Por Carlos Martínez Rentería / @Generacion_

LA ALMOHADA

La vida consiste en pequeñas batallas que se ganan antes de que llegue la derrota final de la muerte. Desde que llegué a ese hospital estuve rogando por una almohada e invariablemente me la negaron doctores y enfermeras. Una tarde salí al baño y al final del pasillo me encontré con un carrito lleno de ropa limpia: arriba se asomaba una acogedora almohada. Miré para todos lados y la tomé entre mis brazos. Regresé de prisa a mi cuarto y me acosté en la cama con la cabeza sobre la anhelada pieza. Ese día gané una batalla más. Ya no importó lo que pudiera pasar después.

LA AFANADORA NOCTURNA

Todo mundo sabe que las madrugadas son el tiempo propicio para la muerte. Es verdad que la hora final puede ocurrir en cualquier momento, pero las madrugadas tienen esa pesada densidad para la tragedia. Aun cuando, muchas veces, también están llenas de locura y sensualidad etilizada.

nocturna de hospital

Pero en un hospital las horas nocturnas difícilmente son felices. Por el contrario: después de la medianoche los enfermos comienzan a sudar frío y su mente se llena de presagios mortuorios; se escuchan lamentos macabros, estertores en vómito, llamadas inútiles a una enfermera que desapareció sin retorno por algún pasillo.

En la madrugada de los hospitales pocos pueden dormir. Ya sea por los ronquidos salvajes del gordito de la cama de junto o la dirigente enfermera que hace su ronda para tomar la presión, la temperatura y pinchar dedos para medir la azúcar. Casi por molestar preguntan a los desvelados internos cuántas veces han ido al baño, si hicieron pipi o popo. Todo en la madrugada.

Hay muchos otros insospechados motivos para no dormir. Por ejemplo: el destartalado rugido de viejos carritos que cruzan los pasillos, con ropa sucia, desechos quirúrgicos y quién sabe qué otra cosa transportan además de su rechinido infernal. En su afán de mantener el nosocomio impecable de limpio hay un ejército de hombres y mujeres que se van turnando para pasar jergas y trapitos por cada rincón. Se agradece tanto afán de los afanadores (así les dicen); pero a veces pareciera que el verdadero afán es el de incomodar aún más a los incómodos internos.

nocturna de hospital

Hay una hora del día en que no puede estar una sola persona dentro de los dormitorios mientras se hace la limpieza. Pasan el trapo, sacan la basura y a veces bromean con los enfermos. Hasta ahí todo bien, el problema es cuando estos expertos del trapo y la escoba aparecen en plena madrugada justo a un lado de tu cama, exactamente cuando por fin conciliabas el sueño anhelado, cuando las enfermeras duermen y hasta los ronquidos desaparecen. De pronto se escucha un golpeteo debajo de tu cama y no se trata de un fantasma chocarrero, sino del necio trapeador que insiste en sacarle brillo al piso del cuarto (no importa que todo se encuentre en tinieblas). No es una pesadilla, es una incansable afanadora que está dispuesta a ahuyentar cualquier posibilidad de dormir.

“¿No puede usted limpiar a otra hora? ¡Estamos durmiendo!” La pregunta es casi un ruego para descansar. Pero la empleada responde sin inmutarse: “Éste es mi turno”. Así que no hay nada que hacer, sólo taparse la cabeza y esperar al amanecer, cuando un nuevo turno de enfermeras frondosas y muy despiertas nos picaran de nuevo, nos medirán todo lo medible y nos urgirán para que vayamos a las regaderas mientas ellas cumplen con ese ritual importantísimo para toda enfermera: tender la cama, extender las sabanas, meterla por debajo del colchón y no dejar una sola arruga… mientras tanto, bajo un chorro de agua caliente,  el desvelado enfermo comenzará a resignarse, pues habrá perdido varias horas de sueño. Más tarde será la visita de los médicos siempre acompañados de morbosos estudiantes, diagnósticos difusos, otros estudios y con suerte algunos de estos internos serán dados de alta, otros, lamentablemente ya no podrán contar ninguna historia.

Editor Yaconic

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