Para Emiliano el día de Navidad que no estuve.

Por Carlos Martínez Rentería / @Generacion_

Ilustración: Eduardo Cornejo / Tumblr / Instagram

De un tiempo para acá me he vuelto muy chillón. Pero curiosamente me dan ganas de llorar por motivos felices o recuerdos entrañables.

Por ejemplo, hace unos días se me salieron las lágrimas cuando, al leer un artículo en un diario en torno a lo complicado que se ponían las cosas para los Santos Reyes en vísperas del 6 de enero, evoqué aquellas mañanas siempre mágicas cuando mis hermanos y yo saltábamos de las camas para descubrir lo que nos habían dejado los tres extraños personajes: Melchor, Gaspar y Baltazar (“Va a asaltar”, decíamos entre bromas).

No obstante, el verdadero motivo de mi emoción no eran los regalos recibidos o la vigilia nerviosa para ver por la ventana o al menos escuchar la presencia de los Reyes Magos, sino el cuidadoso ritual que significaba para mis padres inventar una excusa, salir esa misma noche a comprar los juguetes, regresar lo más sigilosamente posible, acomodar los regalos, y finalmente responder a nuestras cartitas inventando una caligrafía que no los delatara. Al paso del tiempo mi mamá nos hablaba de la incomparable fiesta popular en que se convertía la vendimia de las madrugadas del 5 de enero. Nosotros, mientras tanto, no nos atrevíamos a salir del cuarto aun cuando no pocas veces escuchábamos verdaderos escándalos —sobre todo si se trataba de armar algún complicado juego—. Ante las más claras evidencias nos aferramos a seguir creyendo en los Reyes Magos hasta bien entrada la adolescencia; seguramente más por conveniencia que por convicción inocente.

un grano en mi nalga carlos martinez renteria

Tanto mis padres como nosotros, los hermanos, nunca padecimos los efectos de crisis alguna pues mi madre (quien tenía una pícara imaginación para hacernos felices más allá de las carencias económicas) planteó desde el principio un pacto que seguimos al pie de la letra: en nuestras cartas petitorias sólo debíamos sugerir los juguetes que queríamos, ya que los Reyes debían repartir regalos a muchos niños y no tenían suficiente dinero para cumplir nuestras exigencias. Además de que durante aquel año, al igual que en los anteriores, no nos habíamos portado del todo bien. Así que antes de enumerar los juegos de moda debíamos anteponer las palabras: “Si pueden…” o “Si les es posible…” Y casi nunca podían, o les era posible cumplir con todo lo solicitado, aunque no lo esperábamos.

Otra ventaja que tuvieron mis padres fue que fieles a la costumbre de las familias mexicanas tradicionales, en las navidades nunca nos trajo nada Santa Claus, lo cual tampoco nos importó pues, por pura envidia, nos caía muy gordo él, ya de por sí, panzón barbudo.

Precisamente de esos emotivos apapachos navideños, me hacen llorar las palabras de mi padre cuando en mis años estudiantiles al desearme feliz Navidad me dijo: “Espero que en unos años celebres la Navidad fuera de México, vete a viajar, conquista el mundo”. No cumplí su deseo pues él ya murió, y yo lo más lejos que he celebrado una navidad es en Michoacán.

Todo esto viene al caso para contar lo que me ocurrió en las vísperas navideñas de hace algunos años.

Ya me habían salido barros gigantescos en los lugares más incómodos e inapropiados: desde luego en la punta de la nariz o dentro de la oreja. Pero el que apareció en mi nalga no sólo dolía horrible, sino que comenzó a crecer desproporcionadamente considerando el tamaño de mi raquítico trasero. Primero no le di importancia; después, cuando ya no me podía sentar se me ocurrió ir al consultorio del Dr. Simi y una doctora que parecía más bien la botarga de ese patético personaje me metió una inyección que al cabo de tres días hizo crecer más aún mi abultado barro al grado que, parado de perfil, las muchachas me veían con lujuria.

Al cabo de una semana lo que en verdad me asustó fueron las fuertes calenturas que me provocaba mi nueva nalga, así que la noche del sábado previo a Navidad me lancé a un prestigioso hospital de salubridad, me paré en urgencias y como a las 2 de la mañana (menos mal que era “urgencias”) un doctor me pidió que me bajara los pantalones y le enseñara mi barrote.

Lo que comenzó como un simple barrito en mi nalga derecha para ese momento ya no era un barro en la nalga sino una nalga en el barro. Sin dudarlo, el médico me anunció que debía quedarme para abortar… digo, drenar, mi absceso. Tuve que esperar hasta las 8 de la mañana cuando intempestivamente tres doctores de peso completo me pusieron de nalguitas y después de inyectarme una supuesta anestesia comenzaron a asegurar y exprimir mi engendro con verdadera enjundia salvaje. Yo grité lo más que pude y lloré con verdadera razón pues los dolores eran espantosos. Después de media hora de tormentos, los delicados galenos decidieron que el barro aún estaba muy inflamado y que debería drenarse durante 24 horas. Me pasearon en una silla de ruedas, me sacaron radiografías, me pusieron en posición de chivito al precipicio para un ultrasonido rectal. Después de otras dos sesiones de drenado y varias botellas de suero y antibióticos, mi aferrado barro aún estaba allí aquella mañana del 24 de diciembre, por lo que los médicos decidieron no darme de alta, lo que significaba que no estaría esa noche con mi familia cenando pavito y bacalao, sino un simple atole sin azúcar, galletas María y verduras cocidas.

Me armé de valor para hacer algunos chistes de proctólogos y convencer a mi familia de que estaría bien ahí, que se divirtieran, que para mí la Navidad era un día como cualquier otro, y que ya nos desquitaríamos en Año Nuevo. Pero en realidad estaba a punto de llorar de nuevo y quería darle un par de cachetadas (nalgadas) a mi pinche barro.

Durante la tarde dieron de alta a la mayoría de los internos. Sólo se quedaron los más graves y yo, con mi barro. En los pasillos las enfermeras y médicos se felicitaban y contaban sus planes para la cena. Un señor ya mayor que llevaba internado 15 días en la cama de junto se fue feliz con sus nietos. Antes de salir me regaló una servilleta con galletas María y de nuevo me dieron ganas de llorar; odio las galletas María.

Lo único divertido de la noche fue cuando un simpático enfermero de nombre Gavidio Victorino —en verdad así se llama— comenzó a contar historias de fantasmas.

Todo se ponía emocionante. Sin embargo, para acabarla de amolar me dio chorrillo. Fui al baño con un poco de miedo y cuando regresé todos los enfermeros y enfermeras se habían  ido  a una fiesta en un piso superior, a la que no estábamos invitados los enfermos. “En especial los que tengan barros en la nalga”, imagino que así se habrían mofado. Me la pasé despierto caso toda la noche escuchando cohetes, música y gritos, así como los estertores de un vecino de cuarto que se estaba muriendo. Por la mañana me sacó de la cama una enfermera gorda y con cara de Grinch, a la que, como la mayoría de las de su especie, lo que más les da placer en la vida es demostrar su pequeño poder ante los vulnerables pacientes.

Como por arte de magia el barro desapareció al día siguiente y pude llegar al recalentado, pero esa navidad perdida quedará por siempre en el baúl de los instantes más ridículos de mi vida. Que por cierto ya son demasiados.

Editor Yaconic

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