CAMPO DE RUINAS: UNA (A) PUESTA POR LA REFLEXIÓN

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Por Eduardo H.G. / @altermundos

Foto: Cortesia Museo del Chopo

CAMPO DE RUINAS 1Más de 26 mil personas desaparecieron en México de 2006 a 2012 y en sólo 12 de los 32 estados del país el hecho está tipificado como delito. Las cifras son perturbadoras. Los casos, uno a uno, componen una de las caras más dolorosas que tiene la “guerra” contra el narcotráfico: la de las personas de a pie que de pronto se vieron envueltas en la hecatombe y cuya exigencia de justicia por parte de sus familiares es archivada (desatendida) so pretexto de no ser una prioridad.

Ellos, los desaparecidos —como plasmara el escritor y poeta uruguayo Mario Benedetti:

Están en algún sitio / concertados

desconcertados / sordos

buscándose / buscándonos

bloqueados por los signos y las dudas

contemplando las verjas de las plazas

los timbres de las puertas / las viejas azoteas

ordenando sus sueños sus olvidos

quizá convalecientes de su muerte privada

Bajo la premisa de reflexionar sobre al problemática; llevarla al arte y desde ahí mostrarla a la mayor cantidad de personas, el colectivo interdisciplinario Campo de Ruinas —creado por un grupo de estudiantes de la carrera de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM— “estudia la problemática de estudiantes desaparecidos… desde 2003. El objetivo es la recuperación y generación de testimonios sobre el tema”. Su base inicial es de 44 casos, 10 de ellos de la “máxima casa de estudios”.

El colectivo artístico presenta una muestra (recorrido) escénica que parte de estos testimonios “y de los vestigios de la ausencia para responder a la pregunta: ¿Qué estamos haciendo los jóvenes para desaparecer? Así, mediante una serie de “actos” o “escenas performáticas”, se da voz a los estudiantes desaparecidos recuperando sus historias y generando un cuestionamiento sobre la violencia existente en el país”. El espectador es coparticipe en el proceso.

A partir de su nacimiento en 2011, Campo de Ruinas se ha presentado en casas abandonadas, plazas públicas y espacios cotidianos en desuso: abordar la escena como un territorio viviente es uno más de sus objetivos. Resignificación. Transgresión escénica. Los escenarios convencionales que han recibido la muestra van desde Casa Galería (espacio de arte al sur de la ciudad), hasta foros culturales de la misma UNAM. El más reciente: el Museo Universitario del Chopo.

MI NOMBRE ES AUSENCIA

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“… por lo tanto todo es real”, advierte Eréndira Córdoba a las poco más de 50 personas que se agrupan para presenciar Campo de Ruinas, luego de explicar la naturaleza del proyecto. Es el preámbulo de un recorrido por el Museo del Chopo (sótanos y jardines incluidos). En la primera parada, un proyector escupe imágenes en una pared del patio trasero del recinto. Tres músicos —saxofón, bongó y chelo— se aprestan a tocar un Jazz improvisado, mientras una mujer recita nombres de jóvenes desparecidos junto a un tendedero de hojas transparentes con información de los casos.

“Abril 2012. Facultad de Arquitectura.- Tengo miedo. Me aterra desaparecer, pero lo que más me aterra es mi indiferencia. Facultad de Odontología. Abril 2012.- Es feo tener miedo, ese miedo es extraño. Ese miedo de creer que alguien puede destruirnos. Ese miedo es así y se siente en los huesos. Junio del 2012. Explanada del Zócalo de la ciudad de México.- ¿Hasta qué punto vamos a permitir tanta violencia en el país? No quiero ir a la playa y nunca regresar. Quiero vivir. Quiero mi libertad. Abrir los ojos para ver aún más”, recita otro chico del colectivo.

El espectador ya está en atmosfera. Pasa ahora a la segunda instancia. En el camino, un intermedio: jóvenes de Campo de Ruinas bajan y suben las escaleras que conducen a las diferentes galerías del museo, mientras gritan, a ritmo de sus pisadas sobre los escalones metálicos: ¡26 mil 500 mexicanos desaparecidos desde el 2006!

La siguiente escena corre bajo el ritmo de Blue in Green, de Miles Davis, y tiene como fondo visual una proyección de estática. “Esta rola, se la dedicamos a Jesús Israel Moreno Pérez, desaparecido el ocho de julio de 2011 en la laguna de Chacahua, Oaxaca… le encantaba”. Estudiante del Colegio de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Moreno Pérez tenía 20 años cuando despareció. Luego de un mes de presentar la denuncia, Carlos Moreno, el padre del chico, recibe de un agente ministerial una respuesta fría: no ha investigado el caso porque, entre otros motivos, no tiene dinero para la gasolina del coche.

Esto da pie a que el Moreno realicé una investigación por su cuenta y revele un sinfín de anomalías. La versión oficial, según las autoridades, es que el chico fue asaltado y asesinado, y que los culpables fueron detenidos; sin embargo, el cuerpo de Israel nunca fue presentado. Campo de Ruinas continúa. Ahora una instalación de decenas de botellas envueltas en manta cuelgan y de su interior gotea agua sobre cazuelas, cacerolas, sartenes y pocillos en el piso. Los testimonios, poetizados, se suceden en la voz de los integrantes del colectivo.

Un estrecho pasillo en el sótano del Chopo sirve para la siguiente instalación, en la que de un tendedero cuelgan prendas de los estudiantes ausentes, además de algunos testimonios de sus familiares, que los espectadores puede tomar y leer en voz alta. Y lo hacen: “¿Por qué te fuiste antes que todos? ¿Por qué nos dejaste? Tal vez aquí también podías haber sido feliz. Te extraño mucho. Desde aquel día me has hecho tanta falta. Gracias por haber estado, aunque fuera un tiempo corto. Te amo todavía”.

UN PASILLO LLENO DE SUEÑOS

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La ruta sigue por un pasillo lleno de “sueños”. Pequeñas papeletas con frases escritas por las personas que han asistido antes al Campo de ruinas: “Sueño en que alguien como tú, alguien como yo, alguien como nosotros, tienda los lazos de la fraternidad y de la Revolución. Hagamos la Revolución”. Luego otro espacio. Oscuro. Los músicos entonan Cómo te voy a olvidar de Los Ángeles Negros y todo se convierte en un salón de baile. Luces multicolor. Los integrantes del colectivo portan mascaras de animales e invitan a la “pista” al público.

“A ella le gustaba mucho bailar, sobre todo la charanga. Le gustaban mucho las fiestas. Desapareció en marzo de 2009, una semana antes de las vacaciones de Semana Santa. Nadie supo nada en su escuela, sólo su mama fue a buscarla preguntando por ella. No entiendo por qué el mundo no se detuvo. Nadie hizo nada. Ni las autoridades ni los medios. A ella le gustaban mucho las serpentinas. A sus amigos les parecía algo tonto… La encontraron cuatro años después. Encontraron su cuerpo. Ya no podemos buscarla, pero podemos recordarla”.

El recorrido casi termina. Dos integrantes de Campo de Ruinas murmuran en la oscuridad de una sala del recinto, al tiempo que encienden lámparas sobre las butacas de éste. En ellas se encuentran los rostros de algunos desaparecidos impresos en papel. “Él tiene nombre” “Él es padre” “Él lee” “Ella es madre” “Ella trabaja”. El performance avanza mientras se ilumina la sala. Al final —de vuelta en una de los escenarios— los viajeros del pequeño recorrido pueden tomar una flor de estambre de las muchas que están dispuestas en el piso y decir algunas palabras. Las fibras fueron tocadas. El arte, este arte, ha hecho su trabajo. “Por lo tanto todo es real”.

YACONIC

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