ENTREVISTA CON EL FUNDADOR DEL FESTIVAL MEXTRÓPOLI

Por Erick Abraham Navarro / @iaeke
Fotos Alejandro Resendi

Miquel Adrià es, esencialmente, un arquitecto. Además es fundador y director de la revista Arquine (publicación trimestral, independiente, crítica, de arquitectura y diseño, dedicada a la difusión de la cultura arquitectónica contemporánea), editor, escritor-crítico y principal causante del Festival Internacional de Arquitectura y Ciudad Mextrópoli, que este 2015 celebra su segunda edición.

Adrià también ha sido maestro en distintas escuelas de urbanismo. Cíclicamente en Estados Unidos y eventualmente en México y España. Además de ser conferencista y actual director de los programas de maestría de la escuela Centro de la ciudad México. Una de sus vocaciones: “Llevar a cabo los mejores programas de toda la región”.

Platicamos con él poco más de una hora, en las oficinas de Arquine, en el sur de la ciudad de México. Hablamos sobre ciudad, historia, política, arquitectura y, por supuesto, sobre el Festival Mextrópoli. ¿Quién ha sido el responsable de lo que se ha convertido la ciudad de México, la primera ciudad en América Latina desde tiempos prehispánicos? Para Miquel esa pregunta es una oportunidad; ha sido cautivado por ese majestuoso desastre; es ese científico libre que busca proponer sin que se le requiera, y no solamente desea crear una mejor ciudad, sino manifestar a una sociedad el derecho y deber que tiene por lo que se ha construido.

MIQUEL ADRIA

Miquel, estás inmerso en varias disciplinas, ¿cómo te va en el trabajo?

Fundamentalmente soy arquitecto y entiendo la arquitectura desde una perspectiva estratégica. No tanto como el arquitecto del siglo pasado, que era un profesional liberal más táctico, más enfocado a resolver problemas predeterminados (te encargaban una casa, te llamaban por teléfono y te daban el programa a ejecutar). Desde mi punto de vista ese modelo de arquitecto —que todavía existe— es caduco. Me interesa entender la profesión como un estratega, que va desde la práctica y pasa por la docencia y la crítica.

La docencia es, en buena medida, el laboratorio que permite investigar, poner en las probetas algunas ideas, algunos conceptos, sin el riesgo de llevarlos a la práctica, con esos investigadores que son los estudiantes. A mí me interesa la docencia no tanto como un mecanismo para transmitir un conocimiento que ya tenemos, sino para explorar caminos en los que no se sabe la respuesta. En ese sentido el docente se parece más a un científico que a un maestro, que te transmite sistemáticamente lo que ya conoce… lo que sabemos. Esa información la adquirimos fácilmente a través de otros canales.

¿Es un proceso de experimentación?

Es un proceso de poner a prueba ideas; de aprender a hacer preguntas. El arquitecto como estratega desde una docencia entendida como un laboratorio.

Por otro lado, la crítica es un modo de conocer, de entender. Una de las cosas que tenía que hacer cuando llegué a México era comprender de qué estaba hecho el país, cuál era su historia reciente, por qué tuvimos una modernidad tan rica a mitad de siglo XX, y cómo eso conecta tan directamente con culturas prehispánicas. No había sucedido en ninguna otra parte del mundo. La modernidad enlazada con esos periodos que tuvieron una fuerza tan grande en el caso de México.

Lo anterior me llevó a investigar qué hacían otros arquitectos, a tratar de entenderlos. La crítica y la investigación sobre otros autores es un modo de entender que piensa el Otro. Saber qué pretendía Mario Pani cuando hizo el Multifamiliar Miguel Alemán, cuáles eran sus referencias, qué había estudiado, qué había conocido, por dónde había viajado, qué estaba proponiendo… No lo inventaba de la nada, había antecedentes. Todo eso me ayudó a comprender algunos momentos clásicos de la modernidad mexicana y también de los contemporáneos.

Saber qué importa o cuál es el valor de arquitectos contemporáneos como Javier Sánchez, Enrique Norten o Alberto Kalach, entendidos desde su propia realidad, desde su propia idiosincrasia, y analizados críticamente, te lleva en ocasiones a poner el dedo sobre la llaga. ¿Qué significa hacer un museo en el siglo XXI al que llegas por una escalinata cuando lo que nos importa es la accesibilidad universal? ¿Que están pensando cierto tipo de clientes creando condiciones de densidad absurda en una ciudad que básicamente es plana? La crítica sirve para cuestionar y sirve sobre todo para aprender. Al menos para aprender uno mismo.

Otro aspecto fundamental es que se ha relegado a la arquitectura como una práctica que va de un proyecto donde no hay nada, sólo un programa, un cliente, un presupuesto. Por otro lado, se puede entender a la arquitectura como una preexistencia. Edificios que ya existen y tienen un valor importantísimo. Tienes que dialogar con ellos, de tú a tú. Puedes dialogar con un edificio del siglo XVIII desde una perspectiva del siglo XXI. Con respeto pero sin sumisión, sino tratando de establecer vínculos.

Entonces, esa condición cruzada, de arquitecto que investiga, que critica, que propone, que proyecta, me ha llevado a eso que los gringos llaman a proposal project, es decir, proyectos que nadie te ha pedido y no obstante los pones sobre la mesa.

¿En qué momento y cómo llegas a México?

Vine en el peor momento. Después de que cae el peso, la economía —1994—, México estaba en un hoyo tremendo. Decidí venir en el peor momento. Me atrajo esa condición de una ciudad vastísima, extensísima, que te aportaba y en la que había mucho por hacer. La ciudad de México tiene esa densidad que sólo he encontrado en ciudades como Roma o Estambul. Sientes el peso de lo contemporáneo al mismo tiempo que el de la historia. No estás en el tercer mundo sino en el quinto y a la vez en uno más sofisticado. Esa condición me atrajo de México, y decidí venir en el momento menos recomendable.

Sé que te han preguntado antes sobre el instante en el que decidiste ser arquitecto: ¿lo recuerdas?

Siempre quise ser arquitecto. Nunca lo cuestioné. Es más, era de esos niños que andaba casi haciéndole proyectos a cualquier pariente y solucionando sus necesidades; no necesariamente eran castillos, ni cosas de ese tipo. Recuerdo que desde el principio hacia proyectos con techo plano.

Siempre tuve mucha curiosidad, mucha necesidad de viajar, de conocer, de trabajar con otros arquitectos. Durante mi época de estudiante pasé toda la carrera trabajando para otros arquitectos —algunos muy reconocidos en Barcelona— con el afán de aprender de ellos. Eso me llevo a ser tremendamente inquieto y a viajar permanentemente para conocer. ¿Por qué mis maestros admiraban tanto a Alvar Aalto? Como no lo entendía, agarré la mochila y me fui a Finlandia hasta entender qué estaba haciendo, por qué me decían que era tan importante. La escala, la sección, la luz. Me fui a conocer su obra, a entender, a ver cómo pensaba, cómo dibujaba, a reconocer sus inquietudes, qué tenía de excepcional o qué era lo que había en su lugar.

Entonces, ¿cómo diferencias tu vida laboral de la personal?

No hay ninguna diferencia. Mi vida es sólo una. A veces me lo han preguntado y en algún momento pensé “¿Cuando viajo y me pagan debe ser trabajo porque voy dar una conferencia? ¿Si lo pago yo son vacaciones?”; sin embargo, resulta que aunque me lo pagara yo estoy visitando algo que realmente me interesa. O estoy viendo a otros colegas de otras partes del mundo. Y como viajo frecuentemente para dar una plática, un taller, un proyecto o lo que sea, trato de disfrutarlo conociendo la ciudad, la gente o viendo colegas. No hay diferencia. Hay épocas en las que me doy cuenta que es sábado o domingo porque veo a menos gente de la que trabaja conmigo, pero no dejo de hacer lo mismo. Algunos tenemos la suerte de trabajar en lo que nos gusta, entonces no hay fisuras, no hay brincos. No he tenido la necesidad de la corbata entre semana, ni de la cachucha en fin de semana. Para mí así es la vida.

¿Cómo nace la revista  Arquine?

Un día se me ocurrió empezar hacer una revista de arquitectura. No había, o me parecía que las que existían no servían. Arquine me sirvió para canalizar ese criterio, esa crítica. Un medio para conocer. Inmediatamente después pensé en convocar a un concurso en un país en el que éstos no se hacían, en el que se daba todo a dedo (“éste que es mi sobrino, éste mi consuegro…”). El concurso ya cumplió 17 años y es un certamen anual con más de 400 proyectos inscritos cada vez. Después se me ocurrió convocar a varios arquitectos a que contaran su obra y de ahí nació el primer congreso de Arquine, que recientemente hemos convertido en Mextrópoli.

En algún momento, también, se dio la oportunidad de hacer libros para contar trabajos muy específicos. El primero fue sobre los edificios de departamentos que hizo Abraham Zabludovsky el siglo pasado. Y a partir de ahí nos dimos cuenta que había una posibilidad muy amplía. Partir del trabajo que va para la revista y que no es sobre temas coyunturales. Así hemos seguido, haciendo también programas de radio, televisión, y sobre todo construyendo esta plataforma en la que ahora estamos, que es Mextrópoli: una vía para la generación de contenidos alrededor de la cultura arquitectónica y urbana.

MIQUEL ADRIA

Como arquitecto ¿cómo percibes la ciudad de México en estos momentos?

Como un gran laboratorio y en algunas ocasiones como un gran monstruo; otras como un gran teatro; es decir, un gran espacio de representación, con esa monumentalidad que caracteriza a la arquitectura mexicana en la actualidad. Y simultáneamente como un organismo muy sensible al que hay que tratar con cuidado. No porque sea tan grande se debe tratar a machetazos, como hemos visto muchas veces, con segundos pisos, con intervenciones muy brutales que no se hacen con la delicadeza de un organismo tan sofisticado como éste. En ese sentido creo que hay que ser conscientes de las grandes oportunidades que tiene la ciudad de México, y que se nos pasan por alto.

Ahora mismo, por ejemplo, la oportunidad que se presentará con el desplazamiento del aeropuerto a una nueva ubicación. Vamos a quedarnos con casi 800 hectáreas libres. ¡Es una barbaridad! Muchas de las ciudades que conocemos caben ahí dentro. ¿Qué vamos hacer con eso? Es un tema demasiado serio para dejarlo en manos de los políticos, los cuales sólo están tres o seis años. Y es, también, un tema demasiado serio para dejárselo solamente a los arquitectos. Es un tema en el que todos tenemos derecho y es nuestro deber a participar. No podemos permitir que los ricos se hagan más ricos de prisa, y que después no tengamos una respuesta para darles a nuestros hijos, a nuestros nietos, que te van a cuestionar: “tú permitiste que realizaran esto y quieres que viva aquí”. ¿Cómo lo permitimos?

La ciudad está llena  de oportunidades y esa es una grande, sin embargo hay otras que dependen de nosotros, tan críticos con la ciudad, pero en ocasiones tan poco propositivos. Depende de que la sepamos ver de un modo constructivo. Así trato de verla, de un modo desapasionado porque si no me duele; pero además desde esta perspectiva de científico que trata de resolver los problemas, de resaltar sus virtudes.

¿Qué cambió cuando el Congreso Arquine se convirtió en el Festival Mextrópoli?

Han cambiado muchas cosas; sin embargo, queremos que la esencia sea la misma. Ha cambiado la escala, por ejemplo. Al principio era muy sencillo, al igual que la revista en sus inicios. A mí me tocaba hacer de mensajero, de vendedor de publicidad, estudiar los textos, me inventaba seudónimos, por cierto, para que se mostrara una diversidad de autores. Y ahora tenemos la suerte de haber construido un equipo mucho más competente.

El Congreso Arquine nació de la invitación a unos cuantos  amigos para que dieran una plática sobre su trabajo. Además de proteger a los estudiantes, porque me di cuenta que eran ellos los que hacían este tipo de eventos y frecuentemente esas escuelitas de arquitectura en Querétaro, Puebla, o en donde sea, se quedaban con las ganancias si las obtenía el alumno; pero si les iba mal los chicos quedaban endeudados. ¡No puede ser! Cómo van a comenzar su vida laboral los estudiantes si sus propios maestros los están defraudando.

Fue a pequeña escala y rápidamente tuvo cierto impacto. No había congresos y existía poca convocatoria aquí en México. Todo ha crecido de un modo orgánico. Nunca nos hemos empoderado a tal grado de tener más recursos que los propios. Siempre se ha hecho con nuestras propias manos, con voluntarios, con personas absolutamente comprometidas. Eso nos llevó a hacer el congreso  de arquitectura más grande de América Latina y con Mextrópoli pensamos que es un buen momento para salir a la calle, para entender que la arquitectura no es una disciplina endógena, sólo para arquitectos, sino una herramienta social para transformar de un modo creativo nuestra ciudad.

Finalmente la ciudad es el artefacto más complejo que ha creado la humanidad. La ciudad engloba complejidades menores, como la tecnología, los hospitales, el deporte y la cultura. Todo está. Ese gran organismo necesita una estructura, una morfología en la que los arquitectos participemos muy activamente para crear estos espacios en los que se desarrolla la vida humana, en los que se desarrolla la cultura.

Culturalmente a las ciudades podemos distinguirlas por lo que tienen de propio, de genérico, de global y de local. En ese sentido son, considerablemente, un organismo complejo y no obstante incompleto. La ciudad por definición siempre está incompleta; siempre la podemos mejorar. Y tú, tus hijos o sus nietos van a tener la oportunidad de dejarla mejor o peor. Es ahí donde podemos construir a través de nuestro conocimiento, de nuestras propuestas, invitar a la gente más  brillante del mundo de la arquitectura, del urbanismo, pero también de la política, de la sociología, de la economía, a interactuar, a compartir ideas. Fundamentalmente eso es Mextrópoli.

Cuéntanos más sobre la segunda edición del festival.

El festival es una fiesta en la que, por un lado, escuchamos a esas grandes figuras que vienen a contarnos sus experiencias ejemplares, su trabajo. Desde arquitectos de primeras ligas a nivel global, hasta sociólogos, políticos, etcétera. Además de ser un lugar para discutir, para dialogar. Mextrópoli contempla —a diferencia de un congreso, en el cual sólo existen conferencias— una serie de mesas de diálogo en las que se contrasten distintas posiciones; por ejemplo: la relación entre arte y ciudad,  la condición de redensificar las ciudades, o si se puede exportar la arquitectura como valor de cambio. Vamos a juntar a personajes de la gestión pública, de la cultura y de las empresas a discutir sobre estos temas.

Mextrópoli es buen momento para compartir, para, por ejemplo, presentar libros (estamos por terminar seis o siete) que tengan que ver con la creación de esa cultura que te menciono. Esa cultura alrededor de la ciudad, de la arquitectura. También vamos a tener una serie de rutas —en bicicleta, a pie o turibus con los mejores guías (arquitectos)— para reconocer la ciudad, sus edificios más destacados. No hay una guía de arquitectura de la ciudad que sea contemporánea, funcional. ¡Cómo puede ser! Esa es una gran oportunidad y vamos a presentar una guía para los recorridos.

Siempre criticamos, todos somos muy críticos con la ciudad de México, la sufrimos. Y se nos olvida que no sólo es la primera urbe del continente, sino que además es la más poblada, con una riqueza espectacular, y unos espacios absolutamente magistrales mezclados con auténticos desastres.

Todo eso pasará simultáneamente, con algunas ferias que completan las actividades, una serie de talleres que haremos en escuelas de arquitectura y de cine. Va a ser un modo de reconocer nuestra urbe, de anunciarla, de proponer nuevas ideas a este gran territorio.

Por otro lado, es buen momento para compartir con nuestras autoridades. Mencionarles que viene un individuo que es de los mejores y acaba de realizar esto o aquello. ¡Fíjense en eso! Están también esos estudiantes de esta escuela que han hecho un taller en conjunto con una arquitecta en ingeniería, un arquitecto chino, o un sociólogo italiano que les va ayudar a reconocer la ciudad de cierta manera, etcétera. Todo ese conocimiento lo vamos a compartir con la ciudadanía. Es un gran evento, una fiesta, un festival, en el que podemos tratar las condiciones de un modo extraordinario. El resto del año le tocara a nuestras autoridades o a la sociedad civil.

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¿Qué tan accesible es el festival para un ciudadano que no está tan familiarizado con la arquitectura?

Quiero pensar que es totalmente accesible. Las instalaciones se van hacer en un espacio público y se van poder ver. Las presentaciones de libros serán en el Museo de la Ciudad, que estará abierto a todo público. Los diálogos serán en el Museo de Arte Popular, que estará totalmente abierto. Vamos a tener una serie de conferencias en el Teatro Metropólitan, donde cualquier ciudadano con Ticketmaster tendrá acceso. Está abierto y dirigido a  toda la ciudadanía.

¿Hacia dónde se dirige el festival? 

Mextrópoli pretende ser un evento festivo que celebre la ciudad y que ésta se reconozca como tal, que nos haga sentir orgullosos y nos permita poner sobre las mesa los mejores  ejemplos, la mejor lluvia de ideas surgida de estos diálogos. Y todo esto compartirlo con toda la comunidad. No sólo arquitectos sino la ciudadanía en general. Especialmente, el festival será un detonador de ideas para mejorar de un modo creativo la ciudad de México y todas nuestras metrópolis.

Hablando de otros temas, ¿qué me puedes decir sobre la periferia, sobre estos rincones en los que existe la arquitectura sin arquitectos, donde coexiste la vivienda popular, donde persiste el hacinamiento?

Es un tema interesante y lamentablemente muy común. Es un problema que sufre el 80 o 90% de nuestro planeta. Nuestras grandes ciudades han recibido fuertes migraciones, y ese crecimiento las dobla o las triplica muchas veces de arquitectura informal, como es el caso de México. Además, los arquitectos sólo somos responsables del 2% de lo que se construye; la mitad es informal, la otra mitad recae en la responsabilidad de los ingenieros. Los arquitectos somos personajes absolutamente prescindibles. Cabe decir que es necesario aprender mucho de esa arquitectura informal.

En este momento la ciudad de México no está padeciendo esa patología. Es algo que sucedió desafortunadamente en los años 70 y 80, y tiende a estabilizarse. Estamos en un momento estupendo, idóneo para mejorar las condiciones de esa ciudad que se ha conformado. De formalizar lo informal, de monumentalizar la periferia, darle sentido, contenido, signos de identidad, porque en muchas ocasiones han sido sólo grandes áreas de ciudad-dormitorio mucho más baratas que las áreas del centro.

Y hoy por hoy uno podría vivir al centro, mejor comunicado y en lugares más baratos que en esas periferias remotas que ya están entrando al fracaso por ocupación, por inseguridad, largas distancias, lo costoso que es el tiempo, el dinero, esos desplazamientos, agua, luz. Es un modelo caduco que debe remplazarse por una ciudad más densa y más eficaz.

El Conjunto Urbano Nonoalco-Tlatelolco, realizado por Mario Pani, iba a ser un modelo repetido en la ciudad, y luego del movimiento estudiantil del 1968 se decide cancelar la propuesta. ¿Es verdad que la política sigue teniendo la decisión final en cuanto al urbanismo?

El modelo de Nonoalco-Tlatelolco, desde que se plantea, ya era cuestionado duramente. A principios de los 60 arquitectos como Alison y Peter Smithson, en Londres, y Van der Vlugt en Holanda, lo criticaron. Tal es así que cuando Mario Pani manda unas fotos de Tlatelolco a la que para él era la mejor revista de arquitectura, ellos contestan: muchas gracias señor Pani, pero por política editorial no publicamos fotos de maquetas. Nadie se creía que alguien hubiera construido eso, cuya idea provenía de una propuesta de Le Corbusier en los años 30. Aquí se implementó un poco tarde, como en algunas repúblicas soviéticas, y países como Brasil.

Es clarísimo que con el 2 de octubre la sociedad mexicana se quiebra, y de algún modo también hasta ahí llega la modernidad arquitectónica. Entra en crisis. La arquitectura no cree en esa idea, en ese optimismo futurista de los años 50 y 60 —como en Brasil con su idea de “orden y progreso”—, sino que todo el mundo se empieza a cuestionar sobre cuál es la verdad o solución. Y se encuentran varias: ya no hay una línea absoluta, incuestionable, en la que el progreso y el futuro iban a ser mejores. Nos dimos cuenta que siempre no. Se cuestiona ese modelo del urban planning y empieza a haber una serie de derivaciones en el modo de proyectar. De ese urbanismo que mencionas se paso a diseño urbano, se empezó a cuestionar la gran escala, porque era mejor el diseño acotado de áreas más pequeñas en las que pudiera haber cierto control de resultado, y eso nos llevo aún más a bajar las escalas hasta que hemos llegado a esas cosas ridículas, los parques de bolsillo. La reducción a una escala absolutamente anecdótica, que pasa de lo estratégico a lo anecdótico.

Además, se han vuelto a tomar visiones metropolitanas, estratégicas, que tienen que ver con lo que, necesariamente, tiene que planearse sobre la movilidad y los sistemas de conectividad de las ciudadanías; en ese sentido, considero que estamos en un momento muy interesante en el que vamos a ver cambios y propuestas mucho más flexibles de la urbanización, entre ciudad y territorio, entre centro y periferia, y vamos a tener cada vez más a esas condiciones metropolitanas poli-céntricas, en la que los aspectos de movilidad van a ser fundamentales.

En una ocasión escribiste que los concursos de arquitectura  han ido perdiendo su compromiso con la sociedad. ¿Cuál es el modelo de concurso que plantea a través de Arquine?

No soy de la idea de que la única solución sean los concursos. Lo interesante de éstos es escoger una buena pregunta que sirva para que muchas personas, profesionales o no, sean capaces de aportar soluciones diversas. Poder ver una multiplicidad de visones; una visión poliédrica ante problemas que a menudo no tienen una solución  predeterminada.

Poner a concursar para una nueva ala de quirófanos en un hospital, por ejemplo, me parecería absolutamente estúpido. Es un tema tremendamente específico que está milimétricamente acotado, hay unos especialistas que saben demasiado. Y no porque ahora todos empecemos a creer que vamos por el hilo negro, vamos a tener una mejor solución para eso. Es un tema muy delicado y tremendamente caro, que se puede solucionar así.

Sin embargo, hay proyectos mucho más abiertos que cuentan con esa diversidad de posibles soluciones, y que enriquecen mucho el escenario. Es lo que te permiten en ocasiones los concursos, encontrar nuevos caminos que hasta entonces no existían. El caso del Centro Pompidou de Paris fue un claro ejemplo. A nadie se le había ocurrido la posibilidad porque nadie hacia ese tipo de arquitectura en ese momento. El tema del museo Guggenheim en Nueva York, de cómo permitió convertirse más allá de un edificio, en una herramienta para resolver una ciudad que no funcionaba. Se trata de darle la vuelta a la ciudad, de cómo responder desde otro lado.

Los concursos sirven para eso. Por lo tanto la pregunta que se planteé es fundamental. Debe ser una pregunta siempre abierta, no una pregunta en la que ya tengas la respuesta, del tipo a ver quién adivina cuál es la respuesta exacta. Para eso no se necesita hacer concursos, puedes hacer un sorteo. Más que un proyecto, más que el premio, lo más importante para un buen concurso es el jurado, que sea el más independiente, el más calificado. Eso es lo que le da nivel, le da calidad a un concurso. Eso es lo que siempre hemos aspirado en los que hemos hecho.

¿Que nos puedes decir sobre casos como el de la Estela de Luz?

Me pareció  absolutamente ridículo. ¿Para qué era eso? La pregunta era vacía; el objetivo, cuál era. Era que el presidente se coronara de algún modo, era el arco del Bicentenario. Un modelo caduco. No tenía sentido.

Pienso que el mejor proyecto es el que realizó Alberto Kalach, quien renunció a participar, quizás con razón. En buena medida es el mejor arquitecto que tenemos en este país. El tiempo demostró que no sólo fue una estupidez sino que era un mecanismo para que todos los bribones nos transarán y terminara costando diez o veinte veces más de lo que se había planteado para hacer algo que no sirve para nada, no tiene ni significado ni función, es absolutamente irrelevante y es sólo un tema que debería constar en la historia de los que deberían entrar en prisión.

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Y bien, qué piensas sobre la reurbanización de calles del Centro Histórico como Madero o la misma Alameda Central.

Considero que para un comienzo están bien, pero al final resultan ser irrelevantes. Es un modelo que ya se venía pensando desde hace tiempo. De repente nos damos por satisfechos con muy poco. Creo que las oportunidades de la ciudad de México son mucho más vastas, como para darnos por satisfechos con proyectos de ese tamaño.

Y un ciudadano ¿cómo se involucra sobre esos concursos o espacios de política pública?

Estamos aceptando demasiadas cosas que no deberían suceder, con sentimiento de impotencia y de que así debe ser. Cuando se planteó el concurso de la Estela en el periódico Reforma publiqué una crítica durísima en la que no dejé a ninguno vivo, a excepción de Kalach porque supo renunciar.  ¡No nos perjudiquen! Le están haciendo el entretenimiento al Presidente. Parecían arquitectos haciéndola de bufones. Ahí bailándole para realizar algo que terminó transando a medio mundo.

Es un delito nuestro, es responsabilidad de todos. Y dejamos que pasara. Creo que es un tema cultural, tendemos a demonizar a alguien; sin embargo, en el fondo, si lo percibes en la calle, las personas realizan lo suyo y no existe un principio de aceptación de lo que es común, o de reivindicar lo que está bien. Si no cambiamos esto, difícilmente se va poder mejorar lo que tenemos. Por eso es tan importante la crítica, es una herramienta para poner el dedo sobre la llaga. Que si tenemos a un dirigente le podamos manifestar “lo que usted necesita no es una Estela de Luz”, sino que le vamos a proponer cómo monumentalizar esta periferia que se ha ido juntando y cómo deberíamos consolidarla, crear unas condiciones de urbanidad, no sólo de seguridad, sino de convivencia. Si nosotros ayudamos, podemos ir incentivando esto.

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