Entiendo que la biología y las matemáticas aguardan también su avatar…

サトシ

Por Rodrigo García Bonillas

¡ESTO SE VA A DESCONTROLAR! En Central Park docenas de personas buscan con sus smartphones el Vaporeón: criatura anfibia, según los bestiarios, con una cola que parece de sirena; tipo: agua (cuando el Vaporeón vibra, llueve de a madres). El video de la estampida se vuelve viral. Es 15 de julio. Cinco días después, el videoblogger Logan Paul finge que encuentra un Dragonite —un dragón de color naranja y alas verdes, leal, noble; es evolución del Dragonair, que a su vez es evolución del Dratini; tipo: volador/dragón—, también en Central Park; a gritos anuncia el hallazgo ficticio y una muchedumbre se la traga entera. 50 millones de personas lo visualizan durante la siguiente semana. Desde su aparición, el 6 de julio, Pokémon GO está en boca de todos. Medio mundo se ha embebido en el juego, aprendiendo la maestría de capturar sus monstruos y la narrativa que lo sostiene. La juventud del minuto acaba de encontrar su Bildungsroman.

¿Sueñan con ratones eléctricos estos androides?

Generalmente odio estas cosas.

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Primer encuentro: en Facebook mi exnovio le dice a un amigo en común que el Pokémon GO (del amor) ya existe y que se llama Grindr. Me da risa la ocurrencia: creo, ingenuamente, que mi ex se inventó el símil. Pokémon —la caricatura, sobre todo— seguía siendo, hasta antes de escribir esto, un recuerdo de mi pubertad, cuando vivía en las montañas de Veracruz.

Retrocedo. Cambio de milenio. Recuerdo inmediato: un compañero meco y albino, hijo de la maestra de Física enchufa su Game Boy con algún otro compañero. Entre ambos ponen sus monstruos a combatir. Yo, que no tengo uno (sin saberlo, mis padres son luditas), los observo. La verdad no me interesa jugar con ellos. Son aún más nerds que yo.

La anterior es la primera imagen que tengo cuando intento recordar la parafernalia pokémonesca de aquellos días, pero no doy con los objetos que me entusiasmaban. Yo también era un fan de Pokémon (lo veía en el Canal 5), aunque se me había olvidado, me parecía pueril hasta antier.

***

Estoy en Berlín. El mensaje de mi exnovio, en el muro de mi amigo, me sugería la posibilidad de la realidad virtual, que podía devenir en carnal, a través de Grindr (o Tinder, o PlanetRomeo, según sea el caso) y de esta ciudad llena de hombres inminentes. Asimismo, las analogías tan justas que hay entre una y otra aplicación. Horas después encuentro un meme que dice: “La diferencia entre Tinder y Pokémon GO es que los monstruos que agarras en Tinder sí son reales”. Descubro entonces el plagio de mi ex y la broma se desinfla; quiero seguir el juego, posteo el meme en Facebook y todo mundo se ríe. Todavía Pokémon GO no llega oficialmente a Latinoamérica, pero mi gente ya lo tiene pirata. Alemania es el primer país de Europa que lo recibe. En las redes sociales la gente se mesa los pelos, aunque no lo hayan jugado (“Los pokemones salvajes”, dice el Pokédex —la enciclopedia de este universo—, “tienen celos de los entrenados por los humanos”). Se hace también chiste tras chiste y muchos de ellos son lacrimógenos.

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El 14 de julio veo a mi amiga Pamegon2 en la estación de Ostkreuz. Vamos por hamburguesas (que prepara un turco) y una Augustiner medio fría. Hablamos de Pokémon GO. Me cuenta: la empresa de publicidad donde trabaja desarrolló una aplicación tutorial en menos de 24 horas. El lunes 11 de julio la empresa, ubicada en Berlín, comenzó a recibir solicitudes de todo el mundo, Australia, España, Taiwán, en las que rogaban por anuncios relacionados con Pokémon. La aplicación se comenzó a descargar enseguida. Un señor de su empresa se volvió maestro Pokémon en día y medio y hoy ya es perito del territorio berlinés. Me entran las ganas. Le pido a Pamegon2 que me enseñe. Yo también quiero cazar mi primer Pokémon. El mapa nos indica que en el parque de enfrente, el Annemirl-Bauer-Park, hay un par de bestias. Corremos para cazar una pero todavía soy torpe para lanzar pokébolas. Pamegon2 sí puede atraparla. ¡Festejamos! ¿Cuánto me faltará para poder ganar un combate?

El juego nos dice, además, que hay una pokéstop para recibir items allí cerca. Esta pokéstop coincide con una Stolperstein: una de las miles de marcas metálicas (cubos de cemento y latón) en el suelo de esta urbe, que indican el lugar donde vivía un judío asesinado por los nazis e incluyen sus datos vitales. Veo en la interfaz del juego: “Arthur Braun”. WTF! Más tarde, busco en la base de datos virtual de las Stolpersteine: Arthur Braun fue deportado el 29 de octubre de 1941 al gueto de Łódź (o Litzmannstadt), Polonia, y murió el 7 de noviembre del siguiente año. Aquí también el recuerdo doloroso tiene una función instrumental para el juego: nos arma para seguir cazando monstruos en una realidad mestiza. Toda memoria se aprovecha en esta ciudad mural: la fiesta y la historia son los dos anzuelos para los treinta millones de visitantes que Berlín recibe cada año. Dos datos: a) Auschwitz también aparecía en el geolocalizador del juego, pero los administradores pidieron que se eliminara; b) en el Museo del Holocausto de Washington fue avistado el Koffing —una bola de barro, sucia, color violeta, que tiene en la piel un signo letal (una cruz) y expele gas mortífero; tipo: veneno—; naturalmente, causó indignación la desafortunada coincidencia entre los métodos de exterminio de los Nazis —unas bolas de barro, sucias, color rojo, que tienen en la piel un signo letal (una cruz) y expelen gas mortífero; tipo: veneno— y los del Koffing.

Por si no fuera poco, la Fernsehturm —la Torre de Televisión—, símbolo de Berlín Oriental, es un gran gimnasio para bestias.

Hace unas horas fui a comer pizzas con dos mexicanos y una alemana en el norte del barrio de Neukölln, cerca del canal, ahí donde la gentrificación ya hizo de las suyas y okupó la mitad del barrio oriental. Comemos unas rebanadotas de pizza margarita y tomamos Flensburger; sale el tema de Pokémon. Ishmael, amigo de los videojuegos, dice que Pokémon GO es un asco. Le replico que es un fenómeno inédito y él me duplica que ya había habido juegos para formar escuadrones vía internet y divertirse en la calle de modo gregario. Menciona como prototipo las scavenger hunts, que desde hace dos décadas, al menos, organizan competencias en la red en las que los participantes capturan objetos que se les indica en una lista. Sí, ajá, pero esto es virulento. Estamos en Globalistlán. ¿A poco habías visto hordas frescas que se embobaran en smartphones y en gimnasios? Biología fantástica, geografía, urbanismo, pugilato, emprendedurismo: aquí están los músculos a ejercitar.

***

Uno tras otro, mis amigos en las redes sociales humillan el juego; el desprecio de los cuarentones es unánime. Me parece chistoso que hasta hoy, con su emergencia súbita, casi ubicua, y su difusión, Pokémon GO sea percibido por algunos bajo la especie de la estupidez y del ocio más insípido. Franco Félix ironiza, además, sobre el propio uso del tiempo libre de aquellos que detestan Pokémon GO y se toman el tiempo de publicar su odio en las redes sociales. Una de las primeras reacciones fue alertar a la gente de que no fuera a ser lastimada por el mundo “real”, mientras jugaban embebidos en la zona híbrida del smarthphone. Exageran. No me parece tan fuerte este opio.

En estos días la motivación para escribir sobre Pokémon me obligó a recordar. Escarbé y encontré una nostalgia que no sabía que me estaba esperando en cada esquina. Las plataformas de la red me orientaron hacia el depositorio de las caricaturas y los bestiarios de pokémones, hacia la memorabilia noventera y la ternura de los animales (volvió la sensación epidérmica que me provocaba Pikachú). Después de mi entrada a la vida adulta empecé a odiar mis gustos de puberto. Pero hoy decido salir a la calle a jugar.

Voy de nuevo con Pamegon2. El tutorial que su empresa creó en tiempos de turbocapitalismo ha fracasado. Expiró en unos días porque la gente dejó de descargarlo con la misma velocidad con que lo exigió. Ella, por su parte, ya le agarró la onda al juego. Nos armamos de nuevo de una Augustiner y salimos a la Boxhagener Straße. Hace una década, este barrio, Friedrichshain, era alternativo, bohemio, okupa; hoy sufre de una gentrificación a la berlinesa: saturación de la oferta y ebullición de la demanda, maquillaje urbano y nuevo cardumen social, pero sin un disparo brutal de los precios. Pamegon2 me indica la primera pokéstop: la bicicleta montada en el muro del taller de bicicletas. La giramos para saber qué nos ofrece, pero ya no caben más items en nuestra mochila intangible. Unas hojas se agitan en el mapa. Reconozco en la retícula mis calles. El celular vibra: ha olido una presa. Dirigimos el aparato: enfrente aparece Pidgey —un pichón poderoso, valiente, amigable, que se deja atrapar fácilmente; tipo: 4 normal/volador—. Me dispongo a tirar la pokébola. A la tercera le doy en la cabeza: la esfera se abre, abduce al monstruo y se clausura. ¡Salud!

Seguimos caminando. Hay dos pokéstops: un grafiti peculiar en la pared; un negocio (el bar Süß War Gestern, cuyo logotipo es un conejo con una Kaláshnikov, y que tiene nintendos y un DJ que pone electro). A dos cuadras vemos un gimnasio Pokémon. Nos dirigimos hacia allá. En el camino aprovechamos para cazar otro Pidgey y un Drowzee —un tapir somnífero, que parece que acaba de sumergirse hasta el vientre en el lodo; tipo: psíquico—. El gimnasio se encuentra en la tienda de abarrotes más cercana, donde nos ofrecen 50 marcas de cerveza. Allí nos recibe el entrenador. Nos presenta a los tres equipos, con sus tres virtudes cardinales: intuición, sabiduría, osadía. Elegimos la sabiduría. Un Pidgeotto —evolución de Pidgey— aparece en la palestra. Intentamos cambiar el contrincante, pero los otros monstruos disponibles son más poderosos. Aventamos a nuestros gallos. Uno tras otro, el Pidgeotto los aniquila. Nos vencen por ignorar la dinámica. Termina el combate y siento un ligero dolor por los animales heridos; pero Pamegon2 me enseña a curarlos con drogas virtuales.

***

Jugamos Pokémon GO en tiempos del activismo por los animales, del bienestar físico (después de caminar cierta cantidad de kilómetros, los huevos en incubadora se quiebran y nace un Pokémon), de la saturación de datos que permite el internet inalámbrico. La información piramidal que el smartphone nos ofrece al caminar por el campo urbano agrega signo tras signos (reales, fantasiosos) a miles de rincones. Nuestra mente se ejercita con estas maniobras de datos. Atenta a la pantalla, mira de sesgo la realidad. Caminamos durante media hora, buscando monstruos. Anochece. Lo que entendemos como realidad sigue ahí, no se anula (como señalan algunos pesimistas), sino que entra en el campo de la visión periférica. Cientos de especies animales nos asombran con las formas de sus cuerpos intactos y la interfaz del juego moldea a su gusto el barrio, la plaza, Berlín.

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Foto: Wolfgang Kumm / DPA

Y con la euforia viene la estupidez. Mientras el continente se debate en el sufrimiento de los refugiados, así como en las guerras y en algunos dementes homicidas, siete millennials de entre 19 y 23 años que jugaban Pokémon GO se pelean en un parque de Bremen, al noroeste de Alemania, por querer marcar territorio. Cuatro de ellos terminan en el hospital con herida de arma blanca. Violeta666, que vive en esa ciudad, me escribe por Facebook. No sólo me comenta el incidente, sino que también me cuenta que en una ocasión la han molestado —¡y unos geeks de 26 años!, me dice con coraje— por ser mujer y querer dejar sus monstruos en uno de los gimnasios donde ocurren las batallas. Esto se puede descontrolar. Pero el capricho egoísta de los muchachos no la agüitan. Sale por las tardes con Mischa, su marido —dos de las personas más inteligentes que conozco—, para divertirse. Me cuenta de la gente que ha visto, de las nuevas maneras de ejercer la ciudad, inéditas hasta antes de ayer. ¿Qué es estúpido? Sí. Ella percibe la banalidad del juego y también tiene clara su decisión de ejercer sus ocios en cacerías virtuales, a pesar del trolleo.

Desde hace unas semanas en las plazas públicas de las capitales del mundo los avatares se congregan. Esto no es el apocalipsis zombi, aunque le dé un aire. Los falsos futuristas predicen que esto también expirará en breve. Puede ser, pero en el fondo me parece que es otro episodio de la misma picaresca informativa.

Es verano y todos beben en Boxhagener Platz. Encontramos a Norah, una amiga de Pamegon2, en medio de la plaza, después de capturar un buen zoológico. Le enseñamos a la bestia que nos venció. ¡Taubsi!, grita el amigo de Norah. Se ve grandecito y por eso le pregunto cuántos años tiene. 25. Hago números: ¡nació en los noventa! Y parece un morro rudo.

Con el último trago de Augustiner brindo por la fusión de un espejo inteligente y de un manual de zoología fantástica.

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Editor Yaconic

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