UN ACERCAMIENTO A RICARDO PIGLIA A TRAVÉS DE SU LIBRO ANTOLOGÍA PERSONAL

 

Por Edgar Khonde / @edgarkhonde

La mejor historia del mundo es la más fácil de contar. Ricardo Piglia.

Contar un relato y ofrecerlo al lector para que éste decida los acontecimientos anteriores y posteriores a la historia que se le presenta; sugerirle con trazos y líneas redondeadas, es decir con la escritura, palabras que lo remitan a los paisajes insondables del alma; hacer con lenguaje una construcción arquitectónica de luces y sombras en la que un destinatario cualquiera pueda encontrar un lugar para vivir; imprimir letras, representaciones de patrones de sonido y de secuencias de sonido, que se descifren y engañen al escucha; ser un mentiroso esgrimiendo la verdad como espada, es decir, hacer literatura. Hacer literatura o ser un trozo de ella, como Ricardo Piglia.

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MI CASI ENCUENTRO CON PIGLIA

El escritor argentino se presentaría en el Colegio de México para dar una charla-clase magistral que, yo aún no lo sabía, consistiría en hablar sobre los sueños; al menos una parte de la conferencia giró alrededor de la realidad onírica. Y yo, simplemente, como a todo y como siempre, llegué tarde. El aula-auditorio tenía un cupo máximo, tampoco lo sabía, y un límite de tiempo para el acceso. Es decir que cualquier asistente que se presentó después de las dos de la tarde, no pudo entrar a escucharlo.

Había quedado asistir con el chileno, un amigo que, como todos los chilenos, apenas escribe dos palabras juntas y ya se encuentra edificando un poema. Pero nos quedamos fuera; veinte minutos después de haber entendido que ninguna fuerza nos llevaría al interior del aula, cercanos a la palabra de Piglia, nos largamos. Y yo, claro, me disculpé por la impuntualidad. Y claro, también, encontré en la casualidad, o la realidad, la justificación a mi tardanza: no tenía que haber conocido a Piglia, no así. Podía ser un golpe rotundo de palabras; un golpe rotundo que desajustara mi eje gravitacional y me arrojara al espacio exterior, desorbitado para nunca poder regresar a mí mismo. Y es que eso pasa cuando el lector confronta y se confronta en la literatura de Piglia.

Yo veo la sociedad como una red de narraciones; no sólo es una red de intercambios económicos o sentimentales, sino también una trama de relatos. Ricardo Piglia.

MI CASI SEGUNDO ENCUENTRO CON RICARDO PIGLIA A LA DISTANCIA

Iba a tener otra oportunidad, pero las segundas oportunidades nunca han sido lo mío. Llegué con una perfecta desconocida a casa. La perfecta desconocida y yo habíamos hecho migas en un bar cualquiera, que sólo podría ser ése, porque así son las coincidencias y la dimensión de lo real. En un instante de la postnoche, de la postmemoria, la chica se acercó con toda su desnudez al librero de mi cuarto. A lo lejos pude apreciar el tatuaje en su espalda como dos boxeadores enfrentados, aunque sabía que no era ésa la imagen. Pensé en las manchas de Rorschach, la chica me había dicho que tenía una mariposa gigante.

La chica cogió del librero Nombre falso (2002), luego me dijo que si le podría recomendar un libro de Piglia. Yo le dije, hiriente, que no hacía falta que leyera al argentino. Y entonces me contó la más fabulosa historia relatada desde el principio de los tiempos, y entendí por qué había visto dos boxeadores en su espalda y por qué ella había sacado al azar el Nombre falso.

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La perfecta desconocida, Julia, llamémosle Julia, me contó que su exnovia era la lectora de Ricardo Piglia allá en Argentina y que siempre le había insistido en leerlo. Después de cruzar líneas de relato (yo ya había hecho la relación de los boxeadores manchas de Rorschach con Nombre falso y el cuento de Piglia llamado: “El Laucha Benítez cantaba boleros”, que versa sobre dos boxeadores), me soltó a bote pronto una propuesta: “Escríbele una carta y te aseguro que mi exnovia se la lee”. Pero no me he atrevido, a pesar de que acompañó la propuesta con una sucesiva sentencia: “Pero apúrate, que Piglia tiene esclerosis y no sabemos cuánto tiempo le quede; es un secreto, no lo andes divulgando”.

Y yo no le creí hasta que hace unos días vi en el periódico que Piglia padece en efecto, esclerosis lateral amiotrófica. Julia me lo había advertido cual oráculo con meses de anticipación a la prensa.

Narrar, decía mi padre, es como jugar al póker. Todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad. Ricardo Piglia.

ANTOLOGÍA PERSONAL

Ricardo Piglia arma, desarma y rearma su propia voz con independencia del orden cronológico en que escribió los textos que presenta en Antología personal. Se lo advierte al lector en el prólogo de la obra. Buscando hacer coincidir las piezas individuales, los relatos, con un dibujo inicial que ya existía antes de empezar. Dice que a la manera que lo hacen los poetas en esos libros antológicos que cambian con el tiempo. Es decir, me imagino yo, por tópicos, aunque la palabra “tópicos” en realidad no alcanza a comprender el manifiesto de la envergadura del libro: Antología personal es una cartografía pigliana.

Ricardo Emilio Piglia Renzi nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 24 de noviembre de 1941. Tiene entre novela, cuento y ensayo, más de quince libros publicados y multitud de reconocimientos. Su novela más celebrada, Plata quemada (1997), fue llevada al cine por Marcelo Piñeyro. Y típico: el libro es mejor que la película, quién sabe que habrá leído Piñeyro. Algunas de sus clases magistrales pueden consultarse en línea, se las recomiendo. Se darán cuenta que han perdido el tiempo en la universidad estudiando literatura, bastaba con Youtube y Piglia. Ha sido profesor en distintas universidades, entre las que destacan Harvard y Princeton. Es quizá el escritor en lengua española más inteligente de los últimos treinta años.

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Sólo en la mente de los traidores y de los viles, de los hombres como yo, pueden surgir los bellos sueños que llamamos utopías. Ricardo Piglia.

Antología personal conforma una guía de su obra a través de una autoselección de narraciones. Apareció el año pasado publicada por el Fondo de Cultura Económica, y presenta relatos y ensayos agrupados en cuatro apartados (cuatro direcciones de la escritura del autor). El primero, “Cuentos morales”, contiene cinco relatos de los que resaltaría “El Laucha Benítez” y “La nena”, dos textos que quiebran a través de la coincidencia la realidad de los personajes involucrados. “El Laucha” es un boxeador que ineludible encuentra a su alter ego en “El Vikingo”, hipotético sparring del campeón de los semipesados durante su estadía en Buenos Aires, Archie Moore (ese dato es real, Archie Moore peleó en el Luna Park). “La nena” versa sobre literalmente la sintaxis de la lengua, la pérdida y el encuentro de la misma a través de la recurrencia del sonido; una breve, y nuclear, clase de adquisición del lenguaje.

“El laboratorio del escritor”, como segundo capítulo, es una sutil teoría del quehacer de la escritura en manos del artífice conocido como: escritor. A través de cinco textos Piglia lleva de la mano al lector para mostrarle la rara construcción de los relatos como un complot. Es decir: como un plan. Es decir: como un designio. El autor presenta el rostro político del escritor que hace uso de la literatura como ficción para develar la conspiración de la realidad en contra de todo.

En el tercer apartado, “Los casos de Croce”, Piglia presenta cuatro relatos en los que desarrolla el personaje del viejo comisario, coprotagonista de la novela Blanco nocturno (2010), metido en misterios y asuntos ajenos. Croce es el signo del lector, la puerta hacia la intervención del texto desde la paraliteratura, es decir, desde el espacio de lo real.

“La forma inicial”, cuarto capítulo del libro, que comprende cinco relatos, entrega las posibilidades de la narrativa, las posibilidades de contar un hecho y sus formas; “Ernesto Guevara, el último lector”, texto que cierra la selección antológica, es un postensayo que expone al Che como un descifrador y un intérprete del mundo, y que, pienso, podría emplearse como un texto básico de consulta para el quehacer lector del ser humano.

Las huellas dispersas de Ricardo Piglia trazan la historia de un crimen perfecto que solo él estaba llamado a resolver. Juan Villoro sobre Antología Personal.

Con Antología personal Piglia nos ha legado un libro para el naufragio del futuro. Si tuviera que elegir un título para llevarme a una isla desierta después del hundimiento del Titanic, no tendría que pensarlo, cogería su antología. Si tuviera que elegir una última lectura, pensaría en alguno de sus textos. Si tuviera que recurrir incesante a la repetición de un relato como condena, posiblemente optaría por “El Laucha Benítez” o “Plata quemada”. Podemos agradecer que el escritor argentino nos haya librado de esa incertidumbre, el lector de Piglia siempre se decanta por Piglia, en la soledad de la faena. Porque su literatura está compuesta por la vida común de la historia. Lo dice mejor Juan Villoro en su texto Ricardo Piglia: la utopía particular:

Las historias de Ricardo Piglia son intensas discusiones sobre el arte de narrar. Sin embargo, en ellas no domina el tono elevado de la cátedra, sino la errancia de la sobremesa donde los paisajes comunes son vistos con ánimos de expedición. En cuartos de mala muerte, clubes de boxeo, patios sombríos y camastros vencidos, Piglia encuentra horizonte impreciso, ajeno a las brújulas convencionales. Su obra es una puesta en duda de los valores entendidos, una forma creativa de la desconfianza: los asuntos de siempre adquieren un doblez insólito, agrio, muchas veces fatal.

Piglia, Ricardo (2014). Antología personal. México: FCE.

 

 

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