¿Es válido pensar en cartas de amor a través de la cinematografía contemporánea? Permítanme hablar por medio de este lugar común para referirme a la más reciente, película de Steven Spielberg: Ready Player One. En este mundo que aún no ha dejado de ser analógico, o que; mejor dicho, no ha sucumbido del todo al panorama que nos maneja esta adaptación homónima de la novela de Ernest Cline. El presente largometraje logra insertarse, o por lo menos hace un excelente intento, como un puente entre las generaciones que crecieron en los 80 o 90 y los que empiezan a crecer en este final de década.

Sin nadie que haya dado una verdadera justificación más allá de la evidente, la “cultura pop” comprende los productos culturales occidentales —entiéndase películas, programas de televisión, canciones, libros y el protagonista: videojuegos— que se masificaron desde alguna década a mediados del siglo pasado. Todo este panorama tiene sentido y convive en una realidad donde James Donovan Halliday (interpretado por el nombrado por Spielberg como su nuevo actor fetiche Mark Rylance) crea una plataforma de realidad virtual llamada OASIS. Esta premisa reafirma lo que en el fondo se sabe bien o se olvida a menudo: el entretenimiento se ha creado para escapar de la realidad. Esta plataforma toma un peso inconmensurable dentro de un mundo en el 2045 aunque haya bastantes razones para pensar que ya está sucediendo ahora.

Y quién mejor para hablar de la “cultura pop” y su influencia que el mismo Spielberg; un director tan versátil en su filmografía —simplemente hay que recordar que su anterior película fue The Post el año pasado— como el uso de referencias que se plasman en Ready Player One. Seguramente se tendría que ver varias veces esta producción de Warner Bros para darse cuenta de todas. Un acierto es la narrativa y los efectos visuales en la primera hora: es una explosión constante de energía y canciones fácilmente reconocibles para los que crecimos en los 90 o en los 80. Los efectos resultan espectaculares a propósito de la adaptación cinematográfica de The Shining por Stanley Kubrick; probablemente el mismo efecto causó ver a Tom Hanks en Forrest Gump cuando coincide con John Lennon.

Nada tendría que resultar extraño para las nuevas generaciones: el desolador estado del mundo (aunque quede en un crudo y palpable segundo plano) y el agigantado avance en el mundo de los videojuegos (donde franquicias como Halo coinciden con grandes clásicos como King Kong, Godzilla o Chucky de Child’s Play) establece un referente comprensible. El uso del CGI es suficiente y no se cae en la exageración. La música (hecha por el afamado Alan Silvestri) es adecuada aunque por momentos pasa desapercibida.

En la segunda hora la narrativa pasa a manos del guión (hecho por Zank Penn y el mismo Clein), donde innegablemente un romance entre los protagonistas interpretados por Olivia Cooke y Tye Sheridan debe surgir y triunfar en medio de una problemática más grande; qué se podía esperar, al fin al cabo es Hollywood hablando de la “cultura pop” y por tanto de Estados Unidos. Esto nos habla de las aspiraciones ocultas entre los escapes de la realidad. No hay tanto que agregar respecto a la actuación salvo el lamento de que en las salas de cine en México se le da preferencia a la película con doblaje al español.

Ready Player One pone fe en las películas que trataron de hablar o rendir homenajes a los videojuegos; pues tiene mucho más de Spielberg que de Clein y eso es garantía a la hora de contar una historia en la pantalla grande. Nos habla de alguien que ha visto pasar el entretenimiento de lo analógico a lo digital y sobre todo que no subestima las nuevas maneras de escape de la realidad, al contrario, lo usa inteligentemente en el campo que domina.

Pero esta no es una película nostálgica hecha por y para personas que añoran los tiempos pasados. Ready Player One es un punto de partida para que nuevas historias y nuevos personajes probablemente  —ojalá así sea—  dejen de hablar de lo que se hacía antes. Esta cinta es una carta de amor a la “cultura pop” en aras de que en el futuro haya mejores términos para referirse a ella; con una clara determinación de dirigirse a aquellos que están más cerca de la adultez que de la adolescencia. Pero también es una invitación simpática para quienes la realidad virtual será el pan de cada día y posiblemente alerte de los peligros de escapar en exceso de la realidad “real”. El futuro dirá.

Martín Vargas

Martín Vargas

Me gusta contar historias: la forma es lo de menos. A veces una palabra vale más que mil imágenes.

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