Por J. M. Servín

Leí Muerte caracol, un original ejercicio estilístico de Ivonne Reyes Chiquete. Esta novela nos cuenta un momento en la vida de Carlos Sobera, joven enfermero de hospital y compulsivo lector de novelas policíacas, cuyo mundo imaginario se ve trastocado con la realidad a partir de una novela sobre un asesino serial.

Reyes Chiquete elabora un relato inteligente, con mucho oficio narrativo; sin aspavientos ni lugares comunes que se pretenden chispazos de humor y guiños a los cuates. Tan en boga en la literatura ñoñoir/policiaca mexicana, promovida en estos días por los grandes consorcios editoriales. Su caso es excepcional. En un ámbito dominado por hombres, esta narradora enseña músculo y desenfado publicando una especie de anti policíaco. En Muerte caracol, además, no hay detectives ni es parte de una saga.

Muerte CaracolSobera se convierte primero en un detective imaginario para rastrear los pasos del asesino serial de una novela traducida del inglés al español ibérico leída por aquél. Esto lleva a la historia en general (la de Chiquete y la del personaje principal) a un interesante desdoblamiento narrativo: la monótona realidad de Sobera lo empuja a urdir en su imaginación el asesinato de una anciana vecina de su edificio de departamentos, a la manera de Raskólnikov en Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski. Sobera queda atrapado en su obsesión por terminar de un tirón la novela y en dar un cambio a su vida convirtiéndose en “alguien” con un asesinato a sangre fría.

Muerte caracol es una novela de espacios cerrados: el cubículo del hospital donde trabaja Sobera; su modesto departamento apto para urdir un crimen, así sea imaginario; el asesinato de una modelo dentro de un departamento en la novela que lee Sobera; la personalidad de éste, encerrada en un continuo ensimismamiento. Las sutilezas psicológicas de esta obra van de la mano con una trama ágil, cuyo personaje es tan atípico que ni siquiera genera complicidad con el lector mediante el recurso de presentar un “ligue” o una fantasía sexual con una mujer de su tiempo atractiva y cachonda, como suele ocurrir en estas historias; a lo más que llega es a evocar un triste amorío de secundaria con una adolescente suicida.

El género policiaco obedece a fórmulas. El reto para los maestros del estilo es romperlas o adaptarlas a un contexto que impida defraudar al lector con triquiñuelas baratas. Reyes Chiquete apuesta por lo más difícil. Como diría P. D. James en Todo lo que sé sobre novela negra, rehúye a los artificios engañosos pero no olvida las normas básicas del juego limpio con el lector. Detective, asesino, personaje y narrador unidos en dos novelas (la contada por Chiquete y la que lee Sobera), en su transgresión a las convenciones sociales y literarias:

No es la primera vez que Carlos Sobera lee algo así. Esta novela lo está decepcionando. Es una idea ya muy manida esa de que el criminal en el fondo es igual al detective que intenta atraparlo.

Muerte caracol es también una fina sátira a las traducciones españolas que han acostumbrado a los lectores a sacar de contexto escenarios y personajes para convertir en una colonia de la “madre patria” las novelas traducidas en España. No es de extrañar, por ejemplo, que gracias al anagramés, sobre todo, en el léxico culterano mexicano ya se utilicen expresiones como follar, joder, tío, esnifar, macho u ostia como si fueran nuestras. Esta novela se mofa del mundo libresco de lectores apasionados del género policiaco que terminan creyéndose delincuentes potenciales, detectives y, en el peor de los casos, novelistas.

Carlos Sobera mantiene un archivo de cada caso relevante que ha pasado por el hospital. Si él creyera en Dios, estaría seguro de que el paraíso no es más que un palco con vista al infierno. ¿Qué puede haber más placentero que desde un sitio seguro ver el sufrimiento de los otros y, tal vez, sentir algo de compasión? Eso es lo que hacemos todos los días al abrir el periódico, al mirar las noticias en la televisión, piensa. En cuanto llegue a casa escribirá esta reflexión en su cuaderno.

Como expresara Reyes Chiquete en entrevista: “La ficción acaba cumpliendo una función lúdica, que permite experimentar el peligro desde un lugar seguro… Una de las tesis de mi novela es que uno es lo que lee. Cuando yo me enfrentaba a las novelas, la mayoría de las veces me interesaba el desarrollo de la obra, pero el final me decepcionaba. Otras veces me parecía que las historias eran buenas, pero lejanas a mi realidad. De estas dos carencias surgió la idea de hacer mi propia versión.”

El asco. Ése es uno de los sentimientos más insondables, cree Carlos Sobera. Hay un asco físico, de acto reflejo, que hace que el cuerpo deseche aquello que lo está dañando, como el alcohol en demasía o comida descompuesta.  Pero hay otro asco, psicológico, también de supervivencia, donde le cuerpo rechaza el contenido del estómago con la esperanza de deshacerse de algo que en realidad nunca podrá sacar de sí.

Pese a que Muerte caracol fue Premio Nacional de Novela Negra Una vuelta de tuerca en 2009 —convocado por el Instituto Queretano de Cultura y las Artes y Conaculta, y publicada en 2010—, prácticamente no recibió atención de los reseñistas y es poco mencionada entre los “especialistas” del género, tan dados a recomendar las obras de su amigos.

Después de leer esta novela, entiendo por qué.


Muerte caracol. Ana Ivonne Reyes Chiquete. Instituto Queretano de la Cultura y las Artes / Conaculta (Colección Guardagujas). México. 2010. 107 páginas.

Editor Yaconic

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