“La música que escuchan todos, yo no la escucho y está sonando; canciones de la nueva era rondan en mi mente”, dice la letra de “La música”, vieja canción de El Otro Yo, aquella denostada banda argentina que todo mundo suele desconocer desde que se destaparon los supuestos abusos de su cantante Cristian Aldana (desde la cárcel, quizás ya no es tan selectivo que digamos… vaya, si su compañero de celda quiere escuchar a La Tigresa de Oriente, pues no creo que Aldana tenga objeción).

La canción en cuestión además de una declaración de principios, bien podría ser el soundtrack de uno de los textos de Mierda de Música, específicamente del dedicado a Enya, artículo en el que el español Javier Blánquez —habitual pluma de medios como Rockdelux y escritor—, confiesa su gusto culposo por la cantante irlandesa asociada a la nueva era (new age): “Esta cobardía de mi amor por ‘Enya’…”, mal-parafraseando a  Chiquetete (hubiera jurado que esta letanía pop era de José Feliciano), debe cantar Javier en la regadera cuando tiene ocasión.

Y es que su texto plantea que el gusto por Enya podría avergonzar universalmente en público a cualquier esteta musical; no así a Gerard Alegre Dòria, cantante del combo barcelonés moderno El Último Vecino, quien en alguna ocasión me aseguró en entrevista que de poder darle play a su canción favorita a todo volumen en un bar, ésta sería Orinoco Flow” de Enya.

Sin duda, otro caso más para Mierda de Música, que es una especie de secuela de Música de Mierda de Carl Wilson (que en inglés se titula Let’s Talk About Love) y que teorizaba sobre el fanatismo por Celine Dion y esos gustos culpables que sonrojan a las hordas mamadoras.

La editorial catalana Blackie Books tuvo la brillante idea de castellanizar con un título escatológico el primer libro, y eso dio lugar a este segundo volumen ahora colaborativo, en él que se agradece la participación de autores con diferentes visiones, como el mismo: Blanquéz, Sergio del Molino, Paul B. Preciado, José Luis Pardo, Mercedes Cebrián, Servando Rocha, Marina Garcés, Rodrigo Fresán, Raquel Pérez o el indie Nacho Vegas.

Los convocados, a manera de respuesta al exitoso libro antecesor, ahondan en el profundo pozo del esnobismo musical y los gustos tanto propios, como los del prójimo, aquél compañero de oficina del que muchos no nos explicamos porqué es fan de, digamos, Arjona o Foo Fighters (porque sí los hay).

¿TODO LO QUE ESCUCHAN LOS DEMÁS ES UNA PORQUERÍA..?

ANALIZAMOS EL LIBRO MIERDA DE MÚSICA

En Mierda de Música, de manera confesional, visceral, sociológica y hasta académica, los autores plasman su sentir sobre los llamados placeres culposos y los porqués del mal o del buen gusto y el elitismo en la música. A

sí, desfilan la divertida apología a Raphael (a quien el autor argentino Rodrigo Fresán considera poco menos que un Dios menor y que me convenció con sus referencia a Jarvis Cocker) que reniega de los acercamientos rockeros/indies a la figura de su héroe; la reivindicación de Mecano y su profecía de liberación sexual de “Mujer contra mujer” en el texto “Mal gusto lesbiano” de Paul B. Preciado; una revaloración de Joaquín Sabina en el contexto de una Habana en la que el cantante es un Prometeo devenido en trovador; y hasta un largo y rebuscado (pero interesante) alegato sobre la música clásica (la verdadera música de minorías sensibles, con perdón de los fans de Radiohead).

Destacan además, el ensayo anti-elitista de Marina Garcés y un texto de Sergio Molinas en el que el autor, un ex metalero de pura cepa, recupera de su armario una vieja chamarra de cuero que nunca perdió el olor a vaca, para irrumpir en un mundo nuevo donde él no es más un rocker, sino un ‘intelectual’ al que no le acomoda nada (es decir, se ve ridículo) su atuendo de fan de Barón Rojo o Iron Maiden (que además, huele a bistec) y que tiene que luchar contra los prejuicios (que por otra parte, tampoco es que le afecten mucho que digamos).

Hoy en día, existe el (mal) sano deporte de decir, por ejemplo, que U2 apesta; o que The Beatles apestan; que todo apesta. El internet se ha convertido en un bote de basura donde vomitar odio inusitado lo mismo a Shakira (que quizás sí se lo merezca), que a cualquier artista o ser humano que ose existir. Es decir, todos son expertos y la opinión de los demás es una mierda (menos para Los Punsetes… y a su canción “Opinión de mierda” nos remitimos). Spoiler: Mierda de Música ironiza  además sobre el periodismo musical y su vacua repercusión en la actualidad.

Y sí, Mierda de Música igual nos deja pensando en esas criaturas que no tienen reparo musical ni gustos culpables porque… ¡todo les gusta!, qué felices deben ser en su inocencia. Qué liberador debe ser escuchar a Belinda, una bachata dance o al baladista más cursi del mundo a todo volumen y disfrutarlo porque te vale madre la música.

Personalmente, no escucho cosas de banda ni siquiera cuando estoy en estado etílico grave (eso de “todo mundo las baila y canta cuando está borracho” me parece una falacia del tamaño del Monumento a la Revolución, yo no lo hago, y debe haber millones de mexicanos como yo), como tampoco me explico cómo hay quienes suelen ponerse los audífonos con un narco-corrido o algo por el estilo, y lo hacen en sus cinco sentidos. También están los incluyentes, esos que les gusta lo mismo Metallica que el jingle de Movimiento Naranja o Slowdive;  la ausencia de sentido común es una constante en ese catalogo de melómanos comprensivos y considerados que consideran que toda la música es buena.

¿Quién no ha conocido a alguien en una fiesta y ha tenido que huir cuando ante la pregunta de sus gustos musicales, la persona contesta con un cándido “ ¡me gusta de toda!”, y agrega a veces: “también la música en inglés y el rock en tu idioma”.

Y eso no es todo, cuando parece que ha dicho suficiente, suelta un “bueno me gusta de casi todo, menos el rock pesado” (sí, dice “pesado” así, con todas sus letras). De nosotros, esos entes soberbios que pensamos que nadie en muchos kilómetros a la redonda entiende las canciones de The Smiths como nosotros, habla este ilustrativo libro que nos abrirá los ojos de una vez por todas: no somos únicos, en realidad todos somos tan simples como Tom y el mundo está lleno de Summers; somos más bien como el personaje de Joaquin Phoenix en Her (cuando descubre que Samantha tiene miles de amantes virtuales y que él es uno más).

Por cierto que Los Smiths tienen más de 4 millones de oyentes mensuales tan solo en Spotify. Qué tiempos cuando eras el único de la cuadra o de la colonia o de la ciudad (si vivías en un pequeño poblado en Veracruz) que los escuchaba. Y claro, Morrissey va a tocar en el Vive Latino con Enjambre y nadie hace n-a-d-a y Los Ángeles Azules están contemplados en el mismo evento en el que han estado convocados The Cure o Cocteau Twins.

Que no te de pena darle play… Nanananá Na Na Na Nanananá Na Na Na

Volviendo al libro. ¿Cómo no ser fan de un libro donde por fin alguien dice algo inteligente sobre Enrique Iglesias? En estos tiempos donde es políticamente correcto que te hagas el culto y seas chévere (otra palabrita de moda detestable) aunque te gusten canciones con letras como ésta: “Cuando te di en toas’ las poses y en cuatro te grabé.

Desde que me pegué, me clavo to’ los culos que salen en la T.V.” (Maluma, el fan de Camus Dixit), que cosas un poco más articuladas (digamos que con un 2000%  más basta), los gustos culpables se han diluido un poco. Incluso se vale perrear usando una playera de Joy Division e Ian Curtis no regresará de ultratumba (si no pasó cuando Belinda se declaró su fan, menos ahora). A veces sólo deseas escuchar una maldita canción de Jeanette (la mejor cantante naive del mundo) o (pecado mortal), Timbiriche, que a Dead Can Dance o algún grupo de math-rock de esos que suenan a música para cajeros insatisfechos que trabajan en el SAT.

“No tengo gustos culpables” dicen la mayoría de los artistas  entrevistados cuando les cuestionan sus influencias “si me gusta algo, lo acepto, no es gusto culpable”, aseguran. No les creo. Si bien en la actualidad evidentemente todo mundo escucha de todo (o dicen hacerlo, porque dar vueltas sobre 3 o 4 géneros no es escuchar de todo) y ya no hay tribus celosas de que sus casetes o discos cayeran en manos de cualquier villamelón que le dé lo mismo escuchar bachata que  black-metal  (no lo digo yo), creo que aún queda un poco de dignidad musical y siempre habrá alguien que, en medio de una fiesta, exija que “quiten esa música de mierda” para poner algo a su gusto. Por cierto, ¿cuándo una edición mexicana que continúe el debate sobre el mismo tema en terrenos locales? Se agradecería, Blackie Books, comprenderíamos por fin muchas cosas.

Mierda de Música, un debate sobre clasicismo, amor, odio y buen gusto en la música pop, ya está disponible en México.

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Alejandro Mancilla

Alejandro Mancilla

Alejandro Mancilla @nosoymoderno
Periodista obseso de la cultura y la in-cultura pop, originario de la región de Orizaba, Veracruz. Edita la revista Círculo Mixup y colabora en diversos medios como Marvin y Vanity Fair. Odia la nata; le han publicado una decena de cuentos cortos y le gustan la italo-disco, el post-punk y el pop naif.

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