En el lienzo figuran Juan Gabriel y la Virgen de Guadalupe, entre otros personajes. Pero Daniel me dice que él no es pintor de la “mexicanidad” ni de su psique. Él solo puede hablar con autoridad de la suya. Pero en ello, es evidente, se cuelan las profundidades del país.

Lezama pinta en el segundo piso de un edificio carcomido en años de grises y oscuros. El centro de la ciudad está colmado de ellos, entre tienditas de abarrotes, restaurantes y locales de materiales eléctricos. Pero dentro del estudio uno se traslada a una ensoñación. Hay dos, tres, plantas. Y en las escaleras afuera hay cuatro gatos inmóviles. Cada uno en un escalón distinto. Aquí han nacido todos sus cuadros, que luego se han ido a exhibiciones en Berlín, Leipzig, Nueva York, Ámsterdam, Austria, Chicago, Valencia, Texas, Yakarta, Valencia, Londres, Viena… En México a una docena de ciudades. Lezama estudió artes visuales en la academia de San Carlos de la UNAM, y empezó su carrera en 1995. Si no hubiera estudiado pintura, sería mecánico.

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Carlos Monsiváis escribió: “En los cuadros negados a la anécdota (mujeres como naturalezas muertas, desnudos femeninos desde el asombro que profetiza autodestrucción), Lezama evidencia su proyecto: obtener, a través de la pintura, las respuestas de vida y de arte que no se detengan en la literatura, pero que usen de la literatura para interpretar las reacciones del que contempla. Esta, creo, es una de las claves: los relatos son el método para volver a la pintura, para captar la melancolía, la tristeza, el irla pasando que es el irse muriendo”.

Un niño con el mundo en sus manos. Un borracho vomitando en la esquina. La madre y el hijo. El perro callejero. El pulque en mano. Juan Gabriel. Nopales. La tierra. Falos. Pubis. Niños borrachos. Niños desnudos. Niñas desnudas. Noche de brujas. La virgen. Morenos. Morenas encueradas. Las nalgas. Los parias. La promiscuidad. La noche oscura. La noche salvaje. La gran noche mexicana. La Matria. Los trazos de Lezama son la epopeya “nacional”. Son su epopeya.

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“La gran noche mexicana”.

Daniel, ¿qué entiendes, cómo defines la psique del mexicano?

De la única psique que puedo hablar con autoridad es de la mía. Y la ventana por la cual trato de representar esa respuesta es a través de mi pintura. Pero hay consideraciones generales que se han formulado entorno a ella. Mi visión de la psique mexicana no tiene que ver con la noción de la masculinidad eternamente en jaque con la feminidad; una feminidad, creo, reprimida y escondida pero al mismo tiempo muy poderosa, que nos habla de un matriarcado que solo se puede explicar de manera análoga con la infancia del país: cuando México era un país niño a finales de la Colonia, o incluso a principios del siglo XX, era idílico. Porque de alguna forma en esa época los conflictos no se mostraban, no había que elaborar mucho los discursos sociales.

Ahora que los discursos sociales son muy elaborados y complejos, por las necesidades de la población, de la tecnología, pienso que hemos fracasado. Somos un país fracasado que sigue viviendo en un mundo infante. Y no estoy denostando la nostalgia; México no es un país nostálgico, es un país infantil, de hacerse pendejo, de “no me meto en nada, me confrontan con una cosa y no digo nada, me quedo callado o me hago güey”.

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Lo que ha pasado con esta psique paradisiaca del mexicano es que no le ha generado la posibilidad de asumir responsabilidades y, por lo tanto, de no progresar como sociedad. Somos una sociedad que está quedándose atrás; una sociedad en pañales. México es un país que necesita un psicoanalista. El mejor que tuvo en el siglo XX fue Juan Gabriel, por ejemplo. Por eso soy su fan. Juan Gabriel es el único que ha podido exorcizar esos demonios y sacarlos de esa infancia. Era él. Pero su papel de músico es muy colateral; él reconcilió cosas, hizo su lado femenino de la masculinidad, hizo entender que la música no es una confrontación de género ni de sexo. Nos hizo entender mucho, pero no fue suficiente. Él no pudo solo, debe ser un trabajo de toda la sociedad.

Tenemos un regazo de nuestra mamá, que no es la Virgen de Guadalupe, sino la que tenemos dentro, nuestra psique. La que nos dice “no hay pedo hijo, ya veremos qué pasa, tú has como que no pasa nada”. Y pienso que nuestro lado femenino podría ser la respuesta a muchas situaciones, pero tendríamos que extirpar la irresponsabilidad. Finalmente esa madre es la que se hace responsable, pero calladamente. Es irresponsable y pródiga. Y está dentro, no tiene nada que ver con la mujer o con la madre real. Es la madre que nosotros construimos y nos inventamos, una madre permisiva, incestuosa, laxa e hipócrita.

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Además de reflejar pasajes históricos en tus obras… ¿dirías que tu trabajo también es participe de un discurso político?

Directamente no. Si bien todo lenguaje y accionar es político, mi trabajo tiene influencia en el entorno social pero no con la intención de realizar un cambio en las estructuras políticas de poder. Definitivamente no. Mi visión del arte está muy alejada del mundo práctico. En la vida cotidiana todos tenemos nuestra posición política; pero en mi trabajo artístico el compromiso es con la interioridad, con cuestiones que rebasan el tiempo y el espacio para uno mismo, y por lo tanto no son políticos.

¿De dónde vienen tus personajes? ¿Representan la algarabía de la vida, la muerte o la miseria del mexicano? ¿O todo ello?

La pregunta guía la respuesta: vienen de adentro. Yo viví en México toda mi vida, pero mi familia es estadunidense. Antes pensaba que este país era inferior, uno del cual no tenía que hablar, del que tenía que avergonzarme. Tuve que afrontarlo en mi infancia y juventud. Sin embargo, lo que me fascinó siempre de México fue su misterio y su complejidad, elementos que me hicieron preferirlo en las encrucijadas de la vida. Entonces, cuando comencé a pintar mi primera pregunta fue: ¿qué es ser mexicano, cómo voy a introducir eso en mi pintura? Mis personajes son mexicanos porque veo el país todos los días.

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¿Qué representa en tus pinturas la deconstrucción de figuras como la Virgen Guadalupe?

En mi carrera ha sido importante hacerme preguntas sobre imágenes importantes, significativas, para mí y para la vida social. Cuando me di cuenta que la Virgen de Guadalupe es una imagen importante en la historia de la humanidad, en el sentido de lo que representa para la sociedad, me pregunté a qué se debía e hice una investigación física y mental. La conclusión fue que es una imagen subliminal: probablemente la primera de ese tipo en la historia. Esto en el sentido de que su construcción oculta la forma de una vagina. Si entrecierras los ojos o miras a través del llanto lo ves, algo icónicamente perfecto. Entonces pensé: ¿cómo puedes decir una cosa a través de otra en la pintura? Es una pregunta constante en mi búsqueda personal, en mi pintura. Yo busco una lectura polisémica: la pintura puede reventar la realidad y desdoblarla, por eso es tan importante la Virgen de Guadalupe en mi trabajo, no tanto por la necesidad de abordar un tema religioso o sobre las creencias del mexicano. Eso a mí me tiene sin cuidado. Las creencias no me interesan, me interesan las creencias ocultas, me interesa lo que pasa tras bambalinas en mi psique, como mexicano, o cualquier cosa que me interese o cualquier persona.

Además se piensa que el pintor en México hace una cosa y a eso se entrega toda su vida, se piensa que cuando encuentra una forma definida de creación, eso lo define. Yo no soy un pintor mexicano típico en ese sentido. Trabajo muchos temas, muchas investigaciones. No me considero el pintor de la mexicanidad. En el momento más álgido, con Madre Pródiga, Erick Castillo [curador y crítico] escribió que no precisamente soy un mexicanista o un neomexicanista, sino alguien que está viendo la mexicanidad tras bambalinas.

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¿Cómo relacionas la pintura y la corporeidad en tus personajes? ¿Qué representan?

El desnudo es el gran tema de la pintura, históricamente. Representar la desnudez significa representar la verdad o una forma de ella; quitarle las capas de significación que la sociedad le pone al cuerpo, el significado que le da a través de la ropa, los estereotipos, etcétera. La desnudez, siempre, acaba devolviéndote a las significaciones primarias. Y no es porque tenga la razón, sino porque la pintura siempre lo ha manejado y yo estoy en medio de la pintura.

¿Cómo ves el panorama de la pintura en México, del arte?

Creo que las cosas están mal. Hay pasión pero no hay forma. Hay muchas trabas para que el joven artista se acerque a la pintura de forma integral. Concibo la pintura como una caja de herramientas: necesitas tanto las que son físicas, del trabajo, como las formas físicas de la pintura, las formas para hacer imágenes, los códigos pictóricos. La historia de la pintura son imágenes; necesitas escoger bien las herramientas que te ofrece la historia y además encontrar un estímulo.

Uno de los problemas es el concepto de modernidad. La idea de la modernidad es que si no creas algo nuevo no eres chingón, eres un fracasado. Esa idea subsiste. La pintura es lo humano: tú no vas a hacer una persona totalmente original, vas a repetir los gestos de mucha gente. No hay nada nuevo en vivir, sino autenticidad, que es diferente a la originalidad. Ser auténtico es diferente. La pintura debe ser auténtica, no original.

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¿Cómo observas la convivencia de la pintura y los medios digitales?

El problema con los medios digitales es que se trata de una mediatización. Una especie de interface, una mediación entre el espectador y la superficie de las cosas. En la pintura tú intervienes físicamente la superficie; en cambio, la interface que te proporciona la tecnología te permite tomar infinitas decisiones de diseño, pero no de factura. Tú no puedes inventar la imagen, tú la fotografías, la ideas, pero no puedes inventarla. El gran límite al que se enfrentan los medios digitales es no poder inventar cosas; o sea, sí puedes hacerlo, pero tienes que dar una vueltesota. La pintura es la gran constructora de imágenes de pinturas, una plataforma física. Puedes ser retratado en miles de fotografías pero nunca vas a saber lo que es ser retratado hasta que alguien te pinte a mano y pueda leerte de otra manera. Esa lectura es la que da la pintura. No solo de lo visible, sino de lo invisible.

No me peleo con los medios digitales, simplemente digo que ni si quiera compiten. Son conceptos diferentes. La competencia, para empezar, es falsa; por otro lado, parten de ideas diferentes y van a diferentes lugares.

Pero, en ese sentido, la pintura va mal porque tiene que competir en el imaginario con muchas imágenes. Una pintura no puede competir con las diez mil imágenes que tienes en tu teléfono, las millones que ves a diario en las redes sociales. Creo que la pintura compite como imagen, entonces la gente que reproduce se desespera y no tiene ejemplos. La pintura puede estar muerta en un sentido, posiblemente por falta de tiempo, como muchas otras cosas.

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¿Cuáles son tus aficiones fuera de la pintura?

Me gusta restaurar  coches antiguos. Ha sido mi afición desde niño. Siempre he dicho que si no hubiera sido pintor, sería mecánico. De pronto me aburre la pintura en el sentido de su indefinición; entonces necesito un descanso y hago algo muy determinístico como la mecánica.

¿Cuál fue el último gran libro que leíste?

Butes (Sexto Piso) de Pascal Quignard y The shadow of civilization, de Robert Pogue Harrison.

¿Qué artista, galería, o pieza de arte crees que es subestimada y deberíamos conocer?

Estás en un mundo en el que hacer esa pregunta es muy difícil. ¿Por qué? Porque es muy difícil que haya algo subestimado, que se esconda por razones propias… Sin embargo, si tengo que mencionar a alguno, diría que el gran pintor mexicano es Germán Venegas. Se esconde bastante pero la gente lo conoce; fue muy conocido en los ochenta. Pienso que habría que revalorarlo en un nivel muy alto. Y que él se revalore a sí mismo.

¿Qué artista vivo es tu favorito?

Kara Walker, Neo Rauch y Germán Venegas.

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Vamos por el sentido contrario: ¿un pintor, o dos, de cualquier época, que te repelen?

Si alguien está tan sobrevalorado por razones equivocadas creo que es Frida Kahlo. La fridomanía me molesta. No me repele la pintura de Frida, que es muy mediana, una obra muy editada, sino la figura que se ha construido en torno a ella. Y ni si quiera la construyó ella misma. La gente se equivoca en adorar a sus ídolos. La fridomanía es un buen ejemplo porque significa que se sobrevaloran condiciones externas a la pintura o al arte, se sobrevaloran los contextos. Eso genera un obstáculo, tanto para ver a ese artista como para leer la historia. La fridomanía ha sido obstáculo para leer a Diego Rivera. En lo contemporáneo hay muchas figuras de ese tipo. Por ejemplo, me repelen las obras que representan un sexenio, como en su momento fue Gabriel Orozco y ahora es Rivelino. Ese ideal de un artista institucional del sexenio me parece una figura horrible, y que alguien se preste a ese rol también.

¿Y qué es lo que te repele del concepto de arte contemporáneo?

Me repele la idea de que puede intervenir el mundo. Mi concepción es que el arte y la vida son equivalentes o son lo contrario. Por eso es padre el arte, porque es el único momento de tu existencia en el que vas a ver algo que no es la vida, que nació de la nada.

El arte que nace para jugar con la vida, por ejemplo el arte social, siempre me ha molestado. La idea del arte como comentario en vez de creación, el que se cree tan avasallado por la realidad como para comentarla y dedicar su vida a ello, se me hace que está derrotado por la vida. Lo que pasa es que si tú recibes influjos de la vida y tienes una expresión crítica, lo puedes manejar en tu opinión como ciudadano, sin necesidad de que eso aparezca en tu obra. Algunos artistas se confunden, piensan que es ocioso no tomar la relevancia de lo que están haciendo como ciudadanos en su actividad política. Están mal. Ese error ha causado que los artistas que pueden llegar a tener capacidades mayores se sientan culpables por no estar protestando por el caso Ayotzinapa, contra la masacre de las ballenas, etcétera. Como ciudadano está bien, pero como artista, si le das la capacidad a la realidad de doblarte la mano al punto de que solo la puedas representar, ya fracasaste. El arte es auténtico o no es. Si te sientes impotente y te dedicas a criticar la realidad igual puede ser auténtico, pero muy pobre.

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El que se revela en contra de la realidad ve otra realidad; genera cosas, preguntas que se contestan dentro de la obra porque éstas se cuestionan a largo plazo. Lo que pasa en el país, y la crisis en la que nos encontramos, solo puede ser contestada en cientos de años. Y será contestada por la historia. Entonces hay que apelar a eso: hablarle a otro mundo, a uno más acá y más allá de la realidad. No es que me meta en la fantasía o me clave en una especie de chaqueta de “yo y mi mundo”; más bien se trata de usar los elementos y darle su verdadera forma. Yo digo que ésta la verdadera forma de la historia: la dialéctica de la realidad no es la dialéctica del arte sino la de preguntarse por qué, quiénes somos, cuáles son los sueños más oscuros —independientemente de lo que pase en la calle o en el periódico—, qué son esas ensoñaciones, a dónde vamos. Esas preguntas no se contestan en una hoja. El arte nunca es concreto, el arte opera desde la imaginación para generar más imaginación, para hacer que la gente sueñe y viva y llore y crezca y cuando se muera diga “¡A huevo!, viví chingón”. La vida va a cambiar de formas que el artista no puede cambiar; el artista va a mover los secretos del alma y siempre va a ser así. No es una visión romántica, creo que, más bien, es muy concreta. Me estremece.

*Sobre el cuadro de “La gran noche mexicana”, Lezama escribe:

Yo soy mexicano, sueño con el Otro. Yo soy Otro, no soy yo mismo. En sueños siempre caminaré bajo esa noche estrellada de cartón. La educación que empezó aquella noche sólo terminará cuando muera. Acabo de morir y apenas estoy naciendo; recién conocí el amor y ya estoy dando a luz. Esa fue la gran noche. Esa noche me enseñaron. Era tarde y la multitud me esperaba cuando la cuadrilla de hombres vencidos me trajo cargando en hombros, sobre un río de oro. Nuestro maestro de ceremonias me dio la bienvenida con una canción que aún hoy me persigue: “…Yo era muy feliz/ Yo vivía muy bien/ Hasta que te conocí/ Vi la vida con dolor/ No te miento fui feliz/ Aunque con muy poco amor/ Y muy tarde comprendí/ Que no te debí amar/ Porque ahora pienso en ti/ Más que ayer, mucho más/ Pero desgraciadamente, fue una noche como ésta/Cuando te encontré…”

Tembloroso me postré ante cada una de las estaciones de la cruz, en esa carne desconocida tuve mi primer atisbo del Otro: cada una de esas tibias mazorcas recibió mi adoración. Los artistas estaban pensativos esa noche. Vincent y Paul sentados con unas frías en la mano, el tío me alentaba descaradamente, la banda tocaba para mí, los panes para hot-dog estaban en su punto. Al final del recorrido me encontré con mi madre, levantó su vestido para mí y descubrí que lo Otro era mi casa de ahora en adelante.

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Editor Yaconic

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