Por Staff Yaconic / @Yaconic

Recordamos los 31 años del sismo que despertó a la Ciudad de México en escombros el 19 de septiembre de 1985. Mucho se ha escrito sobre el suceso, definitivamente un parteaguas para la ciudad y para la memoria colectiva del país. Que si la sordera del gobierno, el despertar de la llamada “sociedad civil”, la solidaridad, la reconstrucción y todas las redes que se tejieron alrededor de la tragedia. Hoy todos recuerdan cómo vivieron el sismo y qué hacían en esos momentos, mientras toneladas de cemento y metal caían en algunas zonas de la urbe para transformarla para siempre. Todo un hito.

En términos musicales, la historia recuerda que ese día murió Rodrigo González, figura de vital importancia para el rock y la música independiente por generaciones enteras. Esto debido en gran medida a la mitología que se ha edificado alrededor de su persona y obra. Proveniente del llamado “Rock rupestre“, Rockdrigo encarnaba ya en 1985 la figura del poeta urbano, outsider. Y fue devorado por la misma ciudad a la que dedicó gran parte de su repertorio: “Estación del Metro Balderas”, “Vieja ciudad de hierro”, “Perro en el Periférico”, “Asalto chido”, “Las aventuras en el Defe” y “Rock en vivo” son muestra de ello.

Y más allá de Rockdylan la ciudad también transitaba por otros sonidos. Otras ondas. Para trasladarnos a ese contexto hemos rolado un pequeño cuestionario a algunos escritores y periodistas. Sirvan sus respuestas como máquina del tiempo:

(FILE) A photo taken 25 September 1985 shows Spanish tenor Placido Domingo (3d L) attending the rescue operations in Mexico City, after an earthquake leveled parts of the city killing up to 30.000 people, 19 September 1985. Domingo was in Mexico City to know what happened to members of his family who disappeared in the earthquake. AFP PHOTO / DERRICK CEYRACDERRICK CEYRAC/AFP/Getty Images ** OUTS - ELSENT, FPG - OUTS * NM, PH, VA if sourced by CT, LA or MoD **

El tenor Plácido Domingo (izquierda) participa en las labores de rescate / Foto: Getty Images.

Bibiana Camacho (1974). Nació y creció en la colonia Ramos Millán en la delegación Iztacalco. Escritora e investigadora. Editora del proyecto Producciones El Salario del Miedo y autora de Tu ropa en mi armario, Tras las huellas de mi olvido y La sonámbula. Prefiere tomarse fotos con locos y marginados porque la gente decente suele ser una mierda.

Háblanos de esos días, ¿cómo recuerdas el temblor?

Iba en la primaria. Pasaba la mayor parte de la tarde en la calle, jugando con los vecinos. Era definitivamente otro tiempo: jugábamos sin supervisión de adultos; a veces desaparecíamos de la zona de tolerancia para ir de vagos a otros lados. Nadie tenía videojuegos. Nos encantaba que Marina, la mamá de uno de nuestros amigos, pusiera una red de poste a poste para jugar voleibol. Cerrábamos la calle solo para retar y nos metían muy tarde para ser tan pequeños, como a las 9 o 10 de la noche.

¿Qué música escuchabas, qué música te marcó?

Escuchaba a Cyndi Lauper y a Madonna. “Thriller”, de Michael Jackson. Tuve que ahorrar varios domingos para comprarme el disco de Quiet Riot, Metal Health, del que solo había escuchado “Cum On Feel the Noize” y me encantaba. También me gustaba mucho “My Sharona”, aunque en ese momento no creo haber sabido quién la cantaba.

En términos musicales y de la cultura de la ciudad, ¿qué papel jugó el terremoto?

La cultura cívica se fortaleció. Pero en la cultura musical o de otro tipo no alcancé a notar un cambio. Supongo que aún no tenía referencias. Sin embargo, fue justo después del temblor que conocí y empecé a escuchar a Rockdrigo. Fue un fenómeno parecido al de los artistas que se mueren hoy en día: de pronto todo el mundo los escucha. Así ocurrió con vecinos y algunos familiares. Digamos que Rockdrigo llegó para quedarse, justo cuando se fue.

¿Algo más?

Lo que sí recuerdo muy bien es la crisis que se generó. El barrio donde crecí y donde vivía no fue particularmente afectado; pero nos quedamos sin agua y luz durante meses. Se suspendieron las escuelas y mis padres no fueron a trabajar. La comida era menos abundante que de costumbre y el ambiente sombrío. Además las noticias que a mi madre le enviaba una jefa de chamba desde París no tenían nada que ver con las noticias que se daban en México. Allá decían que el Distrito Federal prácticamente había desaparecido. Aquí se tardaron mucho en reconocer la magnitud del siniestro.

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Foto: Marco Antonio Cruz.


Rogelio Garza (1969). Escritor y publicista. Es autor de Las bicicletas y sus dueños (2008), y de Zig-zag, lecturas para fumar (2014). Escribe en Yaconic, Marvin, Soma y Cyclecity.

Háblanos de esos días, ¿cómo recuerdas el temblor?

Estaba por cumplir los 15 años y empezaba a cursar la preparatoria en el turno vespertino. Recuerdo que salimos corriendo de la casa para ver cómo se mecía de un lado a otro. Enseguida, el caos. Lo que recuerdo es que en el colegio nos organizamos en grupos para recolectar, durante más de una semana, lo necesario para poner albergues en el norte de la ciudad. Los damnificados iban llegando en camiones y nosotros habíamos preparado albergues para dos mil personas; pero pronto nos dimos cuenta que la capacidad para recibir y atender a más personas se agotó en un día. Llegaban más y los enviaban a otros albergues, cada vez más retirados.

¿Qué música escuchabas, qué música te marcó?

Puro rock. Fueron mis tiempos más duros de punk y Ramones. Pero por alguna extraña razón, la canción que me lleva directo al temblor es “Everybody wants to rule the world” de Tears for Fears. La pasaban hasta el hartazgo en el radio, en la tele, y era la canción que sonaba y sonaba mientras hacíamos la recolección de víveres y ropa.

En términos musicales y de la cultura de la ciudad, ¿qué papel jugó el terremoto?

Se ha dicho mucho sobre cómo nos cambió como sociedad y nos despertó a la solidaridad. Pero creo que eso quedó atrás, tan solo hay que ver la manera en que nos comportamos actualmente. Culturalmente nos dejó algunas obras literarias (El viaje, de Rafael Rodríguez Castañeda), una que otra película (Trágico terremoto en México, de Francisco Guerrero) y faltó una canción del Tri al respecto. Me parece que no existe la gran novela sobre el temblor, el gran cuento o la gran obra musical. Hasta hace unos años se empezaron a producir películas, al parecer vienen tres de un tirón.

¿Algo más?

Acabo de entregar un texto a La Razón precisamente sobre el libro La nueva música clásica de José Agustín. Se publicó en mayo de 1985. Lo leí en llamas, me cambió la vida. Y el maestro José Agustín, en el último capítulo, le dedica un párrafo al buen Rodrigo González. Dos meses después de leerlo ocurrió el temblor en el que murieron cerca de 10 mil personas, entre ellas el Rockdrigo.

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—David Cortés (1961). Periodista, doctor en comunicación, escritor, rockero ortodoxo, incluso purista si quieren; sobreviviente en esta ciudad que día con día amenaza con destruirnos y a la que todos, sin embargo, queremos. Autor de El otro rock mexicano: experiencias progresivas, sicodélicas, de fusión y experimentales y coordinador de 100 discos esenciales del rock mexicano. Antes de que nos olviden.

Háblanos de esos días, ¿cómo recuerdas el temblor?

Me preparaba para ir a trabajar cuando comenzó a temblar. Efectivamente se sintió muy fuerte la sacudida y no comenzamos a dimensionar lo acontecido hasta que empezaron a llegar las noticias de los derrumbes y los muertos. Se fue la luz, la señal de televisión se cayó y la radio fue el gran cronista de la tragedia, se encargó de narrarnos lo sucedido. Fue un gran shock enterarse, poco a poco, del número de muertos, de los edificios que se habían derrumbado; de saber que la tragedia no era lejana, sino que esta vez nos había tocado a nosotros.

¿Qué música escuchabas, qué música te marcó?

Supongo que en esos años escuchaba grupos como U2, Simple Minds, Sade, así como cosas de rock en oposición y lo poco de rock en español que encontraba. En realidad, para mí la música de esos años, salvo la de Rockdrigo, no se encuentra asociada con el sismo. Ya era un apasionado desde antes, así que no hay una rola que escuchara y que tenga asociada con la tragedia.

En términos musicales y de la cultura de la ciudad, ¿qué papel jugó el terremoto?

Supongo que ambas proposiciones son exageradas. Hay una generación que crecimos con la solidaridad que se suscitó después del temblor y efectivamente fue la gente la que respondió y salvó esta ciudad ante la parálisis que demostró el gobierno de Miguel de la Madrid; pero los golpes no se sintieron de inmediato. La cultura perdió porque se cayeron foros, cines, porque murió Rockdrigo y otros (aunque él es el mártir del sismo). Sin embargo, creo que el dolor que se registró no quedó asentado en muchas canciones. Uno de los primeros filmes comerciales que habla de ello, de hecho apenas se estrenará este fin de semana.

¿Algo más?

Quienes lo padecimos sabemos que fue terrible. Los simulacros que se hacen para recordarlo deben tomarse con seriedad. No es necesario esperar a que a ti, un familiar o amigo se te caiga una pared encima para que tomes las precauciones necesarias o sepas cómo reaccionar en una emergencia. Hablar de ello no es chorear, ni foreverear, ni intensear.

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Foto: Rogelio Cuellar.


J. M. Servín (1962). Escritor. Duda de las personas entusiastas y en general de casi toda expresión humana positiva y emprendedora; pero cree en la bondad espontánea. Le gusta la ginebra y en general los estimulantes procesados de origen natural. Le hubiera gustado mucho ser destilador de alcoholes.

Háblanos de esos días, ¿cómo recuerdas el temblor?

Infernal, parecía un bombardeo. Un Blitzkrieg (guerra relámpago) que me impulsó a colaborar como rescatista y a cuestionarme sobre algunos de los lugares comunes del discurso político de izquierda y del oficialista, como la “solidaridad ciudadana”. Afortunadamente no perdí familiares ni amigos. Y creo que eso me permitió ver la tragedia con cierta distancia.

¿Qué música escuchabas, qué música te marcó?

A Rockdrigo, precisamente. Al Three Souls, a los Ramones, a The Clash y a mis consentidos en ese momento, U2, con sus álbumes Boy, War y Under a blood red sky. Escuchaba más música, rock y soul sobre todo, pero los mencionados eran mi soundtrack en aquel entonces.

En términos musicales y de la cultura de la ciudad, ¿qué papel jugó el terremoto?

Propició un cambio muy fuerte. Para empezar, creó a quien quizá sea la primer leyenda de la contracultura musical mexicana: Rockdrigo, que hasta su estatua tiene en el Metro Balderas. Rockdrigo, sin tanto ruido, es un compositor que puede nombrarse junto a José Alfredo o Juan Gabriel, pero netamente urbano. Un año después ya existía el “Rock en tu idioma”, que significó el paulatino aburguesamiento del rock para ganar espacios mediáticos y grabar en disqueras transnacionales. La carga contestataria de esa música desapareció casi por completo, exceptuando el movimiento punk de la periferia chilanga. Con el mentado despertar de la sociedad civil se abrieron poco a poco algunos espacios para el rock y otras expresiones culturales no oficiales apoyadas por muchachos universitarios de clase media y algunos personajes de la vida nocturna chilanga con mucha lana. Curiosamente a nivel de literatura conozco muy pocos registros de ese tragedia colectiva, en la que, por cierto, también abundó la rapiña y el agandalle de parte de la misma “sociedad civil”.

¿Algo más?

El terremoto solo remarcó las carencias de un gobierno monolítico y de una sociedad que de ese entonces a la fecha no ha logrado madurar ni organizarse para resistir mejor a la vergonzosa partidocracia que gobierna a la ciudad y el país. El terremoto viene a ser otro de los tantos mitos fundacionales de la modernidad mexicana y su democracia bananera.

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Foto: Pedro Tzontémoc.


Alejandro González Castillo (1975). Escritor, periodista. Ha escrito en revistas especializadas en música desde hace una década y firmado algunos relatos en ciertos libros. No tiene ningún tatuaje.

Háblanos de esos días, ¿cómo recuerdas el temblor?

Me alistaba par ir a la escuela cuando todo se vino abajo: libros y cuadros, además de que las lámparas se sacudían en el techo. Desayunaba cuando mi mamá me sacó al patio junto a mi hermana y desde ahí lo vivimos todo: el agua saliéndose de la cisterna; el perro desquiciado, corriendo y ladrando sin parar; la sensación de que las paredes de la casa eran de hule. Mi papá trabajaba en un hospital a unas calles del Zócalo y experimentó todo de primera mano. Cuando llegó a la casa, por la noche, nos contó lo grave que había sido lo que pasó. Muerte y polvo: eso decía que había en cada esquina.

¿Qué música escuchabas, qué música te marcó?

Yo era muy chico entonces. Me gustaba harto Queen y Michael Jackson; bailaba todo el Thriller y me echaba en el suelo a jugar a los astronautas con Freddie Mercury en el tocadiscos. Fue justo en esa época que la música comenzó a llamar mi atención de una manera especial. Me intrigaban algunas composiciones que usaban en la TV, como el tema de apertura de Mazinger Z (cantado en español por Alfredo Garrido García), o el de El Chavo del Ocho (una adaptación de una pieza Beethoven hecha por Jean-Jacques Perrey). Pero vaya, básicamente escuchaba lo mismo que mis papás cuando prendían la radio, o lo que sonaba en los tianguis y las fiestas. Desde Bonnie Tyler, Nazareth y Billy Joel, hasta Diego Verdaguer, Lupita D´Alessio y Juan Gabriel.

En términos musicales y de la cultura de la ciudad, ¿qué papel jugó el terremoto? 

Fue la sacudida, literal, que consiguió que el viejo DF se deshiciera con mayor descaro de ciertas telarañas. En esa época el rock empezó a salir cada vez más de las coladeras para mudarse al televisor gracias a una nueva generación de músicos que comenzó a tomar las calles para expresarse. Discográficamente, el compilado editado por Comrock resultó definitivo, así como la llegada a los reflectores de grupos como Botellita de Jerez o Size (de alguna forma, polos opuestos a nivel estético; temarios que definen efectivamente cómo sonaba la ciudad entonces, lejos de Siempre en Domingo). Repito, yo era muy pequeño como para acarrear prejuicios, pero sí que me daba cuenta que así como unos le iban a las Chivas y otros al América (y lo natural era que ambos bandos se odiaran entre sí), en la música había de dos sabores: o te gustaba el rock y eras un salvaje, o eras televiso y amabas a Mijares. La piel musical de México, azucarada por un pop plagado de conservadores, lucía como el cuero de un diabético; para entonces la herida de Avándaro seguía sin cicatrizar.

¿Algo más?

En 1985 fui a una tocada en una plaza cívica ubicada a dos calles de mi casa. Tocó el sonido Carita JC (especializado en rock and roll) y la fiesta terminó en trifulca, con caguamas surcando el aire. Mi papá me sacó de ahí tapándome la cabeza con un suéter. Aún escucho al Three Souls in my Mind y recuerdo la escena con algo de cariño.

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Foto: Excélsior.


Irma Gallo (1971). Reportera. Colabora en Canal 22, El Gráfico, Gatopardo y Yaconic. Conduce Semanario N22 todos los sábados a las 7 pm con Huemanzin Rodríguez. Escribió dos libros y este año publicó el tercero. Fundadora de La Libreta de Irma.

Háblanos de esos días, ¿cómo recuerdas el temblor?

Vivía en Querétaro y estudiaba ahí la secundaria. Nací en la Ciudad de México pero cuando terminé la primaria mis papás decidieron que nos mudaríamos allá, porque mi tío había convencido a mi papá de emprender un negocio en esa ciudad. Fueron tiempos difíciles; nos mandaron “por adelantado” a mi hermana y a mí, a vivir con unos tíos mientras mis papás vendían la casa de acá.

El caso es que, además de la ausencia de mis papás, me la pasé mal porque en esa época Querétaro era una ciudad muy cerrada y conservadora. A los chilangos nos veían como el mismísimo demonio invasor. Así que mis compañeros de la secu (la mayoría de ellos, por lo menos) me hacían la vida imposible. “Chilango” era un insulto en la Secundaria Federal no. 1 de Querétaro.

El 19 de septiembre de 1985 ya estaba en tercero de secundaria. Mis papás ya vivían con nosotras pero el acoso por ser chilanga no había cesado. Esa mañana, todos los que sabían algo se habían enterado por la tele, porque Guillermo Ochoa y Lourdes Guerrero se habían salido del estudio por la magnitud del temblor. (No había internet, no lo olvidemos). Recuerdo que no vi las imágenes del desastre hasta mucho después (¿horas… días?) pero sí que un compañero de la secu se burlaba: “La ciudad de los palacios… derrumbados”, me decía. Recuerdo la sensación de desamparo e impotencia. Ya casi no recordaba a los compañeros de la primaria pero amaba (como todavía hoy, a pesar de lo difícil que es vivir en ella) a esta ciudad.

¿Qué música escuchabas, qué música te marcó?

Escuchaba a Soda Stereo; para mí y para mis amigas eran lo máximo. Esperábamos con ansias que vinieran a México; pero justo ese año tuvieron que retrasar su gira a este país: su hit del momento se llamaba “Cuando pase el temblor”.

En términos musicales y de la cultura de la ciudad, ¿qué papel jugó el terremoto?

Podría resumirlo en una figura paradigmática: Rockdrigo, el Profeta del Nopal, que murió bajo los escombros ese día. También recuerdo una película (lo siento, el nombre se me escapa) que transcurría toda en un departamento de la CDMX. La escena del temblor le tocaba a Rosario Zúñiga y si la memoria no me falla, Enrique Rocha, en una escena de sexo fetichista, en la que ella lo maquillaba y así se prendían más. Y de pronto, el terremoto… Y la nada. En el soundtrack de la peli tocaban La Maldita Vecindad, Caifanes (o por lo menos Saúl Hernández) y Rita Guerrero.

¿Algo más?

¡Qué vivan las costureras! Mujeres fuertes, valientes, que se organizaron a raíz de la desgracia. Un día, muchos años después, ya siendo reportera, entrevisté a una de sus líderes, Evangelina Corona. Quedé sorprendida de su calidad humana y de su entereza.

Foto: Omar Torres.

Foto: Omar Torres.


Daniel Rodríguez Barrón (1970). Estudió Letras Inglesas en la UNAM y Guionismo en la SOGEM. Autor de la novela La soledad de los animales, la obra La luna vista por los muertos, el documental Manuel Felguérez: Disidencia sin fin y el volumen de cuentos Los mataderos de la noche. 

Háblanos de esos días, ¿cómo recuerdas el temblor?

Estaba durmiendo, no había ido a la escuela y ya no recuerdo por qué. Me despertó el ruido y los golpes de mis libros cayendo sobre mi cabeza. Tenía 15 años, vivía en casa de mis padres. Sobre la cabecera de mi cama se levantaba mi librero. Mi madre se apareció en la puerta gritando que nos saliéramos, así lo hicimos. Mi calle estaba llena de gente muy asustada que se hincaba y se disculpaba con Dios (supongo que algo hemos avanzado, porque nunca he vuelto a ver ese gesto durante un temblor) por todos sus pecados. Pero al parecer el temblor no tenía nada que ver con doña Goyita y sus pecados porque siguió y siguió. Cuando terminó intentamos comunicarnos con mi abuela y con mi padre, que ya se había ido al trabajo. Pero las líneas no servían y desde luego no había celular, así que mi madre y yo nos quedamos primero pendientes del radio y luego de la televisión. En ésta vimos el desastre, la muerte y el miedo de muchas familias. Cuando mi padre volvió nos contó lo que había vivido y cómo tuvo que caminar entre escombros. A lo largo de los días fuimos corroborando que a la familia no le había pasado nada y todos estaban sanos y salvos.

Pero debo decir algo en mi contra: ahora escucho que todo el mundo se preocupó y que muchos salieron a ayudar, y no digo que mientan, he leído las crónicas de Carlos Monsiváis, de Elena Poniatowska, pero yo era adolescente y el asunto dejó de preocuparme muy rápido. Estaba más interesado en la escuela, en mis hormonas que me atacaban alevosamente, en leer e ir al cine y divertirme. Creo que solo muchos años después comprendí la pérdida que significó para muchas personas y para la ciudad que se transformó ante mis ojos, tanto como me estaba transformando.

Desde el hombre que soy ahora puedo ver que el escenario de mi juventud: edificios derruidos, calles cerradas, colonias prácticamente abandonadas, como la Roma, en ese momento propicias para el juego y el escondite para los primeros besos, para fumar y beber clandestinamente. No creo, o no lo recuerdo, que mis amigos y yo no hayamos preguntado si entre esas ruinas había muerto alguien; y de saberlo, le hubiéramos dedicado, dicho sea con honestidad, un par de minutos antes de dar el siguiente sorbo a una caguama o el siguiente toque a un churro. En mi caso, todo lo que sé del temblor ocurrió mucho tiempo después. Y sé que se ha convertido en políticamente incorrecto decir que no fuiste consciente de lo ocurrido en el momento, no se ve bien; pero así fue, y estoy seguro que es el caso de muchos niños y adolescentes de la época.

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¿Qué música escuchabas, qué música te marcó?

Como decía, vivía en casa de mis padres. Escuchábamos en el radio esa suerte de popurrí que consistía en Pedro Infante, Agustín Lara, Lucha Villa, lo mismo que los Beatles y Elvis Presley. A mis papás les gustaba mucho el rock de su generación (Enrique Guzmán y Angélica María), pero recuerdo muy bien el día que papá trajo un disco que se llamaba Take Five y durante meses lo pusimos. Era de Dave Brubeck.

Toda esa música me marcó por igual aunque ahora ninguna sea mi preferida. Pero cuando comienza una canción, muy a pesar de mí mismo, puedo saber desde los primeros acordes que después se escuchará la frase: “Pasaste a mi lado, con gran indiferencia” o “Para ella eres un pobre payasito”, o “Sin caviar y sin faisán no vives feliz” (todavía no sé a qué sabe el faisán)… Así que te puedo decir que toda esa música me marcó y es parte de mi imaginario social y familiar me guste o no. Uno elige menos de lo que se imagina, y con la música no puedes cerrar los oídos como se pueden cerrar los párpados o la boca.

En términos musicales y de la cultura de la ciudad, ¿qué papel jugó el terremoto?

No lo sé bien a bien. Creo que perdimos la inocencia; me da la impresión que las canciones se hicieron más crudas, se volvieron más decididamente urbanas y menos sentimentales. O bien yo me volví más duro, más urbano y menos sentimental. Y comencé a escuchar al Tri y a los Rolling Stones, y despreciaba infantilmente a quien “todavía” le gustaban los Beatles.

Sé, pero te insisto, lo leí, que se crearon sociedades vecinales, que dieron lugar a partidos políticos y en todo caso a una sociedad civil más consciente. Culturalmente, Ignacio Padilla, recientemente fallecido, en su libro Arte y olvido del terremoto, da cuenta cómo cambiaron las artes plásticas, del enorme registro que hay en fotografía periodística y en crónica del terremoto; pero también señala muy bien que no existe la gran novela del terremoto y es porque, como he intentado señalar, a nosotros la vida nos pasó por encima y solo retrospectivamente nos hemos dado cuenta de lo que significó el terremoto. No lo lamento ni me disculpo por ello (sería igualmente patético que hincarme a disculparme por mis pecados durante un temblor con tal de obtener el perdón de Dios y entrar derechito al cielo), porque el arte y la cultura son reflexivos y no se puede reflexionar mientras ocurren los hechos: “El momento oportuno”, escribe Kleist, “para la reflexión, sábelo se halla mucho después que antes del acto”. Esto puedes comprobarlo al ver cuántas novelas sobre la Segunda Guerra Mundial se publican, o al ver cómo muchos de los escritores españoles están escribiendo sobre lo que ocurrió antes y durante el franquismo. El arte y la cultura son cuestión de mucho, mucho tiempo. Me parece que el arte y la cultura del terremoto están por venir.

Editor Yaconic

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