Nazul Aramayo / @erosdiler

Un escritor tiene que vivir como un adicto. O, como dijo Henry Miller, un depredador. No importa si tiene que empeñar las joyas de la abuela o la tele, si tiene que engañar, si tiene que abandonar a los amigos o lo que sea para poder escribir. El escritor se consigue su tiempo así como un adicto consigue, siempre, su dosis. De lo contrario, bienvenida la malilla.

Pareciera entonces que el escritor es una bestia, una criatura insensata e imprudente cuya tarea es revolcar la mierda, como dice Pedro Juan Gutiérrez. Y claro, un autor incómodo muestra aquello que nos disgusta. Pero también el desmadre tiene su vulnerabilidad. Y es en esta parcela donde Por este cielo jamás dejan de circular aviones, de Luis Bernal (Saltillo, Coah., 1984), se mueve con melancolía y pulsiones autodestructivas.

 por este cielo jamas dejan de circular aviones

Luis, el protagonista —quizá no es errado intuir que la historia de la novela abreva de la biografía del autor, aunque suponerlo es también un ejercicio ocioso—, se encierra en un hotel con una morra del DF (ahora Ciudad de México, pero siempre el Chilango) con la que vive un romance breve en el que abundan la metanfetamina, la cocaína, la mariguana y el alcohol.

La impresión que deja la novela, hay que recalcarlo, no es la de una aventura romántica de personajes al límite del gozo. Se trata de un relato de dos personas a las que la droga ya abandonó. Y por eso quieren regresar a ella. Y también por eso cuando Luis fuma o esnifa crystal (ese era el primer nombre de la novela, según se menciona en el prólogo escrito por el poeta Miguel Rovel), la narración se vuelve más entrañable, vital y amorosa. A lo largo de las 124 páginas, no hay substancia más real, ni siquiera el amor o la obsesión por la chilanga amada, que la gracia de la droga. Esto, en la novela, detona las mejores imágenes: el dolor y el gozo más palpables.

luis bernal

Luis Bernal.

Sin embargo, la nostalgia y el hastío se advierten desde el título, Por este cielo jamás dejan de circular aviones. Una imagen de lo eternamente inalcanzable.

“Siento el cuerpo triturado, he fumado más meta de mala calidad en una semana que en toda mi vida pero me he dado cuenta que no puedo parar, que el humo del cristal me tiene abrazado y enamorado de una forma impensada, inesperada, cada que dejo caer las pequeñas piezas brillantes dentro de la pipa o el foco es lo más cercano que he tenido a un abrazo sincero los últimos meses, el último año. Nos estamos enamorando, corazón. Mi chica de humo, mi Cristina Aguilera”.

La anécdota es la de un norteño enamorado que sale a comprar coca-colas y botanas para su chica capitalina. Suda, piensa —el error siempre es pensar— y evoca su pasado al esperar el cambio de color en el semáforo. Así descubrimos que es un damnificado más de otra relación amorosa, de un aficionado al futbol y un cursi sin remedio.

“Eres la cosa más hermosa del mundo fumando cristal”.

Sí, abunda la cursilería en medio de nubes tóxicas de diversas substancias. Luis Bernal —ahora sí el autor— consigue ese afortunado contrapunto. Un libro con corazón, malicia y huevos. Al final, queda la conclusión de que la droga no es la respuesta para un corazón roto. ¿Pero quién necesita soluciones cuando tiene substancias?


Bernal, Luis. Por este cielo jamás dejan de circular aviones. Atemporia. Saltillo, Coahuila, México. 2017.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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