Por Adrián Román / @adrianegro

Honey, my ways got to be curious to you, and we both know I am crazy, but please belive me when I try to tell you that Iam, my darling, by all scientific evidence a serious fellow. Mohamed Ali.

El sueño  comienza con un policía y un ladrón. Del ladrón solo sabemos que se robó la bicicleta y provocó tanta furia en el joven dueño, que éste juró pronta venganza, sin importar de quién se tratara. Joe E. Martin es el policía. En su tiempo libre es entrenador de púgiles. Escucha al dueño de la bicicleta; las palabras saliendo de aquella párvula boca parecen un enjambre de abejas. El destino los juntó. El dueño de la furia y la bicicleta, en ese entonces, al salir de los entrenamientos, debía esperar en el auto a que Martin, su entrenador, le trajera una hamburguesa. A él no se la vendían, era negro. Tenía alrededor de  doce años. Su nombre todavía era Cassius Clay.

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Classius Clay es el nombre de un esclavo. No lo escogí. No lo quería. Yo soy Mohammad Ali, un hombre libre.

Uncle Tom, uncle Tom, le gritaba Ali a Ernie Terrell. La forma peyorativa en que los negros llaman a la gente de su mismo color que se comportan sumisos con los blancos. Cada vez que Terrell hablaba con la prensa, se refería a Ali como Cassius Clay. “I never told you my name was Cassius Clay, gritó Ali en un programa de televisión en el que casi termina a golpes con el que sería su rival sobre el ring por la unificación de títulos.

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Ali se mostró superior desde el primer round. Iba al frente haciendo daño. Cuando decidió retroceder fue para llevar el ritmo de un reloj enloquecido cuyas manecillas iban para un lado, se detenían y de nuevo iban a la carga en sentido opuesto. Lo chamaqueó. Lo bailó. Le tocó la cabeza con el guante en forma de burla. Lo provocó con su venenosa verborrea durante un rato. Lo que siguió fue una brutal lección de box. Por más cerrada que estuviera la guardia de Terrel, por más pegados que estuvieran sus brazos entre sí, la ponzoñosa mano de Ali logró llegar hasta el rostro, hizo daño. Seis rounds de puro castigo.

Mohamed quiere decir alabado.

Resulta casi conmovedora la manera en que Terrell golpea a Ali queriendo dañar el hígado para disminuir las energías de aquella bestia que parecía no cansarse jamás. Porque no le quedaban muchas fuerzas. Y el ojo derecho ya lo tenía deforme de tanta dinamita. Doce, trece, catorce veces golpea sin lograr hacer nada de daño. Abrazar a Ali fue la forma más decorosa que encontró Terrell para intentar llegar al final de la pelea. Los golpes de Ali pasaban como avispones veloces, imposibles de contener. Hirientes. Una pregunta, sobre todo, es la que sobrevive de este combate, una pregunta que fue lanzada varias veces lo mismo que el veloz jab: ¿Cuál es mi nombre?

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Nació poeta y eligió que algunos de sus versos los gritaría y otros los escribiría con su cuerpo. Su lengua no perderá el filo jamás. Ni siquiera la parálisis agitante de su enfermedad lograría contener la poesía que ese cuerpo emanaba.

El sueño tuvo una ruptura en el momento exacto en el que mandaba su medalla olímpica por los aires, porque no entendía de qué servía aportar a su país una medalla de oro, si no le podían servir una Coca-Cola en un restaurante.  El sueño comenzó a tomar forma cuando dejó el nombre que sus abuelos le habían heredado, el nombre de los antepasados de W.L. Lyons Brown, un petrolero, a cuya familia pertenecían los antepasados de Ali durante los tiempos de la esclavitud. El sueño comenzó cuando Ali subía al ring para ser un luchador implacable, burlón, soberbio, que usaba el ring como foro para dar un discurso pacífico.

La medalla se hundió al fondo de un lago para siempre jamás. Ali hoy es polvo y sueño.

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Soy el más grande. Me lo dije incluso a mí mismo cuando no sabía que lo era.

Hibris es la forma en que los griegos nombran aquella acción del que rebasa los límites plantados por los dioses. A cualquiera que desee más de lo que las divinidades le han otorgado de buena manera, Némesis vendrá a castigarlo. Cuando miraba a Ali derruido por la enfermedad, pensaba que lo habían castigado por su soberbia, por dejar de cargar con el nombre de un esclavo, por retar a la falsa humildad y gritar lo que él era.

Ali vino a plantear un dilema acerca de la soberbia. ¿De verdad es tan aberrante como nos han hecho creer? Ali era encantador. Y puede que parte de ese encanto estuviera sostenido por la altivez, por la seguridad con la que se proclamaba superior a todos sus rivales. El encanto de la soberbia. Ali tenía ganas de agradar a los demás, de ser, por encima de cualquier boxeador, el preferido de todos. Incluso de los que no habíamos nacido cuando él ya se había retirado. Y lo logró. ¿Dónde está el pecado? ¿De verdad uno debe conformarse con ser uno más? Los proclamadores de la humildad siempre responderán que sí. Maldito mundo mojigato que castiga la presunción. El pecado del diablo fue aspirar a ser algo más.

Muhammad Ali working out before his upcoming bout against George Foreman. He is training with heavy bag and jump rope in October 1974. (AP Photo/Horst Faas)

Puede que el pago por la soberbia fuera pasar la mitad de su vida enfermo de Parkinson. O su quijada rota luego de la última batalla contra Norton. Pero eso suena al castigo del perverso dios de los obedientes, tan fascinados con la idea de la falsa humildad. Nadie ha alcanzado las alturas de Ali. Después de él nadie puede decir que es el más grande, sin que una sombra aparezca de inmediato. Ali no sólo era soberbio: decía la verdad. Sin importar si los dioses se enojaban o no.

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Una vez mi amiga Blanca me dijo: No hay nada más hermoso que ver a un hombre derrumbarse y luego mirar cómo se levanta. Ali nunca antes había caído.

Fue un gancho de izquierda. Un obús en forma de gancho con la zurda. Un petardo que le explotó en plena quijada. Una izquierda que seguro rebasó la velocidad de la luz; la potencia de una bomba atómica. El derrumbe fue dramático, pero veloz. La gravedad pedía a gritos aquel hermoso cuerpo que alardeaba tanto. Estaba cansado, distraído, quizá distraído por el cansancio. Corría el round número 15. La ciudad era Nueva York. El orgullo actúa tan rápido como la luz y eso fue lo que hizo que Ali no estuviera mucho tiempo en la lona. No podía creerlo. Se notaba decepcionado de sí mismo. Se levantó tambaleante. Mareado, con la vanidad como escafandra.

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Apenas se ponía en pie, con su guardia guanga. Qué extraño verlo caminar como zombi, inseguro, blando, y otra vez la misma dosis le fue administrada. Una violenta zurda le llegó al rostro. Jaló por la nuca a Joe Fraizer para contener aquellas constantes explosiones. Pero no pudo. Fue llevado contra las cuerdas y ahí el castigo fue cruento. Parecía que no tenía fin. Mientras sostenía hilachos de una defensa desvencijada. Sonó la campana. Ésa fue la derrota que por fin lo volvía humano.

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Floats like a Butterfly and Stings like a Bee.

Ali Bumaye! además era profeta. Es decir que Dios le había hablado. Divino y humano. Mohamed Ali. Sabía cómo incendiar su entorno solo con unas cuantas palabras.

Ali subió al ring con los Beatles, con los cuatro al mismo tiempo y terminaron en la lona.

Ali subió al ring ocho minutos antes. No se puso los guantes hasta después. Brincaba sobre las puntas. Esperaba, se notaba ansioso. Tiraba golpes con las manos vendadas. George Foreman salió cubierto por una bata roja. Trató de abarcar todo el ring con su presencia. Bailaba por todas partes. Se notaba seguro, llegaba con 40 peleas invictas y 37 nocauts. Ali se limitó a su territorio. Desde ahí lo miraba. Cuando Foreman se despojó de la bata asomó el cuerpo de una bestia. Ali sabía que iba a ganar, no importaban los años de retiro. Era mentira que había perdido el ritmo y la magia. Era mentira, iba a ganar, lo sabía. Ali Bumaye!

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Ali Bumaye! Ali se sabía la combinación para abrir cualquier guardia. Ali bailó un poco al inicio de la pelea, en los primeros instantes. Para demolerla de unos cuantos trazos. Golpeaba a Foreman, lo sacudía y cuando venía el contraataque, sometía al monstruo de Texas, tomándolo por la nuca.

Ali era un tramposo. Haría cualquier cosa por ganar. Su arma más letal no era ni el velocísimo jab, ni el contundente recto de derecha, tampoco el vuelo de mariposa, ni el aguijonazo. Su más ponzoñosa arma era la lengua. Todo el tiempo le estuvo hablando a Foreman. Sin descanso. Letales golpes al cerebro, que ya no le permitían funcionar igual.

Su padre, un rotulador, metodista, nunca terminó de aceptarlo. Ali siempre buscó la aceptación de hombres mayores, como Malcolm X. Ali Bumaye!

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Su voz, su lengua que profetizaba la caída de sus rivales, que gritaba por todos los vientos que no había nada imposible, que él era el más guapo, la voz del poeta, la voz que declaró que no iría a Vietnam porque nadie allá lo había insultado por su color de piel, la misma voz que juraba que él era el más grande, mucho antes de serlo. Ésa, la voz, era su arma más letal. Su lengua que era como el dedo del rey Midas, todo lo volvía realidad: Soy el más rápido, el más rudo, el más hermoso. Ali Bumaye!

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Y Ali se levantó. Aunque Fraizer ya sabía que si aguantaba candela con la guardia arriba y las rodillas flexionadas, esquivando los golpes, en algún momento podía sorprender sacando un golpe desde abajo. Y lo intentaba.

Ambos con short blanco. El de Ali más clásico, el de Fraizer más parecido a las bermudas de los basquetbolistas de los noventa. La fuerza y determinación con los que Frazier se lanzaba al frente son dignas de un bull terrier. Incontenible e incansable. Sólo capaz de concebir un pensamiento: ir adelante. Y claro que intentó que el arma secreta de la pelea anterior surtiera efecto otra vez: gancho izquierdo a la quijada. Pero Ali estaba más entero.  Si algo quedó manifiesto en esa pelea fue la resistencia de Ali, y la frialdad para conducir la pelea a donde más le convenía. Aunque tuviera que soportar el lento paso de muchos rounds.

27th May 1963: American Heavyweight boxer, Cassius Clay (later Muhammad Ali), relaxing on his hotel bed in London. (Photo by Len Trievnor/Express/Getty Images)

Sabía cuándo lanzar golpes. Tenía dos o tres cualidades. Muy completo no era, me dice el Famoso Gómez, leyenda del box mexicano. Sabía hacer dos o tres cosas, pero las sabía hacer como nadie. Él estuvo en algunas peleas mías, platicamos y todo.

Ali supo aguantar el momento preciso para hacer alarde de su guardia y bailar. Lo estaba disfrutando de nuevo. Conforme avanzaba la pelea él se notaba más ligero y cómodo. Y la lengua, la venenosa lengua que siempre iba trepadora a atacar el cerebro de los contrincantes. Esta vez no hubo nocaut, pero Ali ganó.

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El motor pudieron ser los seis millones de dólares que pusieron en su cuenta para que se subiera al ring. La pelea se trató de lo mismo a lo largo de los quince rounds. Antonio Inoki se barría en la lona y Ali se echaba un paso hacia atrás para evitarlo. El japonés se levantaba y los dos peleadores se ponían en guardia, al acecho. Lo mismo todo el tiempo. El nipón logró conectar la rodilla de Mohamed en varias ocasiones.

Antonio Inoki era un japonés dedicado a la práctica de la lucha libre. Ali había prometido un millón de dólares si un luchador nacido en la isla era capaz de derrotarlo. La mejor forma que cualquier fanfarrón encuentra para meterse en problemas es abrir la boca.

Inoki era un atleta, lanzador de disco y jabalina. Ali pensaba que todo sería ensayado. Una pelea ganada con mucha ventaja, pero los planes de Inoki eran distintos. Quería desquitarse de las burlas que le había hecho Ali. El gringo, qué raro llamar así a Ali, lo vio entrenar, entonces las reglas de la pelea cambiaron. No se permitirían las patadas si eran hechas de pie, ni los golpes con el codo. Ali lamentaba, otra vez, abrir la boca.

Parecía que Inoki quería cortar las piernas de Ali como si se trataran de mieses de trigo. Los estragos de las patadas se vieron reflejados en la velocidad de las piernas del que bailaba como mariposa. El combate se declaró empatado. No siempre le salieron a Ali las cosas como pensaba.

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Los humanos siempre nos sentiremos atraídos, morbosamente fascinados, por los que se atreven a cruzar los límites planteados por los dioses.

Ali era un profeta. Dios le había hablado. Ya lo dije. Tenía un mensaje para nosotros y el modo que eligió para que el mundo lo escuchara fue trepándose a un ring. Si reviso su infancia me parece que pudiera ser un nazareo. No porque un ángel anunciara su nacimiento, sino porque desde niño sorprendía los niveles a donde llegaba por medio de su curiosidad (cuestionaba por qué todos eran blancos: Santa Clos, Jesús, Tarzán, los ángeles), y porque fue dotado del verbo y de la capacidad de transformarlo y convertirlo en rimas desde ese entonces.

Quizá solo los diferentes, los extraordinarios, tienen la suficiente fuerza en la voz para confirmarnos que todos  somos iguales. Es decir, iguales a ellos; o sea: diferentes, auténticos. Pero nunca tendremos tiempo de escucharlos. La mediocridad nos gana. Por más atracción que generen esas personalidades, hay un sistema fabricado para aplastarlos. Pinche mundo timorato, siempre castigará la presunción y la soberbia.

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Me… We.

Me… We.

Los poetas transforman su entorno. Todos somos yo. El poema más corto de la historia. Conmovedor, brutal. Inexplicable, pero transparente. Lo pronunció frente a varios cientos de estudiantes, a los que motivaba a aprovechar las oportunidades que él no tuvo. Su mente se encontraba en plena conciencia la mayor parte del tiempo. Eso era lo que le permitía ser veloz en la improvisación arriba y abajo del ring. Ese elegante paso que dio para no ser solo un hombre que daba y evitaba golpes.

Los antiguos judíos consideraban que el sabor del maná era el mismo que el de la leche con miel. El alimento que le daban a los niños. Ali no quería leche con miel, se lo decía a su madre cuando era niño, él quería estofado. Quería cambiar el mundo.

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Editor Yaconic

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