El tramo de estacionamiento que está justo delante del Plaza Condesa parecía una mezcla entre una preparatoria femenil ultra fresa y un “bebiernes” buenaondurri condechi. Cientos de individuos kawaii hambrientos de fiesta llegaron a ver a la wera y novel rubia pop Poppy, que aunque consolidado ya en su tierra gringa y sitios como Japón y Londres, aún algo desconocida en México: solo se llenó la mitad y hasta los revendedores estaban moviendo en 200 varos las entradas.

Foto @snarulax

No obstante, el no haber conseguido un lleno total impidió tanto a Poppy como a sus seguidores el armar un muy buen desmadre, que, lamentablemente, duró casi una hora exacta debido a que el repertorio de la chica illuminati aún es corto.

Bastó con que los de utilería salieran a acomodar a Charlotte la maniquí y que Titanic Sinclair, el músico y director artístico de Poppy, pusiera unos beats de calentamiento para que la raza cayera embriagada de éxtasis (no la droga, o quizá sí).

Tras algunos momentos de impaciencia, la rubia salió al escenario: entubada en un extravagante vestido amarillo hecho aparentemente de charol amarillo chillón y un tutú rosa pastel transparentoso, sacó gritos, gemidos, berridos y lágrimas a los presentes con I’m Poppy, uno de sus primeras canciones cuya mayor parte de la lírica versa poética e hipnóticamente: P-O-P-P-Y, I’m Poppy.

Foto @snarulax

Como las primeras tres canciones me encontraba en chinga tomando las fotos suficientes para cuando el personal del Plaza me dijera: “ya llégale”, no recuerdo cuales fueron las siguientes dos canciones. Eso sí, se me grabaron frases como “¡hazle un hijo a mi hermano!” o “¡tú eres mi única religión!, que los fanáticos gritaban a todo pulmón tras la gradita de prensa.

Tras reingresar, pero ahora ya como un espectador más, manos al aire que formaban un triángulo al unir los dedos índice y pulgar de ambas extremidades, porque pirámide del ojo que todo lo ve, confirmaban el Nuevo Orden Mundial diseñado por las megacorporaciones al ritmo de Bleach Blonde.

Foto @snarulax

Eufórica, la bandurri gritaba la letra de cada una de las canciones, en especial de Lowlife, en la cual Titanic cambio el pegajoso ritmo de reggae por un beat “acústico” que, honestamente, le quitó su encanto a la rola.

El concierto terminó casi a las 10:00 en punto, fue corto pero memorable. Al abandonar Poppy el escenario inmediatamente lo hicieron sus adeptos. La noche era joven, perfecta para seguir el desvergue de poppers y chela.

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Raúl Campos

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Cultural Journalist & Documentary Photographer Kitsch Journalism Mexican decay Anarchy Road

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