Existe una especie de síndrome que sucede cuando nos alteramos o estamos bajo el desagradable influjo de la enfermedad colectiva más mortífera: el estrés. Algunos psicólogos le llaman, me entero, cerebro de chango. Es decir, de mono. Y le llaman así por algo que me resulta un poco idiota: porque los changos, como se sabe, son imparables y se balancean obsesivamente entre las ramas de los árboles. Así los pensamientos del atormentado habitante de nuestros tiempos: la encrucijada que hay que librar entre préstamos bancarios, vestido, techo, alimentos y la constante incertidumbre del porvenir. Nuestros pensamientos, pues, la mayoría de las veces son como monos saltando de una cosa a otra. Monos desquiciados que se olisquean entre el follaje de los árboles. Zapping eléctricos, alterados, buscando respuestas.

Luego tenemos la alegoría clásica del carro alado. Donde los caballos representan los sentidos que nos mantienen atrapados en el plano físico de la existencia. Platón utiliza esta alegoría para explicar su visión sobre el alma humana. El filósofo explica que el cochero (Auriga) tiene que controlar a las bestias que tiran de su carreta. Dos caballos con particularidades disímiles. Uno blanco que representa el impulso racional (positivo) y otro negro que hace las veces de la naturaleza pasional de los seres humanos (negativo). El conductor es el intelecto, la parte del alma que guía hacia la verdad. De modo que el trayecto que libra el ser humano para llegar a su equilibrio es problemático, siempre teniendo que lidiar con la naturaleza opuesta de su thumos, de su pulsión de muerte. Monos y Caballos representando nuestros impulsos. El comportamiento de nuestras ideas.

Recientemente leí dos libros de alta factura: Mil Monos Muertos (BUAP, 2017) de Franco Félix (Hermosillo, 1981) y Cien caballos en el mar (Paraíso Perdido, 2017) de Alfonso López Corral (Navojoa, 1979).  Dos autores, tengo que aclararlo antes de continuar, que son grandes amigos de quien esto escribe. Así que este texto, se pensará, despedirá un tufo a cebolla. Un tufo que se disipará solo cuando el lector acuda a los libros citados. Es decir, cuando compruebe que la amistad no tiene nada que ver con posibles elogios y aciertos que me han revelado estos títulos.

Algo que me sorprende: ¿cómo en un lugar tan maligno, como Sonora, donde pululan los poetas, los políticos y la erosión, han podido ser engendrados dos autores de este calibre y con propuestas tan ajenas la una de la otra? Dos búsquedas que se concentran en espacios totalmente opuestos. Dos propuestas narrativas que sólo se encuentran en un aspecto: la calidad.

Franco Félix, toda una celebridad, a pesar suyo, en el mundillo de la literatura nacional, es un autor versátil, que utiliza el humor como combustible de sus textos. Un humor absurdo que se nutre de un imaginario que acude a la cultura basura, en la que Félix ha invertido tantísimo tiempo, con la misma intensidad que la filosofía y la ciencia. Los textos de Franco, sobre todo los de Mil Monos Muertos, bien podrían ser un apéndice de la genial serie Rick and Morty; de la cual el autor sería un estupendo guionista. Universos paralelos, programas desquiciados, batallas de pedos, el exorcismo de una estrella noventera de culebrones, chicas suicidas que muestran sus enigmáticos tatuajes y sus saludables traseros a un espectador que observa desde una dimensión extraña.

La visión del mundo de Franco es caótica, divertida y cáustica. Sus textos son digresiones que no paran de sucederse y que al final de cada texto se amarran, de manera tan natural y sorpresiva, que uno intuye que está frente a un maldito genio que se ha quedado debrayando verdades después de haberse tomado mil ácidos, leído mil libros y visto mil películas ochenteras. Un imaginario que no deja de disparar al lector mierda, referencias, teorías, chistes y situaciones que se ganarían el primer lugar en una olimpiada imposible. La olimpiada de lo absurdo. Esa a la que acudirían atletas como Foster Wallace, Vila-Matas, Pynchon, Beckett, Sterne y Rabaleis. Autores que mantienen un diálogo sabroso en las páginas de Félix.

Por otro lado está Alfonso López Corral. Un conductor atento, exquisito, detallista, que traslada sus historias por el sur del estado de Sonora. Lugares donde las hondonadas, el mar, el campo y la violencia se funden. Un libro de cuentos, con esa concepción clásica que se tiene del género que alimentara con tanto aliento Borges, Carver y Onetti. Autores, además de Faulkner, Bierce y Rulfo, que resuenan, revitalizados y atentos, en la obra de López Corral. El oído de músico de cantina, la construcción de frases y párrafos cincelados hasta el detalle más nimio.

Además de una construcción de ambientes y personajes que nos presentan escenarios y psiques de manera transparente. López Corral es un cuentista de cepa,uno que desarrolla imaginarios en los que se puede resumir el mundo. Lo básico que resulta, en ocasiones, darnos cuenta que el desequilibrio es tan natural y característico de la condición humana, como no lo es la certeza y la esperanza. Un contador de historias de gente. Es decir: de conductores malandrines, vendedores de gatos y pitonisas lisiadas. Gente que habla como se habla en su geografía: gritando, con olor a mariscos y carne asada. Todos bajo un horizonte intimidante, como un ojo enorme y silencioso que observa.

Dos libros. Uno de relatos, o novelitas pequeñas, o embriones narrativos. De ensayos disfrazados de chistes. Disparates geniales. Artefactos literarios mutantes, extraordinarios. Otro de cuentos sobre personajes que se enfrentan a lo desconocido o bien, están en un momento límite. Donde la razón y la locura están fundidas en una visión de caballos que se desbocan en el mar. Monos que saltan de un bosque a otro. Caballos que ya no responden al conductor de la carreta, un conductor que se ha quedado en blanco ante las visiones enigmáticas que proyecta la naturaleza. Un enfrentamiento para el lector, desde donde se vea, imperdible.

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Iván Ballesteros Rojo

Iván Ballesteros Rojo

(Hermosillo, 1979). Es editor y narrador. Ha publicado Monstruario, Bungalow y Plaga Serena. Es director de la revista Pez Banana.

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