Por María Ruiz
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Nuestra historia narcótica. Pasajes para (re)legalizar las drogas en México (Debate, 2015) es el más reciente libro del periodista e historiador mazatleco Froylán Enciso; colección de piezas narrativas que repasan la historia de las drogas en México, que pone luz sobre el fracaso de la política prohibicionista hacia éstas y los funestos resultados de la guerra contra el narco.

Portada Nuestra historia narcótica. Pasajes para (re)legalizar las drogas en México (Debate, 2015)

El volumen —que Enciso comenzó con algunas entregas en el sitio Nuestra aparente rendición, en 2010— se divide en tres partes: el origen del tráfico de drogas en México a finales del siglo XIX y principios del siglo XX; el fracaso de la guerra contra la drogas debido a la corrupción, violencia y pérdida del respeto a los derechos humanos, la invención de la narcopolítica; y las propuestas del autor sobre el tema. Además cuenta con ilustraciones de Carlos Alanís, “Sego”, e imágenes inéditas del Archivo General de la Nación (AGN) y de los hermanos Casasola.

Factores externos e internos; el papel de las drogas en el imperialismo europeo; la distribución de éstas por todo el país durante la Revolución; la influencia del prohibicionismo estadunidense en México, basado en racismo y clasismo: Nuestra historia narcótica es una propuesta bien fundamentada, que arroja pistas en un contexto de debate sobre la legalización de la marihuana (re-legalización, dice Froylán, porque en 1940 fue legal por algunos meses, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas), la política militar-policiaca establecida por el ex presidente Felipe Calderón en 2006, y la relación histórica y cultural que los mexicanos han tenido con los narcóticos.

Froylán Enciso nació en 1981 en Mazatlán, Sinaloa. Su familia paterna proviene de Juantillos, localidad que actualmente es un pueblo fantasma: los pobladores fueron desplazados por la violencia. Así lo describe el historiador del noreste, quien también cuenta que su nombre, Froylán, está inspirado en un chico a quien apodaban “El Cubanito”, con quien su abuelo compartió celda cuando fue encarcelado por supuesta producción de marihuana. El Cubanito murió en un enfrentamiento con el ejército federal por defender un cargamento de armas para los socialistas. Por supuesto, la historia era una mentira contada como relato heroico por el padre de Froylán, para que éste entendiera el efecto y el peso de las drogas en su entorno. Enciso no es consumidor.

Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México (Colmex). Actualmente trabaja en la State University of New York para su doctorado. Escribe constantemente en la sección “Postales Fantásticas”, de Nuestra Aparente Rendición, y ha publicado en medios como Gatopardo, Los Ángeles Times, Vice, Emeequis, Tierra Adentro, El Universal y RíoDoce.

Nos reunimos con él y, entre libros y café, le preguntamos sobre su libro y otros temas, como cuando el gobierno de Estados Unidos quería convertirlo en espía antidrogas, tras la segunda fuga de una prisión de alta seguridad de Joaquín “El Chapo” Guzmán, ocurrida el sábado 11 de julio de este año en el penal de El Altiplano, en el Estado de México.

Froylán Enciso

Has dicho antes que el contexto en el que creciste influyó en tu interés por el tema de las drogas. ¿Hubo un hecho específico que marcara un antes y un después en esa relación?

Me es difícil ubicar un solo hecho que marcara un antes y un después. Tengo, más bien, muchas historias. Cada una refleja aspectos y acercamientos distintos al mundo de las drogas: quizá una fue cuando me enteré por qué me pusieron Froylán, y al mismo tiempo saber que vengo de una familia de pensamiento crítico, contestatario; ver cómo mataron a alguien; el miedo de mi madre por las olas de violencia en Sinaloa; la manera en la que se anuncia el periódico allá: pasa un señor y grita “¡Correee la sangreee!”, y desde que tengo uso de razón allá corre sangre. No es un hecho en específico; son muchos.

Sinaloa es uno de los centros del narcotráfico desde hace muchos años. ¿Qué has encontrado en tus investigaciones? ¿Cómo se convierte el estado en un centro neurálgico, desde el tema del opio, por ejemplo?

Me parece que en algunos lugares como la Ciudad de México les encantaría ser sinaloenses. A veces me preguntan: ¿cómo es que Sinaloa llegó a ser así? Y es porque se vive en esta fascinación por el mundo del narcotráfico; se imagina que emulando la narco cultura sinaloense se puede acceder a la mitología de poder y de la generosidad de los narcos, de su elegancia, de sus botas de piel de cocodrilo, sus camisas Versace, etcétera. Pero, ¿por qué Sinaloa se ha hecho ese mito? En Nuestra historia narcótica doy claves a pesar de que el estado no es el centro del libro.

El fenómeno tiene que ver con una tendencia que hay en los mercados de drogas sobre evadir la responsabilidad. En la actualidad, esta mitología del narcotraficante sinaloense, como un ser exótico, nos ayuda a evadirla. Como El Chapo, un personaje parece estar alejado, que ni siquiera es un ser humano sino un mito. Y nos encanta relacionarnos con eso para no ser responsables en nuestra propia relación con las drogas.

Esto ocurre desde el origen. Cuando inició el cultivo de opio, no sólo en Sinaloa, también en otras partes de México, lo que hicieron, incluso los empresarios —sinaloenses y mexicanos en general—, fue echarle la culpa a los chinos. Los chinos, más que grandes beneficiarios de los mercados ilegales de drogas, llegaron de rebote a México como desplazados por las guerras del opio, al igual que los desplazados de la guerra actual. Y lo que hicieron los historiadores de la época fue echarles la culpa; algo que hoy hacen los gringos con los países y regiones productores: América Latina, Afganistán…

Siempre queremos que la responsabilidad esté afuera. Hay algo de eso en la fascinación de la Ciudad en México por esta cultura norteña, la cual está de moda incluso en hipsterlandia. En la Condesa hubo un bar “Malverde”. Tiene que ver con eso, con la creación de espacios criminalizados o mitologías criminales que nos ayudan a evadir nuestra propia responsabilidad…

Bien….

Lo que yo propongo es que cada quien tome su responsabilidad; que dejemos de ver a la historia del narcotráfico y de las drogas como un asunto exótico, de las clases populares. Porque también abarca a las élites intelectuales, a la gente que trabaja en revistas, a la academia, a los escritores, los que toman fotos… se deben hacer responsables de su propia generación de alta narco cultura. Esta narco cultura de la élite con la que negociamos a diario en las relaciones jurídicas y económicas que tenemos con sustancias psicoactivas, legales e ilegales.

Froylán Enciso

Hay una cuestión que tiende a soslayarse cuando se habla del narcotráfico en México: el dinero. ¿Qué hay detrás, dónde está, cómo se “lava” y distribuye?

Esa es una buena pregunta. ¿Dónde está el dinero? Yo disiento de la afirmación que dice que el dinero está aquí, en México. El dinero del narco no está en manos de los contrabandistas de Tamaulipas o de Sinaloa. Cuando visitas estos pueblos sí hay casas o tumbas bonitas, fiestas de rancho, inversiones en hoteles o farmacias, lavado de dinero, por supuesto; pero si uno revisa las cifras de Naciones Unidas o del Departamento de Tesoro de Estados Unidos, se da cuenta que la mayor parte de ese capital no está en las zonas productoras, ni en las zonas de tránsito, sino en las de consumo.

La mayor parte del dinero está en Estados Unidos. Y eso es lo que me parece interesante, porque creamos una mitología sobre el dinero en México, cuando la neta está muy lejos. Quien se está beneficiando por el mercado negro de drogas no está en Badiraguato, que sigue siendo el municipio más pobre de Sinaloa. Hay zonas de Tamaulipas ahorita con unas fugas de inversión tremendas. El dinero no está ahí, sino en Chicago o Nueva York, por ejemplo.

Cuando capturaron al Chapo, un Senior Intelligence Agent de la Red Contra los Delitos Financieros (FinCEN), del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos me mando un mail. Me ofrecieron darme información a cambio de que yo les ayudara a localizar empresas y a poner dedo. Básicamente para rastrear dinero y que ellos lo incautaran allá. Les dije que sí me interesaba saber más sobre el asunto del lavado de dinero, pero no lo iba a hacer de una manera cerrada o secreta.

Me parecía también una especie de traición ayudarle al FinCEN a embolsarse más dinero. Les dije: “si quieren que intercambiemos información, hay foros académicos, pertenezco a una red de académicos, la Red de Drogas, Seguridad y Democracia, organicemos un evento académico en el que ustedes como gobierno vayan y publiquen información para que nosotros digamos qué pensamos y qué sabemos”. Pero no querían eso, me querían de espía.

¿De plano? ¿Qué otras razones tuviste?

¿Por qué les dije que no? Porque me da miedo. Yo, en esta guerra, no me enrolo pero por nada del mundo. Ni por el lado de un gobierno, ni por el lado de una organización criminal; ni por cualquier lado. Si llegara a enrolarme sería por el lado de las víctimas de la guerra y por motivos de seguridad.

También me negué porque el gobierno estadunidense incauta unas cantidades tremendas de dinero de este mercado negro, se lo embolsan, lo meten en sus presupuestos y quién sabe en dónde esté. Le he preguntado a la embajada, a especialistas, y no hay un cálculo de dónde está ese dinero que tanta muerte y tanta sangre nos ha hecho correr en México. Me parece injusto que apoyemos al gobierno estadunidense para que siga embolsándose esa lana y la regresen en forma de equipamiento militar y policiaco para que nos sigamos matando acá.

Frente al mitológico poder de los cárteles (por cierto, esa palabra, “carteles” —a la que tanto amor le tienen los medios, fue creada por agencias de seguridad cuyo discurso beneficia sus presupuestos— es un mito), no es que no tengan dinero, pero son empresarios de un mercado negro, como muchos otros, y por supuesto que van a  tener dinero. Sin embargo, moralmente no me causan tanta repulsión como los gobiernos prohibicionistas. Como el caso de Estados Unidos, que promueve la guerra en México y además se embolsan todas las ganancias.

Froylán Enciso

Háblanos sobre la legalización parcial de la marihuana que se está haciendo, precisamente, en Estados Unidos, mientras todavía, en lo general, se mantiene una política prohibicionista.

Sí, con la legalización Estados Unidos genera un consumo más maduro y más responsable, lo cual implica que se quedan con una tajada más grande del pastel del mercado negro, porque se cobran impuestos. Además, por un lado se incauta a nivel federal dinero a los llamados cárteles, pero por otro lo hacen otras instancias, como los sheriffs en Texas, por ejemplo.

Hasta hace muy poco éstos no vigilaban la carretera de sur a norte, únicamente de norte a sur. No les importaba que entraran las drogas, les preocupaba que saliera el dinero. Ese dinero no entraba a la cuenta pública, no lo podían presupuestar. O sea: toda la política que hay en Estados Unidos sobre el dinero, y de la que sabemos tan poco por nuestra obsesión por los cárteles, es complejísima y deberíamos ponerle la lupa. Es una corrupción que raras veces cubren los medios.

También, mientras Estados Unidos legaliza en algunos estados para fines médicos y —ahora ya— recreativos, se fortalecen las finanzas públicas, el sistema de salud, el educativo, etcétera, y vía la Iniciativa Mérida nos mandan equipo y entrenamiento policiaco y militar (equipo que por ley es manufacturado por sus propios proveedores); es decir, también incentivan su industria armamentista. Un negocio redondo.

Nos envían equipo para que sigamos con la guerra. Es un sistema que, como digo en Nuestra historia narcótica, es de subcontratación de la sangre. Mientras Estados Unidos se explora mecanismos para que drogas como la marihuana generen salud y bienestar a la población, en México incentiva que nos matemos los unos a los otros.

Y a pesar de ejemplos como el de Estados Unidos o Paraguay, en México se mantiene la política prohibicionista. La discusión no es abierta, hay propuestas de ley pendientes,  etc. ¿Por qué?

Es una serie de motivos, comenzando los espirituales, por la moralización hacía las drogas que existe desde la Colonia; los estratégicos: a las agencias de seguridad les convienen que sigamos metidos en la lógica de guerra, que sigamos obsesionados con la figura del cártel como enemigo; los farmacéuticos: a las industrias farmacéuticas les conviene mantener el control de los sistemas de insumo para morfina y opiáceos que se usan en medicina.

Como se ve, hay muchos intereses metidos. Y están los políticos: es un mercado negro que ha generado redes de corrupción tremendas en las más altas esferas del poder desde los años setenta. Por otro lado vemos motivos morales a ese nivel, como los de Felipe Calderón o la iglesia católica. Se mantiene una tendencia de ver el mundo en blanco y negro, entre buenos y malos, cuando en realidad es mucho más complejo.

En el libro incluyo un relato Arbitrariedades en la Tierra del Chapo, donde cuento que antes de ser un victimario de la guerra contra las drogas, de ser un criminal, El Chapo fue víctima de los operativos militares en su rancho, en La Tuna, cuando estaba morro, de unos 17 años. Y ahí está otro motivo. Hay un maniqueísmo, una manera de ver el mundo en blanco y negro, y no vernos como personas, con motivos complejos. Creo que por eso estamos todavía metidos en la lógica de la prohibición; sin embargo, incluso así, creo que todavía hay esperanza.

¿Cómo nos encontramos con respecto al debate mundial sobre la legalización, sobre esa posibilidad? ¿Qué viene?

El año que entra, en 2016, se realizará la Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas (UNGASS) sobre Drogas; es algo en lo que he insistido en todos los espacios. Rumbo a esa conferencia, los mexicanos y los movimientos, deberíamos hacer un esfuerzo por escuchar tanto a las víctimas de la guerra como a quienes promueven políticas más maduras; tanto a los que buscan legalizar como a los que buscan hacer justicia y reparar los daños.

Mi sueño es llegar a Naciones Unidas, junto con los diplomáticos mexicanos, y no sólo para apoyar a los países, como Estados Unidos incluso, que ya están legalizando o buscando nuevas formas, sino también para poner en la mesa la agenda de las víctimas de la guerra y pedir a las grandes naciones prohibicionistas que dejen de colaborar en que nos matemos los unos a los otros; que canalicen esa “ayuda” a reconstruir los pueblos campesinos que ahora se dedican a la producción para el mercado negro; que ayuden a tener mejores lugares que los centros de integración juvenil, que son una desgracia. Se trata de canalizar el dinero para crear programas educativos sobre el uso responsable de drogas en México, al igual que lo hicimos con la educación sexual. Para ir aprendiendo, en lugar de negar su existencia, como antes se hacía con la sexualidad. Y comenzar a relacionarnos de manera más madura con el consumo.

La idea es ir a Naciones Unidas, pedir la legalización, pero también poner la agenda de víctimas, la justicia en el centro de la discusión global, y crear una justicia transicional para el nuevo régimen de control de drogas que se está gestando.

Para finalizar, va una ráfaga de preguntas rápidas:

Autor: Alma Guillermo Prieto.

Libro: Metafísica y los tubos, de Amélie Nothomb.

Álbum: Tribal de NAAFI.

Medio: Nuestra Aparente Rendición.

Comida favorita: Aguachile.

Bebida favorita: Cerveza Pacífico y café.

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