UNA ELEGÍA ACERCA DEL LUTO, LA HERMANDAD Y LA RECLUSIÓN INTERIOR

 

Por Richie von Dix / @Richingon_Plata

Ardua y fascinante para el documentalista, ese hacedor de imágenes desprovistas de artificio y maquillaje, la tarea de sumergirse en el laberinto de afecciones y anhelos contradictorios que representa la subjetividad del otro. En un peculiar ejercicio de empatía y afinidad vital, una pareja de documentalistas nos bosquejan el siguiente retrato:

Tres medios hermanos cubanos lidian a su modo con la muerte de su madre, la carne y la sangre en común que los hermana; a cuatro años de su fallecimiento, Antoin, el mayor, emprenderá el viaje a Francia persiguiendo sus sueños como cantante lírico, mientras que sus dos hermanos menores, Yesuán y Karla, se quedarán en casa recordando el último día de júbilo que pasaron juntos: la visita al Parque Lenin, centro de diversiones en La Habana.

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Carlos Mignon

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Ésta es, a grandes rasgos, la trama de Parque Lenin (2015), ópera prima codirigida por Itziar Leemans (País Vasco, 1983) y Carlos Mignon (Ciudad de México, 1981); tríptico documental acerca del luto y la orfandad, así como de los diversos modos de huir y exiliarse de sí mismo; metáfora última de la vida en esa isla desterrada de la historia llamada Cuba.

DEL CROWDFUNDING A LA “UTOPÍA MÍNIMA”

Recién seleccionado en el Festival Internacional Visión du Réel 2015, de Nyon, Suiza, Parque Lenin está animado por una voluntad férrea y comprometida; en cada una de sus secuencias sus directores han apostado por una forma de hacer cine independiente, heterodoxa, más allá de que los tiempos (y los presupuestos) dictaminen otra cosa.

Si bien la idea de ahondar en la relación de estos tres hermanos (Antoin, Yesuán y Karla, hoy de 26, 21 y 13 años, respectivamente) nació hace un lustro, época en la que ambos directores estudiaban en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), no fue sino hasta finales del 2013 cuando el proyecto se materializó gracias a una iniciativa de crowdfunding o financiamiento colectivo a través de la plataforma Ulule.

“El objetivo del documental era explorar el luto familiar y los lazos de hermandad; siempre quisimos contar una historia intimista, universal; pero desde el crowdfunding la gente lo politizó, no había ni un plano filmado y ya nos decían castristas, anticastristas, pro-yanquis, comunistas”, afirma Leemans, directora y fotógrafa del documental.

“O hacíamos el documental fuera de la máquina o no lo hacíamos; si queríamos retratar la adolescencia de Yesuán y Karla, el cómo lidiaban con la muerte de su madre y la partida de su hermano, no podíamos dejar pasar más tiempo; fue entonces que dejamos de buscar financiamiento institucional y sacamos una campaña de crowdfunding”, cuenta a su vez, Mignon, defensor a ultranza del Do It Yourself. 

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La apuesta obtuvo su recompensa, pues una vez recaudado el monto necesario para la producción, los dos cineastas, apenas armados con una cámara de alta definición, emprendieron el viaje en el otoño del 2013 a tierras europeas. Siguiendo las ensoñaciones líricas de Antoin, cuyo repertorio operístico sostiene la cadencia dramática de la cinta.

Parque Lenin se devela entonces como una matrioska de delirios utopistas: de la “utopía mínima” que comparte un mismo proyecto de vida (además de colegas, Mignon y Leemans son pareja sentimental), a la evocación de un tiempo otro, el de los años felices y la inocencia perdida, representada en la disgregación de una familia cubana, espejo a su vez, de ese otro ensueño colectivo que amenaza con desvanecerse en el aíre: la anacronía de la Cuba castrista.

DESMONTANDO ESTEREOTIPOS

“Una imagen vale solamente por los pensamientos que crea”, aseguraba el filósofo francés Gilles Deleuze, para quien el cine, al igual que la pintura o la filosofía, es una plataforma que pone en juego emociones e ideas concretas, sustanciales, expresados mediante cierto tipo de imágenes-tiempo e imágenes-movimiento.

¿Cuál es pues el ideario que dota de sentido a Parque Lenin? Quizá el que no responde a ningún conjunto de imágenes estereotipadas de antemano; a pesar de su título, no busca el adoctrinamiento político ni simpatiza con una ideología en particular. Lejos de un cine de propaganda, aquí las ideas fluyen y las imágenes hablan por sí solas, desnudas, en silencio.

De la calidez e inmensidad del Mar Caribe a la frialdad y la blancura del invierno europeo; de la vivacidad dramática de las melodías entonadas por Antoin, en cuyo rostro se adivina el destierro, el extrañamiento y la nostalgia, a las polvorientas calles del barrio de La Palma, en donde los niños cubanos todavía juegan al futbol descalzos.

“Esa voz privilegiada [Antoin] viene de ahí, verdad, ¿en qué otro país, en un barrio tan jodido terminas siendo cantante lírico? El arte en Francia es para una élite adinerada, pero en Cuba puedes formarte como artista sin necesidad de plata. Si me das escoger entre nacer pobre en Francia o en Cuba, por favor, quiero nacer en Cuba”, confiesa apasionada, Itziar.

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Su postura es refrendada por la cámara; en Francia, sigue los pasos de Antoin, cantante negro y homosexual que deambula por paisajes y caminos descoloridos, nostálgico; en la isla, en la casa habitada por Yesuán y Karla, escenario de todos sus traumas, alegrías y conflictos, nos bosqueja un entorno claustrofóbico, arrasado por la ausencia materna.

“Para mí hablar de Cuba es hablar de política, de ahí que nuestro mayor reto fuera desvincular la política del relato, romper con todos los clichés y estereotipos alrededor de la isla, desmontar los prejuicios y el discurso reaccionario: Cuba no es nada más un lugar de sexo-turismo y miseria como piensa la mayoría de la gente”, agrega más atemperado, Carlos.

Reactivación del carácter político del arte y del cine latinoamericano; con Parque Lenin, en definitiva, estamos ante una poética del recuerdo que ahonda en el contenido irrepresentable, ominoso, de lo rehusado en la memoria, sea al nivel de las subjetividades, sea al nivel de la historia de las colectividades. ¿Cabe pensar algo más político que esto?

EXILIADOS DE SÍ MISMOS

“Y, después de todo, el exilio geográfico, físico, ¿no será un espejismo? El verdadero exilio ¿no será algo que está en nosotros desde siempre, desde la infancia, como una parte de nuestro ser que permanece oscura y de la que nos alejamos progresivamente?”, preguntaba con elocuencia el eterno poeta cubano desterrado, Severo Sarduy.

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Es el exilio en tanto modo de huida y reclusión interna, lo que nos da la clave para comprender esa elegía llamada Parque Lenin, filme cuya fuerza visual radica en una premisa básica: el reconocimiento del otro en uno mismo. Leemans, belicosa cineasta afincada en México, viajera francófona de sangre vasca, lo expresa mejor que nadie:

“Yo me fui de casa a los 17 años con un montón de prejuicios, sintiendo desprecio por los que no se atrevían a marcharse, por los que se quedan ahí, en el encierro. Yo era como Antoin, estaba muy contenta de huir de mi familia. Básicamente el documental aborda cómo se rompen los lazos familiares al marcharse.

“El País Vasco es un una región extraña, muy atada a sus raíces, marcharte es traicionar a tu tierra, a tu familia, los que se van son unos traidores. En Cuba sucede algo similar, pero multiplicado por mil debido a la cuestión política. Parque Lenin fue la ocasión para darle la palabra no a los que se van sino a los que se quedan, porque tienen un chingo que contar”.

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Si Parque Lenin existe es gracias a este juego de empatías, correspondencias y excavaciones emocionales, orquestadas en gran medida desde la experiencia nómada y trashumante del viaje, ya sea física-territorial, ya sea psíquico-interna. De ahí la centralidad de la memoria, esa “excavación” profunda del yo, a decir de Walter Benjamin:

“La película habla del cómo se van forjando, pero también resquebrajando, los lazos filiales, cómo un mismo recuerdo, el viaje a un parque de diversiones, es evocado de distintos modos: ya sea a partir de la necesidad de huir, de parte de Antoin, del sentimiento de traición, en el caso de Yesuán, o de la dicha eterna, reflejada en Karla”, complementa la idea, Mignon.

Caminar junto a dos medios hermanos por las playas perlinas del Mar Caribe. Dejar que las olas restallen contra la arena y afinen nuestros oídos. Zambullirse en las profundidades del océano ignoto de la memoria. Exhumar el pasado, confrontar la traición, conjurar el destierro, el trauma. Clavar la mirada en el horizonte, como lo hacen Yesuán y la pequeña Karla, cuyos negros y enormes ojos se pierden allí donde el mar es cielo.

¿A quién buscan? ¿Qué es lo que escuchan estos dos hermanos? Entonces, a lo lejos, proveniente del otro lado del Atlántico, el rumor de la brisa trae consigo un canto triste, un lamento. Es Antoin.

 

 

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