Por Rolando Vieyra Solares / @VieyraSolar
Fotos: Fernanda Muñoz / @Maf_mrz

—¿Y qué es lo que hay? ¡Eh!

Me videt con mi compincheur y editor Eduardut, un drugu con mucho moscuk, en el Metro Etiopía. Íbamos a la Narvajearte para sacarle la sopa a un vejet de lo más gamborra además de escritour cojonudo. Al principio tocamos el 81 y se asomó una pik, una forella, diría Anthony Burgess. De inmediato pensé que el vejet se mantenía en forma con el antiguo metesaca. Pero nos habíamos equivocado. El número dónde era la reunión correspondía al 85. Volvimos a tocar y nos abrió Anthony Calera-Grobet, alias el matodonte, alias el mato tomaydaca, alias el mato bla bla bla. El verdadero, el Calera-Grobet que nos recibió vestido de negro, con la barba crecida y un pelo enmarañado que se relamió mientras subíamos las escaleras para llegar a su depo.

Ya nos esperaba nuestra brata Mafer, fotógrafa, con un café a medio beber y alistando su ojo biónico. Calera nos ofreció birras-agua-café. Pedimos agua y no se desilusionó ni nos sacó a patadas por nuestra sobrides. Cada uno tomó asiento. De fondo se escuchaba la golosa de Dave Gahan cantando los éxitos de Depeche Mode. ¡De huevos!

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La charla giró alrededor del II Festival Verbo que ocurrió meses antes en el Teatro Fru Fru y que ninguno de los presentes, a excepción, por supuestou, de Calera (como decir Calavera, Cala la güera, Cal-era), estuvo presente, como invitado, leyendo poemas que después cayeron en las hojas de su libro Sayonara, publicado por Mono Ediciones (¡Pregúntale al mono!), Mag Ediciones, con el sello de Conaculta y con la chenchachonal, chudesña y chenchual portada de Jorge Aviña, en la que se ve a un Calera tomando de la talla a dos piks con grandes grudos, scharros grandes, todo rico, pura carne y al fondo los mejores cortes de una carnicería.*

Empecé la entrevista con la última pregunta que tenía preparada y que tiene que ver con Sayonara:

¿Qué diferencia hay entre un poema que se lee en silencio y otro que se lee en voz alta? ¿Cómo surge en ti el poema? ¿Lo piensas para recitarlo, para ser leído en voz baja, cómo sucede?

Imagino que será casuístico. Cada autor tendrá una relación con los dominios… con la lectura mental o la lectura en voz alta de manera distinta. Yo me imagino que sí habrá poetas que piensen que sus poemas deberán ser leídos en silencio o gente que escriba ya pensando en su vocalización, quiero decir para una audiencia.

Yo sí escribo para ser leído. O sea: la sintaxis del poema, la postura de las comas, los respiros, ciertas cuadraturas de las rimas, están pensadas para hacer una especie de estructura de sonido; un volumen de sonido que lleve a la audiencia de la mano. Son dominios totalmente distintos. [Octavio] Paz decía, en algún momento, que los poetas contemporáneos —y cuando lo escribió habrán sido los años setenta— eran malos actores de sus propias emociones. Yo se lo dije alguna vez algún escritor y me dijo “empezando por él”, porque Paz no leía bien, tenía un sonsonete duro, difícil…

Varios, ¿no?…

Juan Gelman, por ejemplo, Gonzalo Rojas… Siento que para leer en voz alta se requiere un talento que no tiene que ver con el talento escritural. Tiene que ver con una capacidad performática; algo que se ha llevado al hartazgo en los recientes diez años.

Mi generación, la que nació en los setenta, no contemplaba esa posibilidad. Eras invitado a leer, sí, pero tú leías tu obra toda mal, es decir en voz baja… claro, como era una poesía de cámara parecía que no importaba cómo se leyera o cómo se escuchara, sólo se tenía que cumplir con la lectura y eso ya se tronó. Es interesante, por ejemplo, ver a Mónica Nepote, que es más grande que yo, leyendo en ese tipo de festivales porque tuvo que reinventarse. Ya no es posible que tú… digo, salvo que vayas a la Casa del Poeta (y yo quiero mucho Hernán y a María, pero la Casa del Poeta es un lugar que parece del siglo XIX.)

Además existe la barrera del escritorio o la mesa entre los poetas y el público. Hay una distancia y de pronto en este tipo de festivales (como Verbo) el público está metido con la lectura. Si lees mal, si lees bien, te abuchean, te gritan. ¿Qué experiencias has tenido con el público? ¿Se ha quedo callado, ha sido eufórico, ha reído, ha llorado?

Para decirte lo que pasa conmigo tengo que hacer hincapié en que el extremo de la lectura reventada es también pernicioso. Los conservadores tienen razón en el sentido de que la literatura tiene su propio ritmo y la palabra tendría que defenderse tal cual. Es decir: tú puedes escuchar a Chopin con un pianista de cualquier nacionalidad o edad y no necesariamente orquestado, por ejemplo. Entonces hay grupos antagónicos, fundamentalistas de la lectura, no quiero decir plana, pero digamos convencional, que piensan que la lectura aderezada o barroquizada por el ademan, por la gesticulación, por casi casi la actuación del poema, lo perjudica. Y en algunos casos es así. Ahora: no se logra solamente un buen poema por toda la floritura con la que se revista. Entonces habrá esas medidas de cada literatura. Y creo que en México los autores jóvenes nos enseñaron a leer otra vez; hay que aceptarlo, hay que entenderlo y hay que entrar por ahí.

A mí me ha ido bien. Yo no llego al flow de histrión, pero sí hay una modulación de voz y una respiración un tanto más pausada. Y ésa es otra: el vértigo. Parecía que los poetas siempre estaban leyendo perseguidos por sí mismos y cuando no tienes la lectura del signo lingüístico impreso, pues se te iba el hilo del poema, sobre todo cuando era un poema más grande. Me imagino que leer a David Huerta ha de ser terrible. Lo invité a leer a La Bota [Calera dirige la Hostería la Bota, en el Centro Histórico de la Ciudad de México desde 2005] y le fue muy bien y todo, pero eran poemas cortos. Chútate “Incurable”, leído por David Huerta, y te da un paro cardiaco.

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¡Recita los poemas de su papá!

Cuando tienes a un poeta como Efraín [Huerta] te da otro voltaje; tienes que ser un pésimo humano para no leerlo bien. Porque con Efraín el poder está brindado por la palabra misma, por la calidad del poeta. Si lees “Los hombres del alba” en una cantina, como sea, tendrías que ser muy hábil o muy malévolo para perjudicar ese poema, porque es un poema brutal.

Pensando en este tipo de voces, he leído que Guillermo Cabrera Infante dice que todo escritor es un músico frustrado al utilizar la aliteración como recurso musical. Para ti, ¿la poesía trata de ser música o quizá es como lo veían los antiguos chinos: una imagen en silencio?

El poeta crítico —como lo define T. S. Eliot— contempla un viaje pendular. Por un lado necesita conocer la tradición, es decir, el péndulo viaja hacia el pasado y luego hacia el presente; pero también, en el sentido de la lectura, debe saber perfectamente dónde está el fulgor, digamos, la médula de su poética, y si está cojo de su poesía y necesita el aderezo que la complemente, que también es válido.

En el caso de Infante lo entiendo. Quizá él, y hay que decir que era cubano, aunque después se haya ido a Inglaterra, no pudo prescindir de la figura totémica aplastante de Lezama. Lezama Lima, nuestro nuevo Góngora, creó una nueva música. Y aquí te empiezo a responder: Es necesario asumir que somos músicos pero no tocamos con instrumentos, tocamos con nuestra voz, la voz que le damos a nuestras ideas. También, en todo caso, hay diferentes tipos de música.

Conmigo se trata de una mezcla de dos alteridades. Por un lado la lectura lenta, una lectura pausada, que respira; y por el otro asumo que mi música es una totalmente estropeada. Es una música que viene del Futurismo, viene de Marinetti, de una matraca que ya fue infectada por las vanguardias. Si el arte es una representación del mundo, nuestro mundo es miserable y caótico, somos living deads guiados por Romero. Parece que nuestra realidad está dirigida por George A. Romero. La música que yo toco es una música astillada, fragmentada, que parecería música electrónica… dos tubos pegándose entre sí; música industrial.

La mía es una redacción herida, por eso parece como si fuera escupida por máquinas de escribir, como si hubiera sido una máquina programada por bites, por plataformas tecnológicas. Y eso me interesa, ya que en el arte el qué está en el cómo. No puedo tener una lectura como si fuera un poeta bucólico del siglo XIX, como si fuera un cuadro de José María Velazco, cuando en realidad nuestros cuadros actuales son Francis Bacon llevado a la quinta potencia. Yo asumo eso. ¿Cómo poder mezclar la pausa con el estropicio, con la deuda, con la herida? Es una partitura que está llena de polilla. Ésa es la música que yo toco.

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En Sayonara hay imágenes. Ahí está el caligrama de “Braviesta”. Es un poema para ser visto. ¿Cómo llevas esa imagen al sonido sin que se vea la imagen que está aquí? Me parece que aquí recordamos también a Apollinaire. [Eduardut: También está “Cimarrón”]. ¿Cómo le entras a la parte visual?

Soy curador. He curado muchas exposiciones y lo sigo haciendo. Fui crítico de arte para el periódico Milenio por muchos años. Me interesa ese otro mundo del arte. Me imagino que va por ahí, pero no lo había hecho consciente. Tengo, además, cierta necesidad de dibujar en la página. Hablamos de tres mazos de naipes que se reúnen: el auditivo, el de las ideas y el del dibujo. Sin embargo, en todo caso, es accesorio. Dispongo del texto sobre la página de manera que me permita llevar a buen puerto mi idea.

Pienso que un escritor gana la partida cuando el lector lo terminó de leer. Si soy un narrador o un poeta y me gusta el mensaje y éste fue actualizado —como se dice en el mundo del arte—, leído, asimilado, comprendido (la comprensión, entendida desde el punto de vista filosófico), yo gano la partida.

Cuando lees el poema, el espacio está dispuesto para que de cierta manera él mismo te dé sus señas de identidad y su forma de tocarlo. Hasta ahí. Si dibujé esto fue porque me pareció que era posible, pero no es una búsqueda de mi estética. Soy un funcionalista de esa forma; intento que se entienda bien lo que quiero decir. En Yendo [Cuadrivio Ediciones, 2014] jugué con cajas de narrativa; era prosa poética encajada. Y en Sayonara regresé a un verso un tanto de pie quebrado, convencional. El verso se da uno tras otro, sin encabalgarlo; pero el hecho de haber creado una flor o un toro fueron divertimentos que no seguiré haciendo o no será una función primordial.

(….)

La entrevista con Calera se tendió otros 22:50 minutos más. Nos dimos un jarabe de pico sobre su anterior poemario, Yendo, cuento que queda para la próxima entrega de esta entrevista. Por mientras pueden acudir este jueves 30 de julio, a las 20:00 hrs., a la presentación de Sayonara en Yacatas #136, esquina Diagonal San Antonio, en la Colonia Narvarte. La Hostería La Bota pondrá Mesa Opípara-Borrachera Apoteósica.

*Lenguaje mezclado de La naranja mecánica, de Burgess; de la novela Zopencos, de Calera; y del autor.

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