Por David Cortés

Las metrópolis son todas iguales si se llega a ellas cuando la oscuridad las ha envuelto, por eso decía Gabriel García Márquez que a las mujeres como a los países hay que conocerlos cuando acaban de despertar.

Monterrey me recibe cansado, poco a poco cierra sus párpados, pero lo atravieso en un rápido vehículo que hace más difícil apreciar los matices de una ciudad que es uno de los principales enclaves económicos del país. Me sorprende, eso sí, que una de las avenidas que transito sea de siete carriles y que en ella, según el conductor, por las mañanas se circule a vuelta de rueda.

yankees de nl rock monterrey

Primer LP de Yankees de N.L.

Sí, al día siguiente la ciudad aún se muestra amodorrada, pero esa vía, la Constitución, que prácticamente la atraviesa en su totalidad y que corre a lo largo del río Santa Catarina, efectivamente va atestada de vehículos. Sin embargo, no es el oropel de la urbe lo que me interesa. Si bien hay enormes espectaculares que anuncian el Hello Festival y alguno que otro indicio de que el Festival Pal’Norte acaba de pasar, mi olfato me indica que hay que hurgar en otro lado si uno desea hallar algo diferente. También me dice que sin guía esa tarea es imposible.

SIEMPRE HAY UN ANTES DEL ANTES

La Sultana del Norte, como también se le conoce, es un punto focal de la producción de rock de este país. Allí hubo brotes de rock and roll, filones de la llamada Onda Chicana (Tinta Blanca, Simón + 4, El Amor) y como la mayoría del país, también resintió la prohibición del rock luego del Festival de Avándaro.

Se cree, erróneamente, que el resurgimiento rocanrolero de Monterrey se dio a mediados de los noventa cuando nació la llamada Avanzada Regia (AR); pero si bien este “movimiento” que englobó a varios grupos firmados para una transnacional y dejó a otros de lado se significó como un gran impulso para el rock de aquella parte del país, también ocultó involuntariamente parte de la verdad.

El rock no nació en Monterrey con la AR. Antes de ésta ya había una actividad –siempre la hubo– subterránea y en el metal tenía una de sus principales manifestaciones. Probablemente por su cercanía con Estados Unidos, tal vez por el simple gusto; seguramente por una conjunción de ambos factores, lo cierto es que la ciudad fue un punto neurálgico del heavy metal que comenzó desde los ochenta. Grupos como Midas Touch, Raxe y Crazy Lazy, marcaron la pauta de una “explosión” que se dio a mediados de esa década y que inundó el país en su totalidad.

Pero antes, ya había otro antes. Mario Mendoza, músico, documentalista, autor de Nadie puede vivir con un monstruo, el filme que retrata la vida de Size, está consciente de que son los regiomontanos quienes deben contar sus propias historias porque, de no hacerlo ellos, ¿quién? Aunque aún no tiene claridad en su próximo proyecto, habla del Concierto Blanco, un mítico show planeado para celebrarse durante tres días en la primera mitad de los setenta y en el que tocarían Quo Vadis (viernes), Zoológico Mágico (sábado) y Sierra Madre (domingo). El primer día se dedicó al color verde; el segundo al azul y el tercero al rojo –la suma de los colores daría el blanco–. Decimos tocarían porque solo pudo llevarse a cabo la primera fecha, misma que terminó en trifulca, batalla campal y propició la suspensión de las fechas restantes. Allí hay una historia que contar.

LA (MAL) LLAMADA AVANZADA REGIA

El Festival de Avándaro repercutió negativamente en el rock nacional. La prohibición del mismo que se dio luego de su realización opacó el quehacer sonoro del género en todos los estados y el norte de la República no fue la excepción.

Pasaron más de tres lustros para que se modificara la situación. Concebida como una estrategia mercadotécnica desde el centro del país para irradiar todo su territorio, el Rock en tu idioma comenzó un proceso de apertura principalmente mediático que trajo como consecuencia que las diferentes escenas del país se sacudieran la modorra. Si bien en la actualidad el Rock en tu idioma (principalmente sinfónico) se ha convertido en una púa en el trasero, hay que reconocer que su aparición posibilitó que los jóvenes regresaran o descubrieran el rock y comenzaran a hacer su propia música.

inspector ska monterrey

Inspector.

Homero Ontiveros es tecladista de Inspector, grupo que a pesar de ser contemporáneo de agrupaciones como El Gran Silencio, no es considerado parte de la AR. Aunque oriundo de Monterrey, al comenzar los noventa Homero radicaba temporalmente en León, Guanajuato; a fines de 1992, principios de 1993, regresó a su ciudad natal y llegó “justo en el momento en el que se está dando este auge en el cual las tocadas de bandas locales se llenaban; me encuentro con un montón de bandas que no solo tocaban, sino que también tenían demos. La escena se estaba configurando, ibas a tiendas de discos y encontrabas demos de las bandas y eso para mí era totalmente nuevo. Cuando estaba en León todos queríamos ser Caifanes o la Maldita, pero acá las bandas no querían ser Caifanes, pero tampoco querían ser Limp Bizkit y eso ayudó a que se creara una identidad propia. En ese momento DF era lo más importante que estaba ocurriendo, pero lo que sucedió en Monterrey fue querer levantar la mano y decir aquí estamos nosotros también, pero no solo las bandas, también la ciudadanía”.

Para el tecladista, hubo dos concursos que fueron fundamentales en el resurgimiento del rock de la ciudad: “Uno se da en el Gimnasio Nuevo León y el otro en un lugar llamado Las Arboledas, en el municipio de San Nicolás. En ambos se inscribieron muchas bandas, pero todo lo que había de música se concentró allí; además de todas las bandas, había mucho público. Llegó un momento en el que era más fácil que una tocada con grupos locales se llenara a que viniera alguien de fuera. Se sentía mucho en el aire el respaldo a nuestros grupos, por eso en algún momento se hablaba de que el público de Monterrey era muy difícil porque primero ponía atención y si te gustaba ya reaccionaba. A partir de estos concursos se creó ARRE (Asociación de Rock Regio), un organismo conformado por diferentes personalidades que estaban en los medios de comunicación y que comenzaron a difundir lo que se hacía aquí”.

HABLAN LAS CLOACAS

De noche el calor es sofocante. A pesar de que hoy se respira cierta frescura, no deja de ser asfixiante. Estoy en el Gargantúa, un espacio cultural en el que ocasionalmente se llevan a cabo conciertos. Es un sitio para la vieja guardia que un día funciona como Cineclub, para luego programar a bandas experimentales como Rib Eyes Band o Los Lichis, rock regio de tendencia experimental y que habla de otra forma de hacerlo: del otro rock mexicano.

Un guía idóneo para adentrarse en esas historias poco publicitadas es el ya mencionado Mario Mendoza. En los noventa, él formó parte de Códice, una agrupación progresiva de mucha calidad liderada por el guitarrista Marco Corona que en vida apenas logró editar un álbum (Alba y ocaso) y un EP. Posteriormente se le encuentra en una agrupación seminal para el rock de la región: Toxodeth. Formado por Raúl Guzmán, el grupo fue determinante para el surgimiento en la localidad de colectivos de rock extremo. Si bien la calidad de la música de agrupaciones como Códice y Toxodeth no se cuestiona, se trata de propuestas alejadas del gusto masivo, más acostumbrados a una fórmula melódica menos compleja.

Tan es así que Raúl Guzmán y compañía no llegan a Manicomio, el subsello de Polygram responsable de la mayoría de las ediciones de los grupos de la AR, sino a Culebra, “filial” de Ariola en donde aparece su álbum Lo más mórbido de la realidad (una observación), placa cruda, áspera y asesina. En la discografía de este grupo que no solo revitalizó la escena local, sino que también incidió en el futuro del metal del país en sus vertientes ásperas, hay un álbum más (Mysteries About Life and Death), un par de demos (Toxodeth y Phantasms), dos recopilaciones y un casete extraño por su filiación aventurada y riesgosa: Toxdeth. Experimental Stuff II. En realidad, esta obra fue propuesta a Culebra como un segundo disco del grupo; pero fue rechazado y sin permiso para ser editado bajo el nombre de Toxodeth, razón por la cual apareció en casete y con un nombre recortado.

Esta noche, mientras las cervezas se calientan un poco, llega a nuestra mesa Jorge Beltrán, músico oriundo de la Ciudad de México y que desde hace varios años radica en Monterrey. Beltrán, bajo el nombre de Humus, es una leyenda de la psicodelia nacional. Antes de formar su propio proyecto, lo encontramos en tribus legendarias como Stomago Sagrado y Caramelo Pesado.

Cuando Humus llegó a esta ciudad encontró una escena incipiente, pero hoy, luego de un proceso de retroalimentación que los ha beneficiado a ambos, la sicodélica subterránea crece en la ciudad. En ella encontramos entidades como Spacegoat (poderoso cuarteto stoner en donde la voz de Gina Ríos es una gema), Hierbas Finas, Bello Público, Murciégalo, Ecoos (de San Luis Potosí, pero con afinidades sonoras con los anteriores), que hurgan en áreas diferentes de las transitadas y a las que valdría la pena prestar un poco de atención.

DE VISITA EN LAS MIASMAS DEL SUBTERRÁNEO

Edsónico es un entusiasta de la escena del norte. Para él los límites geográficos y sonoros no existen y sus inquietudes lo mismo abarcan lo experimental, el pop o el ruidismo. Sin embargo, su amor está en el punk. Hace poco, él, junto con Ali Gua Gua, alumbró Size is Everything, tributo-homenaje al cuarteto capitalino. Él me hizo llegar 2DDC ¡25 años! Después…Seguimos vivos!, una edición doble, en casete, que recopila la música de bandas que han participado en las XV ediciones de los Dos días de la colectividad (2DDC), que son básicamente un foro de discusión y debate de ideas sobre un tema en particular, y un festival musical con bandas subterráneas e independientes de Monterey y del resto del país.

Mike Mexicore, responsable de la edición de esa cinta doble, ha sido un participante activo de este festival que inició en 1990, el 11 y 12 de agosto, “organizado de manera espontánea por gente anónima y desinteresada”. En una especie de manifiesto que recoge las actividades de estos conciertos, Mike escribió: “Los 2DDC son de todos y de nadie. Los 2DDC son el punto de encuentro tanto de bandas punk hardcore nuevas como bandas de antaño, tanto de anarquistas como de distribuidores de material independiente, sociólogos y estudiosos de los movimientos marginales, gente que expone su ideal y propuesta tanto musical como ideológica, gente que hace fanzines o simplemente gente que va a la diversión y la borrachera”.

Las cintas recuperan algo de lo más importante y sobresaliente del trabajo de las bandas que han desfilado por ese espacio autogestivo de sede itinerante: Cabrito Vudú, Rencor, Derechos Humanos, Desaparecidos, The Alarmz, o Última Advertencia, nombres que no dirán nada a los legos, pero fundamentales para quienes han sido partícipes del crecimiento de los 2DDC.

UNA NOCHE LARGA Y SILENCIOSA 

En los pocos días que pasé en la ciudad surgieron diferentes nombres: Nodriza, Aparato, Gargantúa, La Tumba. Todos ellos venues que han colaborado en el desarrollo sonoro de la región. Esas charlas y menciones que confluyen en el Barrio Antiguo, lugar donde el gobierno del Estado concentró la vida nocturna, también llevan al Café Iguana y la noche infausta en el que unos sicarios balacearon la entrada del lugar y mataron a tres personas.

Las huellas de los proyectiles se conservan en la fachada del Café, pero son más hondas en la memoria de sus habitantes que luego de una ola de violencia sin par, tuvieron que aprender a vivir como refugiados en su propia ciudad. A la imposibilidad de visitar los bares, se sucedieron las reuniones en casas, las fiestas. Los grupos tocaron menos, algunos se exiliaron (Quiero Club, 60 Tigres), pero los que permanecieron aguantaron a pie firme a que llegara de nuevo el sol.

Alan Robles, quien ha tocado la guitarra con Niña y actualmente forma parte de Buffalo Blanco, rememora: “Hace cinco o seis años, con la ola de violencia, todos los bares cerraron, no había donde tocar; lo hacíamos en casas y a partir de allí empezó una segunda etapa, una nueva etapa, por lo mismo, porque teníamos muchas ganas de tocar en vivo. Ahora hay muchas bandas nuevas, demasiadas”.

Esas bandas bullen en actividad, siembran una semilla que busca florecer y construir su propia historia. Atrás ha quedado la Avanzada Regia, aunque no se niega su aporte: “Somos de lo que quedó de ella; lo que más me inspiraron esas bandas fue el saber que gente de mi ciudad podía hacer material de calidad a nivel nacional. En lo musical, somos parte de una cultura muy rockera que existe aquí, pero agarramos nuestro propio camino”, dice David Cavazos, vocalista, compositor y guitarrista de Mississippi Queens, banda que cuenta con un álbum titulado En los tiempos de la bola.

Una de las peculiaridades, entre otras, de este grupo, es su vocación por hablar y contar acerca de lo que se vive en su ciudad, en el país, e incluso el mundo. Al respecto, comenta el tecladista Saverio Gianduza: “Si socialmente existen problemas de educación, economía o políticos, el trabajo lo va a expresar”. Y Cavazos agrega: “Hay una desconexión total en el rock mexicano, en la música mexicana de la última década, con la realidad. Comenzó luego del rock en tu idioma y lo que no entiendo es cómo viviendo en un país como este, puedes tener grandes hits con temas muy gastados y que no reflejan el espíritu de las cosas”.

Jorge Reylander, sintetizador y coros en Pirámides, grupo que recientemente debutó con Llovizna, también se desmarca de la AR: “Los respetamos, pero queremos hacer nuestra propia música y la idea es hacer música nueva que nos guste y tocarla en vivo”. El álbum, dice Patricio Coronado (bajo, piano y voz): “Sónicamente es una propuesta variada, experimentamos con armonías más de jazz, fusión, música contemporánea, con cosas con las que el rock generalmente no se mete”.

Bruno Bressa, baterista de Buffalo Blanco, lo resume de la siguiente forma: “De año y medio para acá lo que está pasando, no sucedía desde la Avanzada Regia. Hay más bandas igual o más talentosas, pero menos lugares para tocar. Ahora hay un problema de trabajo, hay una sobreoferta de bandas”.

Atrás queda la populosa e industrial ciudad; pero es evidente que algo se mueve sónicamente en ella y es poco lo que llega al centro del país. El trabajo de Chetes, Quiero Club o Pato Machete sigue en primera fila, como un recuerdo del momento en el que los regios tomaron por asalto el país y el mundo; pero eso es agua pasada. A los nombres de Maligno, Mamíferos Habituales o Cabrito Vudú, ahora hay que agregar el de bandas que levantan la mano y que, además de no querer ser asociadas con el pasado, buscan forjar su propia narrativa. Apunten: Rizengard, Charlie Rodd, Los Pinches Materialistas, Los Yankees de N.L., Cuatro Sobre la Luna. Apenas algunas agrupaciones de reciente cuño que hablan de un nuevo Monterrey.

Editor Yaconic

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