Levanté rápido la mano cuando el guía del ferry preguntó si alguien quería bajarse. Lo hizo como una broma porque tanto él como el resto de personas aquí juraban que íbamos camino al paraíso. Por eso estallaron en risa y creyeron que bromeaba. No, de verdad quería bajarme. Estaba camino a la perdición absoluta. Cho llevaba conmigo semanas y ya me había presentado a sus padres, sus amigas de la infancia y a su abuela Jiao, una pionera trans en Japón.

Lee la primera parte de este viaje: Kanamara Matsuri, encontrando a mi glande para hacer un Kame Hame Ha 

Ilustración @wonkslomeli

Íbamos camino al parque Haesindang. ¿Qué tiene de especiales? Pues más penes, muchísimos. Y toda la gente conservadora llena los ferrys que llegan a Corea del Sur, porque a falta de porno, este museo de penes de madera y piedras es algún tipo de manjar para la imaginación. Ya tenía rato pisando con la nipona de piel amarilla. Un par de semanas, tal vez un poco más. Debo confesar que cada vez menos y con menor intensidad. No eran suficiente sus nalgas pálidas como el mármol de la casa de Kento, su padre adoptivo. Se apagó una chispa que nunca encendió del todo y yo moría por regresar a México. No soportaba el calor, ni la mentira.

Para llegar al parque encallamos en la playa de Sinnam donde un sol de más de 38 grados nos hacía carnita asada la nuca. De ahí Cho insistió en pasar a comer a un localito llamado Huat. Cuando entramos y ella se fue al baño, miré mi teléfono: cuarenta llamadas perdidas de Nina, la diva panameña. Debía estar fúrica, echando lumbres y convocando infiernos por las semanas en que la estuve ignorando. La última vez que hablamos le rogué por que me regresara al país, dijo que lo pensaría.

Como Cho es tremendamente dependiente, no he podido pasar más de quince minutos solo. Así que no puedo contestar el teléfono para arreglar mi regreso a México. Y cuando pensaba escribirle a Nina, Cho ya estaba a un lado mío, viendo qué hacía en el celular. Como no sabe ni un polvito de español, no supo que rogaba salir de ahí. Comimos un pollo agridulce en un plato que olía a cloro. Últimamente todo me sabía a cloro. Cho pasó de tener un olor a durazno a tener un aroma a desgracia. No quería seguir engañándola a costa de su dinero. Para eso estaba Nina.

Así que tomamos un taxi hasta el parque Haesindang. Dentro me mentalicé a no ser grosero y hacerle pasar hoy la mejor de las noches a Cho. Mañana mismo me escaparía de ella, seguramente encontraría a Minji, la exesposa de un amigo hacker que vivía en la provincia de Busán. Su familia se dedicaba a la falsificación de celulares y seguro me prestaría dinero a cambio de una plática sobre lo horrible que había sido su marido.

Entramos al parque y el sonido de las olas era tan fuerte que apenas escuchaba las explicaciones de Cho sobre el tema. El sitio estaba atascado de monumentos al falo. Pero no solo al falo japonés, también al falo nórdico, al falo británico y al falo mexicano. Realmente ese sitio no eran solo troncos con formas peneanas, eran un verdadero conjunto de homenajes a las vergas que dieron forma y estructura al mundo moderno.

Ilustración @wonkslomeli

Recorrimos las tripas del parque como queriendo encontrar la gloria en cada tronco. Hay cincuenta penes en todo el lugar, y cada uno intenta decirnos que la fertilidad nos ha traído aquí. El gusto por jadear uno encima de otro nos ha conectado con este paisaje lleno de curiosos con los cachetes rosados. Un pene con forma de tótem es el favorito para sacarse una foto presumida del trayecto.

Todos estos falos funcionan también como propaganda, me cuenta Cho. Hay varias parejas de jóvenes coreanos caminando por acá y la impresión de tanta verga seguramente les hará llegar a casa a ensartarse. Las familias no tienen más de un hijo, me dice Cho, por eso el parque es una especie de afrodisiaco para que se coja más en un país que está demasiado ocupado con el anime como para inyectar veneno en el conejo.

Ilustración @wonkslomeli

Algo ahí te hacía sentir glorificado. Como hombre estaba ante una zona colosal: algo que me encendía cierto poder en la entrepierna. El sonido de las olas se hacía cada vez más fuerte. Las corrientes de aire le sacudían la melena a Cho y me agitaban el bigote al punto de ladearme la cabeza. Cada uno de esos penes me hacía pensar en el poder que alberga un cuarto de chorizo. Mi entrepierna empezaba a agitarse. Algo cósmico estaba pasando.

El universo estaba emitiendo una señal a través de este parque encantado que entraría por mis ojos y terminaría por ejercer dominio en mi verga venuda mexicana. De repente salí corriendo por la cantidad de energía que sentía dentro de mí, hasta que mi cara se dio de frente con un pene de madera negra. La estatua de dos metros de largo me tumbó tres días en cama.

Tenía la nariz quebrada y un ansia increíble por contarle a Nina lo que me había pasado. Algo cambió, definitivamente. Quería llegar a hacerle el oral más poderoso del siglo. Quería llegar a abrazarla por la espalda y que me contara todos los chismes de su familia. Quería decirle que ese montón de palos de madera coreana habían despertando una cortesía que jamás pensé conocer. Quería decirle todo…

Así que marqué a su teléfono y contestó de inmediato. No dijo nada hasta que terminé de contarle mi experiencia. Dijo que lo mismo le había pasado a los novios de sus amigas y de las amigas de su madre. Que por fin podía regresar a cumplir, no solo en la cama sino en la vida. Así que salí volando al país con los poros de la nariz llenos de algodón y los ojos morados por el golpe.

Ilustración @wonkslomeli

Cho jamás me buscó. Nina fue durante años una esposa perfecta, hasta que llegó un otro wey a cambiarle por novena vez la vida. Cuando mis encantos como esposo sumiso la arrutinaron, un monje loco de Veracruz le dijo que la solución al mundo no es un hombre sometido, que lo ideal era casarse con una bestia de la selva. Así que el último chisme que me llegó de ella era que había conocido un hermoso jaguar joven en Calakmul, un pueblito en donde yo y mi verga no cabíamos.

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Dekis Saavedra

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