Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Fotos: Ocesa

Willy Mason mantiene la perilla de distorsión de su amplificador cerca del número cinco, no más. Con eso y un puñado de melodías sureñas, un country de aspereza leve que rima de maravilla con su facha a la John Fogerty, le basta para conseguir que la asistencia se atreva a olvidarse de que es martes y pida una cerveza para aligerar la noche. Tras media hora de show, el neoyorquino abandona el escenario y quien tiene la encomienda de mantener ocupados los oídos de los presentes mientras el acto estelar aparece, por desgracia y sin misericordia, hace sonar un tema de los Killers.

Entonces todo se viene abajo, al menos para mí.

Y no es que los Killers me parezcan un grupo detestable (o tal vez sí), simplemente no encuentro los puntos a favor que han conseguido para que millones de seres humanos se estrujen el pecho cada vez que uno de sus temas pasa lista. Las mecánicas que el mundo del pop utiliza para generar billetes van de lo sublime a lo ruin. Y el combo de Las Vegas, como muchos otros grupos más en la historia de la música, ejemplifica con precisión los modos de acción que rodean al término hype.

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Repaso las palabras de Nik Cohn mientras alzo la mano para pedirle una cerveza al vendedor que pasa cerca de mi asiento: “Hype es una palabra crucial. En teoría sólo es la abreviatura de hipérbole. En la práctica, sin embargo, significa promocionar a toda costa, presionar a veces incluso de una manera honrada, y sobre todo no dejar nada al azar. En resumen, hacer todo lo posible. El hype se ha convertido en una parte tan integrante del pop que ni siquiera se nota ya. Desde un cierto punto de vista puede ser justificable. Se cree en el producto y se gasta el dinero promocionándolo por cualquier medio. Se tiene fe”.

Ignoro si sigan vivos, pero los Killers vivieron del hype. A fondo. Medito esto mientras comienzo a sentirme aliviado de no haber sabido del grupo en cuestión durante años hasta que le doy un sorbo a mi bebida. A mi pinche bebida. Vaya manera de amargarle a uno la vida. De verdad. Lo que me he echado a la garganta bien podría ser usado como veneno. ¿Saben? Claro que saben. Una buena cantidad de los encargados de servir cerveza en los estadios y foros para conciertos de este país parecen empeñados en hacernos sentir miserables. Pero allá vamos, a pagar por cerveza rebajada y tibia a un altísimo precio. Somos unos desdichados. Y quienes nos venden las cervezas se asoman como unos desgraciados que, no conformes con no ponerlas a enfriar, rebajan el contenido de los envases con… ¿agua? Quién sabe, la cosa es que, en el mejor de los casos, así es: bebemos cerveza quemada y caliente diluida con agua de cisterna. Miserable situación. Mi boca se amarga y los Killers rondan mi mente. Pienso que el mundo se tambalea cuando Mumford & Sons aparecen en escena y la concha de cobre que nos guarece de la lluvia tiembla ante la respuesta de la fanaticada. Suena “Snake eyes”.

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A partir de entonces, Marcus y los suyos hacen su mejor esfuerzo por colgarles sonrisas a sus fans. Y lo logran. Con banjo, guitarra, bombo y voz les sería suficiente para agitarle el ritmo cardiaco a los presentes; sin embargo, echan mano de trompeta, contrabajo, trombón, violín y teclados para manufacturar un sonido con cierto aire campestre, poseedor de una melancolía potencialmente peligrosa que por momentos alcanza algún grado de tensión (“Dust bowl dance”); aunque en realidad prefieren lucir predecibles y, lo peor, asemejarse a los Killers apenas tienen oportunidad (ah, lo olvidaba: hay algo de Arcade Fire en el cuarteto, es cierto; pero mucho más de los Kings of Leon). Vaya, que los elogios  de la BBC, las palmas ganadas en Glastonbury, los codazos con Bob Dylan y Ray Davies y, obviamente, la buena relación de los ingleses con la gente de los Grammy, esta noche apuntan hacia un solo responsable: el hype. Desconcertado, volteo a mi alrededor y me encuentro con miles de personas hipnotizadas por las pantallas de sus teléfonos celulares y al resto simulando que conoce al dedillo el repertorio de los del escenario, haciendo su mejor actuación entre penumbras, para sí mismos; certifico así que nada ha sido dejado al azar esta noche y que muchos —las marcas patrocinadoras tienen el dato exacto de cuántos, sin duda— han sido presionados “de manera honrada”, como apunta Cohn, con tal de que pagaran su boleto de entrada.

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Tengo en las manos un vaso doble de dizque cerveza prácticamente intacto cuando, de pronto, entre chispas, los músicos preparan la despedida. Si esta ciudad fuese un lugar justo, debería aprovechar la euforia del momento, la alharaca, el bullicio desaforado, para vaciar el nauseabundo contenido de mi envase en las cabezas de los listos que despachan los tragos adulterados. Pero no lo hago. En cambio, abandono el graderío decentemente. Me voy pensando que debo escuchar con atención a Willy Mason a llegar a casa y que, aunque pretenda hacerme el disidente, es un hecho que pronto estaré de nuevo comprando cerveza en algún estadio o foro para conciertos; buscando, además, la excitación que esta vez, al menos para mí, se escondió en alguna parte del Palacio de los Deportes. “Se tiene fe”, dice Nik en Awopbopaloobop alopbamboom cuando habla del hype, y yo le doy toda la razón al tiempo que escucho la puntual reseña del show en los labios de mi vecino de asiento: “¡no mames, tocaron `Roll away your Stone´. Pasadísimos de verga, wey!”.

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