Por Berenize Rosales / @BerenizeconZeta

Fotos: Pedro Zamacona

“Hoy estoy de luto. Ha muerto mi amor, se fue con mi inocencia. Está en putrefacción”. Mon Laferte.

Había escuchado a algunos de mis amigos hablar sobre Mon Laferte, pero nunca me había interesado por su música. Pensaba que era una cantante más de esas que interpreta temas de desamor con voz aguda. Hasta que un día acompañé a un amigo a las oficinas de Discos Valiente para que la entrevistara. ¿Cuál fue mi sorpresa? Sí le canta al desamor, pero lo hace con una potente y seductora voz, que junto a su imagen de femme fatal pine up y su carisma, roba el corazón de hombres y mujeres que desean ser lo mitad de sensuales que ella.

A partir de entonces Mon cautivó mi desolado corazón con “Malagradecido” y se volvió básica en mi reproductor: el soundtrack de mis constantes decepciones amorosas.

Cuando en junio pasado se anunció que Monserrat Bustamante presentaría su tercer LP, Vol. 1, en el Lunario del Auditorio Nacional, de inmediato me puse de acuerdo con mi amigo para cubrir el evento, destrozarnos la garganta y ver las atractivas piernas de Mon en primera fila. Pero el tonto abortó la misión una semana antes, pues cubriría un festival en Torreón. Ni modo, estaría sola en el concierto.

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Pensaba en ellos mientras caminaba por la explanada del Auditorio entre revendedores, personas “fashion” vestidas extravagantemente, que salían del Mercedes Benz Fashion Week, vendedores de binoculares y gente que iba al Auditorio para ver al violinista André Riu. Me apresuré al Lunario, donde encontré tres caras conocidas; compañeros de prensa buena onda a los que me aferré como el cochambre al sartén porque no quería estar sola.

Entramos. Nos sorprendimos porque apenas eran las 8:15 pm y el foro ya estaba casi hasta la madre. Buscamos un buen lugar. Algunos minutos después las luces se apagaron y alguien entró al escenario: “Buenas noches México, cuando ensayamos dije que entraría diciendo eso”. Volteé para ver quién era, pero mi estatura (1.50 metros) sólo me permitía ver el candelabro que había en el techo del escenario. La banda telonera tocaba bien, pero todos estaban más preocupados por tomarse selfies que por escucharlos.

Nos informaron que por ser evento para todas las edades las bebidas alcohólicas sólo se podían vender y consumir en el bar. Nos dirigimos de inmediato. Ahí vimos a un tipo rudo que parecía haber salido del Hell & Heaven o algún concierto de metal. Traía una playera negra sin mangas, una bermuda, el cabello amarrado en una cola y expansiones. Llegamos a la conclusión de que seguramente trabajaba ahí, que era el “saca borrachos” o algo parecido.

Tras una amena plática los dos fotógrafos y el otro amigo con el que estábamos se adelantaron. Mi colega —quien es coordinadora editorial de una revista de rock independiente— y yo nos quedamos en el bar hasta que a través de las pantallas vimos que se apagaban las luces. Entonces ella le dio un trago enorme a su vaso de  cerveza, lo dejó en la barra, la tomé de la mano y corrimos de regresar a nuestro lugar.

Alguien anunció que grabarían el DVD del concierto, por lo que nos pidieron que aplaudiéramos. Y ahí estábamos todos, gritando como locos cada vez que nos daban la orden.

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El público recibió entre rosas rojas y gritos a Mon, quien portaba un vestido negro y guantes del mismo color. “Si pudiera yo volverte a amar. Si tuviera cada beso que deje sobre tu cuerpo…”, comenzó cantándole a nuestros destrozados corazones. Entonces me di cuenta que el “tipo rudo del bar” estaba a mí lado. Al principió pensé que era un camarógrafo, pero no, se quedo ahí cantando “Vuelve por favor” junto con nosotras.

Mon realizó un breve recorrido por Tornasol (2013), su primer disco, con temas como “Orgasmo para dos” e “Igual que yo”,  canción que interpretó tras contar que en una tarde calurosa conoció a una mujer. Ella no quería pero… comenzó a cantar. “Jugar desnudas tú y yo y fumar después del silencio”, escuchaba de la seductora voz de Mon, mientras pensaba “¿Cómo no? Si yo que no dudo de mi heterosexualidad sí le daba unos buenos besos”.

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Las pocas parejitas que había aprovecharon “Amor completo” para darse muestra de afecto. Se notaba que los chavos se habían lucido con sus novias al llevarlas a ver a Mon, aunque ellos nada perdidos también se estaban dando un buen taco de ojo. “Arrúllame, ahógame, aplástame. Desármame, cómeme, fúmame. Amor inquieto, amor drogado, amor completo”, entonaba Laferte secundada por sus despechados fans que se desgarraban el alma y la garganta.

Entre ellos el “tipo rudo del bar”.

“Y te voy a llorar cada nota, trataré de  afinar con el alma rota. Y me duele pensar que no pude llegar, que este último beso es a través de este cristal”. No pude evitar que, al recordar, se me erizara la piel, y que algunas lagrimas salieran de mis ojos con “El crital”, tema que Mon compuso para su abuela, y que describe exactamente el sentimiento de desdicha que algunos hemos sentido al no estar presentes en los últimos días de algún ser querido.

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Después sacamos la frustración y coraje de esos amores cobardes cuando Monse cantó “Mal agradecido, me cagaste toda. Pobre vanidoso, me das hasta vergüenza”. Una mujer del público gritó “¡Hijo de la chingada!”, y de ahí todas nos despedazamos la garganta con un montón de leperadas estilo concierto de Paquita la del Barrio. Creo que sólo nos faltó decir: “Me estás oyendo, inútil”.

Tras algunas canciones  subió al escenario Sebastián, el cantante de la banda telonera que en ese momento me enteré que se llama El viaje de Seth, con quien cantó “Calma”. Posteriormente la acompañó  —con un leotardo negro muy sexy— Renee Mooi.

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Después de eso nos dejaron descansar un poco. Hubo un intermedio en el que los once músicos que conformaban la orquesta que acompañó a la chilena durante toda la noche se presentaron. Ella regresó con un vestido rojo que parecía baby doll y unas rosas rojas que enmarcaban y resaltaban la belleza de su rostro.

Llego la parte de las rolas movidas con temas como “La mujer”, “Un solo hombre no puedo tener”, “Ángel Negro” y “Soy”, en la que Mon le gritó con todo el coraje que había en su ser: “¡Pinche puta!”, a esa mujer que se metió con el tipo al que le escribió esa canción.

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Todos los bateados y friendzoneados reprochamos el rechazo cantando eufórica y desesperadamente “Si tú me quisieras”. Mon dijo que si cantábamos fuerte “Ay, ay, ay de mí, de este amor”, le daría un orgasmo en el escenario y comenzó a gemir. Después de “Tormento” hubo otro pequeño intermedio, en el que los apasionados fans cantaron con la voz entrecortada “Ven y cuéntame la verdad. Ten piedad y dime por qué. ¿Cómo fue que me dejaste de amar? Yo no podía soportar tu tanta falta de querer”.  Entonces Monserrat regresó al escenario para cantar junto a su público “Tu falta de querer”, el himno de los corazones rotos y desesperados.

Me pareció ver algunas lágrimas en el rostro de la chilena y me pregunté cómo es que alguien pudo haberle destrozado el corazón a tremenda mujer cuando conozco a muchos (incluidas mujeres) que darían lo que sea porque les hiciera caso aunque sea cinco segundos.

La noche culminaba con “El diablo”. Entonces mi colega de prensa y yo sacamos nuestros mejores movimientos para que el tipo de la cámara nos grabara porque “si no salimos en el DVS de Mon fracasamos en la vida” o eso dijo mi compañera. Monserrat Bustamante se despidió de nosotros gritándonos “¡Los amo chingada madre!”. Entonces nos dirigimos hacia la salida, que para entonces ya estaba como Metro Pantitlán a hora pico.

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Caminaba hacía el Metro junto a mis colegas por la explanada del Auditorio, entre vendedores de posters, playeras, pulseras y demás objetos con la cara de Mon, pensando en lo que hace años escribió el dramaturgo inglés Robert Browning: “El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla”. Esa noche me sentía acompañada, no por mis colegas o por las personas que atestaron el Lunario, sino por las canciones de Mon.

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