Un escritor nunca habla de pavadas. Una de las tareas más difíciles de llevar a cabo, es sacar al artista del lugar de boludo en que se lo ha colocado. Osvaldo Lamborghini.

Por Edgar Khonde / @edgarkhonde

La biografía de un hombre puede resumirse a su lugar de nacimiento y al de su defunción. Osvaldo Lamborghini nació en Necochea, provincia de Buenos Aires, en 1940, y murió en Barcelona en 1985. Entre esas dos fechas y geografías, se encargó de transgredir y romper con las formas sintácticas, léxicas y semánticas del lenguaje dentro de la literatura; de arrancar del lugar de lo culto, excelso y maravilloso —contrario a Borges— a la lengua española, y llevarla hacia el arrabal, el lodo, el potrero. Hacia habitaciones más humanas y verdaderas.

Hay que decirlo de este modo: Si Lamborghini no hubiera existido, César Aira lo habría inventado. “Desconcierto”, “salvajismo”, “masturbación”, “violencia”, son sólo algunos de los calificativos que algunos autores relacionan con la exposición de su escritura, de su poética. De su novela Tadeys —publicada póstumamente—, Roberto Bolaño dijo: “[Es] una novela insoportable, que leo (dos o tres páginas ni una más) sólo cuando me siento particularmente valiente. De pocos libros puedo decir que huelan a sangre, a vísceras abiertas, a licores corporales, a actos sin perdón.”

Sin un trabajo ni domicilio fijos, y el rechazo a las convenciones sociales (y burguesas), Lamborghini recaló en las páginas de escritores malditos: los inéditos. La postrera publicación de la mayor parte de sus textos, gracias a que Aira se encargó de reunirlos y editarlos, constató en apariencia que el autor de El fiord posiblemente cultivaba un lenguaje tan privado que no estaba interesado en revelar su obra.

Ricardo Strafacce, quien escribió su biografía, lo niega, y dice en una entrevista que no había nadie más interesado en acceder a la publicación, las reseñas, los premios, el mercado, que el propio Lamborghini: En una carta a sus amigos, la poeta y ensayista Tamara Kamenzsain y el escritor Héctor Libertella, se confesaba así, sin asomo de ironía ni jarana: “Si hay algo que me gusta en esta pícara vida es publicar”.

Osvaldo Lamborghini 1

El fiord, Sebregondi retrocede y Poemas, son los únicos libros que Lamborghini publicó en vida. El fiord se convirtió en un libro de culto, inconseguible, mítico. Al ser publicado, sólo se vendía en una librería bonaerense. Y no hay que esperar mucho en la lectura, desde el primer párrafo el lector sabe a qué se va a enfrentar en el relato:

¿Y por qué, si a fin de cuentas la criatura resultó tan miserable —en lo que hace al tamaño, entendámonos— ella profería semejantes alaridos, arrancándose los pelos a manotazos y abalanzando ferozmente las nalgas contra el atigrado colchón? Arremetía, descansaba; abría las piernas y la raya vaginal se le dilataba en círculo permitiendo ver la afloración de un huevo bastante puntiagudo, que era la cabeza del chico.

Después de cada pujo parecía que la cabeza iba a salir: amenazaba, pero no salía; volvíase en rápido retroceso de fusil, lo cual para la parturienta significaba la renovación centuplicada de todo su dolor. Entonces, El Loco Rodríguez, desnudo, con el látigo que daba pavor arrollado a la cintura —El Loco Rodríguez, padre del engendro remolón, aclaremos—, plantaba sus codos en el vientre de la mujer y hacía fuerza y más fuerza. Sin embargo, Carla Greta Terón no paría. Y era evidente que cada vez que el engendro practicaba su ágil retroceso, laceraba —en fin— la dulce entraña maternal, la dulce tripa que lo contenía, que no lo podía vomitar.

***

Tal vez lo que sí convirtió a Lamborghini en un maldito impublicable, fue su lenguaje cargado de violencia corpórea y sexual y sus retruécanos sintácticos que imposibilitaron —e imposibilitan— un fácil acercamiento a su lectura. Sus textos requerían —y requieren— de la inteligencia y ambición del lector, de su tesón y valentía. Un lector acostumbrado a la excelencia borgeana, a los juegos aritméticos y su complicidad bibliófila, es un lector que ante la literatura lamborghiana se descubrirá asaltado por el desconcierto.

Qué más desconcierto se puede hallar en una escritura que presenta versos que son copiosos ruidos que quiebran el entendimiento y la razón, como en el poema Soré, Resoré:

“Hay que cuidar la relación del doble con el cuerpo./ Tantos, por perder el doble/ sin nada se quedaron, como la intención/ de decir, o con esa intención./ Precisamente y vaga,/ que nada hubiera fuera de eso,/ de ese ras ras:/ quitado el doble nada.”

Algún tiempo en su juventud, Osvaldo Lamborghini estuvo adscrito al Partido Peronista. En 1976, a raíz del golpe de Estado, parte exiliado a Barcelona, hasta su muerte de un infarto en 1985. Para 1983 le escribió una carta a César Aira donde le dice:

Querido César: la culminación de la felicidad tiene un defecto, se convierte en ocultismo, revela la manía, se degrada en satisfacción. Admirablemente así: algo como la conciencia de la última letra, la zeta. Se degrada en una conciencia sana. Estoy perdido para la literatura hasta que no reaparezca, como en los sueños, el ¡ojalá!, el anhelo —un más allá del principio del deseo, lo cual, peor es imposible, es, para lo fugaz de nuestra respiración, incorrecto. Incorrecto: el destino está en las palabras tontas, en las que no tienen salvación.

No me llegó todavía La Luz Argentina. Paciencia y mala suerte, como decía una puta arltiana. Por ahora dejemos hablar al viento. En Barcelona nunca hay viento.

Es una ciudad quieta, triste, como un diamante que jamás cambiará de mano. Ni el ladrón ni el joyero (aquí) están contentos. Sólo yo me alegro, porque tengo la oportunidad de coronar y erigir un trono. Erigirle. Un trono a Buenos Aires.

Me he dejado la barba, toda la barba, sin acicalarla y sin recortes. En Barcel, los policías, los militares, los ministros, los carceleros y ¡ay! los locutores de televisión, permiten que los pelos les coman la cara. Es una imagen de respetabilidad. Contra el rapado y engominado punk, contra las patillas como dardos, que dan miedo porque parece que estuvieran a punto de prolongar el corte hasta las orejas. Y nada más. Esta carta era para decirte que me he dejado toda la barba. Abrazos para todos (los que quieras).

“Uno escribe en función de los textos que ha leído. Lo que uno ha leído actúa como sobredeterminación. La vida es un texto, que es una sobredeterminación mayor.” Lamborghini.

Osvaldo Lamborghini 3

César Aira, discípulo y albacea de la obra de Lamborghini (y sobre lo cual dice Bolaño “que viene a ser lo mismo que si una rata deja como albacea testamentario a un gato con hambre”), y que se encargó de prologar el libro Novelas y cuentos, describe el aliento de Lamborghini como “El verso como prosa cortada, la prosa como transmutación instantánea del verso”.

La obscenidad que usa, la obscenidad transgresora como una revitalización del Marques de Sade y como éste, la obscenidad como una bala que dispara hacia lo políticamente correcto. Es la obscenidad punto de partida de una experiencia lingüística salvaje. Sus textos exhalan escenas violentas, no como postura sensual sino como un delicatessen cerebral:

Hizo restallar el látigo, El Loco en varias ocasiones; empero, los gritos de Carla Greta Terón no cesaban; peor aún: tornábanse desafiantes, cobraban un no sé qué provocador. La pastosa sangre continuábale manándole de la boca y de la raya vaginal; defecaba, además, sin cesar todo el tiempo. Tratábase —confesémoslo— de una caca demasiado aguachenta, que llegaba, incluso, a amarronarle los cabellos.

El Loco, en virtud de ser él quien la había preñado, cumplía la labor humanitaria de desagotar la catrera: manejaba la pala como hábil fogonero y a la mierda la tiraba al fuego. (El fiord)

En su momento, su lenguaje revolucionario fracaso tras fracaso, chocaba contra un baldío sin lograr conformar una parroquia de lectores. Tampoco los hablantes estaban dispuestos a hacer uso de su propuesta lírica. O su antipropuesta:

“El problema de Lamborghini es que se equivocó de profesión. Mejor le hubiera ido trabajando como pistolero a sueldo, o como chapero, o como sepulturero, oficios menos complicados que el de destruir la literatura. La literatura es una máquina acorazada. No se preocupa de los escritores.” Roberto Bolaño en Derivas de la pesada.

Es posible que la obra lamborghiana se encuentre en los acantilados, en los márgenes del lenguaje, en contra de la comprensión del acto comunicativo. O atentando como francotirador desde los altos edificios morfosintácticos. Hay en su ruptura una forma de significados que se asemeja al gis del sonido. Sus palabras seguramente rompían las hojas que las soportaban. Los sintagmas no estaban construidos para oídos humanos. Lamborghini mantenía a raya a la literatura; una batalla en la que se exponía en cuerpo, sin armadura.

“Hay libros que inspiran miedo, miedo de verdad. Más que libros parecen bombas de relojería o animales falsamente disecados dispuestos a saltarte al cuello en cuanto te descuides.” Roberto Bolaño sobre Tadeys.

Dice Luis Gusmán, quien junto a Lamborghini y Germán García participó en el comité de redacción de la revista Literal: “Para Lamborghini, a pesar de su pedantería y su infatuación, el mundo era un tembladeral. Y él, para no tiritar de miedo ante el mundo que lo rodeaba, se aferraba a su Fiord… Osvaldo salía a la calle con El fiord, como otros salen a caminar provistos de un arma, una billetera, una agenda o los documentos.”

En el libro Textos literarios hispánicos, de Leonardo Romero Tobar, aparece este breve fragmento para tomar en cuenta: En un momento dado de la literatura argentina parecía absolutamente necesario seguir el consejo de Witold Gombrowicz a sus colegas argentinos: “Maten a Borges”, y algunos de ellos, como Manuel Puig, Osvaldo Lamborghini, Fogwill, y, en parte, César Aira, se convirtieron, como señala Damián Tabarovsky en “máquinas de guerra antiborgeanas”.

Y es que leer a Lamborghini, resulta como escuchar a los Sex Pistols en misa dominical.

Osvaldo Lamborghini escribiendo

***

No haré nada malo allí. Matar. Por favor. No mataré a nadie más nunca más. Aunque no me den esa casita blanca. Puede ser simplemente un techo, aislado, desplazable, un sombrero, sí, un pedazo de poste común para apoyar la espalda. No. No mataré a nadie más. Concha. A los que aman, a los locos y a los asesinos, yo digo, yo les enseñaría a andar amando. Dádmelos. Sí. No mataré a nadie más, me cortaré las manos antes de hacerlo. No voy a matar a ningún niño más por tentador que sea su cuerpiño: a ningún niño. Matar es un disgusto. ¡Matar, matar, matar es un disgusto!

La ciudad no es cruel. Sólo un imbécil puede quejarse de una ciudad organizada. Todo está perfecto. Quiero estar solo en la casita blanca. Que no me dejen a nadie para no caer en la tentación. Fragmento de Tío Bewrkzogues.

Edgar Khonde

Edgar Khonde

Redactor y escritor negro. Poeta de musas variopintas, gusta del fernet-branca, la literatura y la buena comida. Se ha desempeñado en los más comunes y los más extraños oficios por diversas regiones de nuestro país. Su libro más reciente apareció en 2013: Las chicas que caminaban en zancos. Ha colaborado en publicaciones como La risa de la hiena, Lenguaraz, Generación, La Jornada, así como en publicaciones virtuales y de medios libres. Hace tiempo participó en un recital de acordeón en el CC España de México, y aunque nunca lo había tocado, fue bien recibido por la crítica. En sus ratos libres, musicaliza fiestas, ve series y películas de zombis y le escribe cartas a Alicia.

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