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Por Luis Palacios

En julio pasado se conmemoró el centenario de la muerte de Porfirio Díaz, presidente de México, dictador, tirano, hombre necesario, modernizador. Un personaje que ha estado del lado de los villanos y de los héroes, según sea lo apropiado del momento. A poco más de cien años de su muerte y a casi 185 de su nacimiento (ocurrido el 15 de septiembre de 1830), suena cada vez más fuerte la posibilidad de verse cumplida su última voluntad: ser enterrado en suelo oaxaqueño: allá en la Basílica de la Soledad.

Las voces se alzan proponiendo repatriar sus restos depositados en Francia, a donde fue a pasar sus últimos días, en un exilio obligado por ese conjunto de fenómenos tan complejos que solemos englobar bajo el nombre de Revolución Mexicana, escrito con mayúsculas, como lo dicta esa misma historia patria, que surgió paradójicamente en tiempos del General y que por mucho tiempo lo condenó a ser el malo del cuento; su régimen, señalado como todo lo vil sobre lo que se alzó triunfante el espíritu revolucionario que diera validez a los gobiernos posrevolucionarios, incluidos por supuesto, los del Partido de la Revolución Institucional (PRI).

Esas voces que se alzan son vistas inmediatamente con precaución, no infundadamente dadas las circunstancias y los personajes que las emiten[1]. Como si tramaran algo perverso, como si el repatriar los huesos de Díaz significara la culminación del regreso a la tiranía. “El regreso al porfiriato”, frase que aún se usa para referirnos a alguna situación política que apriete aún más la soga que tenemos al cuello. Frase que deja ver que a pesar que se sabe que el gobierno de Porfirio Díaz no fue sólo un cúmulo de crueldades, sino una serie de claroscuros, no podemos aún reconciliarnos con nuestro pasado.

Porfirio Díaz, aquel que cuando fue recibido, casi medio siglo después, por los franceses a los que derrotó heroicamente en la reconquista de Puebla en 1867, le rindieron honores entregándole el sable que había usado Napoleón Bonaparte en señal de profundo respeto, aún no es digno del respeto por parte de muchos mexicanos a cien años de su fallecimiento. Todavía nos ciega esa historia patria que lo hizo villano durante los tiempos del partido que institucionalizó la Revolución. La misma historia creada por el Estado que buscó darle otra cara al dictador desde los años ochenta, cuando se avecinaban las reformas neoliberales y era necesario conseguir un sustituto para el discurso revolucionario ya agonizante. No sobra mencionar que si alguien ve en la reivindicación de Díaz la intención de legitimar algo que nos pueda poner en una situación aún más desastrosa, siento decirle que su temor lo invade unas décadas tarde. De hecho, hasta una telenovela salió de aquellos intentos legitimadores, la que por cierto retrata en unos de sus capítulos el recuentro de Díaz con sus antiguos enemigos franceses[2].

Hoy, lo que puede representar esa reivindicación es la oportunidad para todos de ir más allá de esa historia maquillada y presentada a conveniencia, que muestra héroes y villanos en interminable lucha. Una oportunidad para dejar detrás esa ignorancia selectiva y ver la totalidad del escenario, para comenzar a ver hombres cometiendo errores y aciertos.

El México de nuestro presente no es producto único de la Revolución, sino una síntesis de ésta con el porfiriato. En 1876 Díaz plasmaba en el Plan de Tuxtepec, aquel que lo llevaría al poder, las directrices de lo que sería su gobierno: Pacificación y orden como primer objetivo, seguido del progreso económico y por último y sólo si esto no obstaculizaba la búsqueda de los primeros dos: libertades políticas. Con estas ideas asumió las riendas de un país que carecía de coherencia e identidad nacional.

El primer objetivo lo logró a través de la llamada “paz porfiriana”. Una paz mecánica, basada en la represión y la mano dura que eliminó a los bandoleros que asaltaban los caminos. Un problema grave en aquellos tiempos, pero que también reprimió a los opositores, a la prensa y a todo aquel factor que se considerara que pudiera atentar a la estabilidad. A pesar de esto, la seguridad conseguida otorgó la legitimidad que tanto necesitaba el Estado. Sin embargo, esa paz obtenida a base de palos nunca se vio sucedida por una paz orgánica, real.

Teniendo esa legitimidad, el porfiriato se enfocó en su segundo objetivo: el progreso económico, para lo cual buscó el desarrollo de sectores como la industria (a través de una política proteccionista que incluía gravar los productos importados, algo impensable hoy en día), la minería (nacionalizada en su tiempo) y los ferrocarriles (desarrollados con capital extranjero primero, nacionalizados después). Además, Díaz buscó estrechar relaciones con Estado Unidos, pero también buscó que el país se independizara de su vecino, al también forjar relaciones diplomáticas con países europeos como Francia, Inglaterra y Alemania. Renegoció la deuda externa y después de muchos años, el país por fin registró un superávit, éxitos que nunca gozaron las clases bajas.

Relegar al último punto a las libertades políticas fue el gran error de Díaz. Ello echó por la borda los aciertos que tuvo durante sus mandatos. Las elecciones simuladas a lo largo de su régimen son el antepasado de los fraudes electorales de hoy. Sí, con Díaz surgieron muchas de las instituciones que dieron forma a la nación; pero también los vicios que hasta el día de hoy cargan a sus espaldas.

Así, la legalidad del régimen fue sólo apariencia en buena medida. Su verdadero sostén se hallaba en las relaciones clientelares, lealtades construidas a cambio de favores, heredadas tiempo después por el partido tricolor.

Al final, Díaz ya no pensaba en dejar el poder, pese a que su proyecto de nación lo necesitaba para seguir floreciendo; no entendió que era como el príncipe de Maquiavelo, aquel que se vale de todos los medios necesarios para al final, darle paso a una República en la que ya no es necesario. A Díaz, los medios de los que echó mano lo consumieron casi al final del camino.

Entender el tiempo de Don Porfirio nos permite entender algunos de los errores más terribles de nuestro presente. De ahí la importancia de su estudio y de acercarnos a él, como a alguien que conocemos por primera vez quizá. Reivindicar su persona no es enaltecerlo, sino comprender nuestro pasado, valorarlo. De nada sirve sacar a pasear huesos para venerarlos religiosamente; ya lo demostraron los siempre inmaculados héroes que nos dieron patria cuando se pasearon por las calles allá en el ya lejano 2010. Lo verdaderamente importante es entender cómo es que hemos llegado aquí.

Y es que entenderlo nos ahorraría muchos problemas: Quizá si las personas correctas tuvieran en cuenta que una de las críticas más fuertes al porfiriato fue su “acatrinamiento”, su querer aparentar modernidad pese a que la realidad le gritaba lo contrario, nos evitaríamos ver el paseo ostentoso de unos que se dicen de la realeza, acompañados de otros que viven como si lo fueran, cuando ni unos ni otros deberían de hacerlo. Quizá si a ellos les importara siquiera, pero ya ni eso nos queda. Hace tiempo que ya no tenemos ni la certeza de que a nuestros gobernantes les pasa por la cabeza en algún momento del día, que tienen una responsabilidad para con su país.

Porque a pesar de todo, el General Díaz sí tenía presente que en sus manos recaía una gran responsabilidad, que tenía un compromiso. En sus últimos años, ya en el exilio, dijo: “He cometido errores que ahora deploro, pero créanme, y créanme de veras, que amo a mi patria con todas las fuerzas de mi alma”. Palabras que no creo pronuncie alguno de los que llevan las riendas del país en el presente.

Textos consultados:

Aguilar Rivera, José Antonio. “El general no tiene quien lo quiera” en Nexos. Consultado el 1 de julio de 2015 en http://www.nexos.com.mx/?p=25434

Escalante, Pablo. “La vida sin Don Porfirio” en Nexos. Consultado el 1 de julio de 2015 en http://www.nexos.com.mx/?p=25445

González, Luis. “El liberalismo triunfante” en Historia General de México. Colmex. México, 1996.

Speckman Guerra, Elisa. “El Porfiriato” en Escalante, Pablo. Nueva historia mínima de México. Colmex. México, 2014.

 

[1] http://www.jornada.unam.mx/2015/07/02/politica/013n1pol

[2] https://www.youtube.com/watch?v=b7Y8hsAA4q0

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