Por Ezra Alcázar / @EzraAlcazar

Vine a la FIL Guadalajara porque me dijeron que aquí podría conocer a un tal Rodolfo Páez. La sentencia anterior, además de ser la peor forma de parafrasear a Juan Rulfo, se salva por el simple hecho de ser absolutamente cierta. Vine a Guadalajara porque hace tres meses, mientras comíamos, Paco Ignacio Taibo II me dijo que entre los escritores que presentaría estaba un tal Rodolfo Páez, argentino y con un libro llamado Diario de viaje, sobre una gira hecha en 2015.

Al instante pensé en Fito, pero no, no podía ser. Yo sabía que Fito había escrito La puta diabla (2013), y que ahora mismo se encontraba en una gira interminable por los 30 años de Giros. Además, ¿qué tenía que ver Paco con la presentación del libro de un músico? Intenté olvidar el asunto. Parte de mi inconsciente se concentró en los días siguientes a investigar quién era ese tal Rodolfo Páez, escritor argentino que seguramente se dedicaba a la novela negra. Una parte de mí quería que fuera Fito.

Fito Paez en la FIL 2016

Foto: © FIL Guadalajara.

Nunca me ha gustado mucho la Feria del Libro de Guadalajara. La primera vez es padrísimo: cientos de escritores de todo el mundo, libros que nunca imaginaste y gastar más dinero del que creías poder desembolsar en un lugar donde no hay más que libros. Libros, escritores, charlas y todo el banquete para un chico ilusionado por el mundo de las letras.

Después todo se convierte en ejemplares carísimos, conferencias que crean expectativas mayores a la realidad, escritores que hablan sin ganas, espaldarazos de gente que no conoces y saludos “amistosos” de quienes sí, pero que te saludan por compromiso. A la FIL la salvan los amigos y esos escritores que no podrías conocer de otro modo. Confirmé que Fito era el Rodolfo que Paco presentaría e hice todo lo posible para estar ahí.

Adelantarse no es lo mismo que llegar a tiempo. Me adelanto siempre e imagino demasiado. Saber que Paco presentaría a Fito me hizo imaginar una comida antes de la presentación y una cena al final de ella, donde Fito y yo terminaríamos siendo muy buenos amigos. A Paco se le hizo tarde, se le atravesó la muerte de Fidel Castro en plena Habana, después de presentar la biografía del Che, Ernesto Guevara, también conocido como el Che (1996), que por primera vez se publicaba en Cuba. Yo ya estaba en Guadalajara.

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Foto: © FIL Guadalajara.

Quizá se estén preguntando por qué no fui a ver a Vargas Llosa o a Ernesto Cardenal. Y por qué mi obsesión con Fito. Ésta viene de antes, desde mis “11 y 6”. No conocía a Charly García, Gustavo Cerati y Spinetta, pero ya tenía música de Fito en mi walkman; canciones que no entendía muy bien, pero de las cuales imaginaba el momento en que las dedicaría.

Desde esa época y hasta acá puedo rezar un rosario de chicas que han estado en mi vida ligadas a una canción del flaco nacido en el 63. La música de Fito no necesita ser entendida por completo, así como tampoco se necesita entender todo cuando miras unos ojos grises y estás en el centro del universo. Sus canciones entran como un abrazo, un beso, una revolución. Las cantas una y otra vez, hasta que de un momento a otro sientes que llegaste, que el viaje recorrido vale la pena por este ahora, lo bueno y lo malo llega para eso, para entender la melodía en la que la chica se va, donde “fue amor”, donde pudiste haberlo hecho mejor, donde, aunque no nos guste aceptarlo, hay “amor después del amor”.

La presentación de Diario de viaje fue en el Foro FIL. Enrique Blanc intentó llevar la charla para que Rodolfo Páez hablara de Fito Páez. Pero la plática no fue del otro mundo. Unas 200 personas acompañábamos e intentábamos escuchar a los ponentes. Hacíamos como que nos interesaba lo que decían, más allá de la emoción que nos causaba ver a nuestro ídolo. Algunos no aguantaron más y, en un concierto, se ponían de pie para hacerse fotos con Fito de fondo. Otros buscaban una cerveza, yo me hacía el disimulado mientras prendía un cigarro.

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Foto: © FIL Guadalajara.

Veinte minutos de conversación y el speech de ambos presentadores se terminaba. Fue cuando Blanc le sugirió a Fito tocar una canción, “Mariposa Tecknicolor” despertó el foro e hizo saber que Fito Páez ya estaba aquí y venía a ofrecer su corazón como escritor. Un par de canciones de Caetano Veloso, y un popurrí del disco Giros fueron los regalos del flaco a sus ahora lectores. “No todos los escritores se pueden dar este lujo”, decía Páez con una sonrisa tan real como la del concierto con Charly García, o cuando cantó “Contigo” junto a Joaquín Sabina para el No sé si es Baires o Madrid.

Ya en la Ciudad de México, mientras tomaba un té de guayaba, un amigo ensayista me preguntó si después de todo (ir con la idea de hacerme amigo de Fito, viajar en auto seis horas para llegar, siete para volver con todo y regaño del chofer del autobús por haber fumado en el baño) el libro había valido la pena. Pensé en Diario de viaje, pero también en el último libro que leí, Los diarios de Emilio Renzi (2015), en el que Ricardo Piglia (mediante su álter ego Renzi) cuenta sus años de formación, el nacimiento de ideas a base de amores, desamores, sustos, lecturas y películas.

También vino a mi cabeza una serie de Bioy Casares en la que cuenta, año tras año, mes por mes, las ideas de sus libros, cuentos, novelas y la forma en que se hizo escritor. ¿Qué tienen los argentinos por los diarios? Si tuviéramos apuntes certeros sobre la formación de Rulfo entenderíamos cómo hizo Pedro Páramo, y por qué después ya no. El viaje cuenta.

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Foto: © FIL Guadalajara.

Los diarios nos ayudan a ver el difícil camino, a veces feliz, la mayoría de ocasiones triste, de esos personajes que tanto admiramos. El libro de Fito no es gran cosa. Su prosa no supera los poemas que nos ha regalado en cada canción, pero lo tengo con su autógrafo y lo atesoraré siempre al lado mis casetes, vinilos y el par de CD’s que compré antes de internet.

El viaje me dejó con la impresión de haber visto menos de lo que esperaba ver. No me hice amigo de Fito, su libro no terminará subrayado, ni me dará las ideas para hacer un gran ensayo; la memoria y la lluvia, como diría Fito, son un espejo que me ayuda a verme bien. Todo se justifica desde la perspectiva de este momento que escribo escuchando Giros, y viendo una secuencia de fotos que se traducen así:

—Fito, eres un monstruo, hombre. ¡Sos más!

—Anda, ché. ¡Qué decís! ¿Qué dice acá? ¿Para quién es el libro?

—Para Ezra…

—Qué nombre tan raro, ¿de dónde es?

—Hebreo, creo.

—Ah, como Pound…

—Exacto.

—¿Escribís poesía?

—No. Cuento sí.

—Ah, dale.

—Oye Fito, ¿te puedo dar un beso?

—¿Sabés que eres el primero que me pide eso hoy? Dale, che.

Fito Paez en la FIL 2016

Editor Yaconic

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