UN ENSAYO ROMÁNTICO SOBRE EL BUEN GUSTO, EL CLASISMO Y LOS PREJUICIOS EN EL POP

Por Juan Carlos Hidalgo / @eternautafugado

Música de mierda es la historia de un experimento… de un reto máximo para un crítico musical que se asume serio y propositivo. Como canadiense, Carl Wilson enfrentó al demonio artístico más grande que pudiera imaginar; esa cumbre de la cursilería y el virtuosismo meloso y sobreexplotado que es Céline Dion, diva globalizada cuyo éxito puede rastrearse hasta en los rincones más inhóspitos del planeta. Carl realiza una tarea no solo profesional: implica su desarrollo como ser humano y ciudadano, en el entendido que él asumió: “Acceder a la edad adulta, para mí, tiene que ver con volverme democrático”. Y por supuesto que esto se implica en términos del gusto masivo y el consumo indiscriminado y salvaje.

Wilson sabe que las cosas se han disparado y es muy complejo rastrear conceptos como ideología o militancia en la era millennial; pero también pone a prueba la pertenencia activa en los segmentos más intelectuales –que tienen que ver con la música avanzada, el indie y el folk por igual–. Reconoce que se trata de un asunto multifactorial que vale la pena diseccionar, lo que no obsta para que plasme sin escatimar la calaña del artista que tenía delante.

Sin miramientos, el autor cita a Cintra Wilson, autora del libro A massive swelling, en el que revisa el culto a los famosos en la sociedad de masas y en el que arremete en contra de Céline describiéndola como la mujer más repelente que jamás haya cantado canciones de amor; y asevera que el tema de Titanic es una balada que te hace sangrar por los ojos y recuerda los empalagosos maullidos que ha registrado junto a cantantes de ópera ciegos. De la obra de la periodista se recuerda su lapidaria conclusión: “Creo que mucha gente preferiría que la procesara el aparato digestivo de una anaconda a tener que ser Céline Dion por un día”.

musica de mierda carl wilson

Sigamos acumulando argumentos negativos contra Céline Dion. La revista Maxim le dio el lugar 3 de las canciones más odiosas; pero un documental de la BBC de 2006 colocó “My heart will go on” como la canción más detestable de la historia. Mientras que la influyente revista Q la acusó de “producir cada nota mecánicamente” y la incluyó entre los tres peores cantantes pop de todos los tiempos”. Lo que contrasta con múltiples galardones, ventas billonarias y el carácter icónico que Dion tiene para los canadienses políticamente correctos. Se trata de una figura que provoca un tremendo “culture clash”, un encontronazo entre modos de entender de parte de lo más cínicamente comercial y los miembros de los círculos alternativos y de la crítica periodística.

Se agradece que Música de mierda (editado por la formidable Blackie Books) incluya el encuentro directo del ensayista con distintos tipos de fanáticos de la diva quebequense, al igual que una reseña a los 10 años de la publicación de Let`s talk about love, el álbum que contenía el tema de proporciones históricas y núcleo de polarización en torno a una artista que ha terminado por ser asimilada por esa artificialidad rutilante de Las Vegas, al más puro estilo del Elvis más decadente.

Nadie puede culpar a Carl de no hacer el intento por resolver el enigma del porqué no debería gustarle ese tipo de música. De verdad que se comprometió, trató de vencer sus barreras y paradigmas y controlar el esnobismo que a todos nos manipula –en distintos grados–. Parece que durante el proceso de redacción pagaba algún tipo de manda, hasta verse incluso salpicado por las lágrimas de una mujer oriental durante uno de los conciertos de la larguísima temporada en la Ciudad del pecado.

Para tratar de dilucidar sobre el asunto, el canadiense recurre a un acertado manejo del pensamiento sociológico contemporáneo, al que da un manejo sencillo y muy fluido. Nada que ver con un mamotreto académico, el autor se ha encargado de leer mucho y aterrizar sus hallazgos para hacernos llevadera y apasionante la lectura. ¿Quién podría evadirse de tener placeres culpables? Nadie está exento de la tentación de la comida chatarra, de la white trash en general (quizá solo Nicolás Alvarado).

celine dion musica de mierda

Céline Dion.

Con acierto, Wilson tiene en claro que las diferentes teorías y autores que manejaban los niveles de cultura (como Umberto Eco en Apocalípticos e integrados, entre otros) ya no funcionan e hicieron implosión. En la sociedad de nuestro tiempo, los modelos tradicionales han dejado de tener vigencia y él se decanta por entender al ciudadano promedio como un ser omnívoro, un consumidor que consume todo tipo de productos culturales sin distingo. Recuerda que hasta la aristocracia le entra a las ofertas populares de más baja estofa sin ningún complejo. Por ejemplo, en México hasta los potentados bailan a Los Ángeles Azules). Algo muy similar a lo que sostiene el español Eloy Fernández Porta en Afterpop.

Lo que hace Wilson es un seguimiento a ese caudal multifactorial; así es como aparecen aspectos culturales, educativos, sociales e incluso étnicos y de identidad. La penetración e importancia simbólica de Céline Dion no se explica a vuela pluma. Música de mierda se basa en la obra del francés Pierre Bordieu (1930-2002) y su concepción de los campos culturales. Pero no se queda ahí, prosigue alimentando su disertación apoyado en las visiones de otros sociólogos más actuales. Se habla pues de la Coca-colonización del planeta entero, del concepto de Habitus con el que la gente busca apuntalar una personalidad y de la importancia y vigencia de lo cool, como motor de un nuevo esquema identitario de la sociedad globalizada.

Con atinada oportunidad se retoma el experimento de los artistas rusos Vitaly Komar y Alexandir Melamid, que gastaron miles de dólares en una amplia encuesta que permitiera determinar cómo sería el cuadro más deseado por la gente de los Estados Unidos, junto a su contraparte, la obra menos deseada. Los resultados indicaron el gusto por un paisaje azul en la primera opción y una obra de geometría abstracta entre naranja y dorado para lo que menos querían. Se enfatiza pues como las cosas de fácil accesibilidad y superficiales son aclamadas y lo que requiere de mayor esfuerzo es repelido. Esto se repite en la música.

En ese sentido, es muy acertado el recurrir a la aportación de los sociólogos estadounidenses Richard Peterson y Roger Kern, quienes encarrerados durante la segunda parte de los años noventa apuntaron que: “El modelo de gustos de la clase alta había pasado de un ideal “snob” a otro “omnívoro”, en el que lo más cool que podía hacer una persona acomodada y bien educada era consumir un poco de alta cultura combinada con una gran cantidad de cultura popular, arte internacional y entretenimiento lowbrow: una ópera contemporánea un día, un roller derby y un espectáculo afrobeat al día siguiente”.

Parte importante del libro es el apartado en el que se desmenuza con calma y detenimiento variadas concepciones del gusto para derivar en si existe “buen y mal gusto”. No viene mal Bordieu, que lo entiende como una serie de asociaciones simbólicas que son una forma de diferenciación y de perseguir la distinción. En ese sentido, las masas se pertrechan en la estandarización y contenidos uniformes y asimilables a todos los niveles. El escritor sustenta en ello la aceptación sin miramientos de cosas como El código Da Vinci y, obviamente, Céline Dion.

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Carl Wilson.

Parte de la polémica general que motiva a la obra se centra en la siguiente aseveración: “En términos de principios del siglo XXI, y para la mayoría de la gente de menos de cincuenta años, la distinción se reduce a ser cool o no serlo. Eso combina el capital cultural y el capital social, y es una clara ruta potencial de acceso al capital económico…. Ni siquiera evitar deliberadamente ser cool va a salvarte, pues eso no es más que un intento de subvertir normas para sacarles provecho”.

Música de mierda incluye un prólogo del gran escritor inglés Nick Hornby –experto y amante de la cultura pop- y un epílogo de Manolo Martínez, músico español, miembro de Astrud y catedrático universitario. Todos abordan los prejuicios existentes, las barreras culturales e ideológicas que anteponemos y nuestros hábitos y posiciones recurrentes. Por lo que considero un buen apunte final al respecto de Céline Dion: “de hecho, su forma de cantar es también una forma de aspirar a una cierta vida y por eso se propaga de forma palpable, adornada de florituras vocales, como un mobiliario recargado y tapizado con un chillón estampado de flores. Su voz es en sí misma una nueva rica. Es una cuestión de volumen. No es de extrañar que a los críticos de clase media les resulte incómoda”.

En suma, Música de mierda es un libro perfectamente concebido, estructurado y desarrollado. Una lectura indispensable para todos los amantes de la música sin importar a que generación se pertenezca. A la postre, me queda clarísima una de las aseveraciones de Carl Wilson: “Uno no es consciente de hasta qué punto sus gustos pueden ser unos controladores egoístas hasta que intenta traicionarlos”. No se diga más.

Editor Yaconic

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