Texto y fotos: Raúl Campos / @snarulax

“Grabé en la penca de un maguey tu nombre, unido al mío, entrelazados, como una prueba ante la ley del monte que allí estuvimos enamorados”. La primera estrofa de “La ley del monte” —escrita por José Ángel “Ferrusquilla” Espinoza y popularizada, en 1976, por Vicente Fernández en un filme del mismo nombre— no solo es uno de los elementos más representativos de la cultura popular nacional, sino que también forma parte de la idiosincrasia mexicana, quizá no desde tiempos inmemoriales, pero sí al menos desde que el nombre del país comenzó a ser sinónimo de ombligo lunar.

Muchas veces cuando un mexicano se enamora (sea el sentimiento correspondido o no), y que generalmente (aunque no necesariamente) se encuentra en el rango de edad de lo que antropológicamente se podría llamar como secundario y prepo, posee el impulso de hacer pública la descarga de dopamina, norepinefrina y feniletilamina que por los próximos meses nublará su juicio. En estos tiempos “modernos” es seguro que lo hará mediante un post que Facebook le recordará cada año hasta el final de su existencia, pero en épocas antañas nuestros abuelos, incluso nuestros padres, lo hacían al estilo de “La Ley del Monte”.

fotos de magueyes

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No obstante, esta pintoresca costumbre aún se niega a morir: solo basta ir a cualquier sitio que tenga un maguey y una vigilancia mediocre para ver desde corazones pobre y nerviosamente plasmados a punta de pluma, hasta nombres y/o iniciales de parejas (o tríos) enlazados por un signo de más o un 4 ever.

No se sabe con certeza desde cuando se hace esto, pero algo es seguro: el acto de grabar tu nombre con el de alguien, sea en el soporte que sea, es un acto anónimo de legitimación y de reafirmar ante la sociedad que el amor entre los implicados es real, puro y capaz de trascender las barreras dimensionales del espacio-tiempo a las que nos limita esta existencia matérica. O al menos hasta como dice la canción: “Ahora dices que ya no te acuerdas, que nada es cierto… que son palabras”.

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¿Y qué sucede cuando el amor perece (al igual que las pencas tras semejante mutilación)? En lo que respecta a la relación, quien sabe. Al respecto Chente canta: “Se te olvidaba que el maguey sabía lo que juraste en nuestra noche, y que a su modo él también podría recriminarte con un reproche”. Supongo que al maguey le viene importando más de seis kilos de tronco.

Quizá el amor muera, pero no las runas que en algún momento lo sellaron. Estas se tornan una especie de pintura rupestre contemporánea que, en vez de avisar sobre la abundancia de mamut en la zona, marcan los remanentes de un romance fallido o un rapidín.

fotos de magueyes

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Es curioso que estos mensajes se graben generalmente en cactus o agaves, probablemente sea por la forma en que las plantas cicatrizan tras las heridas, aunque el hecho de que sean entidades que como método de defensa poseen espinas me hace pensar puede ser una alegoría a lo doloroso y peligroso puede llegar a ser el amor.

Como sea, estas son fotos de algunos vestigios del querer con los que me he topado durante mis vagancias por la ciudad. ¿Esas historias de amor se habrán consumado? Ni idea, pero si usted se reconoce en alguna de ellas por favor háganoslo saber y cuéntenos su historia. Si la persona que lo llevó a dejar su marca en la inofensiva planta sigue siendo su pareja, buscaremos a Chente para que salga de su retiro y le cante una versión de La ley del monte menos ardilla.

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Editor Yaconic

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