Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Erizos. Estábamos erizos. Rascábamos en los bolsillos y sólo salía pelusa. Anochecía y bajo la amarilla luz del poste que solía bañarnos nos preguntábamos si ir o no a La Diabla. Finalmente decidimos hacerlo. “Se va a armar el portazo”, pensábamos; aunque eso jamás ocurrió. Así que nos quedamos en la puerta del antro, echados en la banqueta mientras a unos pasos de nosotros Radiohead escalaba la tarima del sitio. Y nos bastó con eso, con rasguñar el aire que los ingleses devoraban jadeantes, apretujados en aquel congal del tercer mundo.

Años después de esa cita fallida vería el Live at the Astoria, un directo grabado en la misma época en que los de Oxford vinieron a México; un acto revelador que me hizo descubrir que si yo hubiera entrado ese día a La Diabla —considerando que Radiohead se  hubiese electrificado tal como lo hizo en el Astoria— francamente no sería quien ahora soy. Mi vida hubiera dado un giro radical. Y digo esto sin empacho porque me conozco: a esa edad un show de tal calibre me hubiera tostado las entrañas sin remedio. Sin embargo, pese a haberme quedado aquella vez en la calle, lejos de los reflectores, desde ese momento tuve de mi lado tiras inmensas de cinta electromagnética, rollos infinitos de sonidos que se enredaron en mis vísceras y anudaron mi cerebro a punta de sermones; los discursos para miserables que Radiohead se especializaba en hacer.

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Me hice del Pablo Honey una vez que un compinche de juerga me lo presumió en disco compacto. Fui a grabarlo a su casa tras ver en Canal 5 un video donde cinco tipos tocaban en una alberca una composición sedante, relajante cual pinchazo de morfina, que de pronto provocaba convulsiones. “Creep” me hizo meterme a la tele a blanco y negro que iluminaba mi cuarto por las madrugadas, atravesar cables, navegar por circuitos y llegar ahí, a las pastillas de la guitarra de Jonny Greenwood para, por dos compases únicamente, convertirme en esa tos de enfermo terminal que antecede el anunciado que habría de garabatear el perfil de los de espíritu endeble: but i´m a creep, I´m a weirdo.

Ese casete que grabé cuando los noventa lucían jóvenes me salió bueno. Aguantó todos mis embates. A diario. “Anyone can play guitar” parecía escrita para mí y “You” me auguraba que sería más fácil recibir un lengüetazo del Sol que uno de esa chica distante cual esfera cósmica. Sin embargo, eran “Prove yourself” y “Thinking about you” las que me tambaleaban, rudo. Porque eran canciones que Thom Yorke cantaba con un desgarro desgraciado. Porque parecía que el aliento se le iba entre consonantes. Porque se sentía que terminando cada enunciado se tiraba al suelo, ansioso por un jalón de oxígeno. La nueve de esa cinta que rotulé con paciencia fue el soundtrack de mis taquicardias, de la opresión en el pecho y las burbujas en mi ritmo cardiaco; los síntomas que se desnudarían tiempo después en electrocardiogramas tan largos como las cintas de mis casetes; la cinco sería mi escudo en las doce cuerdas, el muro infranqueable que me cubriría de los embates de la desolación, tarde tras tarde, a solas en casa.

Mucho azote el mío entonces. Azote con chayote, francamente. La pena me rebasa al recordarlo ahora. Porque esas baladas virulentas (porque eso eran, baladas, ¿qué más?) me tomaron por asalto, me cubrieron como una marabunta hambreada, lista para desmenuzarme. Y hubo más, harto más. Luego vino The Bends. La docena de tracks que el CD integraba, ése que escuché, otra vez, en casa ajena para copiarlo en casete, me certificaron que los ingleses y yo íbamos a pasar un buen rato juntos. El tema que le daba título al álbum era una auténtico llamado de auxilio (la versión ejecutada en su momento para el show de Jools Holland carece de madre, búsquenla ya y cerciórense) y “My iron lung” abría caminos para mí hasta entonces no explorados en la música pop. Radiohead poseía afanes de taxidermista; recogía cadáveres para manipularlos sin pena; removía sus vísceras, les cocía los labios y les taponeaba los oídos. Los  maquillaba para dejarlos bien chulos ante los llorones, pues. Mimadores de párpados muertos. Mamadores de pena ajena. Sus canciones eran mis rancheras a deshoras, las que me rajaban el hocico en mis funerales, entre aplausos y lágrimas.

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Con The Bends nació el amasiato de los músicos ésos con Nigel Godrich. Un encuentro que alcanzaría su clímax con OK Computer, la clase de disco que agradeces haber escuchado en su momento, aún caliente, con los tracks humeantes tras escapar del estudio de grabación. Tengo bien presente la noche que me encontré con la obra: a oscuras en mi cuarto, la hice sonar pensando que escucharía unos cinco temas antes de cenar; pero ya no me moví de la orilla de la cama hasta que “The tourist” se extinguió con la batería de Phil Selway. “Let down” me hizo dudar de las leyes de comprensión de la materia; aunque “Lucky” me llevó a saber que el blues podía salir del fango, que con tantito wah también podía convertirse en polvo estelar. En  realidad jamás pensé que esos tipos pudieran ir más lejos del reset de la computadora ok hasta que apareció Kid A, el plato que con urgencia me llevó a chocar los puños con Kraftwerk, Can, Stockhausen, Neu!, Pan Sonic y otros avezados (por ejemplo, el catálogo de Warp Records, hombre, con Broadcast hasta adelante). Fue un trabajo fundacional para mí. Imposible de seccionar con silencios pues operó como una obra monolítica que yo escuchaba completa. Debo aceptar que no fue fácil tragarme esos diez temas; no podía concebir que aquéllos dejaran lejos las guitarras, y menos que su repentino abandono no durase sólo un plato, sino que sostuvieran los paisajes gélidos con Amnesiac (aunque con mayor atención a las formas de la música pop, con temas como “You and whose army” o “Knives out”). Vaya, que esos cinco me tenían trenzado, sin falla, hicieran lo que hicieran.

No obstante, después de años de desborde, de miseria compartida, la pasión se largó. Para mí así fue. Hail to the Thief me pareció una obra diminuta si la comparaba con sus predecesoras. Y debo decir que esto se veía venir, pues aunque Kid A me destrabó los oídos. Éste no contaba con un temario que me emocionara al nivel de “Black star” o “Exit music (for a film)”; por otro lado, “The gloaming”, “I will”, “There there”, “2+2=5” y “Sail to the moon” (todas del Hail to the Thief) mantenían la nave a flote. Pero, no sé, algo cambió en mí,  supongo; algo lo suficientemente grave como para que la calma y la tensión que antes tanto bien me hacían brillaran por su ausencia. Agradecí que el grupo dejara pasar cuatro años para hacer algo nuevo, porque durante ese tiempo, más allá de confeccionar una decena de composiciones sin desperdicio, los músicos desarrollaron un plan de ataque que dejaría con la mandíbula floja a la industria discográfica. Su siguiente álbum, In Rainbows, fue subido a la red para que cada usuario decidiera cuánto pagar por él. Y lo desconcertante era que teclear el cero se valía. Pagué cien pesos por él disco. Me parecía lo justo por el trabajo de esos embalsamadores vacunados contra el asco.

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Lo curioso entonces fue descubrir que la pelusa que sacaba de mis bolsillos la vez primera que los ingleses vinieron a México, conmigo bien erizo frente a La Diabla, de pronto era suficiente para hacerme de su más reciente disco. Un gran disco, hay que decir. “15 step”, “Nude”, “House of cards”, “All I need”, “Bodysnatchers”: puro puñetazo certero. How come I end up where I started? How come I end up where I went wrong?, se preguntaba Yorke, haciéndose el ignorante, fingiendo que el círculo que estaba dibujado carecía de perfección. Porque sí, In Rainbows era el álbum ideal para aniquilar la carrera de Radiohead. Imposible encontrar un modo mejor para decir adiós que agitando las palmas en excelsa forma y con la atención mediática encima. Pero no ocurrió así. Apareció The King of Limbs. Una broma pesada. Un arrebato. Un trabajo menor, incluso, que I Might Be Wrong; un disco registrado en directo cuyo principal atributo era contener “True love waits”.

Mirando y escuchando el pasado, noto que con Radiohead he sostenido una relación tortuosa. Pasé de adorar al grupo a prácticamente ignorarlo. Nuestro rompimiento tuvo lugar cuando me di cuenta que esas baladas virulentas me acompañaban a todas partes sólo para que yo anduviera por ahí haciéndome el miserable incomprendido cuando tenía que deshacerme de ellas, pues éstas y yo pasamos de sobarnos a arañarnos. Sí, de pronto el temario aquél, antes preciso e incisivo, se transformó en un sermón soporífero que yo no tenía intenciones de atender. La separación sobrevino así. Mis discos se quedaron en un librero, empolvándose, y yo me dirigí a otros parajes sonoros con tal de localizar eso que antes encontraba cuando escuchaba “Planet telex”. La venganza de los erizos había llegado para entonces, debo acotar: tuve la oportunidad de ver a ésos en directo varias veces, incluso fuera del país, y disfruté harto las citas; pero, en verdad que hubiera dado lo que fuera con tal de revivir aquella vieja fiebre, esa ansia que me hacía apretar la trompa cada vez que escuchaba la guitarra de Ed O´Brien en “Bullet proof… I wish I was”, o el bajo de Colin Greenwood, ése de espíritu dub que interceptaba acordes en “Airbag”.

Hace poco el combo editó A Moon Shaped Pool y francamente me sorprendió que tanta gente celebrara el regreso de Radiohead. Creí que los tiempos habían cambiado lo suficiente como para que los de “Creep” dejasen de aparecer en primera plana. Sin embargo no fue así y, además, una buena cantidad de sitios consideraron que dicho disco se merecía cinco estrellas de calificación. Seré franco: aún no escucho el álbum de marras. Y no tengo muchas ganas de hacerlo, es la verdad. Prefiero ir a la segura. A estas alturas de mi vida elijo bien cuál es el blanco y disparo pocas veces antes de acertar. ¿Para qué agotar las municiones, para qué gastar el gatillo? Ya antes me alivié y me enfermé con aquellas baladas, amplifiqué mis sístoles y diástoles mañosamente y me martiricé por llegar tarde siempre, por arreglármelas para estar siempre en el lugar equivocado. Clara la tengo: creo que ya tuve suficiente de azotes.

Apunta Eusebio Ruvalcaba en El arte de mentir: “Si aquellas palabras las hubiera escuchado en el momento oportuno, se dice el que añora el sermón, las cosas serían de otro modo”; “el mejor sermón es el que nunca se escucha. Que no necesariamente es el que no se dice jamás”, continúa.  Repaso estas líneas ajenas ahora mismo porque me acuerdo de la fachada de La Diabla y de que tengo un encuentro pendiente con Radiohead, dentro de unos meses, en el Palacio de los Deportes. Sí, iré a ver al grupo en cuestión. Voy a estar ahí aunque parezca que nada deba hacer en ese sitio. “Porque quien oye un sermón, por una extraña malicia, sabe que le están hablando desde el dolor. Del cual no es posible huir”.

Madres. Dolor y huidas, dos de mis temas favoritos.

Y ya me dieron ganas de escuchar “Killer cars”. Mal augurio el que se presenta.

radiohead 2016

Editor Yaconic

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