El siguiente cuento es parte del libro Encore. Cuentos inspirados en el rock mexicano (2015), antología de relatos editada por Resonancia Magazine que reúne el trabajo de 19 escritores en torno a la vida y obra de bandas y figuras icónicas del rock nacional. Con el permiso de los editores reproducimos el relato del músico, periodista y escritor Armando Vega-Gil.

Por Armando Vega-Gil / @ArmandoVegaGil
Ilustración: Miguel Ángel Platón y LSD Estudio

—Al rock mexicano no lo parió Dios ni Huichilopoztli, ¡lo cagó el Diablo cuando se le salió un pedo escoltado! —gritó Güeva Vil parándose en una frágil mesa de Corona y, claro, como ésta fuera diseñada para jugar dominó y no pa pódium de autocompasivos, el idiota se fue de nalgas: madrazo choncho en la nuca y el cóccix. ¡Tock!, sonó tan hueco como su hueca aportación a la cultura mexicana.

—¿Le hablamos a la Cruz Verde? —pregunté al aire con ingenuina preocupancia, pues el güey se puso a bailar break dance en el piso con estupendas contorsiones y muy apestosos a bilis espumarajos por la trompa.

—No hay pedo —respondió una de las ficheras del finísimo y ya citado congal donde noche a noche chupábamos charanda—, le está dando un delirium tremens —me aclaró con una correctísima declinación en latín—, orita va a comenzar a gritar que lo persiguen ratas, arañas, perros rabiosos, directores de secciones culturales y críticos de rock; pero se le pasa de volada, si le pones unos hielos en sus güevos de él.

Como esto a mí me provocara ascote (¡sus güevos de él!), le di veinte varos a la suripanta para que le helara los tanates al Armiados, quien de golpe se incorporó con las pupilas dilatadas como adolescente en tacha.

—Es mil novecientos ochenta y tres —habló luego de cañona regresión por el túnel del tiempo—, el rock mexinaco no conoce de representantes ni mánagers; las disqueras transanacionales no se atreven a grabar discos de rock nativo; Televisa aún no descubre que esta pinche música es un buen negocio, pues porque todavía no lo es; ni existen rockotitlanes ni luccs ni hard rockes ni bulldogs pa que toques: tu única oportunidad de sobrevivir es interpretar cumbias o ir a los hoyos fonquis a rifarte el físico. ¡Ah!, pero ni sueñes con el éxito ni el glamour, no alucines con MTV ni con portadas en Tiempo libre, que al hoyo funk nomás te va a ver la banda, culero, que aquí no bajan los de la clase media porque son reputos pa los putazos. Aquí las grupis que te puedes ligar no son modelos argentinas con camisas blancas Guess y Calvin Klein Jeans, sino unas cuantas chimuelas con aliento a thíner que, en el muy remoto caso de que te las llegaras a enchipoclar, no te pegarían Sida, sino condilomas u hongos colorados y uretritis de esas que cuando haces chis te arde el chile (¡no chille!) como si deyectaras vidrios molidos.

“Es domingo en la tarde, y un siniestro empresaurio jurásico prometió pagarte cuatrocientos varos, y llegas al hoyo de Balderas que no es otra cosa que una bodegota vacía franqueada por un edificio a medio demoler, con un terregal tuberculoso que levanta el viento de febrero y se te amorcilla en los ojos. La taquilla es un carro-como-de-guaruras estacionado junto a la entrada. ¿Por qué un coche-taquilla, con los vidrios polarizados, sin placa y con el motor siempre encendido?

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Portada de Encore, por Fabien Castro

”Como no tienes más que un apachesco secre (puedes llamarlo roadie paque te sientas rockstar chido gabacho), tienes que cargar a lomo una de las dos bocinotas despedorradas de cien guats que usas para que te ‘oigan’ los dos mil panchitos que están allá adentro apretados como muelas de cocainómano. Y no me salgas con exquisiteces de diva del rock: aquí no hay consolas digitales de 36 canales con ecualizador gráfico, periféricos y poderes de 1000 guats, confórmate con un chingado cajón Radson pa dizque amplificar nomás las voces, y trépale un chingo al ampli paque al menos te oigas tú y te vueles los tímpanos, que más vale decir ‘sonó ojete, pero hubo retumbancia’.

”Al güey que te contrató sin contrato, de lente negro, esclava gorda de oro y grande panza, le dices que si te da el adelanto que te prometió pa que te subas a tocar; mas el puercototote te pide que lo aguantes, ‘es que todavía no sale, brodi’, y te repromete que en acabando el toquín te va a dar tu lanita. Piensas: ‘¿Cómo que todavía no salió?’, mientras ves unas colotas de chavos punkis con chingos y chingos de monedas de a varo previamente atracadas a albañiles anémicos que ahora no tendrán para invitar sus dos tacos de canasta y su entrada al cine (pa manosearles la alcancía pelona) a sus novias-sirvientas en asueto dominical: las esclavas de los esclavos.

”En entrando ves a los pinches changos de seguridad, que no van uniformados de negro y rojo como bullgods-security-guards ni tienen walkie talkies de diadema, sino que son unos pinches marranos armados con bats y garrotes, y tienen cara de madrinas de la PGR y también llevan su lente negro Ray Van. Ellos estrujan a los punquetos pa que no metan mota ni chemo. Al que encuentran con algún carrujo de guarumo, lo suben en calidad de jerga a un cuartito, le dan sus vergazos en las piernas y en el lomo; le bajan toda la feria que trae (‘si no trais feria, presta la chamarrita, ñero’), y lo corren del hoyo funkie a patadas por las nalgas, que al fin y al cabo ya pagó su entrada. Pero aluego ves que adentro hay otros panzones de lente negro vendiendo la misma mostaza que han incautado a los incautos: negocio redondo.

”Pero no sólo mota, ahí en el hoyo puedes comprarte unas bolsas de plástico con cerveza rebajada con agua puerca, y botellas de Frutsi con una untada de Resistol 5000 pa que te pongas hasta el fundillo de pendejo y sientas que las venas de la choya se te van a reventar como globo de parque y que te va a llevar la verdolarga, mientras lo único que alcanzas a escuchar de la banda de Rock Nacional que está tocando es un puro revotadero de tamborazos y guitarras afinadas con las nalgas.

”Piensas que de seguro alguna morrita te va a pedir un autógrafo o que le regales una plumilla (de esas que vienen en saco), que le des un beso en su hociquieres y te saques una foto instamátic con ella; pero eres menos que un gargajo (¡jjjjok chu!) y, en lugar de eso, una cabrona se pasa de chorizo, te agarra de los balines para decirte con su aliento a activo ‘¡uy, qué chiquitos tus huerfanitos!’, y te los exprime con muy mala madre, y un cabrón con pelos de mohicano te aplica un soplamocos ‘¡pa que se te quite lo culero!’, y otro te pica tu hoyo fucking. Encima todos se cagan de risa porque no puedes hacer nada para salvaguardar tu emputecida hombría, sobre todo porque traes las manos ocupadas con el estuche de tu lira y tu ampli.

”Llegas a back stage y chapoteas una laguna de miados con cagada y kótex costrudos que rezuma el baño popular unisex. Tienes que subir al escenario vuelto madre y tocar sin sound check porque abajo ya te están gritando con esa inflexión barriobajera que sólo el cemento pa zapatos sabe acuñar: ‘¡Órale, órale cabroneeeeeeeees, hijos de su pinche madreeeee!’ Un gentleman de Santa Cruz Meyehualco advierte: ‘¡Se discuten chido o les damos baje con el equipo!’ Y el stage son unas tablas de construcción, con restos de Apasco y clavos parriba, montadas apenitas sobre tambos de petróleo. Como no hay monitores, pegas de alaridos, no porque el rock sea un grito de rebeldía, sino porque no te oyes un carajo ni sabes si abajo te están entendiendo, y a la tercera rola ya estás afónico, que de por sí cantas de la chingada de ojete y desafinado; pero de esto ni cuenta te das porque no hay luces en el escenario, apenas un foco de doscientos guats, de esos que se usan pa mantener calientes las carnitas estilo Puruándiro.

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Ilustración por Miguel Ángel Platón y LSD Estudio

”Hay que tocar empinado porque el techo de la bodega lo tienes sobre la nuca y no puedes dar tus ridiculeros saltitos dizque a la Pete Towsand, y te empiezan a chorrear goterones saladitos por la cara; pero no es el sudor del prendidón, es el vaho con choquillo de dos mil hocicos que hacen del hoyo funckozo un sauna porque no hay aquí ni una puta ventana por donde se ventile tanta alitosis asfixiante, tanto hedor a patas, culo y sobaco (¡pacuso!). Piensas: ‘Si hay un incendio nos vamos a carbonizar todos, porque ni madre que hay salida de emergencia, nomás esa puertita al fondo por donde se hacen bolas una bola de güeyes que quieren entrar.’ Entons, a media reflexión sobre seguridad civil, un güey se saca el pito, comienza a mear, y todo mundo se hace a un lado y el meón está meado de risa, y tú ves su fuentecita de chis recortada contra una luz de fondo. Por allá se desata una madriza que rapidito es conjurada por los de seguridad que reparten batazos sobre las cabezas. Ves sangre, mucha sangre, y ahora son los de inseguridad quienes ríen al sentir cómo crujen los huesos de la perrada: ‘¡Ora, hijos de su chingada madre!’

”Y cuando acabas de tocar nadie te aplaude, nadie te pide ¡otra-otra!, los únicos que te pelan es nomás pa decirte ‘¡sácate a la verga, pinche chango apestoso!’, y te escupen uno que otro gallo gripiento con sangre y mocos (de esos que al secarse cristalizan chido). Por fin sales del music hall entre empujones y nuevas picadas de ano y soplamocos, con la esperanza de cobrar; pero no encuentras el carro-taquilla: resulta que el empresario ya se peló con todo y tu lana. Los de seguridad también se están escabullendo como ratas de Titánic, y lo peor: el grupo que seguía en la programación ya no va a tocar… ‘¡Que regresen la lana de las entradas!’, grita el público enfurecido y se arma la campal entre Ramones y Buk’s, y tienes que escapar en chinga porque ahí viene la tira pa hacer una razzia y sacarles los últimos pesitos a los sex-panchitos-punk.”

Armiados terminó de hablar y, apenas se inclinó tantito, como para recibir aplausos, de nuez se fue de hocicos al suelo. Entre gachas convulsiones de epiléptico espumoso, gritaba que lo perseguían chavos banda encabronados. Ahí, luego de oír su patética crónica de cómo había que rifársela en los setenta y los ochenta, si es que querías ser roquero, me dio un leve de lástima y asquito. Le iba a pagar otros veinte varos a la enfermera-Barbie-puta-en-el-congal para que le echara hielo en sus boliñas, pero recapacité:

—¡Que se chingue! Me caga este güey cuando se pone de amargado y me restrega en la jeta “todo el grande sufrimiento que tuvo que cargar, la cuota de sangre, cagada y pelos pagada por los de su generación, pa que las bandas de hoy nomás estiren la manota y cosechen lo que otros sembraron”. ¡Falso, puñalón! En este negocio del rock nativo uno recoge lo que se merece. Si a ti te fue de la vergara fue por servil y pendejo.

Con un buen de sueño, salí de La Caverna, cuba y cigarro en mano. En un poste meado por mil perros había un cartel de Los Temerarios, vestidos todos ellos muy roqueros, muy sonrientes (¡el éxito, papá, el éxito!), con el cabello largo y chamarras de cuero compradas en Rodeo Drive en Berberly Hills. A la manera de un corolario y llegada de algún meandro cochambrudo del pasado reciente, me vino a la cabeza esa gran frase acuñada por cierto roquerito delirante, citado hasta el hartazgo, y cuyo nombre se ha perdido en la noche de los malos tiempos: “¡Qué bueno que están aquí, banda! ¡Gracias por apoyar el Rock Nacional!”

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