De la columna 1597 Razones para aplazar tu suicidio

Por Romeo LopCam @romeolopcam / Tres Tristes Moscas

Noticias como la de que distintas dependencias y gobiernos del Estado mexicano han sido durante los últimos años clientes asiduos de Hacking Team, una empresa italiana de intrusión y vigilancia electrónica, deberían suscitar una amplia cobertura en los medios de comunicación y oleadas de indignación por parte de los ciudadanos. Sin embargo no ha sucedido así, ni siquiera en las redes sociales objeto de dicho rastreo se ha armado algún escándalo. La prensa nacional apenas y ha mostrado interés, y la mayoría de las personas que se han enterado han continuado su vida como si nada; si acaso comentando el hecho con una mezcla de conformismo y resignación.

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Esto contrasta con lo ocurrido en Estados Unidos a mediados de 2013 cuando Edward Snowden, hasta entonces analista de los servicios de inteligencia estadunidenses, reveló una serie de documentos que probaron el alcance masivo y global que ha adquirido el espionaje electrónico desarrollado por la National Security Agency (NSA). Uno de los principales temores de Snowden era precisamente que los hechos fueran sepultados en un mar de silencio por los grandes consorcios mediáticos; pero sobre todo comprobar al final que había puesto en riesgo su vida y su libertad para defender los derechos de personas a las que la noticia les resultaba indiferente.

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Edward Snowden

Afortunadamente no fue así y sus filtraciones tuvieron gran impacto.

Es lo que nos cuenta el periodista Glenn Greenwald —quien junto con la documentalista Laura Poitras, fue una de las dos personas elegidas por Snowden para sacar los documentos clasificados a la luz—, en su libro No place to hide: Edward Snowden, the NSA, and the U.S. Surveillance State, traducido al español por Ediciones B bajo el título Snowden. Sin un lugar donde esconderse. Complemento perfecto de Citizenfour, trabajo cinematográfico con el que Poitras se hizo acreedora a un Oscar este año, No place to hide… abunda en los detalles, explicando de manera más amplia las motivaciones del ex agente para poner en evidencia a su gobierno, así como la repercusión que sus acciones han alcanzado.

Luego de una breve introducción, Greenwald narra en dos capítulos que no te dan respiro, las dificultades que sin querer le puso a Snowden para contactarlo, sus dudas y traspiés antes de convencerse que la fuente era quien decía ser, su estupefacción al ver las primeras muestras del material comprometedor y los diez vertiginosos días que pasó con el informante y sus colegas en Hong Kong. Todo para poder escribir la serie de artículos que documentaron con pruebas inequívocas el surgimiento y consolidación de un sistema de vigilancia global de carácter orwelliano.

La paranoia que transmite la narración está más que justificada; el riesgo de ser sorprendidos por agentes tanto del gobierno norteamericano como chino era real, pero la valentía con la que todos los implicados la enfrentaron también. Y es que ninguno de los pasos que dio Snowden fue fruto del azar. La elección de Poitras y Greenwald la hizo en virtud de su historial como firmes opositores a las políticas que justifican la pérdida de libertades democráticas con el argumento de la lucha contra el terrorismo. Ambos hicieron honor al mismo, al defender la historia de manera vehemente, tanto de la censura gubernamental como de la autocensura que priva en los grandes medios.

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Glenn Grenwald

Y es justamente en el quinto y último capítulo del libro —luego de haber dado un panorama más o menos amplio de los documentos filtrados, así como un brillante alegato a favor de la privacidad del ciudadano común— que Greenwald se lanza contra el periodismo servil que no pone ni busca poner al poder contra las cuerdas. En algún lugar del texto se menciona aquella frase tan cierta de que el valor democrático de una sociedad se mide observando cómo es que ésta trata a sus disidentes. Periodistas y medios pusilánimes contribuyen a aminorarlo cuando se muestran tan solícitos a la hora de reproducir la versión oficial, linchando mediáticamente a todos aquellos que se atreven a ponerla en duda, nos dice el también abogado.

Finalmente, el mensaje del libro es que sí se puede denunciar al poder cuando este se torna déspota y arbitrario. La prueba: tres personas con altas motivaciones éticas lo pusieron en jaque y salieron relativamente bien libradas. Edward Snowden vive actualmente asilado en Rusia al lado de su novia, siendo a decir de Greenwald “la persona más feliz” al saber que cumplió con el deber de no quedarse callado. Tanto este último como Laura Poitras recibieron el Pullitzer en 2014 por su trabajo y como se apuntó, ella ganó el Oscar con el documental ya mencionado. Por si fuera poco, juntos echaron a andar The Intercept, un nuevo medio en donde fomentarán el periodismo de confrontación que tan buenos resultados les ha dado.

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Laura Poitras

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