Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Vaya trabajo este, Who I am: memorias, francamente revelador. La clase de autobiografía que, lejos de engrandecer mitos, enterrar errores y buscar la autocomplacencia, pone al firmante como lo que es: un puñado de huesos, músculos y sentimientos que un día alinea empeño y genialidad para edificar obras trascendentales, inmensas, de calibre planetario; y al siguiente se las arregla para, sin un asomo de vergüenza, cometer falta tras falta y caer en el arrebato, cual escuincle sedicioso en medio del recreo. Visionario y anárquico, un hombre a la deriva acompañado de su guitarra y sus ideales: así fue, y es, Pete Townshend (aunque al final de este texto intente sacudirse la incertidumbre y se muestre como un sujeto más o menos maduro que se acerca a comprender de qué se trata la vida).

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Pete Townshend jamás sufrió por falta de dinero; lo que le faltó fue atención, la atención de sus padres, para ser exactos, durante su infancia. Y es justo ahí, a lo  largo de su niñez, que arrancó la relación del inglés con la soledad y la incomprensión, pero también con el alcohol, pues sus padres eran bebedores de carrera larga. Desde pequeño Pete alucinaba, literalmente, con música; escuchaba orquestaciones fastuosas gracias al vaivén acuoso del Támesis. Empezó a tocar la armónica, pero tras ver “Rock around the clock” se colgaría la guitarra. Pronto formaría a The Who y, armado con una Rickenbacker y una pinta de gandalla arrogante, lideraría a la pandilla mod desde el club Marquee, arropado con un sonido salvaje que iba más allá del rhythm and blues tan en boga en aquella era. ¿Cómo sonaba The Who entonces? ¿Cómo una caterva de proto punks ansiosa por tragarse al tiempo? ¿Cómo una pandilla de hooligans con ansias de destrucción? ¿Cómo los Rolling Stones, los Yardbirds y los Animals juntos, pero pasados de anfetaminas, excedidos de vatios y con ganas de hacer añicos sus instrumentos? Algo así.

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Un rufián del rock. Así se califica a sí mismo el propio Townshend. Y aquélla se asoma como la mejor definición posible para un tipo que pagó autos, tragos al por mayor, viajes, guitarras, amplificadores, equipo de grabación, residencias y barcos sin temor a encontrar vacía su cartera. Numerosas son los recuerdos de sus años de lujuria juvenil (atención a las anécdotas con Clapton, Hendrix, Jagger, Bowie, Zappa, Springsteen, Lydon y otros más) plagados de destrucción y arrogancia; sin embargo, resulta sorprendente encontrar que el firmante se advertía un tanto distante si de explorar el terreno de las groupies se trataba, así que los capítulos de desenfreno sexual —así como los relativos a drogas ajenas al alcohol— regularmente se los deja a Roger Daltrey, John Entwistle y, obviamente, al pirado de Keith Moon (el descontrol de las fiestas de cumpleaños del baterista y su caótica vida diaria son bien relatados en el libro). Y aquí vale mencionar los pasajes sexuales turbios que Pete vivió a lo largo de su niñez y que, a la larga, lo llevarían a investigar lo relacionado con el abuso de menores (que más tarde degeneraría en un escándalo que lo  pondría en el ojo público).

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Talentoso y ambicioso, indiscutible motor creativo de los Who, Pete comandó el levantamiento de piezas de altura celeste como Quadrophenia y Tommy, himnos pop del forje de “My generation” y “I´m free” además de álbumes sin desperdicio como Who´s next, e incluso incursionó con éxito en el mundo editorial. No obstante, como cualquiera, vivió desencuentros amorosos, numerosas dudas amatorias de desenlace infeliz; sobrevivió a la vida familiar, tras casarse y tener hijos; intentó dejar de beber, y recayó en diversas ocasiones; mintió,  y después pidió perdón para volver a mentir; hirió, fue herido; y también vio morir (asombra la parquedad con la que relata cómo recibió la muerte de Moon para decidir continuar con el grupo; contraste total con la forma en que confrontó el fallecimiento de John). Él mismo advierte que la cumbre del cuarteto que le dio fama tuvo lugar durante su presentación en Woodstock, que algunos de sus sueños jamás llegaron a materializarse a nivel escénico (teatro, animación) ni sónico, y también apunta que vaticinó el arribo de la era del internet (con el proyecto Lifehouse) mucho antes de que nos transformáramos en unos zombis sin criterio, dando clics al por mayor.

Sin vericuetos estilísticos, dueño de una fluidez verbal sencilla pero adictiva, el de los brazos de aspa, el del rendimiento físico inquebrantable sobre el escenario, el gurú de la destrucción de bulbos, acero, bocinas, pastillas y madera, deja al final de esta obra una carta dirigida a sí mismo, al niño que alguna vez contó con ocho años de edad; una lectura cruda, sangrante, para tipo duros de verdad. Tras repasar dicha misiva, quien esto escribe cerró el libro y, luego de dar un largo suspiro, corrió a escuchar el Who´s next para luego ver Tommy y finalmente repasar el blu ray de Quadrophenia en directo desde la Wembley Arena. Todo con el volumen a tope, por supuesto. “Disfruta la vida. Y cuidado con lo que deseas; recuerda que puede que lo consigas”, se dice Townshend a sí mismo en aquella carta que reta las leyes terrestres, desde la perspectiva que ofrece haberse quedado con ganas de muy poco en la vida. Y uno no tiene más que voltear a verse al espejo, sin poses, sin ansías de mentirse, para preguntarse por enésima vez, con los ojos bien abiertos mientras los dedos repasan los pómulos: ¿en qué me estoy convirtiendo?, ¿ahora quién soy?

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Who I am: Memorias. Pete Townshend. Malpaso Ediciones, España, 2012. 569 páginas. Traducción de Miquel Izquierdo.

Editor Yaconic

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