Por Carlos Guevara Casas / @CGuevaraCasas

Ilustraciones: Iurhi Peña / @Iurhi

I. INVIERNO VOLCÁNICO

La mayor erupción volcánica de que se tenga registro histórico, un cataclismo que lanzó millones de toneladas de material volcánico —alrededor de 160 kilómetros cúbicos— es en buena medida la generadora de uno de los mitos que encarna varios de los temores más profundos de la modernidad. La explosión del Tamboro en Indonesia. Abril de 1815. El estallido se escuchó en la isla de Sumatra, a más de 2000 kilómetros de distancia, lo que separa Panamá de la Ciudad de México.

Clive Oppenheimer, vulcanólogo de la Universidad de Cambridge, calcula que ese entremés del Apocalipsis dejó cerca de 12 mil muertos de manera instantánea y un total cercano a los 80 mil. La cantidad de ceniza fue tal que el firmamento oscureció. Una mancha voraz de ceniza se fue extendiendo por todo el planeta dejando en penumbra a la Tierra. Más de un año después, en 1816, mientras la falta de luz estaba gestando la hambruna más grande del siglo XIX, un grupo de jóvenes adinerados lamentaba no poder departir bajo el sol a orillas del lago Ginebra, en Suiza.

En lo que morían de frío y aburrimiento en aquel llamado Año sin verano, aprovechando la compañía, las reservas de licor y la célebre casa llamada Villa Diodati, el grupo se puso a contar historias de fantasmas. Porque la casa también era un lugar inspirador, tanto como la cava. Supuestamente vinculada con la familia literata del mismo apellido y cercana al poeta y ensayista inglés John Milton, cuentan los lugareños que el autor del Paraíso perdido la visitó en 1638 con todo y que su construcción inició mucho tiempo tras la muerte de Milton. La realidad es que el anfitrión de la tertulia venía huyendo de las deudas, un divorcio y líos de faldas en Londres.

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Se trataba de Lord Byron, conocido por seducir, erótica o financieramente, a todo lo que se moviera, y varios de sus no menos talentosos y disipados amigos. El doctor John Polidori, una ex, llamada Claire Clairmont, y el poeta Percy Shelley con su adolescente amante Mary Godwin, quien meses más tarde adoptaría el apellido de Shelley, y que más tarde sería reconocida como la autora de Frankenstein o el moderno Prometeo.

II. GHOST IN THE SHELL

Greg Buzwell, curador de la Biblioteca Británica, describe el ambiente fantasmagórico de aquellos gélidos días de julio de 1816. La falta de luz, el fuego de la chimenea chisporroteando, la ventisca y las umbras y penumbras de los árboles tras los ventanales. La discusión iba y venía de las metáforas poéticas de la vida con Percy Shelley al electromagnetismo con Polidori. La electricidad estaba de moda en todos los ámbitos; pero especialmente en la medicina y lo que en ese entonces se llamaba filosofía natural y tres décadas más tarde, ciencia experimental. Como suele ocurrir en la periferia de todo saber, en especial de las conjeturas más atrevidas, surgen multitud de ideas estrafalarias.

El tapiz nocturno de infomerciales televisivos tiene un antiguo linaje que puede explorarse en Historias paralelas de la medicina (2011), de Thomas Sandoz, una joya que va de la electroterapia al magnetismo mesmérico y al galvanismo terapéutico. Y es que las ideas de Luigi Galvani estaban por todos lados. Décadas antes de las tertulias góticas de Byron, Galvani descubrió más por casualidad que por intención que los músculos de animales muertos se contraían con una corriente eléctrica. No estaba claro por qué, pero todo indicaba que la oleada de nueva investigación sobre electricidad y magnetismo impulsada por Benjamin Franklin acabaría por decirnos que la electricidad era la fuerza vital. Un fuego que avivaba no solo a las máquinas sino a los seres vivos. El alma eléctrica.

Al igual que la electricidad, la comparación entre animales y máquinas tampoco era una novedad. Sin embargo, mirar a los seres vivos, en especial a los animales, como entes mecánicos tenía un impulso cada vez mayor, tanto por las ideas de Thomas Hobbes y Descartes, como por la invención de artefactos que surgían por todos lados. El mecanisismo implicaba concebir a todos los seres vivos como conjuntos de piezas que adquirían funciones que desarmadas ninguna podría. No había nada más. Somos máquinas con alma. Ghost in the Shell. El célebre filósofo de ciencia Michael Ruse, dice que hay dos sentidos principales del mecanisismo en biología, el que explica causas y efectos como en el mecanismo de la herencia, y el que implica diseño, como el mecanismo de las flores que atraen mariposas.

El diseño es también un argumento añejo.

El filósofo inglés William Paley, igualmente en el siglo XVIII, escribió una obra llamada Teología Natural, en la que retomaba la idea de la complejidad y el diseño perfecto de los animales que Tomás de Aquino usara como evidencia de la existencia de Dios. Paley empleó uno de los artefactos de ingeniería más refinada de la época, el reloj mecánico. Trinquetes, virolas, barriletes, pivotes y engranes encajan perfectamente, giran a distintos ritmos, existe un vidrio y signos en la carátula para poder mirar el movimiento de las manecillas, etcétera. La existencia misma de un reloj lleva a pensar que alguien, un ingeniero, un diseñador, construyó el reloj. Paley piensa lo mismo de los seres vivos. Quedaba claro que la diferencia entre nuestras rústicas pero complejas máquinas y la Creación divina era solo de grado.

Esta visión tuvo dos vertientes prácticas al intervenir el cuerpo humano: por un lado la sustitución de partes de la anatomía humana por elementos mecánicos artificiales, y por otra los transplantes de una persona a otra como refacciones de un molino a otro y de un reloj a otro.

III. LATIR Y MORIR

Quizá el caso más paradigmático, por su simbolismo y por su latir ligado a la vida y la muerte, ha sido el del corazón. Por ello los pioneros como Alexis Carrel —premio Nobel de fisiología o medicina en 1912— se centraron en el corazón. En 1905, Carrel realizó el primer transplante de corazón en un perro logrando que este latiera por dos horas.

Pero el gran problema de los transplantes era el rechazo.

Para 1967 Norman Shumway, pionero de la cirugía cardíaca, se encontraba en posibilidad técnica de llevar a cabo un transplante en humanos. Ese mismo año, el médico cirujano sudafricano Christiaan Barnard lo realizó poniendo en práctica la técnica de Shumway. Siempre en la mira de la controversia, Barnard se adelantó no porque en California estuvieran distraídos comentando la aparición de los Rolling Stones en el show de Ed Sullivan, sino porque de verdad había serias dudas éticas para realizarlo. La reacción del organismo ante la presencia de un órgano de un cadáver y sus irreconocibles proteínas llevaba ineludiblemente a la muerte. La moda era usar corticoesteroides que francamente no servían de mucho. Tras el acto de piratería quirúrgica de Barnard se dio un pequeño auge de trasplantes cardiacos con una consecuente y súbita oleada de fallecimientos. El mismo paciente de Barnard, Louis Washkansky, murió solo 18 días después de su exitosísima cirugía que lanzó a la fama al cirujano y a Washkansky al sepulcro.

Se dice que el escándalo por los intentos de llevar a cabo un trasplante de corazón setentero en México llegó a las altas esferas presidenciales, con supuestas llamadas de ida y vuelta al Vaticano, rectores de universidades, asesores varios y demás integrantes de la corte presidencial que optaron por vetar el proyecto y hacer que Javier Palacios, el doctor que tenía un pié en el quirófano y una mano en el bisturí, se aburriera durante las siguientes dos décadas.

Los trasplantes de todo tipo decayeron hasta la aparición de las ciclosporina en los setenta, una sustancia producida por un hongo que disminuye la respuesta inmune y evita el rechazo de los transplantes.

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El 21 de julio de 1988, en el Hospital de la Raza, Rubén Argüero llevó a cabo el primer trasplante de corazón en México junto con un amplio equipo, entre los que estaba el cirujano cardiovascular Salvador Miyamoto Chong. El corazón inerte del cadáver de Eloisa Pacheco, con apenas 25 años, yacía en la cavidad torácica de Rafael Tafoya, de 45. Los cirujanos aplicaron descargas de electricidad para reanimarlo. El espíritu de Galvani y las ventiscas de Villa Diodati se paseaban por el quirófano de IMSS. Y tal vez también, los temores de Mary Shelley.

III. ACEITES, ELECTRICIDAD Y ENFERMEDADES

La noche del 16 de julio de 1816 Byron propuso a sus contertulios escribieran el más atemorizante relato que pudieran. Mary Shelley retomó las conversaciones sobre Galvani, los cadáveres y las consecuencias de la reanimación. Siempre ha sido un rumor que también estuvo presente en su escritura la vida de Johan Dippel. El padre de Dippel era un profesor y pastor luterano de cuarta generación. Tras la persecución religiosa de 1670 se refugió en una destartalada vivienda de la villa de Frankenstein. Dippel estudió teología pero pronto se entusiasmó con la alquimia y más tarde con la medicina que estudiara en Leyden. Alrededor de 1700 estuvo experimentando en la obtención de aceites destilados de partes de distintos animales. Astas de alce, huesos en general, órganos, vísceras y un largo etcétera, buscando producir el medicamento universal, la panacea.

La destilación de aceites de partes de animales era una práctica común desde tiempo antes. Dippel logró una versión viscosa y maloliente que lleva su nombre y que se usó como repelente de insectos y en la Primera Guerra mundial como un arma química por su efecto irritante. El mito de que Dippel es el Victor Frankenstein de la vida real es muy posterior y al parecer totalmente infundado. Sin descartar que Mary Sheley hubiera escuchado de Dippel al viajar un par de veces por la región, es más probable que Victor Frankenstein esté emparentado con Benjamin Franklin.

Franklin fue toda una celebridad en Europa; pero además de su vertiente política y científica, experimentó en su casa con los usos médicos de la electricidad. Llegó a tratar a varias personas con cargas eléctricas, incluyendo a un viejo profesor suyo con parálisis y al gobernador de Nueva Jersey, que tenía enfermedad de Parkinson, sin que ninguno tuviera una mejora notable. En Revolutionary Medicine The Founding Fathers and Mothers in Sickness and in Health (2014) Jeanne Abrams narra que en 1752 sí tuvo cierto éxito con una mujer epiléptica, quien tras un tratamiento con electricidad quedó libre de síntomas por varios años.

¿Por qué estos intelectos piadosos alimentan la monstruosidad en la escritura de Shelley?

IV. EL MONSTRUO EN NOSOTROS

En Entre el ángel y la bestia (1997), Lucian Boia expone que la existencia de razas de hombres monstruosos en el imaginario, implica una otredad que nos define a través de nuestros miedos. Pero la invención de Frankenstein parece más cercana al linaje de los homúnculos, Golem y robots, creaciones únicas a las que se les da vida a una escala de esa pequeña divinidad a imagen y semejanza que es el ser humano. Pero el Golem y el robot tienen algo más en común que su origen checo. Encarnan los peligros de perder el control de nuestra creaciones, de traspasar las fronteras de lo permitido, de jugar a Dios y de retarlo. De deshumanizarnos.

Esos miedos no eran exclusivos de Shelley.

En 1779, el trabajador británico Ned Ludd destruyó a mazazos una serie de telares como un supuesto “arreglo de cuentas” con la industrialización. En realidad es posible que Ludd ni siquiera existiera, pues las referencias al suceso son del siglo XIX. En todo caso el incidente del artesano destruyendo maquinaria fue retomado por movimientos de obreros y artesanos en 1811 y 1812. Las protestas en Inglaterra aún subsistían en 1816. El movimiento ludita acusaba un temor a las máquinas y a la modernidad que nos destruiría. Cómo escribió David Noble, “Un progreso sin personas”. En un mundo en el que todo se vale, deshumanizado, Shelley prefiguraba los peligros de transgredir ciertos límites, los temores a las máquinas y la soberbia del saber. Del ejercicio del poder sobre el deber.

Si bien Franklin, Dippel o Galvani estaban lejos de Victor Frankenstein, Joseph E. Murray no.  Ganador de un Premio Nobel de medicina en 1990 por lograr el primer transplante de órganos verdaderamente exitoso, Murray fue un entusiasta del aprovechamiento de los órganos cadavéricos, incluso de bebés vivos con anencefalia. En 1954 trasplantó un riñón entre dos hermanos gemelos vivos, uno de los cuales padecía una deficiencia renal severa. Murray se benefició de los criterios y leyes que permitían obtener órganos de personas en coma irreversible y otras condiciones que hasta 1968 eran consideradas moral y legalmente impensables. De hecho, Murray pensaba que dichos criterios que definen la muerte cerebral son muy restrictivos e impiden cosechar órganos de más gente.

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En un texto de tres páginas, incluyendo imágenes y sin ninguna referencia más allá de una cita del papa Pio XII, un comité de la Universidad de Harvard inventó el concepto de muerte cerebral en 1968. Ese mismo año se estableció el primer programa de donación de órganos en Boston. La definición de muerte era tan vaga que solo fue aceptada legalmente en todos los Estados Unidos hasta los años ochenta. En The Undead, Dick Teresi cuenta cómo al trasportar una persona en coma profundo por los Estados Unidos estaba viva o muerta dependiendo del condado que atravesara. Entre los trece integrantes del comité de Harvard había dos neurólogos, un fisiólogo, un bioquímico, un abogado, un historiador, una epidemióloga, un teólogo y dos cirujanos de transplantes. Uno de ellos Joseph Murray.

Los límites se habían transgredido de nuevo. Pese a todo, Murray es un ortodoxo de la ética, junto a Demikov y White.

No obstante sus grandes aportaciones a la técnica de los trasplantes de órganos, el científico ruso Vladimir Demikhov centró sus experimentos en trasplantes de cabezas en perros, que le colocaron bajo fuertes críticas éticas. Lo extraño de este suceso ocurrido en plena Guerra Fría, es que estuvo a punto de generar una carrera de trasplantes de cabeza entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, en la que Robert White intentaba superarlo. White se enfocó en intercambiar cabezas (o cuerpos) entre dos monos. Lo logró, si bien sus monos quedaban parapléjicos dada la imposibilidad técnica de unir los nervios.

White enfrentó una enorme controversia ética que lo llevó al desprestigio y pérdida de licencias médicas. Sin embargo, Sergio Canavero, un neurólogo y cirujano italiano con una larga carrera académica, lleva varios años eludiendo las críticas con miras a lograr el primer transplante de cabeza. Al igual que a White lo llaman el “moderno Frankenstein”. A inicios de 2016 anunció en la revista New Scientist que había logrado con éxito el trasplante y sobrevivencia de un mono con rasplante de cabeza. El reto, al igual que con White, es unir la médula espinal. Afirma lograrlo en el transcurso de un año, para en la Navidad de 2017 intentarlo con un humano. La transgresión de lo divino y lo ético.

V. COMO LÁGRIMAS EN LA LLUVIA

Los trasplantes de órganos animales también han sido empleados, más como una forma temporal en lo que se encuentra un donante humano compatible. Empero, la ingeniería genética ha llevado a la creación de animales trasgénicos cuyos órganos pudieran ser remplazos definitivos. Las granjas de cerdos modificados genéticamente para usar en trasplantes fue una posibilidad real solo frenada por el inesperado empleo de las células madre para generar órganos en laboratorio.

El descubrimiento de proteínas para cortar y pegar el material genético en 1970 por parte de Werner Arber, Daniel Nathans y Hamilton Smith de inmediato llevó a la idea de mezclar genes, esos fragmentos de ADN o ARN que se asocian fuertemente a lo que somos, y cuya combinación es única en cada persona.

Pasamos de un mecanicismo de partes a uno de genes. El mostruo de Frankenstein ahora es genético. En Blade runner (1982), basada en la novela de Phillip K. Dick (1968) ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, hay androides claramente genéticos, aunque en la novela  parecen ser mecánicos. El guión de la película terminó de escribirse en 1980 por David Peoples, quien introduce el término replicante, y cuya hija era estudiante de microbiología y al parecer sugiere esta visión de robots genéticos divulgada por Richard Dawkins. Los primeros cultivos transgénicos comerciales fueron  tachados como Frankfood aludiendo al monstruo de Frankenstein hecho de padecería, perdiendo el control y revirtiéndose contra sus creadores. Los replicantes también se revelan.

En realidad la criatura de Frankenstein no era peligrosa por si misma como tampoco parecen serlo los organismos modificados genéticamente.

Alessandro Nicolia, de la Universidad de Perugia, revisó en 2013 mil 783 investigaciones sobre seguridad alimentaria de cultivos transgénicos sin encontrar problema. En 2014, el Journal of Animal Science publicó los resultados de estudio con las evaluaciones hechas durante años con datos que representan a más de 100 mil millones de animales alimentados con transgénicos y no muestran ningún problema.

Sin embargo, los temores prosiguen,  ya no al vandalizar talleres, obrajes, factorías con incendios y por parte de amedrentadas huestes. Los nuevos luditas son los activistas antitransgénicos que destruyen cultivos experimentales y los nuevos Frankenstein son los ingenieros en genética.

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En abril de 2015 un equipo de científicos chinos anunció en la revista científica Protein & Cell el haber editado con éxito los genes de un embrión humano. En los hechos significa que pudieron modificar las características genéticas y con ello las físicas del embrión. No suena mal pensando en genes asociados al cáncer. ¿Pero con aquellos asociados al tono de piel u otra característica étnica? Un día después de la publicación, Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos, dijo en conferencia que su país mantenía la prohibición a los experimentos genéticos con embriones humanos. Declaró que es “un punto de vista casi universalmente compartido que se trata de una línea que no hay que cruzar.” Como ocurrió con los transplantes, la maquinaria y la ingeniería genética, no parece que la línea vaya a ser respetada mucho tiempo.

Sin duda alguna el verano de 2016 no ha sido el más frío que se recuerde. De hecho en algunas regiones de Europa se han registrado las temperaturas más altas en décadas. Sin embargo, luego de 200 años de aquellas tertulias en Suiza, seguimos temiendo a lo nuevo y empujando los límites éticos sobre la vida.

Editor Yaconic

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