Por Rolando Vieyra Solares / @VieyraSolar

Ilustración: Juan Carlos Jímenez

En enero de 2016 acudí a un departamento con grandes ventanales en la calle Frontera de la colonia Roma. Me gustaría decir que estaba completamente destrozado por la vida; hacerme pasar por un tipo rudo e intrépido que conoció el muro más grande y se rompió la cara; o que era un personaje molido a palos y a dos pasos del suicidio. Pero no. Esa época de expulsar a los lestrigones, a los cíclopes de mi odisea; es decir, sacar las bolsas de basura que ya llevaban un buen rato acumulándose en el patio trasero de mi sistema límbico o en donde se encuentren todas las porquerías emocionales que uno lleva en su existencia.

Cuando entré al departamento me recibió Frank, un pintor mexicano crecido en Nueva Orleans. De padre inglés y madre australiana, en sus brazos llevaba a su perra Caperucita. Me presentó a dos tipos maduros que parecían padre e hijo, pero que en realidad eran amigos. En un sillón estaba sentada una anciana huichola, que después supe era la chamana (marakame), cubierta por un manto colorido. Atrás de mí llegaron un niño de once años y su hermana de ocho, dejaron unas velas en el piso, alrededor de un altar con flores y una imagen que nunca vi, pero que estoy seguro que era de la virgen de Guadalupe, quien guiaría nuestros pasos por el camino del peyote.

peyote yaconic cronica

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Las instrucciones que me dio Frank para participar en el ritual fueron claras: tenía que venir sin haber probado alimento por lo menos en ocho horas; sin haber consumido ningún tipo de drogas o de alcohol en por lo menos 48; llevar una manta, almohadas y ropa cómoda, y tener una cubeta a la mano para mi vómito. El ritual duraría de las ocho de la noche hasta las tres o cuatro de la mañana, por lo que debía de llevar alimento para desayunar y una cerveza para aligerar el efecto del peyote.

Cada uno de los asistentes siguió al pie de la letra las reglas de Frank y ocupamos un lugar en el piso de madera del departamento. Yo me senté enfrente de un cuadro pintado por Frank que representaban a tres mujeres. Me recordaban el baile de las tres Gracias del cuadro de “La primavera” de Sandro Botticelli. Pero las mujeres que había pintado Frank eran distintas. Llevaban una especie de máscara de cisne, sus cuerpos desnudos tenían tatuajes de símbolos prehispánicos, un fondo brumoso en azul, con frases en latín escritas con un color dorado. Creí que podrían hacer de mi experiencia algo sensual y placentera, pero más adelante verán que no tuvieron lugar en ningún momento del recorrido.

Éramos ocho participantes, mitad mexicanos, mitad gringos. Fue entonces cuando aparecieron otras tres personas más. Dos hombres vestidos con manta y huaraches; uno de ellos, con un sombrero adornado con plumas y chaquira, y detrás de los dos venía una mujer. Los huicholes habían llegado a la Roma. Llegaron, como llegó Williams Burroughs en 1951 con su esposa Joan Vollmer Adams, para vivir una experiencia homicida.

Los huicholes llegaron a la Roma como llegó el terremoto de 1985 a terrorificar a sus habitantes, como, luego, llegó esa oleada de gentrificación con sus inquilinos sofisticados y a la moda. Los huicholes llegaron a la Roma para realizar un ritual en la comodidad de un departamento, sin el frio de la sierra; sin experimentar el otro viaje, el viaje que hicieron los beats ansiosos de abrir las puertas de la percepción. Esos extraños, sucios y mal vestidos que acamparon bajo las estrellas y vieron las manecillas del reloj conjugadas en tiempos infinitos. Así es: nosotros no hicimos ese viaje. Los huicholes llegaron como cuando se pide una pizza: servicio a domicilio, con sus plumas y el maíz.

El ritual comenzó con media hora de retraso. Mario, la segunda voz en la jerarquía familiar (la primera era su madre, la anciana), nos dio una breve introducción del significado del peyote en su comunidad y nos especificó que es un medicamento y sirve para tal efecto. Por lo que nosotros éramos pacientes que estábamos ahí para ser curados de alguna enfermedad. Mis primeras ideas sobre el sentido del peyote no eran equivocadas. Las ceremonias, en cualquier tipo de cultura, tienen el fin de trascender y superar un ciclo de la vida de sus asistentes.

Mientras escuchaba a Mario, en mi mente surgían imágenes de ceremonias tribales que había visto por Discovery Channel, desde la circuncisión de los aborígenes australianos hasta el de los Sateré en el Amazonas. Pero mi experiencia no seguía esa trayectoria: su endulzamiento la volvía líquida, fácil de digerir. Lo comprobé cuando inició el ritual.

Después de las palabras de Mario se apagaron las luces y se encendieron las velas. La madre de Mario nos entregó una espiga en la que debíamos hacer cinco nudos. Una vez que lo habíamos hecho, las recogió y frente al altar pronunció unas palabras en su idioma, limpió las espigas con un cetro adornado con plumas. Luego Mario nos llamó para beber el peyote que habían molido y mezclado con agua con cacao para que fuera menos amargo al paladar. El peyote líquido estaba en una jarra de cristal que sostenía el cuñado de Mario, el hombre con sombrero. Nos arrodillamos frente a él, mientras que Mario nos rodeaba con una humareda de copal, su cuñado nos servía. La anciana mojó la base de una vela morada con el peyote líquido y la pasó por el frente de nuestras muñecas, justo en las venas, y nos puso unas gotas en las mejillas. Volvió a pronunciar algunas palabras en su lengua y bebimos el peyote. Realizamos este procedimiento tres veces durante la noche.

Pero fue hasta la segunda ingesta que me hizo efecto. Me senté mirando el cuadro de las tres Gracias de Frank, mientras la familia de huicholes hablaba entre ellos sin prestar atención a sus pacientes. Trataba de descifrar su conversación por los gestos y la entonación que hacían. Al principio creí que hablaban sobre la preparación del peyote líquido; en seguida, de cosas triviales y cotidianas. Al poco tiempo ya no podía sostener los ojos abiertos. Cuando los cerré comenzaron a cantar. El hombre del sombrero tocaba el violín, Mario y su madre cantaban. Yo movía la cabeza de un lado al otro, sentía pequeños espasmos y las imágenes en mi mente comenzaron a desfilar.

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Lo siguiente que me ocurrió fue una especie de ensueño; un trance que pueden tener las personas que sufren una fiebre altísima. Podía abrir los ojos y estar consciente de lo que ocurría a mí alrededor. Me sentía como en la escena en que Mickey y Mallory, personajes de Natural Born Killers, entran a la cabaña de un viejo indio y son trastocados por su canto. En la mente de Mickey pasan recuerdos de su infancia, acontecimientos que se han ido acumulando en su memoria y que lo han hecho lo que es: un asesino. En mí ocurría algo similar. Vi a mi padre con mi rostro y lo negué. Era el fracaso que venía a mí con un traje hecho a mi medida, un traje genético del cual quería deshacerme y reducirlo a las cenizas. Deseaba que las plumas de águila barrieran ese polvo que se pegaba a mí muy seguido. La escoria se me adhería al rostro, amoldando una actitud derrotista, débil y vanidosa. No la quería en mí. No más. Vete. Vete. Vete, decía y los cantos de la marakame me acompañaban.

Luego vino a mi mente la mujer que amo: brotaron pasajes de nuestros días juntos, de las bromas y los besos que nos dábamos. Una historia de Las mil y una noches. Esa sensación de bienestar pronto se reflejó en mi rostro. Reía de felicidad, de haber encontrado una cómplice con quién poder compartir un amor que podría ser leyenda. Pero de pronto, en mi mente, el cielo se partió y vino a buscarme un hombre sin rostro con una moto negra que me murmuró una sentencia que repetí para mis adentros. Ese hombre venía con un aire de muerte. Ese hombre era yo, un motor rugiente, una moto negra corriendo por un camino estelar y nocturno, en la senda confusa y magnética de los poetas, diría Roberto Bolaño.

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Terminó la noche y me quedé dormido. El frío de la mañana me despertó. Frank se acercó a mí, conversamos un poco sobre nuestra experiencia, le di las gracias por haberme invitado a un acto así. Los amigos que parecían padre e hijo también se levantaron. Ninguno de los dos sintió el efecto del peyote. Quizá creían que el peyote debería comportarse como un ácido. Los compadecí y me despedí de ellos. Afuera, el sonido de una moto me llamaba; un rugido lleno de furia y verdad; un sonido con el que los caminos se abren, ese sonido que sólo algunos escuchan; un sonido que no quería hacer esperar más. Ese llamado que junta a los poetas.

Editor Yaconic

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