Por Iván Farías / @ivanfariasc

Creo que el primer encontronazo de violencia del narco en nuestro país a nivel mediático fue cuando le dispararon al exjugador del América, Salvador Cabañas. Si bien la violencia había recrudecido con la Guerra contra el narco, iniciada por el expresidente Felipe Calderón, la gente se sintió vulnerable cuando algunas figuras públicas fueron tocadas. No importaban las masacres en pueblos y valles.

El crimen ha estado siempre unido a la identidad mexicana. Nos gusta saber sobre éste, enterarnos de las vidas criminales. No por nada tenemos esa morbosa mezcla de periodismo y sexualidad llamado nota roja, con revistas como el Alarma! o periódicos como El Metro. Pese a esa tradición la literatura mexicana ha querido alejarse de lo popular y encumbrarse en lo más alto, en una especie de Olimpo de alcances imperecederos.

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La literatura policíaca nace como un género popular. Primero sirvió como juego de inteligencia para las clases educadas, que luego fue echado al fango de los callejones. En Estados Unidos nació la novela negra; una literatura que buscaba lectores, deseaba venderse y llegar a todos los rincones posibles. Es “barato, burdo y sin esperanzas” (Raymond Chandler dixit), que pese a todo ha tenido grandes autores y novelas.

El género se vende bien en el país; pero tardó décadas en tener autores locales dignos de mencionarse. Pese a los esfuerzos de Rafael Bernal, Antonio Helú, Luis Spota y otros tantos interesados, debido principalmente al menosprecio de la gran República de las letras. Fue hasta la llegada de Paco Ignacio Taibo II que escritores mexicanos lograron adaptar las convenciones del género al territorio nacional para lograr las primeras novelas señeras: Días de combate, El complot mongol, Muerte en la carretera, Cadáver de ciudad y otras tantas más. Hay que aclarar que algunos autores “serios” han tenido incursiones en el género, de Enrique Serna a Fernando del Paso y de Vicente Leñero a Yuri Herrera.

Quizá sea la irrupción del narcotráfico o el resquebrajamiento de la otrora monolítica literatura nacional, el caso es que en años recientes muchos escritores y escritoras mexicanos se han decantado por géneros que antes no podían ser tocados a riesgo de ser etiquetados como “escritor menor”.

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Luis Spota.

 LA ANTOLOGÍA

Hace dos años comencé a plantear la idea de hacer una antología de relato criminal mexicano cuando me di cuenta que un gran grupo de escritores comenzaban a tomar como referentes a autores antes menospreciados como Patricia Highsmith, Jim Thompson, Ross Macdonald, entre otros.

La editorial Nitro/Press lleva mucho tiempo editando antologías anuales divididas en dos libros, uno para mujeres y otro para hombres, que se venden en conjunto. Por éstas han pasado un sinfín de autores y autoras, por lo que pensé que una recopilación de relatos criminales que mapeara los diferentes acercamientos al género debía de ver la luz en Nitro/Press. Merced de ser mi casa editora.

Una de mis prioridades era incluir gente que tuviera tiempo escribiendo policíaco, no solamente colegas escritores que mandaran un cuento para entrar. Considero éste uno de los principales errores en el país: la falta de especialización y de criterios normativos para las antologías. No hablo de ninguna en específico, pero alimentado por los libros de este tipo provenientes de Estados Unidos, aprendí que la unidad temática y de autores es muy importante. Antologadores como Otto Penzler o John Joseph Adams han dejado su marca personal en este tipo de publicaciones aisladas dentro de su categoría. También evité poner un mínimo y un máximo en la extensión de los cuentos para no caer en la uniformidad. Otra tara en las antologías mexicanas que impide que entren cuentos de más de 15 cuartillas. Hice una lista de autores que tenían que estar debido a que cultivan el género desde hace años. Algunos accedieron, otros se disculparon debido cuestiones personales. El resto fue buscar nuevos escritores, aceptar recomendaciones, leer y editar.

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Iván Farías.

LOS PARTICIPANTES

La cuenta quedó en 27 balazos, todos mortales, en un amplio espectro de tiradores. Los hay veteranos y probados como Francisco Haghenbeck, Gabriel Trujillo Muñoz, Imanol Caneyada, Juan José Rodríguez e Hilario Peña, quienes aportaron lo mejor de sus respectivos talentos. El desparpajo habitual de Peña, el idílico México de Haghenbeck, las historias fronterizas de Trujillo, la prosa ágil de Rodríguez y el cruel realismo de Caneyada. Antonio Malpica y Andrés Acosta brindan su arsenal fabulatorio y peculiar humor: Acosta un extracto de novela y Malpica un cuento dialogado.

Joserra Ortiz, Alfonso Morcillo, Ricardo Viguerías, José Salvador Ruíz, Rodolfo J.M., Agustín Cadena, Alfonso Corral y Rogelio Flores ofrecen sendos  cuentos que van de la mano con la realidad violenta del país. Narcotraficantes, redes de pedofilia y asesinos violentos. En el lado contrario, Omar Delgado, Bernardo Esquinca, Rafael Acosta, Gerardo Sifuentes, Paul Medrano y Norma Yamilé Cuéllar entroncan el género con la fantasía, el terror y el absurdo. Lo mismo hay vampiros que conspiraciones milenarias y sacrificios humanos indígenas.

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Bernardo Esquinca.

El penúltimo grupo de escritores juegan con las convenciones del género, con el detective, con la propia literatura. Ellos son Francisco Valenzuela, Ivonne Reyes Chiquete, Cesar Silva Márquez y Héctor Arreola. En ellos el cliché del detective investigador es revitalizado gracias a sus artes.

El último tramo roza con el hiperrealismo. Guillermo Rubio y Emiliano Pérez Cruz ofrecen cuentos que rayan en la crónica, y muestran una realidad violenta y cruda.

¿NOIR, CRIMINAL, POLICIACO, HARDBOILED O NARCOLITERATURA?

En México se tiene la idea generalizada de que si hay un muerto es policíaco. Que narcoliteratura (cualquier cosa que eso signifique) es igual a género negro. Sin embargo, naciones con más tradición que la nuestra saben que no es así. Que si sale un narco no es literatura negra y que el abanico va de posibilidades que van del humor al realismo más duro. Por convención propia hablo de literatura criminal, porque aunque no aparezca, la policía existe.

La literatura criminal bebe de la realidad pero no la retrata tal cual. Como explica Hilario Peña: “Sus límites no están definidos por otra realidad más que la establecida por el autor. Por ejemplo, cuando Chandler creó a Philip Marlowe la figura del detective bebedor y solitario era ya una parodia de Race Williams, personaje inventado por Carroll John Daly. Estos autores, más John D. MacDonald, Ross Macdonald y el resto de los escritores salidos de revistas como Black Mask pudieron haber hecho exclusivamente historias de gánsteres alimentadas por las noticias de la época, pero no lo hicieron porque no deseaban competir con la realidad, de la misma manera en que Picasso jamás deseó competir con la fotografía.”

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Francisco Haghenbeck.

La literatura criminal, como cualquier otra, sirve para abstraernos de nuestro mundo y al mismo tiempo darnos luces sobre éste. Es un ignorante altanero aquel que no ha leído una sola novela policíaca, que solo ha visto la Ley y el Orden o CSI, y te dice que en México no puede existir el género. No conoce a los policías corruptos y sádicos de Jim Thompson, los fascistas guardianes de la ley de James Ellroy o a los burocráticos representantes de la ley que presenta Lawrence Block.

México noir, antología de relatos criminales es en suma un mapeo actual de lo que está sucediendo en el género en el país. Puede leerse como trabajo de recopilación casi académico, o como lo que es: 27 cuentos que buscan lectores y que venden sus armas al mejor postor.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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