De nuestro impreso número 15 

A Parménides García Saldaña no lo aniquiló la locura. Ni las drogas. Ni una vocación por la autodestrucción. Ni el comunismo. A Parme lo destruyó Pasto Verde.

Por Carlos Velázquez / @Charfornication
Ilustración Manuel Cetina  www.behance.net/elstitch

El mito de Parménides García Saldaña ha desarrollado dos vertientes. Ambas incomprendidas. Por un lado la concerniente a su persona. Y por el otro la que corresponde a su obra. Su fama de desmadroso impera entre la gente como la principal característica de su personalidad. Pero olvidamos que aquellos que se convirtieron en leyenda a causa de una muerte trágica los respalda una obra. Y la reputación de Parménides se ampara en Pasto verde (1968). Sin la publicación de esta novela su figura habría caído en el olvido. No fue el primer escritor que ha intentado matar a su madre. Ni será el último. Más relevante que el desbarajuste de su personalidad es su obra.

Cualquiera que haya acometido la empresa de escribir una novela sabe que el de novelista es uno de los oficios más duros de la existencia. Depende del trabajo que realices, pero en ocasiones una novela te puede matar. Como le ocurrió a Parme. A menudo calificado como una bestia de carga, sólo quien ha transitado el camino del novelista comprende la magnitud de semejante reto. Existen novelas buenas, malas y extraordinarias. Y existe Pasto verde. Un texto que inauguró y clausuró al mismo tiempo una corriente dentro de la literatura mexicana: La Onda. Comprobó, e imaginen lo que debió experimentar su autor al arribar a esta certeza, que existía otro camino además de la narrativa propuesta por los modelos posrevolucionario y pseudocosmopolita.

La vida debió de volverse insoportable para Parménides después de Pasto verde. En primer lugar porque escribir esta obra debió resultar para Parme lo que para Rimbaud fue la redacción de Las iluminaciones. O lo que para Kerouac significó la escritura de On the road. Un trance del que sus perpetradores salieron diezmados. En segundo lugar porque imaginen el tremendismo padecido por Parme al momento de plantearse su siguiente novela. Cómo superas Pasto Verde. ¿Las iluminaciones? No se superan. Después de habitar la genialidad sólo es posible decidirse por dos rutas. El retiro. O la muerte. Es improbable asegurarlo, pero estoy convencido de que Parme era consciente de lo que había logrado. Y percatarse de ello le acarreó un profundo dolor. Un dolor que no te puedes sacudir con nada. Y del que buscarás refugio, en vano, en el alcohol y las drogas.

PARMÉNIDES GARCÍA SALDAÑA

Pasto verde es un libro que conforme avanza el tiempo se vuelve más mitológico. Por ejemplo, entre la primera y la segunda edición abundan diferencias evidentes. Que es imposible determinar a qué obedecen. Si a la voluntad del propio Parme o al quisquilleo de algún editor. Su hermano Edmundo asegura que el mismo Parme le comunicó que los cambios los había promovido él. Pero es una especulación. Sólo su autor podría sacarnos de la duda. Y no dejó registro alguno, en un texto o entrevista, de que esa hubiera sido su intención. Otro detalle significativo lo señaló José Agustín. En la segunda edición de la novela en la editorial Diógenes no aparece la última frase con la que cerraba el primer tiraje: “fuera de mí, fuera de mí, dentro de mi propia fantasía”.

Inconsistencia que se corrigió en la primera edición de Jus. La editorial que está proponiendo un rescate de la obra de Parme. Sin embargo, en esta nueva versión se comete una arbitrariedad que no debió llevarse a cabo. La novela estaba dedicada a Fito de la Parra, ex baterista de Canned Heat. Por cuestiones personales Edmundo, que es el albacea de la obra de su hermano, decidió suprimirla. Las razones de Edmundo serán de peso o no. Pero extirparle la dedicatoria es un error porque es un retrato fiel del Parme de esa época. De sus convicciones. Dedicarle el texto al músico habla mucho de cómo funcionaba la estructura de su pensamiento. Y sobre todo, es un gesto que le pertenece a la historia de la literatura nacional y a la literatura de La Onda. Eso era La Onda. El nombre de Fito en esa página.

Por alguna cuestión u otra, Pasto verde no ha podido llegar a los lectores como lo hizo en su primera edición. El dato duro producto de la mente de Parme. Una mente que realizó un viaje por la lengua equiparable al realizado por Yáñez en Al filo del agua. Es la misma devoción por la experimentación lingüística. La diferencia es que uno hablaba sobre el sexo, las drogas y el rock and roll. Pero a ambas las hermana un ansia por la exaltación de la vida. No existe duda, Pasto verde es una de las mejores veinte novelas de la literatura mexicana. Honestamente ya no sé si el tiempo se encargará de situarla en el lugar que le corresponde. Porque ha demostrado que su carácter es mítico. Y que es un texto que no entra en la dieta de la masa. Sobre todo por prejuicio. Porque se sigue concibiendo a Parme como el cabrón que se quería madrear a Fuentes. No como el autor de Pasto verde. Pero sí que se lo madreó. Pasto verde es el primer documento parricida de nuestra tradición.

A menudo escucho o leo acusaciones contra Parme por haber nacido en la Narvarte. Se le achaca haber pertenecido a la clase media. Pero esto no descalifica su poder narrativo. Ni aunque hubiera nacido en Interlomas. Pero no era un burgués en lo absoluto. Era ingenuo. Por supuesto, toda genialidad nace de un espíritu transparente. Y esa inocencia se advierte en su libro El Rey Criollo. Un texto que no resistió el paso del tiempo. Y que se quedó enclavado como lectura para adolescentes. Pero después de leer ese libro nadie pudo pronosticar que se convertiría en el autor de Pasto verde. El salto de Parme como narrador es impenetrable. Es una conjunción de diferentes factores. Pero los Rolling Stones, los Beats y El Lazarillo de Tormes no alcanza para explicarnos las estructuras del lenguaje que promueve Parme en Pasto verde. Provienen de otra fuerte. De algo cercano a lo divino. Esa epifanía a la que tan afecto era Joyce. Las palabras de Parme provenían de ese terreno que Joyce calificaba como el nacimiento del lenguaje. Pocos como Parme para ejercer el flujo de conciencia.

Parme fue siempre y será un problema. Como autor de En la ruta de La Onda es un ensayista incomodo. Cómo encajar ese libro en la tradición de la ensayística mexicana. ¿Sólo por hablar del rock y su relación con la cultura mexicana debemos de marginarlo? Parme era un tipo duro. Se necesita tener unos güevos del tamaño del mundo para tirarte de cabeza a escribir Pasto verde. Basta el primer párrafo de la novela para percatarnos de que es una mente fuera de serie:

Thegirlfromfrance está leyendo un poema de Rimbaud y Las Flores del Mal de Baudelaire y cuando le hablo por teléfono siempre me dice que lea la Antología Económica de Silva Herzog

Pasto verde merecía ganar el concurso de novela de la editorial Diógenes. Perdió porque nadie entendió la naturaleza de su novela. Debido al perjurio que despertaba su contenido. Pero llegará el día que la figura del Parme dejará de interesarnos como enfant terrible y nos permitiremos descubrir el gran novelista que es al acercarnos a Pasto verde. Esa novela es una lección para todo aspirante a escritor. Es un producto único y original. Una muestra de las posibilidades de la lengua en español.

Es un tanto extraño, pero Pasto verde es una obra que no ha envejecido. Ni va a envejecer. Está suspendida en el tiempo. Las razones por las cuales no se volverá añeja son porque es un ejercicio de la lengua. Y además conlleva una trama. Pero es su manera de decir el mundo lo que la tiene congelada en un territorio al cuál no puede acceder ninguna otra novela de nuestra tradición. Y al no tener un artefacto con el cuál compararla, se vuelve una oración. La oración del blasfemo.

La vida de Parme terminó en tragedia. Como la de tantos otros genios. La demencia propiciada por sus arranques de furor comunista, su incapacidad para socializar con sus amigos, para relacionarse con su familia, para escribir como lo hiciera se debe no a la locura, o al abuso de sustancias, es culpa del dolor tan grande que lo aprisionaba. Pero ese dolor es imposible de entender para quien no haya estado ahí. Qué ambición. Qué portento. Declararle la guerra a la literatura mexicana. Y querer madrearse a Paz. Parme tenía razón. Se quería madrear al mismo Paz que décadas después se retrató con Salinas. Desafiar todo y salir triunfador. Para luego morir.

Y qué viva el rock & roll.

 

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