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Texto y fotos: Rachel D. Rojas / @racheldrojas / RNW

El Rafa bajó junto a su madre para mostrarle que la pista de patinaje era de plafón blanco. Vive a una cuadra del lugar, por la calle San Lázaro, en Centro Habana. “Si eso llega a ser de hielo con la poca agua que entra al barrio, no hay quien la aguante todo este mes. Los yumas estos se salvaron, porque la negra se pone pesaíta”, explica, refiriéndose a su joven progenitora.

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Nunca ha visto “ni granizo”, por eso el proyecto que el norteamericano Duke Riley trajo a la 12 Bienal de La Habana le entusiasma tanto. El artista vino a instalar una pista “de hielo” en una ciudad tropical, en un país que parece descongelar una pose de resistencia y avanza en el camino de la negociación, sin prisa pero sin pausa, con su mayor enemigo histórico. Viene a burlarse de los absurdos, a mostrar que si se puede patinar “sobre hielo” en La Habana todo lo demás es posible.

EL EXPERIMENTO

Para muchos, esa fue la primera desilusión: La pista no es de hielo. “Obviamente eso sería casi imposible con este clima, en este lugar”, dijo Riley a la prensa. Mientras, el material que simulaba el blanco congelado parecía derretirse bajo el sol del Malecón habanero.

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De hecho, ahí hay una pista: todos saben que es una idea muy poco probable, pero nadie quiso dejar de comprobarlo. Algunos, con disimulo, pasaron las manos por el suelo para cerciorarse de que “eso no es hielo, ni loco”. La incredulidad es, luego de tantos años repitiendo “no pasarán”, un estado bastante común por estos días. Y ahí está Riley para hablarnos de las más increíbles posibilidades.

Más de 200 pares de patines con una amplia variedad de tamaños reposaban desde la tarde en unos cajones de madera. “Hay cantidad con mi número”, dice Rafa, que habla de la oportunidad de experimentar. Nunca ha patinado en serio.

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“Una vez algún vecino me prestó unos lineares que le habían prestado a él, pero a los dos minutos me ‘destimbalé’. Mi mamá salió gritando que iba a romper los dichosos patines y no me dejó montarlos más”. “No eran tuyos”, le recuerda la mujer que le acompaña. La madre de Rafa tendrá unos 35 años; es hermosamente estricta.

“Vine temprano con mis socios y preguntamos cuánto costaba la entrada: No vimos el hielo por ninguna parte”, cuenta resignado. Luego los montadores le explicaron que era gratis, y que tendrían todo un mes en “La esquina fría”, como se titula esta intervención de Riley, para patinar cuanto quisieran.

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“Tenían un spray e iban rociando un líquido por toda la pista cuando estuvo armada. Mi papá me dijo que era para crear una capa como de gel y que los patines resbalaran mejor. Pero ahora veo que a cada rato le echan un cubo de agua al piso porque se reseca mucho. Mira el trabajo que pasa aquel chama para moverse”, cuenta Rafa y apunta con el índice a uno de los jóvenes del equipo nacional de patinaje, a quienes dejaron experimentar primero con los patines de filo metálico, parientes de las ruedas que conforman el imaginario cubano sobre ese deporte.

Rafa dice que al principio no entendió el asunto, “porque el hielo y el calor no pegan, de calle. Entonces pusieron la música de aquí y una pantalla gigante con videos. Ahí ya se parecía más a un ‘bonche’ del barrio. Pero como es un yuma y dice que eso es arte, se llama ‘instalación’”, agrega. La ironía de su expresión me dice que, si no de arte, con sus 17 años de política sí que entiende. Sabe, lo ha visto, que ahora son más los norteamericanos que transitan por sus calles, curiosos, explorando.

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EN SUS MARCAS, LISTOS… ¡FUERA!

Cuando el equipo nacional de patinaje abandonó el escenario, los niños, con sus tarjetas de menor en la mano, comenzaron a intranquilizarse, más. Habían esperado por horas. Uno de los ayudantes dijo que solo los pequeños entrarían. El Rafa no podría patinar hoy.

Primero les quitaron los zapatos, algunos entraban ya descalzos. Aparecieron unos paquetes sellados de medias blancas y repartieron un par por niño, no querían que terminaran con los pies lastimados por la rudeza del cuero. “Al menos se van con un par de medias nuevas”, dice una madre detrás de la reja de madera, de espaldas al cartel que avisa la devolución de todos los accesorios.

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Rafa desapareció entre la multitud de “chamas” que junto a él merodeaban los bordes de la pista para ver de cerca los patines, reírse de quiénes se caían o gritar a los de adentro “¡impúlsate el mío!”. Probablemente sepa que tendrá su turno.

La esquina se fue transformando. “Detrás del muro”, uno de los espacios de la Bienal que cada dos años asalta el malecón habanero, no es nuevo para los habitantes de los alrededores de Belascoaín y San Lázaro, con evidentes escasos niveles adquisitivos; ni para los visitantes, que todavía comentan de un enorme espejo que permitía que cada cual se observara contemplando el mar.

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Tampoco para Duke Riley son nuevas las intervenciones en comunidades con algún tipo de conflicto social. En 2007 fue arrestado por los guarda costas en Estados Unidos por un performance que criticaba el aburguesamiento de la zona de Brooklyn que bordea el puente, donde trabajaba realizando tatuajes. Con su proyecto de las palomas también rompió las reglas.

Es un contestatario, dirían en el barrio donde armó su Esquina Fría. Pero Duke Riley, ahora que está más cerca, es sencillamente quien trajo el patinaje sobre “hielo” a los niños de Centro Habana. Y quizás también al Rafa, aunque esta vez se haya cansado de esperar.

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Glosario del callejero:

Yumas: Extranjeros. Generalmente norteamericanos.

Pesaíta: En este contexto, que protesta, que se altera.

Me destimbalé: me caí, me di golpes.

Chama: Muchacho, niño.

De calle: Lógico, obvio.

Bonche: Fiesta callejera.

10 09

Raquel D. Rojas. Periodista cubana. Ocupada en una profesión que es también una manera particular de vivir y entender el mundo. Cargo con el cinismo mínimo como para no acostumbrarme al orden de las cosas, tan torcido ya. Agradezco la existencia de los libros y la música. Y cada día intento parecerme al consejo de mi abuelo, que decía algo sobre ser coherentes.

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