Por Nazul Aramayo / @erosdiler

Todo es culpa de la celulitis, dice Lili. Pero yo creo que todo es culpa de que metieron a la cárcel por tráfico de indocumentados a mi tío Anthony Fitzgerald. Desde entonces la familia se volvió a reunir.

Anthony Fitzgerald, antes llamado Homero Cabrera, es el hermano mayor de mi mamá. Hijo de Homero Cabrera Olmedo y de Soledad Pereyra. Nació en el ejido de la Unión antes de que la pareja Cabrera Pereyra se mudara a la ciudad de Torreón. Mi mamá dice que el tío Homero, ella no lo llama Anthony, trabajó en la ONU, dominaba ocho idiomas, tenía casas en Mazatlán, Puerto Vallarta, Ciudad de México, les pagaba vacaciones a ella y sus hermanas, viajaba por el mundo, abandonó a su familia y desapareció por treinta años. A veces recibían noticias de que algún amigo actor de mi tío Simón lo había visto en Portugal, Bélgica, Francia o en el DF. Ahora sabemos que lo entambaron en el penal de Apodaca y que es un anciano sin dientes, sin cabello y sin dinero que talla repujados de la Virgen de Guadalupe. Mi mamá dice que me parezco a su hermano. En cuestión de vírgenes tal vez y concuerdo con mamá, el único recuerdo que tengo de ese señor es un cassette de Nintendo que le mandó a mi primo René.

La Monalilia y sus estrellas colombianas

Mi tía Conchis recibió la llamada de Anthony a la mañana siguiente de su última quimioterapia. Venció al cáncer pero su familia seguía ahí, y ahora le hablaban desde la cárcel para decirle hermanita, yo no fui, yo solo le daba un rait a unas guatemaltecas que no sabía que no tenían papeles. Eso lo cuenta Conchis llorando en mi casa en compañía de mi mamá, la hermana menor, y mi tía Araceli, la mayor. Las tres hermanas que se quedaron en Torreón y que, como parcas rancheras mueven los hilos telefónicos para pasar el chisme a mi tía Alondra en Aguascalientes, a mi tío Rigo en La Paz y a mi tío Juan en Juárez pero a él no lo encuentran porque tiene el teléfono cortado o, como asegura René, está secuestrado y embrujado por su esposa Edith. A mi tío Simón, dice Alondra, no le hablen. ¿Y a Sandro?, pregunta mi mamá. No le importa, concluye Alondra y confirma que el próximo lunes regresa a Torreón porque el fin de semana tiene compromisos con su iglesia, el catecismo, el grupo de oración y la tradicional visita a Calvillo para traernos pan y queso.

Las hermanas acuerdan una junta la próxima semana con mi tío Sandro y que Conchis será la encargada de llevarle a Anthony las ganancias por vender los cuadros y lo que la familia le acabale: zapatos y ropa que ya no queremos.

Mi tío Sandro no necesita micrófono para cantar. Ni siquiera necesita tocar el acordeón cuando se lo cuelga y, junto con su funda Luciano, arremete un corrido de Los Cadetes de Linares. Intro, estrofa, coro y después se detiene gritando es cortometraje, el tráiler, tienen que pagar por la película completa. Entonces le da una nalgada a mi tía Araceli que pasa por el patio directo a la mesa de pin pon donde están servidos los cortes en una cazuela. A tus sesentaiséis todavía tienes bonitas nalgas, hermana, nos reímos pero mi primo René le contesta no te pases de verga, papá, y tú qué chingaos te dejas, jefa. Ya, René, soy su hermano ni que me la fuera a coger, una nalgada como en los viejos tiempos, ¿o no carnalita?

Araceli espanta las moscas que vuelan sobre la carne y el guacamole, aprovecha para parar la nalga y hacer la finta de que esquiva la mano de mi tío Sandro. Mi tía Alondra y mamá los regañan, mi papá sigue frente al asador volteando la carne, mi tía Conchis viajó a Monterrey aprovechando que ya no es bienvenida desde que su esposo, el profe Horacio, se burló de los avionazos contra las Torres Gemelas en Nueva York: ¡una cachetada en la cara del Imperio!, y se carcajeó. Cállate, pinche talibán pelón, lo encaró mi tío Sandro y los corrió a él, a mi tía y a mi primo Vladimir. Esa noche mi tío Simón lloró en silencio mientras miraba las noticias: Nueva York, la ciudad donde había estudiado en el Actor’s Studio bajo la tutela de Lee Strasberg, fue el blanco de un ataque terrorista.

La abuela, la Güera Irene, nos daba en ayunas un puñado de ajos crudos para desparasitarnos. Salíamos al patio a cagar atrás de unos árboles, ahí estábamos picándole con un palo a la popó, a ver cómo se retorcían los gusanos hasta que la abuela llegaba con una pala y los cubría de tierra, platica Araceli y chupa una costilla de res. Estamos comiendo, jefa, no mame. Ay, Renecito, esos gusanos son los que traes en el intestino, ya oíste al doctor Flores Calaverizo: te va a dar cáncer. No dijo eso, jefa, no esté mamando, nomás dijo que tengo cuarenta kilos de sobrepeso. Ciento once kilos de vida en ciento sesenta y cinco centímetros de pellejo de marrano lampiño y chapeteado, estás relleno de vida, mi bebé, y le manda un beso tronado.

La plática se desvía a las enfermedades y dolencias de cada uno. Mamá y su ciática, papá y sus triglicéridos, Alondra y su túnel carpiano, Sandro y su alcoholismo que asegura, con una botella en mano, haber vencido, Araceli y sus defensas bajas que amenazan una diabetes, mis primos Gonzalo y Guillermo y su obesidad, diabetes y convulsiones, Vladimir y su calvicie de veinteañero, René y su depresión, obesidad, columna desviada, tiroides, dengue, colitis, gastritis, sinusitis, taquicardia, migraña, insomnio, hemorroides, ojos saltones, dientes chuecos, pito chico, pobreza y el pávido návido. De mi tía Conchis, su esposo, mi tío Rigo, mi tío Juan y mi tío Simón se habla de cáncer, tumores, diabetes, brujería y calvicie; nuestra herencia, remata René, ya ni chinga tu papá, jefa, ni un pinche peso nos dejó, puras enfermedades. Y pienso en voz alta, chupando el gordito salado de la carne, que el abuelo que ninguno de mis primos y hermanos conocimos se manifestaba en los granos rojos de nuestros hombros cuando alcanzamos la adolescencia o en las piernas varicosas de René y mis tías aunque mi tía Alondra rectifica que ese piernón, ese chamorrote es herencia materna: marca Pereyra.

Así llegaron a la conclusión de que cada uno de los hermanos Cabrera Pereyra aportaría la misma cantidad para pagar un abogado que agilice el trámite y saque del bote a un viejillo achacoso. En un rincón bajo la canasta de básquet, a un lado de su bajo sexto, Luciano pellizca unas costillas asadas y bebe una Carta Blanca.

René sale del baño y me sugiere ir por un iris. Asiento.

Nos despedimos de la familia. René le grita a mi tío Sandro, ya bájale a tu pedo, babotas, y tú también jefa, pero los hermanos bailan una cumbita norteña de cartoncito.

Sábado al anochecer. Damos vuelta a la rotonda que tiene una réplica miniatura de la Torre Eiffel, cruzamos el campo de béisbol de ligas infantiles y nos vamos por la avenida central de Torreón Jardín donde los pájaros se acurrucan en los árboles, el viento menea los pinos que se alzan hasta el límite de la colonia, una iglesia junto a una fuente y una tortillería. De fondo el pichoneo de los chanates y singles de los ochenta.

Llegamos al Richie’s, un bar atendido por tres viejos jotos que juegan cubilete en la barra. René deposita billetes en una pecera y entramos al juego. Anthony no vale verga, dice René, es un culero, mentiroso, dice que no hizo nada pero no me engaña, no deberían ayudarlo. Lanza los dados de un golpe. Nada. Me pasa el cubilete. En una de sus casas de Ciudad de México hospedaba a terroristas de la ETA, de los mismos que pusieron las bombas en Madrid, no me extrañaría que ese viejillo culero tuviera algo que ver con Osama Bin Laden. Uno de los dados se cae de la barra, los viejos me abuchean y recomiendan que me relaje. René ordena tacos al pastor, saca más billetes y los mete en la pecera. Nomás vamos a perder dos mil, no dejes que me ganche.

Cuando regresa Conchis nos dice que Homero, ella tampoco lo llama Anthony, se veía muy mal; solloza y se desfigura. Mi mamá, Araceli y Alondra la consuelan, Conchis abre su bolsa y saca una crema para las arrugas de Mary Kay que ella misma utiliza y les recomienda untarse todos los días junto con el líquido limpiador que rejuvenece y aclara la piel, se los deja de muestra y les pide cien pesos prestados para llevarle de comer a Horacio y a Vladimir. Mi tía Alondra le entrega a regañadientes un billete. Conchis solloza, agradece y se va. Es tan inútil ese hombre que no puede ni prepararse un sándwich, remata Alondra. Y recuerdan las semanas que Conchis vivió devorada por el cáncer, pelona, flaca, demacrada, y Horacio gritaba mañana, tarde y noche para que su esposa le sirviera la comida en el cuarto, Conchis se levantaba de la cama en medio de los vapores y delirios de la quimio y los regaños de sus hermanas; recuerdan esto porque se quedaron algunos días con ella y porque recordar es comadrear sabroso.

En la cantina René me confiesa que se va a chingar a mi tío Simón. ¿Tu tío el joto?, pregunta Lili. No es joto, es una señora, contesto. La típica señora calva y regordeta que agarra el cucharón con sus manos gruesas y peludas para servir el asado en las Reliquias. ¡Putísimo!, agrega René, tiene un altar junto a su cama con veladoras, un rosario y, rodeada de estrellas como las que las maestras pegan en la frente a los niños del kínder, la foto de uno de sus alumnos de actuación. ¡Qué asco!, dice Lili. Y sospecho que el Anthony también es un viejo joto o, de perdido, mañosón. Ésta es la clase de hombres que tenemos en la familia Pereyra, complemento.

Bebemos. La ciudad suda  y apesta. A trescientos kilómetros de distancia un viejillo se pudre en la cárcel. A ochocientos kilómetros otro viejo muere de amor por un adolescente. A mi lado, Lili sonríe y todo aparece tan nítido, definitivo y real: los dientes chuecos y vagamente amarillos de mi primo por donde brotan sus amenazas. ¿Te acuerdas cuando pedimos dos putas al depa de Simón?, pregunta René. ¿Te las cochaste?, me pregunta Lili. No, no, no, interviene René, él me estaba cuidando para que no me robaran. Jaja, ahora resulta que también eres joto y no te cochas a ninguna morra en las pedas, no seas pinche mentiroso, dice Lili y toma una cerveza; mira, y dice mi nombre con esa manera suya de comerse letras, ya sé que eres un pinche prieto cochalón, está bien que anduvieras de puto antes de conocerme pero nomás que andes de voladito y te pongo, te mocho los huevos. Brindo por eso.

Suena una canción de Erasure. Y me acuerdo de la Macarena. Y pienso en la esposa muerta de mi tío Rigo que una Navidad nos puso a bailarla para que recibiéramos nuestros regalos en casa de mi abuela Soledad. Mi tío Rigo vive en La Paz con las rodillas destrozadas, dos hijas maduras y una novia que es la hermana de su difunta mujer.

¿Y luego qué pasó con esas putas? La pregunta de Lili nos obliga a quejarnos de que mi tío tenía muchas alumnas bien mamirris pero nunca nos encasquetó ni una pussy por lo que recurrimos a los avisos de ocasión de El Gráfico. Llegaron dos vejestorios, Lili, una güera oxigenada y otra pelirroja: cobraron, bebieron y bailaron cumbias, René se llevó una al cuarto de mi tío y regresó luego luego. No mames, continúa René, no me la pude coger, se parecía a Skelletor, a mi tía Katya, ¡la exesposa de mi papá!

Conchis mueve los repujados de la virgen y de la última cena, los coloca en casas de hermanas y vecinas, le lleva el dinero a Anthony quien todavía asegura que las acusaciones son falsas: esto nunca me pasó en París, exclama en castellano expulsado desde las encías huecas.

Cada semana Conchis nos actualiza la situación en la que se encuentra mi tío el entambado. Porque toda familia tiene un habitante de la cárcel. Sin metáfora. Recuerdo cuando yo era un niño y mi mamá nos llevaba a mí y a mi hermana al rancho donde creció mi abuela. Me divertía con las ramas secas que giraban por el llano hacia el tajo donde mis primos se tiraban un clavado pese a las recomendaciones de mis tías las citadinas, un primo sacaba una escuadra y disparaba a latas, liebres y adobes abandonados que antes formaban casas, primos de mi mamá presumían trácalas gracias a sus puestos en el gobierno o en la policía, mi papá, ya de regreso, se quejaba y no entendía como vino a dar de tan lejos con una prosapia de miserables que enaltecía el joder al prójimo y para colmo el regordete de mi primo René tirando balazos a latas avalado por Araceli como si fuera de lo más normal; ya, Ulises, ten un poco de respeto: son mi familia, así mamá ponía fin a la discusión. Pero no al bombeo de la sangre.

Uno no escoge a su familia pero elige su droga, le digo a René una vez cuando descubrimos que no sólo éramos un par de adoradores descarados del alcohol sino de la piedra. Varias noches nos vemos para jugar Fifa y fumar crack en su casa, a veces acompañados de un morrito, el Chucky, que mandábamos por la merca y por una morrita, la droga pone caliente, la droga es vida, la droga a veces te entumece el tolete pero la imaginación sigue palpitando enloquecida. Y es algo que quisiera explicarle a todas las mamás mexicanas pero sus caras prietas se hunden en pucheros y desprecio cuando un hijo coquetea con la chingadera. Es como una ley esto de drogarse a escondidas.

Fue una epifanía descubrir que René también se atizaba. Si no es la sangre, es la droga la que nos une. O nos hunde. Por eso ahora vamos al cerro de la Cruz por piedra. La última vez Chucky se lanzó a la Vicente y regresó golpeado y sin dinero. Lo abrimos. Esta vez Lili nos acompaña.

Voy subiendo al cerro, cambio, no, no voy solo, me acompañan mi primo y su morra, vamos por un iris, síganos pero no muy cerca, cambio. René habla con el cuello de su camisa Lacoste tipo polo. Damos varias vueltas por lo puntos y no encontramos vendedores ni guachos. En la cancha de básquet hay niños jugando, vendedores de fritura, señoras en mecedoras oreando el zope, vatos tirando barra. Un grupo se acerca al carro y nos ofrece llevarnos a un punto donde no hay tregua de madrugada: a la capilla. Se suben. Escuchamos una conversación con indicaciones de cómo llegar. Trepamos a otro vato. ¿Me ven?, no hay problema, esperen mi señal, cambio. De nuevo René en la intimidad con su cuello tipo polo. Una camioneta nos cierra el paso. Los morros del asiento trasero se bajan y se cuadran cuando ven que sale un gordo bote de Tecate Light en mano.

Esperamos una hora: el gordo nos asegura que él no trabaja en el negocio pero le gusta cuidar su barrio, y que no, no se asuste, señorita, no le va a pasar nada, nada de verdad, sentencia mirando las piernas de Lili; René le ofrece una cerveza, el otro acepta, René le dice que el chavo de pelo largo y aretes de estrella le prometió conseguirle chingadera, incluso dijo clave 504, el gordo se voltea y le habla por teléfono a un vato que en cuanto llega cachetea al de pelo largo, no andes diciendo claves, pendejo, y el otro, yo no dije nada, patrón, no dije nada, neta; otra cachetada por puto, dice, mientras miramos desde dentro del carro bebiendo cerveza y Lili aprieta las piernas porque se está meando, y yo le pregunto al gordo que dónde puedo mear; me señala un camión de ruta en una esquina sin luz; orino en la llanta. Cuando regreso el vato de las cachetadas está trepado en el asiento trasero junto a Lili que pone sus manos sobre sus rodillas y me mira con cara de no vales verga, por qué me traes a este puto lugar, y yo sonrío como diciéndole, agarra el pedo, mi amor, así es la vida del adicto. Entonces el vato nos dirige a una casa donde nos despacha dos mil pesos de piedra marca muela. Se despide con una invitación: en la capilla nunca hay falla.

Lili no quiso loquear. Qué chaparra tan apretada, le dice René a Lili que sólo lo mira con los ojos entrecerrados y azota la puerta al bajar del Jetta. Nos vamos. René mete reversa. Le pegamos a un carro estacionado. ¡Come monda!, grita René antes de que Lili entre a casa, pa que se forje la escuincla que no presenta ni una amiga putona como ella.

¿Y esa clave qué pedo?, le pregunto y tapo el ojo de la lata de Tecate Light para que no se escape el humo de la piedra. No sé, se me ocurrió, estuvo vergas, ¿no?, se me hace que Lili se robó mi iPhone, pregúntale. Le paso la lata a la que él le pone un risco enorme, me tiemblan las manos al ver cómo la piedra blanca se derrite y deviene felicidad que fluye hasta el cerebro. René habla envuelto en esa neblina blanca, si quiere que se lo quede, no hay pedo, él que sí me las va a pagar es Simón. Mueve las manos y la neblina adquiere formas, pinche puto, murmura, pinche maricón, ratero, la neblina asciende de su boca al foco fluorescente, da otro jalón y de su boca brota más humo de piedra, le voy a quitar la casa a ese hijo de la gran puta con perdón de mi abuela que me pichaba las caguamas. ¿Desde dónde habla este cerdo?, pienso.

En la mañana nos enteramos que Anthony salió de la cárcel y que regresará a Torreón después de treinta años o más de haber abandonado a la familia. Cuenta mi papá que cuando él llegó a esta ciudad, hace casi treinta años, todavía había campos de cultivo donde ahora hay colonias, centros comerciales y fábricas. Tal vez mi tío se sienta desorientado. O tal vez encuentre que Torreón sigue siendo una ciudad de paso para los inmigrantes centroamericanos, tal vez encuentre un negocio o el amor o, de perdida, una riata hondureña en la cual gastar sus ahorros. Estoy con René en la sala de su casa mientras su mamá nos platica que Conchis fue por Anthony y que llegan hoy en la noche. Deberíamos escucharlo, platicar con él, hacerlo sentir como parte de la familia, recomienda Araceli. Y pienso que eso sería buena idea pero a mi edad a quién le interesa un tío desconocido. No mame, jefa, a mí me vale un kilo de verga ese viejillo maricón, ratero y mentiroso, sentencia René.

¿Estuvo buena la peda?, pregunta mi tía, pasa a la cocina y se sirve un jugo de toronja con nopal, apio y piña. ¿Quieren unos huevos, mijito… tú tampoco, morenito?, le respondo que no. Se sienta en el sillón individual. ¿Qué le pasa a René, lo asaltaron las putas otra vez? Me río. Pues si nomás puede salir con putas mi niño, las niñas bien lo quieren para que les compre cosas y las haga reír porque por gordo y feo no lo quieren para algo más serio. ¡Eh, jefa, no sea bañada!, despierta René de su trance de piedra. Pues tú que hablas mal de mi hermano, además es la verdad, hijo, para qué te voy a mentir diciéndote que te quieren por guapo, estás feo y eres pobre pero tienes tu corazoncito forrado en pura manteca, ellas no lo ven, ni modo, te tocó salir con putas. Ya párele a su pedo, jefa, que si no orita le parto. Mátame a ver quién te mantiene, contesta Araceli, vieras, morenito, que René pensaba que mi pensión del Seguro Social se podía heredar, pues no, me muero y se le acaba la fiesta; por eso le digo que sea bueno con la familia para que tenga donde arrimarse cuando yo chupe faros. René se levanta y sube las escaleras; se escucha el portazo de su cuarto. Ni aguanta nada, dice Araceli que da un trago a su jugo verde.

Le hablo a mi mamá para avisarle dónde estoy. Me regaña por salir con René. No estoy en edad para regaños pero vivo en su casa. Por último me ordena que vaya en la tarde casa de mi tío Sandro; hay reunión familiar antes de que llegue tu tío Homero, dice.

Araceli lo confirma: hay que ver qué vamos a hacer con ese viejito mentiroso y expresidiario que tenemos por hermano. ¿No tiene nada ahorrado?, mi mamá me decía que Anthony tenía casas en playas y que las llevaba de viaje al gabacho. Todo se le acabó, morenito, ahora es un Pereyra cualquiera. René grita mi nombre desde su cuarto. Te habla tu primo el gordo huevón, concluye tía Araceli que sube a su recámara.

Entro al cuarto de René. Me ordena que le lleve una cerveza y le prepare la lata para la última piedra. Desde que éramos niños René me ha tratado como el prietillo de los mandados. Que le llevara su Coca Cola, que le pusiera su Frutsi en el refri, que le trajera Sabritas de la miscelánea, que se me olvidó la salsa Valentina, que le cambiara de canal a la tele, que le soplara al cassette de Nintendo, que le picara play a la grabadora. Un día lo confronté diciéndole que nuestro tío Sandro no era su papá. Es el hermano de nuestras mamás, es tu tío, le grité cuando me quitó la pistola del Duck Hunt. Corrió llorando con mi tía Conchis y yo maté más patos hasta que el perro se burló cuando fallé los tiros. Mi mamá me explicó que René no tenía papá, tenía que ser respetuoso. Pero… Pero nada, hijo, y una nalgada selló el pacto de obediencia. Eso y la cabeza abierta de Vladimir, tres años menor que yo, después de una burla, una correteada y un supuesto accidente con el filo de la pared de la cocina y la sala.

Cuando embaracé a una novia, tía Araceli me recomendó a un doctor para que nos ayudara. Ese niño no debe nacer, dijo, no quiere Dios que así sea, tiene otros planes para ti, ruégale para que ese niño no nazca. Sin embargo fueron las pastillas para las úlceras las que intercedieron por nosotros. Esa tarde Araceli me contó que sí, en efecto, René tenía un papá, un doctor que había enamorado a mi tía, la enfermera chiquita, de moños grandes y volada. Se da mucho en los hospitales, fue su conclusión.

Mi tía Alondra regaña a mi tío Sandro, por favor, le dice, ya controla tu manera de beber, ya estás diciendo incoherencias. Es la verdad, carnalita, yo respeto que mi carnal el Homero sea un delincuente y un maricón pero no lo quiero ver, ésta es una casa bien, por eso tampoco entran aquí esos comunistas de Conchis y el profe Horacio, dice Sandro. Mi mamá, hace segunda a Alondra, cuál pinche niño bien, Sandro, naciste en el rancho. Ya lo superé, carnalita, mira dónde vivo, pura plusvalía, primer cuadro, ahí cuando quieras te rento la planta de arriba que al cabo yo no subo, me la paso a toda madre abajo con mi aire, mis cervezas y mis amigas. Mi papá voltea los cortes de carne en el asador. Araceli bebe otra cerveza. René la regaña. Déjala que tome, pinche gordo, lo regaña Sandro. ¡El burro hablando de vergas!, mírate tú babotas, estás bien cerdo. Pero te pongo. Ah, sí, se levanta de la silla se arremanga los pelos porque trae playera manga corta, se truena los dedos y amaga con un jab al aire sin acercarse a mi tío. Ya siéntate, René, estamos hablando del destino de Homero y tú con tus mamadas, le dice Araceli, desde chiquito nomás llamando la pura pinche atención como cuando te ponías a lloriquear porque no te dejábamos abrir tus regalos de Navidad antes de las doce y eso que ya estabas en secundaria. Entonces todos los tíos hablan de René, de cuando empezó a pistear a los doce años, de mi abuela que le daba dinero, a la sorda, para acompletar el cartón de cerveza, de cuando chocó por primera vez el carro, de la segunda vez, de la tercera, de cuando lo metieron a la secundaria de gobierno y no aguantaba la carrilla de los prietos pobres hasta que se agarró a golpes con el macizo, de cuando tenía una mochila con candado y guardó la llave adentro de la mochila para que no se le perdiera, de cuando nos poníamos máscaras de luchador y yo presumía a mi primo: no está gordo, está musculoso, y él se golpeaba sus tetillas infantiles gritando puro pinche yogur. ¡Ya pues, chinguen a su reputísimamadre!, grita René.

Alondra habla con mi tío Simón para avisarle que Homero, ella tampoco lo llama Anthony, llega esta noche a la ciudad y que acordaron que Simón pagará la renta de una casita barata para su hermano. Mi tío acepta con la condición de que, lo oímos por el altavoz, ya no regresará a Torreón hasta que se pudra ese miserable, él no es mi hermano, es más dudo que sea humano ese hijo de puta, pero yo soy buena persona. Cuelga. Cada hermano pondrá quinientos al mes para ayudar a Anthony en lo que consigue dinero.

Nos despedimos cuando Alondra recibe la llamada de Conchis. Ahí me saludan a mi carnalita la peloncita, díganle que si no fue el cáncer va a ser el profe talibán el que la termine de matar, se ríe mi tío Sandro, aprieta una nalga de Araceli, intenta apretar una de Alondra pero ella le da un manotazo: estas carnes se cotizan, Sandro.

Lo repito: a mi edad a quién le importa un tío desconocido. A mi edad y a la de mis primos y hermanos porque ninguno lo vamos a visitar. Cada uno agarra su pedo con el Play, el celular, la compu o se desafana para otro lado. René y yo bebemos en el patio de mi casa, le sugiero un iris pero responde que no, que es domingo y no es de Dios, que tiene que ir a misa al rato que se cure la cruda. Ese ojete de Anthony nomás regresó a cagar el palo. Me quedo callado. Pienso en que mejor debería estar con Lili pero ella no quiso acompañarme a la reunión familiar, qué pena, dijo, me da vergüenza, hace un calor verguero y yo quiero traer short pero esta maldita celulitis no me deja, entonces prefirió quedarse en su casa o quizá salió a beber donde no le dé pena. Ya sé cómo me las va a pagar ese puto. ¿Quién?, pregunto aunque de inmediato corrijo: ¿cuál de todos? Tu tío Simón. ¡Sigues comezón! Me las va a pagar, te digo, ¡me las va a pagar! Esta vez no tenemos piedra para no escucharnos así que me trago toda la rabieta.

Durante la semana mi mamá y mis tías resumen el caso Anthony. ¡Es un monstruo!, grita Conchis. ¿Homero? No, Horacio, mi esposo Horacio, Conchis solloza. Ay, hermanita pero ya te lo venimos diciendo desde hace treinta años, contesta Alondra. ¡Es un monstruo, ese señor no es un humano, no tiene corazón!, se desfigura y se cubre la cara con las manos huesudas. Mi mamá la consuela: a ver, hermanita, ¿ora qué te hizo ese hombre? Conchis cuenta lo que ya Araceli nos había platicado: superó el cáncer pero continúa con problemas de salud, Horacio no quiere hacer nada, no compra medicinas, no prepara comida, no limpia, no lava, no contrata una seño que lo haga, sólo quiere que Conchis le sirva aunque parezca un cadáver. Alondra interviene: ándale, para eso querías a ese viejo, ¿no?, para hablar de política y de béisbol, ni modo. ¿Y tu hermano el criminal?, pregunta René a su mamá que abraza a Conchis y sus hermanas en la sala de mi casa. Homero ahí anda, ese viejillo gruñón, sin dientes, sin dinero, sin comida, le conseguimos una casita cerca de con Conchis, contesta Araceli. Y mi mamá complementa: hijo, vayan a llevarle esa caja a tu tío, es la despensa del PRI pero ya ves que es puro mugrero, llévensela y sirve que lo saludan.

Dejamos a las hermanas que tijeretean los hilos del matrimonio y el destino de Conchis y el profe Horacio. Ella pide un plato de enchiladas cocinadas por Alondra para llevarle a Horacio. Alondra se las sirve: ponle un alto a ese hombre, hermana. Si no pudieron cortar esa relación antes de que se formalizara no podrán hacerlo ahora, pienso, pero para eso está la familia: para intentarlo.

Anthony huele a viejo y a residuo de comida en sus encías huecas. Nos abrazamos y me besa el cachete. Lo mismo hace con René. Le entregamos la despensa. Agradece. Silencio. ¿Y cómo has estado? Bien ¿y usted, tío? Pues aquí batallando, conocí a una vecina que hace tortillas de harina, le voy a dar clases de inglés a sus hijos pero me va a pagar con tortillas porque no tienen dinero. Ah, órale, pues algo es algo. Estamos afuera de su casa bajo el sol de la tarde. Anthony trae una chamarra. René revisa el celular. ¿Qué hora es?, pregunta Anthony. Las dos. Ah, qué fuerte el sol, ¿verdad? Sí. Ah, por eso casi no salgo pero tengo ganas de caminar por el centro, por las calles donde crecí. Ah, órale, qué bien. A ver si me acompaña alguno o los dos, ¿no? Pues a ver. René voltea a un lado, a otro, no hay sombra, se pone los lentes oscuros, revisa el celular  y concluye: bueno, tío, ya nos vamos porque vamos a ir al futbol y luego se pone hasta la madre. Ah, qué bien, ¿es liga profesional?, en mis tiempos no había. Sí, tío. Me dio gusto saludarlos y al fin conocerlos. Sí, tío, adiós. En el carro le pregunto a René que cuál pinche partido si hoy es lunes. Pues qué hueva respirar a lado de ese maricón apestoso, mejor vamos por un iris pero primero vas a ver cómo le parto su madre a mi tío Simón.

Pasamos a la casa de René. Sale bañado, lente oscuro Carrera, playera Lacoste, pantalón Banana Republic, zapatillas sport Lacoste. Trae un maletín Lacoste. Vamos al Banamex, lo espero en el carro. Media hora después sale. Me entrega el maletín. Cuídalo, me ordena, lo abro y se desbordan los fajos de billetes. ¡Que lo cuides, güey, no que lo abras!, vamos a hacer esto rápido, no preguntes ni digas nada. Llegamos a la agencia de BMW. René se lleva el maletín y una carpeta con el sello de Torres Mochas films. Lo espero. Cambio de canciones hasta que encuentro una rola de Faith no more escondida entre Vicente Fernández, Luis Miguel, Apache y los Invasores de Nuevo León. Reviso la guantera y demás compartimentos, encuentro una foto donde salimos acostados en una cama, en calzones y sonrientes, mi primo Jaime, René y yo. Jaime era hijo de mi tía Alondra. René lo consideraba su hermano. Yo cursaba la última clase de Valores en la secundaria (en realidad la clase era de computación pero como no había suficientes computadoras dividían al grupo en hombres y mujeres, los que no iban a clase se quedaban en charlas sobre valores, civismo, sexualidad), veíamos la Lista de Schindler, la maestra quitó la película cuando Oskar Schindler cogía con una de sus amantes que estaba en un tremendo y claroscuro topless; en ese momento pero en un tramo de la carretera a Aguascalientes una camioneta chocó al carro que conducía mi primo Jaime, el carro se volcó, dio vueltas y terminó hecho mierda. Yo me enteré de eso cuando llegué a casa y vi a mis tíos y a mi mamá llorando. Mi primo Jaime, por quien conocí a Faith no more, Metallica, Guns n Roses, había muerto reventado por los fierros de su Jetta. En eso sale René montado en un BMW. ¡Vamos por un iris!, me grita. Lo sigo.

Dejo el Jetta en su casa. Me trepo al BMW. Qué te dije, que me las iba a pagar todas ese puto de tu tío Simón, esto es por la casa que le robó a mi mamá. ¿Cuál? La de Ciudad de México, la que le regaló Anthony a mi mamá y que Simón se la robó cuando regresó de Nueva York. ¿Hace cuánto fue esa mamada? Como treinta años. O sea que apenas te estaban presentando en la iglesia cuando tu mamá le vendió la casa a mi tío. Sí pero el puto nunca se la pagó, bueno, nomás le dio una reverenda mamada, esa casa en la Condesa vale millones. No, pues ni pedo, René. No mames, no vales verga, ese maricón me debe.

Así que tenemos miles en efectivo. ¿Qué hacemos? Vivimos en la peor ciudad del mundo. No hay casinos, no hay téibols, hay más travestis que putas, hay más mierda que droga y la que hay no vale la pena. Nos empedamos en un bar. René pone un fajo de billetes en mi mano, haz lo que se te pegue la gana, sentencia. Y pienso que podría pagar mi título y mi cédula profesional y pagar mis deudas y comprar ropa y un hermoso anillo para mi Lili, pienso sí, pero me tiemblan las manos y sudo al imaginar esos billetes transformados en chingadera, imagino mi esperanza de vida reducida unos diez o quince años. Pido un whiskey. René adivina mi pensamiento: vamos por chingadera.

Compramos un doce de Tecate light antes de ir por piedra al cerro. Es de noche. En el camino no hablamos. Vamos ahogados. En el cerro no encontramos a nadie. ¿Otra vez?, no mames, nos quejamos, no vale verga esta puta ciudad. René le habla a un taxista que de vez en cuando le lleva crack. Dice que le caigamos a su casa, que ahí tiene algodón, y René acelera porque además nos estamos meando. Afuera de la casa el taxista no nos abre. Orinamos en un árbol. Escuchamos el pitido de la patrulla de policía. Cuatro uniformados nos rodean y amagan con llevarnos a la Colón. René contesta que a él nadie se lo va a llevar, pinches nacos, que él es vecino del presidente municipal, que le va a hablar y se van a quedar sin trabajo. Saca su iPhone y marca, nadie contesta. ¿Quieres que le llame a mi abogado?, intervengo. Háblele a quien quiera, joven, me dicen los policías, pero a este gordo mamón nos lo vamos a llevar. Entre los cuatro suben a mi primo que me entrega el celular, su cartera y las llaves del BMW, ¡le hablas a mi mamá!, alcanzo a oír antes de que la patrulla se vaya. Intento marcar a mi abogado pero recuerdo que mi abogado era una novia que tenía y a quien dejé hace meses; además me doy cuenta que ninguno de los celulares tiene batería. Los sigo.

En la Colón no me dejan pasar a verlo. Además hay fila para entrar. ¿Lunes y pedotes? Claro, qué otra cosa se puede hacer en este rancho tricicletero. Pregunto al oficial por el gordo lampiño y hocicón. Contesta que en un momento me atiende. Orino en un árbol, saco otra cerveza del carro. El oficial regresa: dice tu primo que le hables a su mamá o tu tía Conchis. Pero no tengo celular y no me sé los números, respondo. Ah, pos no sé, eso me dijo. ¡Pinche René! Vuelvo al carro, me tomo otra cerveza. Ni modo que me trepe al BMW y vaya con su mamá para explicarle que su hijo cayó al bote no por robar cientos de miles de pesos a Simón, su hermano menor, sino por mear en la calle, e imagino lo que les dirá a sus hermanas: ya tiene más de treinta años, es un huevón, no sabe hacer nada, nadie le va a dar trabajo, qué querían que hiciera. Y entonces imagino a las hermanas Pereyra chismorreando queriendo cortar y unir hilos y destinos, maquillar y difuminar arrugas, imperfecciones, naturaleza en su estado único y salvaje. Imagino qué pasará cuando mañana despierte mi tío Simón y vea que le vaciaron la cuenta que también puso como beneficiario a René cuando los dos vivían en Los Ángeles, uno como director de cine y el otro como asistente personal. Y Anthony recién salido de Apodaca. Y yo en este carro ahogadísimo con un fajo de billetes que, cuando apenas lo alcanzo a palpar y a vislumbrar la solución al problema, me gana el sueño y para cuando imagino el resto del drama ya estoy soñando.

Despierto con René a un lado escupiendo chingaderas. ¡Ah, chinga, cómo saliste!, digo sin pensar. Me doy cuenta que estamos afuera de mi casa. No vales verga, neta, ya bájate a la verga y no le digas nada a tu mamá, de todas formas mañana ya se habrá enterado o inventado o sacado alguna mamada; mañana hablamos. Pego un trago a la cerveza tibia que todavía traigo en la mano. No vales verga, insiste, no vales puritita verga. Meto la mano en los bolsillos y no encuentro el dinero. Pos cómo creías que salí, güey, neta que estás bien pendejo, dejaste todo abierto, luces prendidas, no mames, ya no te quiero ver, no puedo confiar en ti, ábrete a la verga. Agarra el pedo, le digo, si no te chinga no es familia.


Este cuento forma parte del libro La Monalilia y sus estrellas colombianas. Nazul Aramayo. Fondo Editorial Tierra Adentro. México. 2017. 112 páginas.

Editor Yaconic

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