Fui caminando y comprendí cuál era mi destino: no dejar que mueran nunca las raíces  que forjaron mi camino  y mi ritmo también. “Dale lo que lleva”, Maykel Blanco y su Salsa Mayor. 

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Por Alicia Flores / @flawers_pawer

Siempre me ha gustado bailar. Mientras crecía intenté bailar de todo: desde danza clásica, contemporánea, pasando por la hawaiana y flamenca, hasta llegar, recientemente, a la salsa y la bachata, ritmos que me conmocionaron a partir de un par de viajes que realicé en el último año a República Dominicana y a Cuba. Nunca me lo tomé demasiado en serio como para dedicarme a ello, pero es una de esas inquietudes que me llegó, y a la que nunca he tenido intención de renunciar. Sí: yo, que soy una desertora sin límites, me rehúso a dejar de bailar. Independientemente de todos los aspectos culturales que reflejan las danzas del mundo y las sensaciones que estas provocan, el común denominador para mí ha sido este: bailar me hace sentir libre. Considero que es una expresión auténtica en la que el que la ejerce hace lo que siente. Al bailar, el cuerpo se conecta con el ritmo de la música, pero igual se sincroniza con el espíritu de quien baila. La afición de cualquier persona que baila, además de las bondades que he mencionado, amplía su espectro musical. Recuerdo que mientras crecía existía el complejo o prejuicio que insistía en que “uno es lo que escucha”. Todo era determinante para ser etiquetado, encasillado, y no había cabida para la diversidad. Uno no podía ser muchas cosas y, por lo tanto, no podía oír muchas cosas. O no lo sé, quizá exagero, pero recuerdo que en mis años de adolescencia esa era mi percepción y esa aparentaba ser la regla. Afortunadamente, en la actualidad, se ha derribado esa jaula en la que mucha gente de mi generación estuvo atrapada y existe una tendencia a la melomanía, “amor desordenado a la música”, que se ha extendido y ha florecido gracias, entre otras cosas, a la facilidad que internet provee para escuchar las músicas del mundo. Este hecho, de alguna manera, ha ido disipando la falsa creencia de que una persona debe escuchar una sola clase de música. Ahora lo normal es encontrar gente con gustos musicales diversos e interesantes. Finalmente, la música y la danza son lenguajes y, como tales, manifiestan la cosmovisión particular de las personas que las practican. Nos acercan unos a otros. Nos vuelven más sensibles, más empáticos con el resto del mundo.

Pero cómo es la vida, está llena de sorpresas.  No imaginé encontrarme lo que me encontré.  ¡Ay, lo que me encontré! “El artista”, Maykel Blanco y su Salsa Mayor

Hace apenas unos meses viajé a Cuba con Daen. Es la única amiga que he tenido toda la vida (y cuando digo “toda” no miento ni exagero). Como podrán imaginarse, Daen y yo, que hemos compartido la vida entera, tenemos una larga lista de intereses en común. Entre ellos: nuestro gusto por la fiesta y el baile. Fuimos con el pretexto de celebrar su cumpleaños y, aprovechando el destino, uno de nuestros mayores objetivos era salir a bailar salsa. Todo salió bien desde la planeación del viaje: conseguimos los boletos de avión a mitad de precio y alojamiento económico en una casa de cubanos, con ubicación privilegiada en La Habana Vieja. De no haber sido así, creo que no hubiéramos logrado hacer ese viaje. Así que, optimista, consideré que la fortuna estaría de nuestro lado durante nuestra visita. Un día antes de nuestro viaje, Daen trabajó hasta muy tarde, o quizá valdría decir muy temprano, en la madrugada. Yo me encontré con un amigo que tenía mucho tiempo sin ver. Ambas, cada quién por su lado, nos desvelamos, y apenas logramos tener unas horas de sueño. Viajamos un sábado cerca del mediodía y llegamos a la Habana por la tarde. Nos instalamos en la casa en la que nos hospedamos. Nuestros anfitriones, Irma y Roly, fueron muy amables durante toda nuestra estancia.

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En marzo, el calor de La Habana es muy intenso, y resulta agotador si has dormido poco y estás acostumbrado a un clima más templado. Era nuestro caso. Después de instalarnos, salimos a buscar dónde comer y tomar una cerveza. Caminamos buena parte de la tarde, recorrimos las calles, hablamos con muchas personas. La gente de La Habana es muy sociable. Siempre están buscando platicar con los turistas. Para cuando oscurecía, decidimos meternos en una carpa, sobre el Malecón. Es una especie de restaurante en el que la mayoría de los comensales son cubanos. El servicio es más bien lento, pero la comida es barata y la cerveza también. Escuchamos a los músicos ambulantes, comimos botanas que compramos a los maniseros, observamos el movimiento del lugar en el que pasaríamos nuestras vacaciones: las familias disfrutando del fin de semana, los niños jugando; descubrimos los aromas, sentimos la brisa, miramos el cielo. Había caído la noche. Pagamos la cuenta y decidimos volver a la casa. El cansancio nos estaba venciendo.

Por eso la invité a mi party.  ¡Qué clase de fiesta! “Pari parará”, Maykel Blanco y su Salsa Mayor

Una de las muchas cosas grandiosas que pueden decirse sobre La Habana es que está hecha de música. Navega en el viento y nos envuelve, como si se tratara de un abrazo que nunca abandona. Simplemente, está en todos lados. En el camino a casa encontramos unos mariachis cubanos, frente a la catedral. Nos detuvimos a tomarles algunas fotos mientras cantaban canciones mexicanas, que no se sabían muy bien, a unos turistas que nunca lo notarían. No supe de qué país eran los turistas pero, sin duda, no eran latinos. Se me hizo gracioso que me diera emoción encontrar algo con lo que me identificaba, no tan lejos de mi país, como si me diera nostalgia haberlo dejado tan sólo unas horas antes. Supongo que uno siempre extraña el lugar al que pertenece.

Seguimos caminando por la calle donde se encuentra la Bodeguita del Medio. Un chico cubano se acercó a hablar con nosotras. Piel morena, ojos enormes y claros, y la sonrisa probablemente más amplia y brillante que los ojos. El cabello muy corto, decorado con algunas figuras marcadas con la máquina rasuradora. El cuerpo joven, esbelto, pero musculoso. Sin duda, fuerte. Nos preguntó si saldríamos a bailar esa noche. Contestamos que no, que estábamos cansadas, que quizá al día siguiente. El chico sonrió. Dijo que una chica no conoce Cuba hasta que baila salsa con cubano. Daen y yo nos miramos, como consultando la una con la otra si queríamos ir de fiesta. Repliqué que aunque quisiéramos, ya todo estaba cerrado. El muchacho dijo que él manejaba un bicitaxi y que nos llevaría a un buen lugar para bailar, con música en vivo, cerca de donde estábamos. Era sábado en la noche, alrededor de las once. El domingo era el cumpleaños de Daen. Le pregunté cómo quería empezar su cumpleaños, y con ello, decidir qué haríamos fue sencillo. Nos subimos al bicitaxi, después de negociar el costo del transporte. Nos dijo que su nombre: Carlos; que la noche estaba floja; que no había trabajo; que el lugar al que nos llevaría era frecuentado por pocos turistas; y que la fiesta duraba hasta tarde y que seguro nos gustaría. Carlos pedaleaba la bicicleta con dos mexicanas encima y nunca le faltaban ni la plática ni el aliento ni la sonrisa. Así llegamos a Casa de la Música, en Centro Habana. Carlos se emocionó y dijo: “Tuvieron suerte, el grupo que toca hoy es muy bueno”. Yo, que siempre desconfío, pensé que lo decía por quedar bien. Pagamos. Le pregunté cómo volver a casa o si encontraríamos transporte a la hora que saliéramos para volver. “Si quieren, las espero”, contestó. Y eso fue lo que acordamos.

Ven que quiero darte lo mejor de mí y conquistar toda tu alma. Que cantes, que bailes,
que goces conmigo hasta mañana. “Esto está”, Maykel Blanco y su Salsa Mayor

Afuera: gente esperando a otra gente, otros fumando. Pagamos la entrada, unos quince pesos convertibles. Adentro: mucha gente, mucho calor. El humo del cigarro inundaba el pasillo de la entrada; en el salón no está permitido fumar. No vi muchos turistas, cosa que me alegró. En el escenario se llevaba a cabo un show de bailarines de salsa. Fuimos a la barra por un trago. Cerca de la barra, un montón de chicas con vestidos cortos, piernas largas y tacones altísimos, muy arregladas, bebiendo mojitos, platicando entre ellas o con hombres mayores. Las miré; visualizaba en mi mente mi cara y mi cuerpo de mexicana y confirmé en un segundo que las chicas cubanas pueden sin problema acabar con la autoestima de cualquier mujer del mundo. Daen me dejó para ir al baño y me quedé sola. Unos segundos después un muchacho moreno de ojos grandes se acercó. “Son jineteras”, me dijo. “¿Qué?”, la música me impedía escuchar. “Prostitutas.” “Ah.” “¿Bailas?” “Sí, pero como mexicana, así que ten piedad.” El chico esbozó una enorme sonrisa que me puso nerviosa, y tomó mi mano para llevarme a bailar. No tuvo piedad. Para cuando Daen regresó, un amigo de mi nuevo amigo ya la esperaba para llevarla a la pista. Cuando yo bailaba con un chico y Daen con otro, pensé para mí que eso era lo que esperaba, que lo estábamos haciendo bien.

Algo que deduje sobre los cubanos que conocí en el viaje es que son muy desinhibidos. Conocimos chicos que nos invitaron a la provincia después de cinco minutos de plática; otros nos invitaron a fiestas en sus casas o las de sus amigos; otros nos invitaron un trago en la playa o en la calle o en un restaurante; otros no tuvieron reparo en decirnos que les gustábamos y las cosas que les gustaría hacer con nosotras. Sí, lo que están pensando, con lujo de detalles. Un día, fuera de una casa de cambio, un muchacho se acercó para ofrecerme cinco mil dólares por casarme con él y traerlo a México. Hubo uno en especial, la noche en que estuvimos en Casa de la Música que, mientras bailábamos, deliberadamente puso mi mano en sus partes pudendas. No soy la clásica chica de costumbres mexicanas conservadoras o moralinas; pero su falta de tacto me hizo sentir muy incómoda. Con excepción de él, los demás chicos fueron simpáticos y agradables.

El show de los bailarines terminó. Después de algunas canciones que algunos bailaron, la pista se empezó a llenar, como si la gente ahí parada esperara con ansias a que el grupo saliera a tocar. Y entonces, sucedió la magia.

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Nunca había presenciado un concierto de salsa. Me gustan mucho los conciertos y trato de asistir con frecuencia, siempre y cuando el bolsillo me lo permita. Como había mencionado antes, durante muchos años mi espectro musical fue bastante reducido y me dediqué a escuchar y a asistir a conciertos de sólo un par de géneros musicales. He visto grandes bandas dando grandes conciertos, pero esto fue otra cosa. Para una persona que crece oyendo rock y pop, y cualquier cosa fuera de ello es mal vista o criticable o naca o barriobajera o cualquier etiqueta prejuiciosa que quieran darle, resultó una experiencia novedosa que marcó un parteaguas: ver una orquesta de músicos cubanos en vivo tocando salsa en La Habana puede ser realmente impresionante. Sobre todo si el grupo se llama Maykel Blanco y su Salsa Mayor.

Salieron los músicos. Un montón de ellos. Conté trece, aunque si me equivoco, deben considerar que lo hice en medio de la plática, el baile y los mojitos. Todos son jóvenes y todos son hombres. Hay voces, cuerdas, metales, percusiones, un teclado. Comienzan a tocar. Mi piel se eriza y mi cuerpo enseguida se mueve al compás de la música. Me emociono por completo. Los asistentes, contagiados de la energía del grupo, no paramos de bailar al ritmo de son, timba y salsa. Cuando bailas con alguien se crea una especie de diálogo con la pareja. Cuando tu pareja es un cubano y bailan salsa, toda esa energía se transmite a tu cuerpo. Es una sensación tan agradable que no hay razón para detenerse. Lo único que queda seguir bailando.

Maykel (a veces con i, a veces con y) es un músico habanero de apenas treinta y cuatro años de edad. Él dirige la orquesta, toca el piano, canta y compone. Ha liderado a la Salsa Mayor desde 2014 y juntos se han presentado en diversas partes de América, Europa y Asia. Cuentan con cinco álbumes de estudio y el más reciente, Cerrando filas, se grabó en 2014 en vivo, desde el Teatro Lázaro Peña en La Habana, y se lanzó a la venta junto con un DVD del concierto.

Cuba es un lugar que ofrece muchos temas para escribir canciones: las hermosísimas mujeres cubanas, siempre bien arregladas y coquetas, de ojos profundos; la vida tranquila de las provincias; sus paisajes; sus playas; el ritmo candencioso de la vida caribeña; sus bailadores; sus fiestas; su relación tan estrecha con deidades de origen africano; la santería; sus aromas: el tabaco, el chocolate, el café y el ron; su gente maravillosa, trabajadora, de espíritu noble y sonriente; la manera en que la se ganan la vida; las carencias y privaciones que han tenido; sus relaciones; su migración; sus leyes; su Fidel y su Ché. Las letras de las canciones de Maykel Blanco y su Salsa Mayor giran en torno a algunos de estos temas; la música refleja el espíritu siempre alegre y bailador de los cubanos. “La calle”, “Potpurrí”, “Una mulata en La Habana”, “Se acabó el amor”, “Dale lo que lleva” y “Tremenda pinta”, son algunos de los nombres de canciones que formaron parte del setlist de la presentación de Maykel Blanco y su Salsa Mayor en Casa de la Música, en Centro Habana, aquel 7 de marzo. Escuchar la música de este grupo permite vislumbrar un poquito de lo que ese pueblo vive, ama, siente, defiende y representa.

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Bailamos con quien nos lo pidió: los chicos que querían sólo bailar, los que querían ligar, los que querían que los lleváramos a México, artesanos, comerciantes, maestros de baile. El show terminó y nos quedamos bailando con nuestros nuevos amigos hasta que prácticamente nos corrieron del lugar. El ambiente festivo, la música, las bebidas, los cigarrillos, la compañía y el baile inhibían cualquier indicio de despedida.

En la Habana te encuentras de todo. Y como en cada ciudad, miles de personajes, buenos de corazón, con otra forma de ver la vida. “La calle”, Maykel Blanco y su Salsa Mayor.

Calculo que eran como las cinco y media de la mañana cuando decidimos volver a casa. Antes de salir, Daen y yo nos preguntábamos si estaría Carlos esperando por nosotras. “Claro que no”, concluimos. La Habana es una ciudad muy segura y la avenida donde se encuentra Casa de la Música es bastante transitada. Al final, pensamos que encontraríamos transporte y, en el peor de los casos, pensamos que podríamos volver a casa caminando. Chilangas, al fin y al cabo, con ese aire de sentirnos invencibles por haber crecido y vivir en una ciudad tan grande, concurrida y peligrosa; seguir vivas nos hacía sentir victoriosas. Caminar a las cinco y media de la mañana en una ciudad pequeña, segura y mucho menos poblada que la nuestra nos parecía bastante razonable. Antes de abandonar Casa de la Música, nos detuvimos a fumar y a despedirnos de nuestros amigos. Recogimos las cosas que habíamos dejado en el guardarropa. Al salir, nuestra sorpresa fue grata: un par de ojos enormes y brillantes sobresalían de entre la gente. Carlos había esperado por nosotras. Estaba recargado, con los brazos y la cara sobre una valla, frente a la puerta del salón. En cuanto lo vi, corrí a abrazarlo. “Pensamos que ya no estarías y que volveríamos caminando”, le dije. No habíamos acordado pagarle más por la espera, sólo por los trayectos recorridos en su bicitaxi. Daen y yo coincidimos en que en México no habríamos corrido con la misma suerte. Se veía cansado, pero nos recibió contento. Caminamos a donde se encontraba su vehículo. En el camino a casa, montados en el bicitaxi, nos preguntó si nos había gustado el grupo. “Es de lo mejor que hay en Cuba. Tuvieron mucha suerte”, insistió. “Te creemos”, contestamos, al unísono.

Llegamos a casa, sanas y salvas. Pagamos lo que debíamos a Carlos, más una propina como agradecimiento por la espera. Acordamos vernos al otro día para que nos diera un tour en el bicitaxi, y nos metimos a casa a dormir, por fin.

Así pasamos el inicio del cumpleaños de Daen hace unos meses. Cuba nos ofreció mucho durante ese viaje y resultó muy difícil no sucumbir ante sus encantos. Su música, su gente y su baile no sólo nos generaron empatía, sino que crearon un lazo cariñoso que no será fácil romper. Si contamos con la suficiente fortuna, algún día volveremos a estar allá, disfrutando de sus múltiples bondades. Pero principalmente, con una intención muy clara: la de volver a poner en práctica este lenguaje compartido con los cubanos. Este diálogo auténtico, honesto y libre que nos regala bailar salsa.

 

YACONIC

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