De la columna Negra y Criminal

Por Iván Farías / @ivanfariasc

La mirada enigmática y sensual de Mary Patricia Plangman nos ve a través de la lente de Rolf Tietgens. La chica tiene veintiún años; apenas la edad legal para hacerlo. Es hermosa y coqueta. Posa desnuda sin ningún tipo de pudor o de restricción. Cuatro años después se cambiaría el apellido por el de su padrastro: Highsmith.

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Patricia Highsmith, 1942, retratada por Rolf Tietgen

El fotógrafo alemán que la captó era gay, igual que Patricia. Ambos comenzaron a vivir una especie de relación heterosexual en la que jugaban a ser “normales” para evitar las miradas de la sociedad. Tietgens quería ser un fotógrafo artístico, pero pronto tuvo que abandonar esa pretensión al darse cuenta que no tenía el talento. Por el contrario, Patricia tenía miedo de escribir; creía que no podía hacerlo. Leía a Franz Kafka en voz alta y garrapateaba en sus cuadernos historias breves.

Patricia Highsmith odiaba al mundo, pero compensaba esto con esa hermosa sonrisa que se borraría con el tiempo y con su gran inteligencia. La América profunda que lo tocó vivir no le permitía ser escritora y muchos menos expresar su sexualidad abiertamente. Sus padres, texanos, tampoco veían con buenos ojos su vida disipada, sus amistades y la necedad de quererse dedicar a escribir.

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Patricia Highsmith, Hitchcock Gallery

Conoció a Marc Brandel, un narrador inglés con muy poco talento, en una estancia de escritores en la que coincidieron. Patricia todavía quería encajar: decidió intentar una relación heterosexual con él. Incluso fijaron fecha para la boda, pero Highsmith no podía abandonar sus apetitos sexuales, así que decidió meterse a terapia para intentar “curar” su homosexualidad. Brandel la llevó a Inglaterra a conocer a sus padres y eso fue lo único bueno que hizo por ella. Patricia quedó prendada del viejo continente, de su gente, de sus ciudades, de la libertad sexual que se respiraba y decidió que nunca más volvería a América: ese país que la odiaba.

Brandel escribió una novela burlándose de ella. La trama va sobre una lesbiana con ínfulas de escritora que hace guiones para superhéroes. Lo cual hizo Highsmith en los cuarenta para Golden Arrow, Spy Smasher y Captain Midnight, héroes de poca monta que pagaban las cuentas.

El libro de Brandel, The choise, y la primera novela de su prometida, Extraños en un tren, salieron al mismo tiempo, en 1950. La boda había quedo atrás. La obra de él no tuvo ningún impacto; la de ella fue comprada por Alfred Hitchcock para ser adaptada por Raymond Chandler y producida al año siguiente. Película y libro fueron un éxito. Patricia Highsmith por fin tuvo la libertad financiera para dejar de fingir algo que no era. Abandonó Estados Unidos y comenzó a vivir tórridos romances con mujeres millonarias alcohólicas, periodistas falsas o feministas radicales.

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Extraños en un tren, primera edición de Cresset Press en 1950

Sin embargo, su vida ya había quedado marcada por años de fingir: “La vida sin otra persona, la sensación de depresión de vez en cuando. Gran parte de la dificultad está en no tener al lado a otra persona para la que hacer un poco de teatro: vestirse bien, presentar una expresión agradable. El truco, a veces difícil, está en mantener la moral sin la otra persona, sin el espejo”, escribió en uno de sus diarios.

Su misoginia y su resentimiento por Estados Unidos permean toda su obra. No es extraordinario que su alter ego sea Tom Ripley, un psicópata bisexual de buenos modales, que lo mismo sabe diferenciar pintores renacentistas, que tararear sonatas del romanticismo o estrangular gente en el tren. La vida de este peculiar sujeto está contada en El talento de Mr. Ripley, La máscara de Ripley, El juego de Ripley, Tras los pasos de Ripley y Ripley en peligro. Todas editadas por la editorial española Anagrama y compiladas en un solo tomo de sus libros rojos.

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Tom Ripley, Patricia Highsmith, Anagrama

La saga de Ripley es crucial en la narrativa de Highsmith. Hay mucho de ella en él. Patricia, como su personaje, vive aislada del mundo porque lo desprecia y a la vez ama su belleza. Radican en pequeños lugares de Europa, disfrutando de la tranquilidad y modernidad del viejo continente.

El resto de sus novelas —muchas de ellas también publicadas por Anagrama, ahora en un hermoso formato negro con amarillo— recurren a su esplendorosa prosa; a su particular manera de ver al género humano, sin caer nunca en dramatismo fácil o en clisés sobados. Nunca hay sexo gratuito (es más, nunca hay escenas explícitas de sexo) y el enigma que plantea va más allá del burdo ¿adivina quién?

En una de las últimas fotos de Patricia la vemos envejecida, su cara ha perdido la belleza de la juventud, y abraza a un gato. Criaba caracoles en su jardín y había dispuesto que la enterraran en Suiza. Había dejado de fingir. Ya no le importaba lo que pensaran de ella. Murió el 4 de febrero de 1995, en Locarno.

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Patricia Highsmith al final de su vida

 

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