Por Daniel Herrera / @puratolvanera

A riesgo de encender los ánimos antisemitas que últimamente brotan con rapidez y violencia por todo lo que sucede y sucedió en la franja de Gaza, me atreveré aquí a mencionar a un escritor judío, uno que fue también un perspicaz crítico de su propio pueblo en la Europa de entreguerras.

De Joseph Roth se ha afirmado que era un mentiroso consumado; su vida se encuentra hundida en tinieblas por las historias que construyó alrededor de sí mismo. Su habilidad narrativa no sólo le servía al momento de escribir, sino también cuando le preguntaban sobre su propia existencia.

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De algunos datos se puede tener seguridad: nació en septiembre de 1894 en Brody, un pueblito que en ese entonces pertenecía al imperio Austro-Húngaro; provenía de una familia judía y su padre lo abandonó antes de que naciera; participó en la Primera Guerra Mundial, aunque muy probablemente nunca vio el frente de batalla; se casó en 1922 con Friederike Reichler, una esquizofrénica a la que tuvo que internar en 1929, y que terminó sus días asesinada por los nazis, quienes se dedicaron, entre todas las atrocidades, a matar a sangre fría a los enfermos mentales de los hospitales psiquiátricos; huyó del nazismo como muchos otros judíos tuvieron que hacerlo, y murió lentamente en 1939 en un sucio hospital de París, amarrado a su cama, sufriendo por la falta de alcohol y mal atendido de una simple afección pulmonar.

De Joseph Roth también sabemos que es uno de los autores más grandes de la literatura alemana de principios del siglo pasado.

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De lo demás siempre podremos tener dudas, incluso de lo enlistado arriba, pero eso no significa que Roth fuera un mentiroso. La mentira puede tener un doble uso. Que generalmente se utilice para destruir no significa que no pueda funcionar para crear una realidad específica. Para eso le servía a nuestro autor. Cada vez que torcía o transformaba su propia existencia en realidad estaba narrando su propia obra. Su vida y su literatura se enredaron casi sin posibilidad de separarse.

Un ejemplo: Roth contaba que su participación en la Primera Guerra Mundial fue heroica. Se hacía llamar a sí mismo teniente, y cuando alguien le preguntaba sobre la vida en el frente siempre narraba algo distinto. Es sencillo conectar estos cuentos con lo que le sucede al teniente Franz Tunda en Fuga sin fin, una novelita que persigue al protagonista en su lucha por regresar al pasado después de sobrevivir al horror de la guerra. Y aunque nunca lo logra, su existencia es un huir constante hacia el futuro, pero observando por el espejo retrovisor.

En esta búsqueda de un lugar, Tunda, y también Roth, nos avisan sobre una inminente destrucción del mundo conocido, peor que la ocasionada por la Primera Guerra. Y eso que la novela fue publicada en 1927.

Es seguro encontrar el reflejo de la vida de Roth en su obra literaria. En La marcha Radetzky (1932) se puede observar el análisis lleno de dolor, pero certero, de la disolución de la única patria conocida para él: el Imperio Austro-Húngaro. En Job (1930), una obra maestra a mi parecer, el autor narra a través de su personaje Mendel Singer —un judío ruso que enseña la Biblia— el sentir entero de los judíos europeos constantemente perseguidos y señalados por el mundo que los rodeaba. Como decía Stefan Zweig, amigo íntimo del Roth: “El lector tiene en las manos un estudio minucioso y profundo de los sentimientos del pueblo judío”.

Estos vasos comunicantes entre obra y autor tal vez no son fáciles de encontrar en otros escritores de la época. Con Roth es diferente porque él mismo se confundía con su obra, era una de sus herramientas principales. Pero esto, en lugar de ser una manera de hacer daño a alguien, era en realidad una afirmación sin cortapisas de la vida.

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La muerte de Roth alguna vez fue vista como una declaración de principios ante el avance inminente de Hitler sobre Europa. Nada más lejano de la realidad. A pesar de que el escritor sí fue un alcohólico declarado, es poco probable que quisiera suicidarse. El mismo día que fue internado en el hospital se encontraba en su café predilecto y una persona llevó hasta su mesa la noticia del suicidio en Nueva York del poeta Ernst Toller. La reacción fue una clara indignación. Después, al sentarse, cayó al suelo y alarmó a todos sus amigos y visitantes del lugar. Pronto fue llevado a un hospital donde le diagnosticaron delirium tremens y pulmonía.

Los siguientes días fueron terribles. El hospital era un lugar para los más pobres de la ciudad. Nadie atendió a Roth correctamente ni se le realizó una historia clínica. Mucho menos algún tipo de estudio. Se le amarró a su cama por culpa de las alucinaciones que sufrió y poco a poco desapareció del mundo entre vómito y tos.

No hay aquí un verdadero suicidio. Los personajes de Roth no huyen de la vida, en todo caso la abrazan a pesar de todo el dolor y pesar que produce. Al igual que él.

En su último libro, La leyenda del Santo Bebedor (1939) el vagabundo Andreas Kartak se desvía constantemente de su objetivo en su búsqueda por pagar una deuda de honor, pero nunca pierde la única verdad que puede poseer alguien que duerme en la calle: tomar la vida como aparece, con tranquilidad, pero siempre maravillándose por ese milagro que le permite seguir adelante. La lucha de Roth por salir del hospital y seguir viviendo fracasó, pero eso demuestra que el escritor se había comprometido, como su personaje Andreas, con el milagro que significa vivir.

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