Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Fotos: Miguel J. Crespo / @migueljcrespo

Quien sabe cómo lo lograste, pero ahí estás, acodado en la valla, apretujado frente al escenario, retando las leyes gravitatorias con tus pantorrillas, saltando mientras Celso Piña se la raja rudo. Empapado estás. La lluvia cala pero vara aguantas. Mojado también, tu teléfono se apagó de pronto —y eso que en el oxxo te dijeron que podías sumergirlo hasta diez metros bajo el agua—. Obsesionado por llegar hasta adelante, perdiste a tus compinches de viernes. Piensas que quizá no la libraron en el filtro policiaco; probablemente ese pomo que guardaron en los calzones nunca llegue a tu garganta y tal vez ese toque que escondieron en los zapatos jamás lo calen tus pulmones. Ahora solo tienes esto: una cumbia gamberra que transforma tu garganta en un güiro mientras a tu alrededor todo son abrazos y risas, fajes calientes y temblores por el frío que la noche trae poco a poco, con todo y su olor a perro mojado.

Vienes a ver a Nortec, pero Celso y los alemanes que le siguen te convencen, te entretienen mientras el calor humano produce inmensas columnas de vapor pestilente que las palmeras de la avenida arañan. Cuando al fin salen los de Tijuana a escena, hordas de entes ansiosos por bailar siguen llegando al monumento a la Revolución. A ver. ¿Cuántos hay detrás de ti?, ¿12 mil, 25 mil?, ¿tantos ganosos por escuchar esa tuba, aquel acordeón y el mentado bajo sesto? ¿Cuántos pueden resistirse ante los modos de Bostich y Fussible, frente a esa maquinaria donde perillas y saliva, loops y metales, cueros y secuencias, iluminan justo la esquina del cerebro donde el switch para bailar se activa? Lo sabes. La duda no te entra. Nortec es mucha pieza. Nortec es mucha fiesta. Bailando solo, sacudiéndote con “Tijuana brass”, te cae el veinte de que esta noche será recordada durante mucho tiempo, que de hoy saldrán anécdotas por carretadas que serán celebradas en el futuro por los miles que te acompañan con el gozo a tope.

nortec en el monumento a la revolucion

Sí, a la salida buscarás a tus queridos en los alrededores. Se encontrarán finalmente en Los Tres Mosqueteros, con Don Ramón o en La Covacha, y ahí exprimirán sus camisas y los brasieres, los calcetines y las cabezas, mientras platican de cómo los torció la ley con el parque, de qué tal estaba la morra que les pasó su teléfono, del billete que perdieron en el baile, del portazo y de lo cabrón que sonó todo. No faltará quien diga que siete años atrás estuvo ahí mismo, en el monumento a la Revolución en la tocada que Nortec ofreció entonces, habrá también quien alegue que conoce la tierra de Ramón y Pepe como la palma de su mano y cuente historias sórdidas de la cahui; pero tampoco se ausentará quien lo increpe por chorero. Por tu parte, hablarás conforme la lengua te vaya dejando hacerlo. Y es que no les dijiste, pero clavaste un anís a la tocada sin decirle a nadie —ni a tus meros ñeros— y este ya te acalambró las patas, y la lengua tal vez. Así te la vas a amanecer, compita alegre, y tú también, morra rorra; siguiendo la fiesta con los tijuaneros defeños que bailan al son de la “Tijuana Sound Machine”, como los sonideros errantes que son, de esos que bufan y fuman siempre que la noche les dice hola.

nortec en el monumento a la revolucion

nortec en el monumento a la revolucion

nortec en el monumento a la revolucion

nortec en el monumento a la revolucion

nortec en el monumento a la revolucion

nortec en el monumento a la revolucion

nortec en el monumento a la revolucion

nortec en el monumento a la revolucion

celso piña en el monumento a la revolucion

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celso piña en el monumento a la revolucion

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celso piña en el monumento a la revolucion

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nortec en el monumento a la revolucion

celso piña en el monumento a la revolucion

 

Editor Yaconic

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