La naturaleza humana de Nobuyoshi Araki

Nobuyoshi Araki nació en el Japón pocos años antes de que la bomba atómica pusiera fin a la guerra. Mientras cursaba los estudios básicos comenzó a tomar fotografías, una práctica que ya para entonces era común en muchas partes del mundo, sobre todo en países que, como el suyo, vivían un auge industrial. Sin embargo, algo ocurrió en el pequeño Araki que la acción de tomar fotos se convirtió en una forma de aprendizaje y no un simple pasatiempo. Hoy es considerado uno de los mejores fotógrafos japoneses, además de polémico gracias a sus provocativas e insinuantes imágenes de chicas en sesiones de shibari, el arte erótico de anudar el cuerpo de diferentes maneras.

No obstante, tener sus imágenes de mujeres desnudas y sometidas con cuerdas como únicos referentes, así como relacionarlo simplemente con el sexo y el porno más vulgar, podría ser casi un insulto al hablar de alguien que, a sus setenta años, ha publicado más de 400 foto libros. Sin duda, se trata de un productor insaciable cuyo ingreso de lleno al mundo de la foto fue bastante peculiar.

Nobuyoshi Araki

Si bien éste medio lo ha acompañado durante casi toda su vida, y a pesar de que estudió una especialidad e ingresó poco tiempo después a una agencia publicitaria, él sólo se consideró fotógrafo hasta que en su luna de miel le hizo algunas tomas a Yoko, su esposa. Sin saberlo, este hecho manifestó dos cosas: por un lado, inició el proyecto más íntimo, profundo y melancólico de su carrera, el dedicado a su esposa, que abarca desde su luna de miel (Sentimental Journey) hasta la muerte de ella por cáncer ovárico en 1991 (Winter Journey). Algo curioso en estas imágenes, señala el mismo Araki, es la expresión de Yoko en las primeras tomas: un rostro en el que se puede observar tristeza y resignación, como si “la fotografía“ fuera una premonición de lo que ocurriría 20 años después.

Por otro lado, de esta forma consolidó el que podría tomarse como el tópico más importante de su trabajo: lo personal, ya que todas sus imágenes ofrecen una visión sobre sí mismo, la forma en que concibe el mundo, el deseo y la admiración que le provoca: su vida misma pues, considera, sólo en ella se puede apreciar de forma bruta lo dramático al mismo tiempo que la intensidad cobra más fuerza, elementos que provocarán alguna sensación (¿placer- aversión-enojo?) en el espectador.


Sus imágenes de vida cotidiana (más que documental) cuentan con una fuerte carga filosófica. Para Nobuyoshi Araki, la fotografía, aun siendo triste o violenta, es una forma de acceder a la felicidad, por lo menos a la suya. También, ha adoptado esta técnica como un tipo de aprendizaje del mundo: el no aprendió fotografía, la foto le enseñó a aprender sobre la vida.

Para él, una imagen fotográfica tiene la capacidad de señalar y evidenciar que en esta realidad (la nuestra) estamos solos, haciéndolo sólo para entender que nuestra existencia es básicamente eso: estar solos. No somos más que una pequeña abstracción del universo, algo que se compone de un cúmulo inmenso de sentimientos y objetos, de formas que fluyen y se transforman constantemente. Que también mueren.

Quizás como manifiesto de estas abstracciones e irrupciones naturales dentro del universo, Araki interviene gran parte de sus fotografías, ya sobre el soporte final o desde antes de hacer el tiro: imágenes de la vida en su natal Tokio que parece en llamas gracias al grano de la película reventado en la parte inferior del cuadro, o bien, mujeres en sesiones shibari donde apenas se vislumbra, entre óleo de distintos colores, el escenario y acaso los pezones y la vagina de la modelo.

Podemos, sin errar, afirmar que Nobuyoshi Araki también realiza intervenciones directas en las imágenes, forma parte de los actos; vemos a mujeres durante un orgasmo (Yoko entre ellas) del que el fotógrafo es partícipe. De esta forma, subvierte el papel objetivo que la fotografía debiera poseer, al menos desde el discurso clásico de la foto, aquel limitado al mero registro externo-documental, en el que muchas veces se quiere encasillar este tipo de trabajos. Tal como ocurre con otros fotógrafos, el caso de Antoine D’Agatha, estas acciones posicionan al autor como un ente común y corriente antes de otorgarle el título de fotógrafo o incluso de artista: son personas que viven y se apropian de ello lo mismo en el estudio que con una Polaroid.

Esta subversión no sólo es dentro de esquemas del “ámbito fotográfico”, del debraye teórico. Sus imágenes son provocadoras incluso moralmente debido a la violencia o franqueza que muestran. Para muchos, observar a una mujer atada podría considerarse vil pornografía por el hecho de mostrar senos y vaginas, lo mismo que aquellas donde el pubis apenas se deja entrever por las aberturas de un kimono.

Nobuyoshi Araki, en su obra en general, disminuye o acrecienta los elementos que la integran o la conceptualizan de una forma bastante sutil y sin tergiversar el trasfondo: no es lo mismo una imagen donde la modelo muestra tímidamente su pubis bajo el kimono que aquellas donde podría estar atada y penetrada con un dildo, sin embargo, ambas dirigen el placer del fotógrafo, como discurso, a la mirada de quien las observe.

Se ha dicho que Nobuyoshi Araki es un pornógrafo y hasta un misógino. Lo cierto es que el erotismo ronda en gran parte de sus imágenes, aquel erotismo en el que confluyen el sexo, la muerte y el culto a las figuras femeninas erotizadas. De visión dionisíaca antes que pornógrafo, pero, tal como ocurre con el sexo y la muerte dentro del erotismo, ambos conceptos no pueden excluirse del todo, incluso se complementan

A pesar de las imágenes, en algunos casos, eminentemente pornográficas, la misoginia no parece situarse entre su obra. Nobuyoshi Araki, afirma que estas fotos muestran el erotismo sutil o violento, pero al mismo tiempo son su forma de amar y apreciar el cuerpo femenino. La desnudez plena de la mujer y quizás la más bella, para él, yace en su retrato y su cara, no necesariamente en los pechos o pubis aireados. El hecho de que algunas sean más transgresoras radica en su idea de que el sexo y la muerte son deseos inseparables; no es más que una construcción de su visión plasmada en material foto sensible.

Además, esta atracción por el sexo femenino no se limita solamente al género humano. Sus series de flores iniciaron para capturar la belleza de sus formas y colores en todo su conjunto, sin embargo, con el tiempo Nobuyoshi Araki comenzó a acercarse cada vez más a los centros hasta que sólo comenzó a retratar los pistilos, el sexo femenino de las flores, por una simple razón: el sexo femenino lo apasiona. De alguna forma, sobre todo en cuestiones de género políticamente correctas, esto también sería un tipo de pornografía, incluso uno más invasivo y violento ¿o no?. 

Tanto las imágenes de sexos abiertos florales como las de mujeres atadas se unieron en algún punto para formar dípticos, la mayoría hechos con tomas de polaroids, este juego puede apreciarse como una continuidad en el orden de la sexualidad de la naturaleza, manifestando que toda materia orgánica puede ser erotizada. Podemos observar un seno sujeto perversamente entre cuerdas al lado de un florero lleno, o bien, los miembros inferiores de una mujer coronados por el vello púbico al lado del tronco de un cerezo florecido: la continuidad del erotismo en la naturaleza.

Estos dípticos muestran una obra madura y sólida, donde sería difícil, quizás hasta ridículo, pensar en pornografía. Abstracciones de un deseo cotidiano por la vitalidad y la juventud, ya que la mayoría de las flores son recién florecidas mientras que las mujeres que aparecen en sus imágenes se caracterizan por una juventud “en flor”.

¿Alegoría a una etapa de la vida, a una felicidad que nace en y comparte con la foto? Tal vez, aunque probablemente sería una alegoría a la vida, a su vida, una (re)construcción de sí mismo y su entorno constante, pues Nobuyoshi Araki tiene a la fotografía como una maestra, pero sobre todo como un diario con el cual narra su vida, la de su esposa o la de Chiro, su gato, pero que al mismo tiempo le da un aire de ficción, como si fueran pequeñas historias entrecruzadas que se encuentran con sueños eróticos de vez en vez, unos más violentos que otros.

Nobuyoshi Araki logra algo que muy pocos: unir los (aparentes) elementos que conforman la fotografía documental con aquellos propios de la foto de ficción. Sale del contexto de la fotografía objetiva, casi hegemónica durante los años 70, cuando inició su carrera, para ofrecer una visión sobre sí mismo, su vida, cuyo atractivo dramático y estético no reside en sus shoottings de moda o de famosos, sino en el acontecer cotidiano, en el placer y el goce por permanecer vivo. Ah, y en los seres erotizados.

Mario Castro

Mario Castro

Estudió Letras Hispánicas en un arranque por pertenecer al mundo profesional, aunque lo suyo es ver, hacer, hablar y escribir sobre fotografía. También le interesan la literatura, el teatro y el cine, pero líbrese de hipsterear. Gustoso de echar el verbo, la chela o dar el rol sea en la ciudad o por terracerías.

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