Raúl Campos / @snarulax

San Andrés Mixquic, uno de los siete pueblos originarios de Tláhuac, es conocido tanto en el país como a nivel internacional por su folclórica y tradicional celebración del Día de Muertos. La que año con año hace que sea visitado por hordas de turistas deseosos de presenciar una de las manifestaciones más puras hacia los santos difuntos”.

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Donde quiera que uno busque información respecto a la fiesta, ésta va a ser muy bonita: un recuento histórico de cómo era el pueblo, la majestuosidad de su celebración, la tradición y,  sobre todo, muchas fotos y datos del cementerio al cual los locales acuden a visitar a sus difuntos, que se encuentra en el atrio de la parroquia y ex convento de San Andrés Apóstol, la mayor iglesia del lugar.

Gracias a aquella mágica imagen (y a nuestro vasto tiempo libre y de gracia por haber apenas salido de la escuela) un amigo y yo decidimos hacer un documental (que a la mera hora no hicimos) sobre el Día de Muertos de Mixquic. Y, en nuestra ambición por no hacer las tomas que todo mundo hace de las tumbas los meros días de la celebración, decidimos hacer un registro de los proceso previos: la preparación del pan, la cocina tradicional, la cosecha del cempasúchil y, en general, presenciar la forma en que los locales se preparaban para los días en que sus fallecidos (y las turbas turistas) irían de visita.

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Pero, en nuestro afán de querer hacer todo “como fuera saliendo”, sumado a nuestra excesiva confianza, nos aventuramos sin tener realmente un plan en concreto, logrando solamente acompañar a la familia de “Don Pozos” a una cosecha de la amarilla flor de muerto, para después quedar por nuestra cuenta hasta el 1 y 2 de noviembre, cuando el ambiente cuasi desértico que se vivía en Mixquic todos los días del año fue reemplazado por un mar de autos, puestos de alitas, caguamas y papitas, y cantidades aparentemente infinitas de gente que lucía diminuta (y lo era) ante la pareja de Skeleton Lords que resguardaban la entrada del pueblo.

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Tras avanzar dificultosamente entre la multitud hasta el quiosco, lo único “tradicional” que perseveraba ante los turistas ebrios y los puestos de tacos con precios tan altos como el dólar, eran las pocas ofrendas que se refugiaban dentro de la biblioteca, los montones de lugareños acatrinados fotografiándose con los güeros, y el cementerio, mismo que por la tarde sólo era habitado (relativamente) por quienes adornaban la tumba de sus difuntos, y que durante la noche se tornó un espacio totalmente intransitable engalanado por flores, velas y vasos plásticos o de Corona.

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De esos dos días hay cuatro escenas que nunca olvidaré:

  1. Querer hacer una toma de una señora adornando su lápida, y que se atravesase un junior con su vaso “de a litro” a saludar a la cámara.
  2. Otro mirrey vomitando en la plaza afuera de la iglesia.
  3. Un don pidiéndole a una muchacha que se quitara de enfrente de la cruz principal del panteón porque no le dejaba tomar una foto, estando ella rezando; y
  4. Una señora mixquica que, junto con sus dos hijos y otros locales, le empezaron a prohibir el acceso a los turistas dentro del cementerio, argumentándoles que solamente venían a “echar relajo y a cagar la madre”.

Lamento que una de las festividades más icónicas de nuestro país, y en uno de los sitios más representativos, se haya vuelto un pretexto para que la gente se empede y haga lo que en su casa no les dejan. Por ello con estas fotos pretendo rescatar lo poco que vi de aquella preciosa tradición endémica cuya suerte ha sido corrompida por el bisne del “qué folclor, qué bonito… ¡pos salud!”.

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